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  • Cobertura de la 71ª edición del Festival de Cannes.
    Por Víctor Blanes, Alberto Sáez, Ignacio Navarro & Emilio Luna.

    Siluetas y contornos: intersticios vitales.
    Amante por un día, de Philippe Garrel.

    El acto y el gesto.
    Isla de Perros, de Wes Anderson.

    La paternidad de los fantasmas.
    El león duerme esta noche, de Nobuhiro Suwa.

    Festival de Cannes 2018 | Día 6. Críticas: Blackkklansman, Shoplifters, Asako I & II, Die stropers (The harvesters) y Cómprame un revólver

    Y bajó un ángel

    Crónica de la sexta jornada de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    En la tarde de anteayer, surgió la gran favorita para la Palma de Oro de esta edición. Lo hizo, una vez más, envuelta en una ovación apoteósica que duró varios minutos y se completó extramuros con los comentarios vertidos en las redes sociales y los tabloides de los principales medios. No seremos nosotros los que cuestionemos la calidad de la tercera película de Alice Rohrwacher, Lazzaro felice, un precioso cuento de cómo el ser humano ha renunciado a la belleza y la ingenuidad (representado por el Lazzaro del título) en aras del pragmatismo que acompaña al progreso. Sin embargo, hay algo que llama la atención ante esta algarabía mediática. Un hecho que ya hemos destacado en otros certámenes, por sorprendentes, y también explicativos de cómo funciona el flujo informativo contemporáneo. Hacemos referencia a la dirección de los aplausos, como si de regidores de un espectáculo se tratara, de los miembros del staff de la película. Ayer, en la premiere, el teatro Lumière estaba repleto de italianos, que aplaudieron, ya en la aparición de los títulos de crédito de apertura, los logos de las diferentes productoras, distribuidoras, casas de venta y algunos miembros del equipo; para después liderar la andanada final. Vamos, un win win de que se hizo eco la prensa como si de una revolución fílmica se tratara; titulares categóricos y una nueva masterpiece a la lista. Antes incluso del final del filme, ya se mostraban enfervorecidos buscando la complicidad del resto de la platea. Una complicidad, por otra parte, hallada con facilidad. Es una propuesta excelente, y con todos los elementos a su favor para llevarse el máximo galardón del certamen. Sin embargo, contrasta con la mayor ovación del festival hasta entonces. La recibida por la cinta belga Girl, el debut de Lukas Dhont que emocionó a los espectadores de Un Certain Regard. Tras su proyección surgió una reacción espontánea, que pasó de la timidez al fervor en medio minuto. Duró 10 minutos, e instó al público a acercarse a la butaca de Dhont y Victor Polster para rendirle tributo. Un momento hermoso, quizás el que más en la experiencia en el circuito de festivales vivida por un servidor. Auténtica magia.

    Una magia que intentan encontrar los japoneses Hirokazu Koreeda y Ryūsuke Hamaguchi, los dos primeros protagonistas del día en la competición. El primero, con Shoplifters, un cuento paterno-infantil marca de la casa que se mueve en terrenos previsibles y que se eleva cuando se cierra el plano y se delinean las dudas de sus protagonistas, una familia de rateros que incorporan al linaje una niña aparentemente abandonada. El segundo, por otra parte, también transita senderos reconocibles, en este caso el típico drama-juvenil asiático, para contarnos la dicotomía de Asako, una chica que, tras no superar su ruptura con un rompecorazones, encontrará alivio en un joven con un enorme parecido físico con el susodicho. Asako I & II bien pudiera ser un manga trasladado a imagen real cargado de azúcar y carente de garra, al que el máximo apartado del certamen le queda grande. Una cuestión que poco o nada le importa ya a Spike Lee. El cineasta del Bronx está de vuelta –en todos los sentidos de la expresión— y ha presentado llegado la tarde Blackkklansman, una comedia protagonizada por unos soberbios Adam Driver y John David Washington que relata la investigación de grupo especial de agentes de policía del auge del grupo de supremacía blanca Ku Klux Klan. Como era de esperar, alusiones a Trump y al movimiento Black Lives Matter por doquier, en una propuesta que va menguando su interés tras un comienzo inspirado y concluye con una dosis de realidad. Lee no podía desaprovechar tal material y termina subrayando el mensaje que porta implícito su más que interesante nueva película. En cualquiera de estos casos, hubo aplausos, sí, pero ninguna exhibición de cariño. ¿No daban la talla? ¿O quizás falló el publicista? Lo sabrán en unos meses.

