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    Festival de Cannes 2018 | Día 5. Críticas: Three faces, Lazzaro felice, Muere, monstruo, muere, Mandy, Fahrenheit 451, Weldi y Woman at war

    Aunque salga el sol

    Crónica de la quinta jornada de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    El fin de semana sube el número de asistentes al Festival de Cannes. Profesionales de la industria o simples espectadores que trabajan el resto de la semana solo pueden acudir estos días, por lo que puede hacerse más difícil conseguir acceso a los pases, especialmente si se comparten entre varios acreditados. Sin embargo, este domingo también es el que la meteorología ha elegido para cumplir el día de lluvia de rigor del certamen, lo cual ha ocasionado bastantes embotellamientos en las entradas y ha disminuido la concurrencia en las calles. Ha habido que ir de un sitio a otro corriendo, sin apenas detenerse a disfrutar el paisaje de la ciudad, renovada cada día con sus invitados y sus galas.

    Suerte que dentro de la sala ya se está descansado y a resguardo, y en cuanto aparece en pantalla el encabezado de la competición, sabes que solo queda disfrutar. Esto es lo que pretenden incluso cineastas tan serios y comprometidos como Jafar Panahi, que en su última obra, más ficticia y menos documental que las anteriores, sortea con gracia y ligereza la censura que se le ha impuesto. También es lo que busca en cierto modo la italiana Alice Rohrwacher con su última obra, una amena fábula que no entiende de cronologías. En cualquier caso, sin duda la mayor diversión la ha proporcionado Gaspar Noé, que con cada provocación suya en Cannes enciende a la platea y extiende el acalorado debate por todo el Palais y alrededores. Aunque mañana salga el sol, quedará en la retina su muy turbia y oscura creación.

    Prólogo: Ignacio Navarro.
    Críticas de Lazzaro felice, Mandy y Fahrenheit 451: Alberto Sáez Villarino.
    Críticas de Three faces, Nos batailles y Muerte monstruo, muere: Víctor Blanes Picó.
    Crítica de Woman at war: Emilio Luna.

    THREE FACES

    Jafar Panahi, Irán | COMPETICIÓN.

    Desde 2010, Jafar Panahi no puede hacer cine. Una sentencia le condena a 20 años de sequía cinematográfica por propaganda contra el gobierno iraní. Pero desde entonces ya ha dirigido cuatro películas; la anterior, Taxi Teherán, ganó el Oso de Oro en la Berlinale. Es imposible ponerle puertas al campo. La injusta censura no ha hecho más que agudizar su ingenio para lograr contar historias que siempre esconden una reflexión crítica sobre la sociedad de su país natal. En 3 faces lo vuelve hacer. Despojada de todo elemento superfluo e innecesario, la película se abre con la desgarradora grabación de una joven que se suicida porque sus padres no la dejan estudiar para ser actriz. Panahi y la actriz Behnaz Jafari lo reciben y viajan hasta una remota aldea para intentar averiguar qué ha ocurrido con ella. ¿Es real el vídeo? ¿Está realmente muerta?

    La película empieza adoptando la forma de una investigación en la que Jafar y Behnaz se involucran personalmente para poco a poco se convierte en una road movie que se pasea por el Irán rural para descubrir sus costumbres y su ancestral conservadurismo. En la simplicidad formal que propone logra sacar a relucir lo verdaderamente importante en su obra y homenajear dos elementos clave en la tradición cinematográfica iraní: la comunicación y el paisaje (los ecos de Abbas Kiarostami resuenan en sus fotogramas). La historia de la niña se va complementando con los relatos de las gentes de esta zona montañosa, sus tradiciones, sus pensamientos, su manera de ver la vida. De este modo y de la manera más sencilla posible, Panahi logra volver a poner de manifiesto las ataduras sociales que encadenan al país a vivir anclado en el pasado, en sus propias contradicciones: un pueblo que recibe con alegría la visita de una actriz famosa pero que niega que una joven de su comunidad pueda marcharse a estudiar interpretación y condena al ostracismo a una actriz de avanzada edad que vive sola y apartada en una diminuta casa (Panahi nunca entra en su estancia, la observa desde la lejanía en una especie de reverencia y respeto, dejando que su ventana iluminada, a modo de pantalla de cine, nos deje entrever lo que ocurre en el interior). Son tres generaciones de mujeres representadas. Tres ejemplos de denuncia del machismo recalcitrante que les toca vivir. Pero el director iraní evita adoptar una visión militante o populista frente a estos temas cruciales y prefiere que sea a través de la captura vitalista y humana de la realidad de donde emanen sus reflexiones. Es cine que combate más desde la inteligencia que desde lo visceral, y es por ello que hay espacios para que se cuele incluso el humor, como en el sorprendente regalo que uno de los locales le hace al director: el prepucio sobrante de la circuncisión de su hijo para que se lo dé a un actor famoso y así que tenga más suerte en la vida. Es en esos pequeños detalles y en las historias que logra capturar de los locales donde sale a relucir la honestidad y sensibilidad de un director inteligente que prefiere utilizar la sutileza de la realidad para combatir la intransigencia que le rodea. Pero quizás lo más interesante es que el elemento que pone en funcionamiento esta historia de observación es una ficción: el vídeo que reciben es un truco de una joven desesperada en busca de ayuda, para que alguien acuda a salvarla. Panahi nos dice que el cine y la imagen no solo es el medio, sino el punto de partida para acercarnos a la realidad. 90|100

