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    Festival de Cannes 2017 | Día 7. Críticas: Hikari / Rodin / 24 frames / Jeune femme / Dopo la guerra

    Naomi Kawase

    Galería de lo etéreo

    Crónica de la séptima jornada de la 70ª edición del Festival de Cannes.

    El odio y la intolerancia se adueñaron hoy del certamen aunque, por desgracia, no fue a causa de una película. El festival se vestía de luto como señal de protesta contra los atentados ocurridos en Mánchester, y programaba un minuto de silencio en las proyecciones de media mañana por solidaridad hacia todas las víctimas. La realidad nos entregaba un mensaje de desprecio y terror que siempre debería estar reservado para las ficciones. Un mensaje muy diferente al que la realizadora Naomi Kawase enviaba con su nueva película Hikari, un filme sobre la tolerancia y el respeto que envuelve un bello homenaje al cine para invidentes tan entrañable como delicado. Posteriormente acudíamos a la presentación de la película póstuma del magnífico director Abbas Kiarostami; 24 Frames compone una sutil pieza de experimentación artística e intertextualidad que, si bien puede resultar difícil de conectar con un aficionado exclusivamente cinematográfico, deleitará a todos los amantes de lo estético. Un trabajo sobre lo excelso y lo bello que se encuentra en las antípodas del segundo filme de sección oficial. Rodin traicionaba por completo la promesa artística que se extraía de su título. Doillon destruía la visión magnánima de uno de los artistas del cincel más importantes de todos los tiempos, y condenaba a su protagonista a la mediocridad sensacionalista de un relato chocarrero. Por suerte, con Jeune Femme podíamos resarcirnos del mal trago gracias a una Frances Ha parisina muy acertada.

    HIKARI

    光, Naomi Kawase, Japón | COMPETICIÓN.

    Por Alberto Sáez Villarino

    Con la publicación de Sobre héroes y tumbas, y en particular con el capítulo “Informe sobre ciegos”, Ernesto Sábato cambiaba la percepción que la sociedad tenía acerca de las personas invidentes; el tenebroso descensus ad inferos de Fernando Vidal mostraba a estas personas como siniestros seres malignos que actúan en las sombras y traman la dominación del mundo. La protagonista de la última película de Naomi Kawase, Hikari, al igual que Vidal, se adentrará en un mundo de tinieblas donde no parece ser bien recibida, al menos, en un principio. Misako se dedica a la audiodescripción para ciegos, su pasión por el trabajo la hace esforzarse por encontrar la palabra perfecta para cada gesto, color, textura, movimiento…sin embargo, su meticulosidad a la hora de trascribir el lenguaje visual al escrito la llevará a olvidarse de algo muy importante: los sentimientos. El grupo de muestra que acude a la proyección de la película en la que Misako está trabajando, le recriminará su frialdad, el no permitir que la poesía se adueñe de la lectura en aquellos momentos en los que la pasión está por encima de las acciones. En concreto, Nakamori, un fotógrafo que sufre una pérdida de visón progresiva, parece ser el más intransigente y crítico con su trabajo, lo que los lleva a una gran discusión.

    La protagonista, pese a sentirse dolida por los comentarios del fotógrafo, no puede evitar una cierta curiosidad hacia él, por lo que indaga en su obra y descubre imágenes que la transportarán a un tiempo pasado. La película, de clara factura romántica, utiliza un ritmo taciturno y una iluminación muy sugestiva que nos permite distinguir perfectamente los acertados contraluces de Nakamori, incapaz de encontrar la belleza de la vida ahora que todo se apaga a su paso. La directora cambiará entonces la siniestra percepción del ciego ofrecida por Sábato, por un retrato comprensivo que subraya los impedimentos y frustraciones que supone una situación tan traumática como es la pérdida irreversible de la visión. Con la ayuda de Misako, el artista retirado tendrá que darse cuenta de que la oscuridad tras la luz no tiene por qué ser una condena, sino la oportunidad para construir una visión idealizada de la belleza que un día tuvo ante sus ojos; “no existe nada tan bello como lo que desaparece frente a nuestros ojos”. La importancia de lo efímero como potenciador del esplendor natural. Por otra parte, la joven transcriptora, quien parece haber vivido mucho tiempo con los ojos cerrados a consecuencia del dolor tras la pérdida, deberá recorrer un largo camino, auxiliada por el fotógrafo, para encontrar la armonía entre el pasado y el presente, permitir que aflore de nuevo su pasión y completar así un trabajo inmaculado en un original y conmovedor homenaje al cine, un cine que se esfuerza en abrazar a todos sus espectadores. (★★★)

    24 FRAMES

    Abbas Kiarostami, Irán | FUERA DE COMPETICIÓN.