    Prólogo: Emilio Luna.
    Críticas de Blackkklansman, Shoplifters y Asako I & II: Alberto Sáez Villarino.
    Críticas de Cómprame un revólver y The harvestest: Víctor Blanes Picó.

    BLACKKKLANSMAN

    Spike Lee, EE.UU. | COMPETICIÓN.

    LLa imagen moderna del Ku Klux Klan es aquella de lo anómalo y lo absurdo. La diacronía metódica de este grupo sectario sólo se entiende desde el punto de vista del ridículo y la pataleta de quien no acepta su derrota y se empeña en prolongar una actitud esperpéntica, ignorante y carente de toda lógica. Sin embargo, el traumático cambio –más simbólico que patente– que supuso el traspaso de poderes entre Obama y Trump, funcionó como poderoso agente motivacional de este inframundo analfabeto que tomó en serio las majaderías mercadotécnicas de un megalómano desesperado por alcanzar el poder recurriendo a lo que más la mayoría de votantes estadounidenses: la zafiedad circense, el insulto y el desprecio por todo lo extranjero. Spike Lee es uno de los más certeros realizadores a la hora de representar el odio y el choque cultural que se vive en Estados Unidos. Su última película, Blackkklansman, basada en la novela autobiográfica de Ron Stallworth, recurre a una de las historias más apasionantes y sobrecogedoras que sucedieron alrededor de esta oscura institución. La trama sigue al propio Ron, un agente de policía afroamericano que consiguió adentrarse en lo más profundo de la jerarquía radical del klan.

    El 14 de noviembre de 1960, Ruby Bridges, una niña afroamericana acudiría, por primera vez, a un colegio de blancos. La escena conmocionó a un país en proceso de desegregación con el que no estaba conforme. Norma Rockwell retrató la escena en su famosa “The Problem We All Live In”, dibujando a Ruby escoltada por cuatro agentes de policía mientras atraviesa un muro con pintadas de “KKK” y una muchedumbre de personas (no visibles pues el cuadro está planteado desde su punto de vista) le increpa y lanzan tomates. Desde ese día “La organización” no cejó en su empeño de derrotar al hombre negro bajo unos absurdos esquemas de hegemonía. La simple aceptación de Ron dentro de una sociedad privada que blasonaba de la superioridad del pueblo ario, cuyo comportamiento sería, en todos los aspectos, mejor que el de cualquier otra raza, ya supuso un duro golpe moral para un colectivo que perdía su credibilidad, siendo incapaz de identificar la presencia de un intruso negro entre sus inmaculadas filas. Por supuesto, la mirada de Lee no se conforma con la simple exposición de los hechos, sino que va mucho más allá, y apela al radicalismo militante que tan buenos resultados le dio en anteriores películas, para mostrar desde una perspectiva impertérrita y crítica a una sociedad que se desilusiona, no por un simple resultado electoral o por la opinión de cuatro exaltados, sino por el intolerable paso atrás que parece estar dando su país en el campo de los derechos civiles, algo que amenaza con dinamitar el resultado de una larga y cruente lucha que provocó tanto dolor y sufrimiento hasta llegar al punto en el que se encuentra. Una posición todavía muy atrasada y desigual con respecto a lo que debería significar la igualdad real, pero que al menos se mantiene gracias a la voz de algunos de los mayores mártires de la historia norteamericana. Lee consigue combinar a la perfección el constante y acertadísimo humor con la desmesurada violencia que se respira en todo el relato, una violencia que nunca excederá los límites tolerables porque para eso el realizador recurrirá a una de las fuentes de odio y brutalidad más eficientes y despiadadas que existen: la realidad. 87|100

    Estados Unidos, 2018. Título original: Blackkklansman. Director: Spike Lee. Guion: Spike Lee, Kevin Willmott, David Rabinowitz, Charlie Wachtel (Libro: Ron Stallworth). Duración: 128 minutos. Edición: Barry Alexander Brown. Fotografía: Chayse Irvin. Música: Terence Blanchard. Productora: Blumhouse Productions / Monkeypaw Productions / QC Entertainment / Perfect World Pictures. Distribuida por Focus Features. Intérpretes: John David Washington, Adam Driver, Topher Grace, Laura Harrier, Ryan Eggold, Corey Hawkins, Robert John Burke, Paul Walter Hauser, Craig muMs Grant, Michael J. Burg, Chris Banks, Tom Stratford, Jasper Pääkkönen, Ashlie Atkinson, Ken Garito. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    SHOPLIFTERS

    万引き家族, Hirokazu Koreeda, Japón | COMPETICIÓN.