    2018. Irán. Dirección: Jafar Panahi. Guión: Jafar Panahi, Nader Saeivar. Fotografía: Amin Jafardi. Montaje: Mastaneh Mohajer, Panah Panahi. Reparto: Behnaz Jafari, Jafar Panahi, Marziyeh Rezai, Maedeh Erteghaei, Narge del Aram.

    LAZZARO FELICE

    Alba Rohrwacher, Italia | COMPETICIÓN.

    La directora Alice Rohrwacher nos traslada a una aldea anacrónica donde conviven unas familias que trabajan sin descanso para la marquesa de Luna, una burguesa sin escrúpulos que ha creado un entorno despótico para que sus empleados, no sólo no reciban estipendio alguno por su trabajo, sino que además estén en constante deuda con ellos. Las relaciones entre los vecinos se desarrollan con la pompa bucólica tradicional: declaraciones de amor con serenata, sistema de trueque entre familias y, sobre todo, trabajo duro. En el centro de todo ese arcaico mercado encontramos a Lazzaro, un encantador joven demasiado bondadoso e ingenuo del que todo el mundo se aprovecha en beneficio propio. Sin embargo, un día conoce al sobrino de la marquesa, Tancredi, un muchacho que, pese a sus aires de superioridad y altanería, ofrecerá a Lazzaro una amistad como nunca antes había conocido.

    La realizadora aprovecha la diferencia abismal entre personajes para plantear un relato de gran incertidumbre temporal y contextual. La apariencia de Tancredi nos indica que el joven procede de un entorno moderno, muy cercano a la época presente, sin embargo, su figura se presenta como la de un sujeto discordante en un entorno pretérito. Rohrwacher sabe que la alteración de un simple elemento del relato, como la indumentaria de sus personajes, puede ser más que suficiente para modificar la percepción espacio-temporal del espectador. El tiempo es un motivo muy relativo en esta película, hasta el punto de proponer una desestabilización absoluta del mismo, una descoordinación selectiva que vendría introducida tras un accidente sufrido por el protagonista. Desde este momento todo estará sometido a un cambio desigual, la narración se adentra entonces en los límites de la fantasía para proyectar diferentes universos alternativos sometidos a distintas leyes espaciales. Así, cuando Lazzaro recobre el conocimiento y, preocupado, vaya a buscar a su amigo, se dará cuenta de que todo el mundo ha abandonado el pueblo. No queda nadie en la Inviolata. En su búsqueda se topará con dos ladrones mientras desvalijan la vieja casa de la marquesa, quienes, por una serie de casualidades, terminarán por acogerlo en su casa. Será entonces cuando nos demos cuenta de que Antonia, antigua amiga de Lazzaro, ha crecido de forma considerable, al igual que su hijo, Pippo, quien ha pasado de ser un niño a igualar en edad al propio protagonista. Únicamente cuando aparezca Tancredi, entenderemos la disparidad con la que el tiempo ha actuado sobre cada uno de los protagonistas en este período incierto. La poética que emana este mundo fantasioso, así como la personalidad del entrañable Lazzaro, se conforman bajo una continua incógnita sobre la inconsistencia de lo real y lo tangible, siempre deformada e individualizada según la perspectiva de la persona que narre lo sucedido. 75|100

