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    Crítica | Miel

    Miele, de Valeria Golino

    Objeción de conciencia asistida

    crítica de Miel | Miele, de Valeria Golino, 2013

    El debut de Valeria Golino en la dirección –actriz italiana partícipe en filmes como Rain Man (1988), Leaving Las Vegas (1995) o Frida (2002)– ha sido notable. Miele (2013), presentada en el pasado Festival de Cannes en la sección Un Certain Regard, es un filme valiente. Por su temática de fondo. La eutanasia. Los riesgos eran muchos. Desde el sentimentalismo maniqueo, pasando por la reivindicación panfletaria, hasta la provocación intrascendente. Sale, más o menos, bien parada de cada uno de los desafíos. El peligro era grande. Es cierto que la redundancia argumental deja al descubierto las costuras de Miele. Películas como Mar adentro (2004), One Million Dollar Baby (2004), Johnny cogió su fusil (1971), Las invasiones bárbaras (2003) o la reciente Amour (2012), que tratan en mayor o menor medida, de forma directa o indirecta, el tema de la muerte asistida se presentan como escollos difíciles de esquivar. Especialmente a la hora de establecer comparativas referenciales. Sin embargo, sus atributos no son pocos. No busca la comparación. Valeria Golino, con sobriedad meridiana, adapta la novela A nome mío de Mauro Covacich. Sin ninguna voluntad de establecer equivalencias.

    Lo interesante de este acercamiento a la eutanasia es el punto de vista. La protagonista es –en este caso– el ángel de la muerte (o Doctora Muerte). No el enfermo. La historia se centra en el personaje de Irene/Miele, interpretado por una espléndida Jasmine Trinca –esa maravilla que nos deleitó con su presencia en La habitación del hijo (2001), La mejor juventud (2003), o Casa de tolerancia (2011) –. Esta mujer, que hace del dilema enfermedad –una inquietante taquicardia, extraños sangrados nasales–, forma parte de una red que facilita el proceso de muerte asistida. El modus operandi es siempre el mismo. Después de recibir la dirección del paciente, Irene viaja hasta los Estados Unidos. El objetivo no es otro que cruzar la frontera con México, para comprar Lamputal en alguna de sus muchas farmacias. Un veneno para perros. Paradójico. Una vez adquirido el producto, Miele asiste con agnóstica liturgia. Todo parece transcurrir por los cauces estipulados. Hasta que explota la burbuja. El detonante es el engaño. Un paciente al que le facilita el veneno –con el que trabará amistad a posteriori–, cuyo pesar no tiene nada que ver con una enfermedad, sino con un desencanto por la vida. Esta picardía del suicida es sustancial. Derrumba el castillo de naipes. En ese momento queda patente que la directora italiana se mantiene neutral (?) en el debate. Escurre el bulto de la polémica y se concentra en la guerra interior de Miele/Irene. Y su traslación a la vida íntima. Plagada de mentiras y aventuras amorosas de extrarradio.

    Miele, de Valeria Golino

    Irene introduce la ansiedad de la conciencia en el mar. Los largos en el océano como huida a ninguna parte. Evasión de su farsa vital. Inmutablemente fría. A medida que avanza el metraje, parece llegar al límite. Ese límite al que había llegado, salvando las distancias, José Luis antes de ejercer –Nino Manfredi– en El verdugo (1963). Por si el espectador albergase alguna duda, Valeria Golino hace hincapié en los primeros planos a Jasmine Trinca, la eutanasia y su controversia se hacen a un lado. La cinta se eleva al ámbito más personal. No busca tanto la identificación con el personaje y su capacidad emotiva, como hacernos conscientes de que ella es el punto. El drama de su rol como misionera de la muerte. El sufrimiento de Irene, su corrosión, su crisis “laboral”, y una tardía objeción de conciencia marcarán el pulso dramático. La eutanasia, como tal, se mantiene en un segundo lugar. Casi residual. Marginal, más bien. Un pretexto. La tragedia no viene marcada por todos esos enfermos que quieren transitar de la subsistencia a la expiración, sino por la lucha interior de la protagonista. La tragedia se sitúa, entonces, en la disputa interna de Miele/Irene. Rodada con maestría, con pausas rítmico-narrativas –los chapuzones en el mar, o los paseos en bicicleta–, y una proyección del conflicto hacia fuera. Sobre una persona: el paciente suicida –interpretado por Carlo Cecchi–, convirtiéndolo, simultáneamente, en un conflicto de relación.

    Miele, de Valeria Golino

    Sin embargo, lo que no busca –aparentemente– con los primeros planos sí lo hace con la banda sonora. Su carácter diegético provoca que el elemento expresivo derive tanto de la música, como de la impresión emocional que tiene Irene al experimentarla. No es casualidad que en el servicio de la muerte, Miele incluya una canción del gusto de sus pacientes. La amargura del adiós. Notas de despedida. Concesiones a la belleza. Acompañamiento que, junto a una amistad contra natura, hace más digerible la hostilidad de la protagonista. Elementos que buscan la emoción de la platea. El llanto en la butaca. Venias para con el público medio. En resumidas cuentas, película formalmente sobria (con encuadres sin adornos pero jugueteando con la luz), que dota de personalidad el trabajo inaugural de Valeria Golino. Escoltado por una banda sonora y una fotografía sobresalientes. Pese a un final previsible, con guiño almibarado incluido, Miele es una ópera prima atrayente y sugestiva a partes iguales. Un retrato sobre la condena de vivir con estigmas, físicos o mentales ¿Un tímido alegato a favor del derecho del ser humano a decidir sobre su vida? Juzguen ustedes mismos. Una cinta que sirve como excusa para hacerse preguntas. ★★★★★

    Andrés Tallón Castro
    redacción Madrid | Festival de Cine Italiano

    Italia, Francia, 2013, Miele. Director: Valeria Golino. Guion: Valeria Golino, Francesca Marciano, Valia Santella (Novela: Mauro Covacich). Productora: Buena Onda / Les Films des Tournelles. Fotografía: Gergely Pohárnok. Reparto Jasmine Trinca, Carlo Cecchi, Libero De Rienzo, Vinicio Marchioni, Barbara Ronchi, Roberto De Francesco, Valeria Bilello, Elena Callegari, Eastynn Chadwick.

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