    Hirokazu Koreeda se caracteriza por ser uno de los cineastas de su generación que mayor preocupación ha mostrado por representar la sociedad japonesa contemporánea de forma profunda y continuada. Esta recurrencia hace que sus filmes sigan una lógica narrativa muy similar, aunque siempre con matices bien diferenciados que hace de cada uno de sus estrenos un ejercicio de belleza reflexiva única y delicadeza formal cautivadora. Su adscripción al drama doméstico, también conocido como Homu Dorama, viene del afán por retratar los conflictos y dificultades asociados con la clase obrera de Japón, y el alentador consuelo que la familia puede ofrecer a la precariedad laboral y la austeridad doméstica. En su última película, Shoplifters, el realizador vuelve a incurrir en el tema de la educación y las familias sustitutivas desde la perspectiva de los niños. La cinta analiza cómo los conflictos y las situaciones perniciosas para los pequeños son promovidos por una carencia educacional paterna que, aunque bienintencionada, no deja de estimular una falta de responsabilidad y respeto en los hijos. La familia Shibata recoge a una niña que estaba sola en casa, sin comida y pasando frío. Tras darle de comer y hacerla entrar en calor, deciden llevarla de vuelta con sus padres, entonces descubren que Yuri ha sido maltratada y sus padres no sienten ningún afecto hacia ella, por lo que deciden quedársela. Sin reportar la situación a la policía, ni considerar los inconvenientes de sus acciones, la familia continúa con su vida, ahora junto a la pequeña niña, como si no pasara nada.

    Vemos que los Shibata trabajan duro, Osamu en la construcción, Nobuyo en una nave textil y Aki como bailarina erótica. Comprendemos que no son una familia tradicional, la falta de pudor a la hora de tratar ciertos temas, como el propio trabajo de Aki, nos hace pensar que hace ya varias generaciones que rompieron con los tabúes clásicos. Entre los tres tratan de reunir el dinero suficiente para cuidar de Hatsue, la abuela, de Shota, el hijo y, ahora también, de Yuri. Sin embargo, los ingresos son inferiores a los gastos que se requieren para mantener a una familia tan grande, por lo que Osamu ha entrenado a Shota, (quien no es su hijo biológico, aunque este es un asunto que se resolverá en el desenlace), en el arte del robo de supermercados, una destreza que tratan asimismo de hacer llegar a la pequeña Yuri. El padre de familia no tiene en consideración lo peligroso y perjudicial de esta práctica para el desarrollo de los niños. Su actitud, pese a ser tierno y cariñoso, no deja de ser irresponsable e inmadura, lo que obliga a los jóvenes a asumir roles impropios de su edad, quienes ocupan el papel de adultos para, en ocasiones, tener que aceptar los errores de las infantilizadas figuras paternas. La conexión y el vínculo tan fuerte que observamos entre Yuri y Shota contrastan con la inestabilidad sentimental de los adultos, quienes provienen de familias rotas y traumatizadas. En esta fortaleza que aporta el vínculo de la convivencia por encima de la propia consanguinidad, es donde el director apuesta la mayor baza de su mensaje. Lo insólito de todas las relaciones entre los protagonistas nos mueve a pensar que su felicidad se encuentra de algún modo en su propio distanciamiento. Nuevamente el discurso del director estará marcado por ciertos temas que suelen gravitar en torno a su filmografía, como la muerte, la decepción, el abandono, la supervivencia y, sobre todo, el amor incondicional. Todos ellos serán tratados con aplomo y sosiego, mediante el uso de planos largos y estáticos que se aprovechan del entorno natural para incrementar la sensación de vacío, melancolía y romanticismo bucólico. 68|100

    Japón, 2018. Título original: Manbiki kazoku. Director: Hirokazu Koreeda. Guion: Hirokazu Koreeda. Duración: 121 minutos. Edición: Hirokazu Koreeda. Fotografía: Ryûto Kondô. Música: Haruomi Hosono. Productora: AOI Promotion / Fuji TV / Gaga Communications Inc. Intérpretes: Kirin Kiki, Sôsuke Ikematsu, Lily Franky, Moemi Katayama, Sakura Ando, Mayu Matsuoka. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    ASAKO I & II

    寝ても覚めても, Ryūsuke Hamaguchi, Japón | COMPETICIÓN.