    Italia, 2018. Título original: Lazzaro Felice. Director: Alice Rohrwacher. Guion: Alice Rohrwacher. Duración: 130 minutos. Edición: Nelly Quettier. Fotografía: Hélène Louvart. Música: Varios artistas. Productora: Coproducción Italia-Suiza-Francia-Alemania; Tempesta / Amka Films Productions / Ad Vitam Production. Intérpretes: Nicoletta Braschi, Sergi López, Alba Rohrwacher, Natalino Balasso, Tommaso Ragno, Adriano Tardiolo, Luca Chikovani, Leonardo Nigro, Agnese Graziani. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    MUERE, MONSTRUO, MUERE

    Alejandro Fadel, Argentina | UN CERTAIN REGARD.

    Un rebaño de ovejas con el morro ensangrentado. Una mujer que camina arrastrándose entre ellas con un corte en la yugular. La cabeza se le cae hacia detrás y el tajo se agranda, dejando brotar más sangre. Intentando evitar perder literalmente la cabeza, se la sujeta con la mano recolocándola en su sitio. Las frases anteriores se corresponden a la descripción de la escena con la que se abre Muere, monstruo, muere, la nueva película de Alejandro Fadel que se ha presentado en la sección Un Certain Regard. Con ese inicio es imposible que el espectador se pueda llevar a engaños: estamos ante un ejercicio de género puro y duro. Y el director argentino lo llevará hasta las últimas consecuencias. La trama gira en torno a una ola de asesinatos a mujeres con decapitaciones que sacude la zona montañosa de la región de Mendoza. Todos los involucrados (habitantes, policías, vigilantes) se verán absorbidos por una espiral violenta que transita entre lo filosófico y lo absurdo. Y es que parece que todos los personajes recurran a la metafísica y a la reflexión sobre el mal para intentar averiguar qué persona o extraña criatura está detrás de tal barbarie. La sospecha irá pasando de un personaje a otro durante el filme, pero bien pronto se dejará claro para el espectador que monstruo haberlo haylo, aunque tendrá que esperar al final para descubrir su excéntrica forma, que parece salida directamente de la mente de Guillermo del Toro. Así, resuelto el misterio del culpable bien pronto, la película se dedica durante todo su metraje a divagar mediante diálogos engolados y petulantes sobre la condición de la maldad mientras la imagen se vuelve cada vez más tenebrosa y oscura. Detrás de todo el aparatoso dispositivo encontramos un director que se muestra capaz de crear atmósferas, pero que acaba siendo reiterativo e insistente con ella, sin dejar que la historia se desarrolle de manera orgánica en lo visual. Así, lo que vemos y oímos acaba convirtiéndose una cinta demasiado consciente de lo que está haciendo, que se gusta demasiado y quiere sorprender en cada fotograma. Muere, monstruo, muere se repliega sobre sí misma y se vuelve totalmente críptica, indescifrable y mucho menos sugerente de lo que cree. Y es que no es suficiente solo con cargar las tintas en lo gore y lo fantástico para que esta mezcla entre thriller policial y western de terror nos termine convenciendo lo más mínimo. 20|100

    2018. Argentina, Francia, Chile. Dirección: Alejandro Fadel. Guion: Alejandro Fadel. Fotografía: Manuel Rebella, Julián Apezteguía. Música: Alex Nante. Montaje: Andres Estrada. Reparto: Víctor Cruz, Esteban Bigliardi, Tania Casciani, Romina Iniesta, Sofia Palomino, Jorge Pirado.

    WOMAN AT WAR

    Kona fer í stríð, Benedikt Erlingsson, Islandia | QUINCENA DE REALIZADORES.

