Lo psicótico se hunde donde nada lo místico
Crítica ✷✷✷✷✷ de Mandy (Panos Cosmatos, Estados Unidos, 2018)
Estados Unidos. 2018. Título original: Mandy. Director: Panos Cosmatos. Guion: Panos Cosmatos, Aaron Stewart-Ahn (Historia: Panos Cosmatos). Productores: Nate Bolotin, Daniel Noah, Adrian Politowski, Josh C. Waller, Elijah Wood. Productoras: Piccadilly Pictures / Son Capital / SpectreVision / Umedia / XYZ Films / Legion M. Distribuida por XYZ Films. Fotografía: Benjamin Loeb. Música: Jóhann Jóhannsson. Montaje: Brett W. Bachman, Paul Painter. Diseño de producción: Hubert Pouille. Reparto: Nicolas Cage, Andrea Riseborough, Linus Roache, Ned Dennehy, Olwen Fouéré, Richard Brake, Bill Duke, Line Pillet.
El cine fantástico está atravesando, en los últimos años, por uno de sus mejores momentos. Nuevos nombres están luchando por insuflar aires frescos a un género necesitado de ideas frescas y caminos diferentes por los que transitar, aunque sea echando la vista atrás para empaparse de referencias a los grandes creadores clásicos y, en un acto de reciclaje creativo, ofrecernos propuestas que rompen todos los moldes y se salen de lo adocenado. Uno de estos cineastas es, sin duda, el italo-canadiense Panos Cosmatos, vástago de George Pan Cosmatos, un director que en las décadas de los ochenta y noventa cultivó un tipo de cine de acción cargado de testosterona que tendría en
Rambo 2 (1985),
Cobra, el brazo fuerte de la ley (1986) y
Tombstone: La leyenda de Wyatt Earp (1993) a sus más exitosos exponentes. En esta ocasión, el hijo ha demostrado unas mayores ambiciones autorales que las del padre y con su ópera prima, la inclasificable cinta de ciencia ficción independiente
Beyond the Black Rainbow (2010), logró ganarse la etiqueta de cineasta de culto. Su historia no era otra cosa que la enésima variación del tema del científico loco cuya aberrante creación termina rebelándose contra él, a través de la enfermiza relación –con ecos del cine de su compatriota David Cronenberg, con
Scanners (1981) a la cabeza– que establecen un terapeuta perturbado y una joven con poderes psíquicos con la que está trabajando en un misterioso lugar denominado instituto Arboria. Lo que hizo distinta a aquella propuesta de otras de similares planteamientos fue su atmósfera lisérgica, donde el surrealismo se daba la mano con lo onírico, y una rompedora apuesta audiovisual, mucho más cercana al cine experimental que al comercial, en la que lo sensorial prevalecía siempre por encima de la propia historia.
Beyond the Black Rainbow fue un filme que gozó de cierto reconocimiento en los ambientes festivaleros, pese a que su repercusión entre el gran público fue prácticamente nula. Ocho largos años ha tardado Panos Cosmatos en embarcarse en un nuevo proyecto cinematográfico pero, viendo lo que ha conseguido con
Mandy (2018), hay que reconocer que la espera ha valido mucho la pena. Su premio como mejor director en el reciente Festival de Sitges así lo atestigua.
Para este segundo trabajo el director ha contado con una alianza a priori arriesgada pero, finalmente, fundamental en el éxito de la película: la de un Nicolas Cage que lleva una década en horas bajas, desperdiciando su innegable talento en productos de dudosa calaña que, en la mayoría de los casos, no llegan ni a estrenarse en salas comerciales –con excepciones puntuales como las de
Joe (David Gordon Green, 2013) o
Mamá y papá (Brian Taylor, 2017)–, y que, gracias a
Mandy, vuelve a primera línea de fuego como el carismático hombre de acción que fue en la década de los 90 gracias a títulos indispensables del género como
La roca (Michael Bay, 1995),
Con Air (Simon West, 1997) o
Cara a cara (John Woo, 1997). Cage, un tipo con gran número de detractores por sus habituales sobreactuaciones, nada a sus anchas en una película que le brinda la oportunidad de dar rienda a sus excesos de manera justificada y lo cierto es que hacía muchos años que no se mostraba tan pletórico en la gran pantalla. Él es Red, un leñador que vive una apacible vida en una cabaña del corazón de los bosques californianos, junto a su mujer Mandy, en 1983. Un pequeño paraíso terrenal en el que la pareja se prodiga todo su amor lejos del mundanal ruido. Mandy es una joven sensible y pura, que pasa los días regentando una pequeña tienda, pintando o leyendo novelas fantásticas, hasta que tiene la mala fortuna de llamar la atención del excéntrico líder de una secta, que llega a obsesionarse con ella hasta el punto de invocar, junto a sus secuaces, a una banda de motoristas del infierno para que la capturen con la firme intención de captarla para su enfermiza causa. Esto es solo el desencadenante de una aterradora historia de asesinato y venganza en la que Nicolas Cage sufre todo tipo de vejaciones y torturas durante su descenso a los infiernos en la búsqueda de “ajusticiamiento” contra una banda de lunáticos por esa felicidad salvajemente arrebatada. Como si de una alucinada versión, puesta de coca y LSD hasta las cejas, del mítico
Mad Max (George Miller, 1979) se tratara, el desdichado Red emprende una sangrienta cacería contra cada una de las personas que hicieron daño a Mandy. Un festival gore en el que no se escatima en decapitaciones, empalamientos y demás barbaridades, haciendo que la película coquetee con el “Torture Porn” en muchos momentos. La facilidad con la que el protagonista aplasta cabezas solo es comparable a la mostrada por Vince Vaughn en
Brawl in Cell Block 99 (S. Craig Zahler, 2017), otro magnífico ejemplo de obra de género de ambientación retro y con cero concesiones a la comercialidad.