    Bajo un envoltorio de aparente sencillez y romanticismo superfluo, Ryusuke Hamaguchi esconde, en su última película, un ejercicio de gran profundidad dramática cuya excepcionalidad reside en el complejo retrato introspectivo de su protagonista, Asako, una mujer que transita a la deriva por la inestable sociedad, partiendo de un doloroso desengaño amoroso, e impelida por una fuerza totalmente ilógica, se adentra en lo que parece un suicidio romántico que puede volver a hacer tambalear la delicada estabilidad que le ha costado dos años lograr. Ese es el tiempo transcurrido desde que su gran amor, Baku, se fuera a comprar zapatos y nunca regresó; desapareció así de su vida y dejó tras de sí la misteriosa sombra de su recuerdo. Un día, cuando llevaba café del bar en el que trabaja a un grupo de ejecutivos de un edificio colindante, se encontró de frente con quien otrora le rompiera el corazón o, al menos, eso es lo que ella piensa cuando ve, como si de una epifanía milagrosa se tratara, aparecer a Ryohei, un hombre físicamente idéntico a su expareja, pero con una personalidad completamente distinta.

    El director japonés ha conseguido despuntar en este mundo de tremenda competencia gracias a una singular mirada y un enorme talento en la construcción psicológica de personajes –excepcional en la protagonista femenina de esta película– que le ha hecho albergar el honor de ser uno de los realizadores más introspectivos de su tiempo. El tratamiento de los devaneos de Asako, así como la clarividencia en la representación de la difícil toma de decisiones y la búsqueda de la que puede ser la mejor salida para sí misma, son afrontados de forma tan sutil y consciente que parece difícil creer que el director no sea una mujer. Recurriendo ahora a una propuesta mucho menos reflexiva que su anterior Happy Hour, el filme mantiene su consistencia dramática y la perspectiva filosófica en una dosis mucho más asequible para todo tipo de audiencias, sin olvidarse del astuto ensamblaje de todas las piezas de su relato. A través de esta cinta podremos indagar en las motivaciones y las incertidumbres que persiguen a Asako con el propósito de analizar la fragilidad humana en toda su amplitud, desde los simples actos diarios, hasta las acciones que marcan toda una vida. Asako presenta uno de los retratos femeninos más genuinos y libres de condicionantes políticos que hemos visto recientemente. 72|100

    Japón, 2018. Título original: Netemo sametemo. Director: Ryûsuke Hamaguchi. Guion: Ryûsuke Hamaguchi (Novela: Tomoka Shibasaki). Duración: 119 minutos. Edición: YAMAZAKI Azusa. Fotografía: SASAKI Yasuyuki. Música: Tofubeats. Productora: C&I Entertainment. Intérpretes: Masahiro Higashide, Erika Karata. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    THE HARVESTERS (DIE STROPERS)

    Etienne Kallos, Sudáfrica | UN CERTAIN REGARD.

    Sudáfrica fue uno de los países más castigados durante el siglo pasado por las luchas raciales. Las consecuencias del apartheid que segregó a la población hasta principios de los años 90 todavía se pueden sentir a día de hoy. Etienne Kallos quiere analizar esos conflictos identitarios que todavía sacuden al país a través de Die stroppers, ambientada en una comunidad rural aislada donde habita la minoría blanca de los afrikáners. Es un lugar de prados dorados, donde la niebla cubre las cimas de las montañas y el sol regala una luz divina. Un lugar idílico reinado por dos conceptos incuestionables: Dios y familia. No en vano, la película se abre con una plegaria y con los protagonistas bendiciendo la cena. En esta historia, la religión es el único motor, tanto de felicidad como de dolor. El lugar donde cobijarse tanto en las buenas como en las malas. Pero, sobre todo, el principal componente de sufrimiento autoimpuesto. Janno y Maria han formado su familia al amparo de las creencias de la iglesia reformada holandesa. La matriarca decide acoger a Pietr, un chico huérfano recogido de la calle al que Janno deberá aceptar como su hermano. El joven sacudirá los cimientos de la pacífica convivencia familiar centrada en el trabajo en la granja y empezará una guerra que al inicio amenaza con tener consecuencias inimaginables.