    Pese a que la nueva ola del cine islandés tiene al drama identitario y las taras que deja en su sociedad una orografía agreste como blasones argumentales, la comedia también se hace su hueco en este momento de auge cinematográfico para la nación insular. En los intersticios del estilo ficcional de realizadores como Dagur Kári, Grímur Hákonarson, Rúnar Rúnarsson o Baltazar Kormákur, entre otros, se han colado cineastas con un gusto por la parodia, añadiendo nuevos jalones narrativos a los temas mentados con anterioridad. Así pues, autores como Hafsteinn Gunnar Sigurðsson –(Either Way, Paris of the North, Under the tree— y Benedikt Erlingsson abren nuevos caminos en los que se aporta una mirada exógena, abandonando la introspección de sus coterráneos para cuestionar la sociedad idílica que a extrafronteras parecen haber edificado y la gestión gubernamental que, no hace demasiado, provocó una gran crisis económica que terminó con los directivos de las entidades bancarias más importantes en prisión y con el vulgo, momentáneamente, tomando las riendas ejecutivas. Erlingsson, precisamente, se vale de todos los tópicos que acompañan a Islandia para ofrecer un retrato satírico y bastante crítico de la incapacidad de su pueblo para abrirse al exterior. En su ópera prima, De caballos y hombres (2013), que consiguió el premio al mejor debut del Festival de San Sebastián en 2013, a través de un políptico con relatos interrelacionados, subrayaba todas estas carencias en clave amarga, casi elegíaca. Su segundo filme, Woman at War, prosigue esa senda aunque apostando quizá más por el absurdo que por la denuncia. Aun así, pocos escapan a su ironía.

    Como ya hiciera la polaca Agnieszka Holland en la reciente Spoor, el alegato naturalista articula los dos primeros tercios del metraje, presentándonos a Halla, una profesora de yoga de mediana edad que sabotea en su tiempo libre al Estado tumbando instalaciones eléctricas. A medida que se estrecha el cerco sobre ella, recibe la noticia de la reactivación de su solicitud de adopción que parecía ya olvidada, algo que le hará replantearse su segunda vida. Como no podría ser de otra manera, no podrá luchar contra su naturaleza beligerante y seguirá adelante con un complot que hará temblar los cimientos de su nuevo futuro. Halla es el psicotipo de habitante del universo Erlingsson: una mujer independiente y desencantada, que intenta romper la monotonía con sus ideales. Todos los roles que habitan a su alrededor comparten esencia; desde su hermana gemela hasta su presunto primo (aparente objeto romántico), al que conoce en una de sus escaramuzas; aunque la función de ambos en la trama no pasa de mero resorte para dar vida a los diferentes giros. El paradigma de todo ello es el rol del cicloturista colombiano Juan –al que ya conocimos en la ópera prima del director—, un elemento satélite que supone el punto más alto de la vocación cómica del filme pero que a efectos reales no tiene peso alguno en la narración; más que la de ser la víctima coyuntural para nuestro regocijo. Esta no será el único efecto cómico al que recurrirá Erlingsson. La presencia de los músicos y cantantes que dan vida a la banda sonora, y que serán, además de acompañantes de las travesuras de Halla, también agoreros de lo que dará de sí la narración; anticipando, de forma insólita, el futuro fílmico y preparando la sonrisa del público, en la que incurrirá no pocas veces. Claro está, la reiteración en los procedimientos irá restando frescura y, sin ella, llega una previsibilidad que, si bien no empobrece el resultado final, si deja la sensación de obra menor, ya que recurre a varios happy endings –cada cual más estrambótico— y un epílogo que traiciona la agudeza del joven director nórdico. No obstante, Woman at war supone ser un paso adelante para Erlingsson, a la espera de conocer por qué senderos transitará su ficción. 65|100

    Islandia, 2018. Título original: Kona fer í stríð. Dirección: Benedikt Erlingsson. Guion: Ólafur Egilsson, Benedikt Erlingsson. Producción: Slot Machine / Gulldrengurinn / Vintage Pictures. Música: Davíð Þór Jónsson. Montaje: David Alexander Corno. Dirección de fotografía: Bergsteinn Björgúlfsson. Reparto: Halldóra Geirharðsdóttir, Jóhann Sigurðarson, Juan Camillo Roman Estrada. Duración: 101 minutos. Presentación oficial: Quincena de Realizadores del Festival de Cannes.

    FAHRENHEIT 451

    Ramin Bahrani, EE.UU. | FUERA DE COMPETICIÓN.

