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    Valeria Golino
    Valeria Golino

    Rest in power

    Crónica de la séptima jornada de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    8 días. Ya son 8 las jornadas que llevamos aquí de sala en sala, de sección en sección, de película en película. Recorriendo el bullicioso paseo de la Croisette de arriba a abajo, del Miramar al Palais. A algunos esta semana se le sabrá hecho corta. Muchos ya hemos perdido la noción del tiempo y, entre el sueño y el cansancio acumulado, uno acaba subiendo las escaleras del teatro casi por inercia, por una fuerza extraña que nos empuja hacia el haz de luz que nos regala cine. Y ahora que ya hemos recibido muchos de esos regalos, podemos ir perfilando algunas ideas (puede que todavía precipitadas) de esta edición. Veníamos de un año polémico, donde la Sección Oficial dejó un gusto un tanto amargo por la abultada representación de películas que se encuadran dentro del llamado «cine de la crueldad» mientras que en Un Certain Regard muchos encontraron cobijo con títulos como Western, de Valeska Grisebach, Closeness, de Kantemir Bagalov, Wind River, de Taylor Sheridan o La cordillera de Santiago Mitre. Este año las tornas han cambiado. La sección grande del festival ha vuelto a recobrar la relevancia que merece y ya hemos visto algunas obras más que notables (Rohrwacher, Panahi o Pawlikowski), otras películas que han dejado un muy buen sabor de boca (Serebrennikov, Kore-eda o Zhang-ke) y luego está Godard, que la crítica ya se encarga de que juegue en otra liga. Cualquiera de ellas podría estar en el palmarés, aunque no nos adelantemos que todavía nos faltan por ver 7 películas en competición. Sin embargo, en Un Certain Regrd, solo dos películas han destacado por ahora: por un lado, el intimista relato de una joven en pleno proceso de cambio de sexo en Girl, de Lukas Dhont, con una interpretación magistral de Victor Polster; por otro lado, la nueva genialidad de Bi Gan, Long day’s journey into night, que reseñamos en esta crónica. El resto, un puñado de películas correctas que no dejan huella. En la Debussy, la sala donde se realiza las première de esta sección, todavía esperamos alguna que otra sorpresa.

    por EAM
    mayo 16, 2018

    Festival de Cannes 2018 | Día 7. Críticas: Long day's journey into night, At War (En guerre), El motoarrebatador, Euforia

    por EAM | mayo 16, 2018
    Miele, de Valeria Golino

    Objeción de conciencia asistida

    crítica de Miel | Miele, de Valeria Golino, 2013

    El debut de Valeria Golino en la dirección –actriz italiana partícipe en filmes como Rain Man (1988), Leaving Las Vegas (1995) o Frida (2002)– ha sido notable. Miele (2013), presentada en el pasado Festival de Cannes en la sección Un Certain Regard, es un filme valiente. Por su temática de fondo. La eutanasia. Los riesgos eran muchos. Desde el sentimentalismo maniqueo, pasando por la reivindicación panfletaria, hasta la provocación intrascendente. Sale, más o menos, bien parada de cada uno de los desafíos. El peligro era grande. Es cierto que la redundancia argumental deja al descubierto las costuras de Miele. Películas como Mar adentro (2004), One Million Dollar Baby (2004), Johnny cogió su fusil (1971), Las invasiones bárbaras (2003) o la reciente Amour (2012), que tratan en mayor o menor medida, de forma directa o indirecta, el tema de la muerte asistida se presentan como escollos difíciles de esquivar. Especialmente a la hora de establecer comparativas referenciales. Sin embargo, sus atributos no son pocos. No busca la comparación. Valeria Golino, con sobriedad meridiana, adapta la novela A nome mío de Mauro Covacich. Sin ninguna voluntad de establecer equivalencias.

    Lo interesante de este acercamiento a la eutanasia es el punto de vista. La protagonista es –en este caso– el ángel de la muerte (o Doctora Muerte). No el enfermo. La historia se centra en el personaje de Irene/Miele, interpretado por una espléndida Jasmine Trinca –esa maravilla que nos deleitó con su presencia en La habitación del hijo (2001), La mejor juventud (2003), o Casa de tolerancia (2011) –. Esta mujer, que hace del dilema enfermedad –una inquietante taquicardia, extraños sangrados nasales–, forma parte de una red que facilita el proceso de muerte asistida. El modus operandi es siempre el mismo. Después de recibir la dirección del paciente, Irene viaja hasta los Estados Unidos. El objetivo no es otro que cruzar la frontera con México, para comprar Lamputal en alguna de sus muchas farmacias. Un veneno para perros. Paradójico. Una vez adquirido el producto, Miele asiste con agnóstica liturgia. Todo parece transcurrir por los cauces estipulados. Hasta que explota la burbuja. El detonante es el engaño. Un paciente al que le facilita el veneno –con el que trabará amistad a posteriori–, cuyo pesar no tiene nada que ver con una enfermedad, sino con un desencanto por la vida. Esta picardía del suicida es sustancial. Derrumba el castillo de naipes. En ese momento queda patente que la directora italiana se mantiene neutral (?) en el debate. Escurre el bulto de la polémica y se concentra en la guerra interior de Miele/Irene. Y su traslación a la vida íntima. Plagada de mentiras y aventuras amorosas de extrarradio.

    por Anónimo
    diciembre 11, 2013

    Crítica | Miel

    por Anónimo | diciembre 11, 2013

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