    El título de la película, que se traduce como «Los cosechadores», hace referencia tanto al trabajo que desempeña la familia como a esa idea cristiana de realizar buenas acciones para recoger buenos frutos y alcanzar la gloria. «Han sembrado trigo y han segado espinos, se han esforzado sin provecho alguno. Avergonzaos, pues, de vuestras cosechas a causa de la ardiente ira del Señor.» (Jeremías 12:13) Kallos se centra en la construcción del relato desde este prisma religioso y acaba relegando a otros aspectos interesantes de la cinta a un segundo plano. Todo el entramado racial del lugar queda apartado a lo anecdótico a favor de cargar las tintas contra el papel moldeador de la iglesia y mostrar como Pietr logra escapar de él ante los ojos de Janno. La lucha entre los dos hermanos centra gran parte de la cinta. Ahí asoman temas como el poder, el engaño, el aislamiento del mundo, la identidad… y una tensión sexual que en ningún momento Kalllos se atreve a sacar provecho para poder poner en cuestión el concepto de masculinidad que se retrata. Pese a contar con una fotografía poderosa y al buen trabajo de los dos actores debutantes, Die stroppers resulta un tanto plana y acaba transitando los terrenos de la telenovela sin atreverse a mostrar la garra de la tragedia que se avecinaba. 50|100

    2018. Sudáfrica, Grecia, Francia, Polonia. Dirección: Etienne Kallos. Guion: Eitenne Kallos. Fotografía: Michal Englert. Montaje: Muriel Breton. Música: Sacha Galperine. Productora: Cinémadefacto / Spier Films / Heretic / Lava Films / Bord Cadre FilmsReparto: Morné Visser, Juliana Venter, Alex van Dyk, Brent Vermeulen.

    CÓMPRAME UN REVÓLVER

    Julio Hernández Cordón, México | QUINCENA DE REALIZADORES.

    Empecemos con un dato: solo en el pasado mes de marzo se produjeron en México casi 2800 homicidios. En el estado de Colima, por ejemplo, la tasa de criminalidad fue de 96,7 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Ante esta escalofriante situación, puede que uno de los factores que influya en el hecho de mantenerse con vida sea la suerte. Así lo verbaliza Huck, quien apunta que su padre ha tenido mucha y que ese sería el mejor legado que le podría dejar. Huck lleva el pelo corto y oculta su cara con una máscara. Los narcotraficantes que dominan la zona suelen secuestrar a mujeres, así que su padre, para protegerla, hace todo lo posible para que pase por un niño. A Huck le gusta jugar con tres amigos suyos que siempre andan camuflados como arbustos para lograr una importante misión: acercarse a los malos y recuperar el brazo que le cortaron a uno de ellos.

    Tras recorrer varios festivales con la estimulante Te prometo anarquía, el director Julio Hernández Cordón construye en Cómprame un revólver una especie de fábula a medio camino entre la ingenuidad infantil y la crueldad del mundo del narcotráfico. El México que imagina el director es un lugar desértico donde cada uno sobrevive como puede bajo la impune ley del gatillo. Una ley arbitraria que depende de la mucha o poca paciencia del que empuña el arma, de ahí que la suerte siempre deba hacer acto de presencia para continuar respirando. El director se mueve entre dos planteamientos a la hora de retratar la realidad. Por un lado, narra desde la observación, sin adoptar ningún punto de vista concreto, la violencia a la que son sometidos el padre y la hija. Por otro lado, se acerca a la mirada de la niña para intentar captar la manera de ver y entender lo que pasa ante sus ojos. Así, yendo de uno a otro, la película no acaba de encontrar su propia voz y queda un tanto desdibujada. Pero es cierto que cuando consigue capturar la vitalidad y la imaginación de la infancia alcanza momentos brillantes, como la parte final del filme en la que los niños se cobran su propia venganza poética. En ese acercamiento entre lo tierno y lo inconsciente propio de un niño es donde el contraste con la barbarie del mundo de los adultos da sentido a la cinta. 68|100

    2018. México. Dirección: Julio Hernández Cordón. Guion: Julio Hernández Cordón. Fotografía: Nicolas Wong. Música: Alberto Torres. Montaje: Lenz Mauricio Claure. Reparto: Ángel Leonel Corral, Fabiana Hernandez, Matilde Hernandez, Jhoan Martinez, Wallace Pereyda, Sostenes Rojas, Oswaldo Sanchez, Mariano Sosa Rogelio Sosa, Ángel Rafael Yanez.


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