    Rehacer una pieza cultural clásica, o de culto, siempre será un ejercicio que enfrente a su realizador a un gran sector del público. No importa lo bien realizado que haya quedado el remake, ni lo bienintencionado de la propuesta, al final, siempre habrá que rendir cuentas ante los defensores incondicionales del producto original. “The music from the balconies nearby was overlaid by the noise of sporadic acts of violence” (La música de los balcones cercanos era aplacada por el ruido de actos esporádicos de violencia). Esa cita, extraída de la novela de culto de Ballard, High-Rise, sirvió al artista Edward Ruscha para crear una de las obras de pop art más importantes de los últimos años: “The Music from the Balconies”. Ruscha se inspiró en la novela para crear una pieza desasosegante, dominada por un paisaje natural de apariencia relajante y apacible sobre el que superpuso de forma violenta una serie de letras blancas en mayúscula que se apoderaban de toda placidez de la imagen. Un fresco estático fue más que suficiente para condensar la esencia de toda una novela y, sin embargo, 30 años después llegaría Ben Wheatley para realizar su adaptación cinematográfica. No porque pensase que con el cuadro de Ruscha no fuera suficiente, ni por creer que no era totalmente fiel, sino por un simple homenaje o reconocimiento a una obra admirada que, pese a sus virtudes y defectos, logrará acercar a un amplio público una novela o una pintura que antes desconocía.

    El remake que hace Ramin Bahrani sobre Fahrenheit 451, desde luego no está destinado a cinéfilos nostálgicos; su planteamiento no se presta a una comparación realista con las obras precedentes, ni tan siquiera aguantaría un análisis exclusivo e independiente de su argumento, puesto que es uno de tantos productos destinados a entretener al espectador medio, gracias a un argumento sencillo y asequible, con una atractiva trama y un reparto conocido. La novela que dio origen a esta idea, de Ray Bradbury, es una de las obras cumbre del género de culto; y qué decir de la trasposición que de ella realizó François Truffaut, una de las piezas de ciencia-ficción más importantes de todos los tiempos. Sin embargo, fuera de un circuito especializado, estas obras podrían pasar desapercibidas y, por lo tanto, una idea tan brillante y romántica como la terrorífica distopía de un mundo en el que se prohibiesen todos los libros y, en general, el pensamiento libre, quedaría condenada al disfrute de una afortunada minoría. En este sentido, destacamos el trabajo de Bahrani, porque, consciente de la dureza con la que la mayoría de medios recibiría su propuesta, no le ha temblado el pulso a la hora de hacer de este exclusivo producto de la alta cultura, un ejemplo claro de pop-cinema dirigido al disfrute de un gran número de espectadores y, con ello, ha logrado que muchos otros puedan disfrutar de esta fantástica historia, ya sea por medio de este blockbuster, dándole una oportunidad a la cinta de Truffaut, o adentrándose en el inestable relato de Bradbury. 45|100

    Estados Unidos, 2018. Título original: Farenheit 451. Director: Ramin Bahrani. Guion: Ramin Bahrani, Amir Naderi (Novela: Ray Bradbury). Duración: 100 minutos. Fotografía: Kramer Morgenthau. Música: Antony Partos, Matteo Zingales. Productora: Home Box Office (HBO). Distribuida por Home Box Office (HBO). Intérpretes: Michael B. Jordan, Michael Shannon, Sofia Boutella, Laura Harrier, Lilly Singh, Keir Dullea, Chris Gleason, Martin Donovan, Grace Lynn Kung, Joe Pingue, Sean Jones, Dylan Taylor, Lynne Griffin, Saad Siddiqui. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    WELDI

    Mohamed Ben Attia, Túnez | QUINCENA DE REALIZADORES.

    El tunecino Mohamed Ben Attia llega a Cannes con un corto pero interesante curriculum a sus espaldas. Su anterior y primera película, Hedi salió de Berlín hace dos años con un par de premios gordos: mejor ópera prima y mejor actor. Ahora presenta en la Quinzaine des Realisateurs Weldi, en la que un joven con problemas de salud desaparece justo antes de los importantes exámenes finales del instituto. La primera parte de la cinta se encarga de mostrarnos a una familia feliz, excesivamente normal, sin nada que destacar; incluso se podría decir que hasta un tanto monótona. Ben Aitta se aproxima a las escenas cotidianas tratando de mostrarse cercano, rodando muchas escenas cámara en mano y pegado a los personajes. Puede que el intento por subrayar tanto esta insustancial normalidad le pase factura cuando el joven desaparece para unirse al ISIS en Siria. En su estrategia formal y narrativa del principio busca que este giro sorprenda y descoloque, pero el resultado es justo el contrario y lastra el resto de la cinta. A partir de aquí, todos los pequeños giros de guion parecen un tanto abruptos: la decisión del padre de viajar hasta Siria para encontrarlo, sus peripecias para llegar hasta allí pasando por Turquía, la decisión final que adopta… Weldi, pese a estar en continuo movimiento, adolece de cierto estatismo estético y narrativo que impide que tanto sus personajes como el conflicto que retrata lleguen a calar. Sobresale, eso sí, hacia el final de la cinta (aunque también de forma abrupta), una reflexión sobre el esfuerzo paterno porque su manera de entender la felicidad se proyecte sobre los hijos. El descubrimiento principal del filme es ese choque que se produce cuando el padre acepta que ha llegado el cruel momento en el que los deseos de su hijo están por encima de sus consejos, cuando es necesario dejar de lanzar los miedos e inseguridades de uno mismo hacia su prole. Aunque, bien pensado, puede que para llegar a esta conclusión el escenario de un hijo pasándose de repente a las filas del ISIS no sea el mejor para ponerla de relieve. O, mejor dicho, puede que sí lo sea, pero que tal planteamiento requiera de una narración mucho más centrada y efectiva desde el primer minuto de metraje. 55|100

    2018. Túnez, Bélgica, Francia. Dirección: Mohamed Ben Attia. Guion: Mohamed Ben Attia. Fotografía: Fréderic Noirhomme. Montaje: Nadia Ben Rachid, Hafedh Laaridhi. Música: Omar Aloulou. Reparto: Imene Cherif, Mohamed Dhirf, Mouna Mejri, Tarik Copti, Taylan Mintas, Zakaria Ben Ayed.

    MANDY

    Panos Cosmatos, EE.UU. | QUINCENA DE REALIZADORES.

    Panos Cosmatos construye su histeria psicodélica bajo la influencia más enfermiza que podría extraerse del expresionismo alemán, evocando a aquellos grandes artistas que llegaron a la fama por representar la estética de lo incómodo y lo desagradable, como Balthus o Ernst Ludwig Kirchner. Sobre la abigarrada soledad de recónditos parajes rurales, se cierne la siniestra sombra de un grupo sectario tan intrigante como esperpéntico. El realizador consigue cuadrar una belleza muy efectiva y deslumbrantemente sombría durante todo el relato, sin olvidarse de no dar la espalda a un guion que, en su desproporcionada violencia y exagerada dramatización, no pierde de vista la verosimilitud del argumento en ningún instante. En este escenario es donde mejor se mueve uno de los actores que, pese a haber tocado lo más bajo de su carrera y haber sido material de memes durante años, ha logrado hacerse un hueco en uno de los sectores que más veneran y miman a sus ídolos. Nicolas Cage es el nuevo héroe de la serie B posmoderna, y lo demuestra con una actuación genial y autoparódica en esta cinta que le propone un papel para lucirse, y vaya si lo consigue; escupiendo sangre e improperios a destajo, el protagonista buscará saciar su venganza contra este entramado de enajenados satánicos que le arrebataron lo que más quería en el mundo.

    Mandy y Red son dos enamorados, incapaces de adaptarse a las normas de su entorno, se han propuesto construir un idílico romance marginal, a espaldas de todo lo que les rodea y dedicados en exclusiva el uno al otro. Sin embargo, cuando un grupo de fanáticos religiosos bajo las órdenes del nuevo psicópata líder mesiánico, Jeremiah, secuestra a la pareja y obliga a Mandy a someterse a los deseos del líder, todo desembocará en una bacanal de violencia y sangre, para la que Red tendrá que dejar salir a la bestia que dormía en su interior. La presencia del género de terror y está presente de forma acertada y siniestra en una banda de motoristas que encajan de maravilla con la estética gore y una seria dosis de adrenalina, siempre comedida por los acordes de una balada heavy, que serán los ejes principales de esta película que consigue no desfallecer en ningún momento, pese a su inestable ritmo narrativo, ni perder la esencia de su trama gracias a la acertada presentación de nuevos personajes y conducción de los acontecimientos hacia esa gran apoteosis final de vísceras y decibelios. 68|100

    Estados Unidos, 2018. Título original: Mandy. Director: Panos Cosmatos. Guion: Panos Cosmatos, Aaron Stewart-Ahn. Duración: 121 minutos. Edición: Brett W. Bachman. Fotografía: Benjamin Loeb. Música: Jóhann Jóhannsson. Productora: SpectreVision / Umedia / XYZ Films. Distribuida por XYZ Films. Intérpretes: Nicolas Cage, Andrea Riseborough, Linus Roache, Bill Duke, Richard Brake. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.


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