    Por Alberto Sáez Villarino

    La película póstuma de Abbas Kiarostami, 24 Frames, resulta una presentación de diapositivas animadas en las que el autor añade un contexto dramático-especulativo a algunas instantáneas, 23 para ser concretos, con el fin de dar vida a una composición artística cuyo estatismo no termina de satisfacerle. En la primera de las diapositivas aparecerá el famoso cuadro de Pieter Brueghel, Los cazadores en la nieve, una de las seis piezas que componen su serie Los trabajos de los meses. El cuadro, un paisaje idealizado cubierto de copiosa nieve, lo protagonizan tres cazadores y sus perros que caminan de vuelta a casa por un cerro montañoso que desemboca drásticamente sobre un valle helado. La decepción se apodera de la pintura al comprobar que entre los tres cabizbajos hombres, cuyo abatimiento se transmite a los perros que los siguen, sólo han logrado capturar una pieza. Brueghel, “El viejo”, popularizó los paisajes nevados en la pintura gracias a este cuadro tan admirado por Tarkovsky, quien lo reprodujo en dos de sus películas: Andrei Rubliov (1966) y El espejo (1975), y lo expuso colgado en la pared en una escena de Solaris (1972). Dicha pieza servirá de prólogo de un filme que, en sus 23 escenas siguientes, incluirá en lugares diferentes varios elementos coincidentes de éste, y tratará de proseguir con una linealidad narrativa que, eso sí, resultará tan metafórica como exigente en su lectura interpretativa.

    El autor, a lo largo de la exposición, irá jugando con la textura de la imagen, intercalando escenarios tan nevados como el del cuadro con paisajes aéreos y marítimos, secos y frondosos; también alternará entre el blanco y negro y el color, escenas con música o sin música, con la presencia de humanos o exclusivamente de la naturaleza… pero siempre con la predominancia de un espacio conectado por elementos internos que, a su vez, mantendrán relaciones con particularidades de ese cuadro inicial, como los cuervos, las ramas secas de los árboles, los diferentes animales, el sonido de disparo de cazadores, o la nieve y las tormentas. Será el espectador el encargado de buscar (si es que así lo desea) un significado a cada fotografía, como podrían ser las etapas de la vida: cortejo de los caballos, acto sexual de leones, aparición de la vegetación como el origen de la vida, gaviota que muere mientras otra permanece a su lado como la fase del duelo, gorrión que se aísla entre la nieve, mientras dos cuervos pelean a su espalda y finalmente se van, separación… En cualquier caso, parece que lo más importante para el realizador es la exposición del cine como medio de transgredir las diferentes formas de expresión artística, como la fotografía, con la que juega de forma constante en astutos trucos de simetría, perspectiva o punto de fuga: modificando y añadiendo constantes líneas horizontales y verticales, reales o imaginarias, a la escena; innovando con la composición y el encuadre, añadiendo ventanas y aperturas en superficies verticales que actúan como el marco de la escena; y haciendo asociaciones de sonidos que despisten y provoquen la asociación de conceptos, como el aullido del lobo y el silbido del viento como algo presagioso, o el sonido de una sierra y el mugido de una vaca como representación de la muerte de la naturaleza. Una cuidada pieza de experimentación que, por su exclusividad y exaltación artística, parece más destinada a una galería de arte que a una sala de cine. (★★★)

    RODIN

    Jacques Doillon, Francia | COMPETICIÓN.

    Por Alberto Sáez Villarino

    El quebradizo vínculo entre musa y artista ha sido sometido a un análisis figurativo por el cine francés desde casi sus orígenes, aunque alcanzaría un protagonismo definitivo a partir de la nueva ola rupturista. La musa es la representación más aceptada de la posición de la mujer como mero accesorio, cosificada por un tirano, o proxeneta, que la somete a sus caprichosos deseos con la excusa de la creatividad. Jacques Doillon recurre a la deificada figura de Auguste Rodin para volver a incidir en esta temática. Rodin muestra un episodio bastante tormentoso en la vida del escultor, el correspondiente a su relación con Camille Claudel, su ayudante, alumna, amante y prometida. El contexto del filme coincide, y así nos lo hace saber su apertura y prólogo con la fase creativa de la fantástica Puerta del Infierno, lo que resulta muy estimulante como punto de partida para el espectador pues se verá acompañado por un proceso de descubrimiento de los intertextos y las referencias más recónditas que alberga la magnífica pieza de bronce. ¿Qué pasaje de La divina comedia inspira a cada uno de los esbirros? ¿Qué posición erótica fue recreada a partir de la pluma de Baudelaire? ¿De qué diabólico motivo surge el espíritu ovidiano? ¿Qué hay detrás de la historia de Paolo y Francesca? Sin embargo, el transcurso del metraje actuará como una dolorosa fusta que nos despierta del sueño, nos obliga a resignarnos a la mediocre verdad del argumento y, en última instancia, nos destroza con un ritmo narrativo farragoso y exasperante.

    No, no habrá lugar para el arte fuera del título de esta película, en su lugar, el director nos atormenta con un relato sensacionalista e histérico, caricaturizando a los protagonistas hasta el punto de la desmitificación más despiadada del artista del barro —For me, clay come first— y su pupila aventajada. Sí, nombres como el de Cézanne, el de Monet o Balzac no dejarán de aparecer, pero las referencias a ellos serán tan evidentes y ordinarias como el propio motor temático: esa esperpéntica relación llena de celos, gritos, reacciones exageradas y rabietas infantiles, donde la simple mención a ese grotesco contrato prematrimonial, simbólico y absurdo, termina por completar la extensa lista de clichés de la empalagosa comedia indigesta. El realizador pierde más de tres cuartos de película en el desquiciado sinsentido amoroso y se olvida de que está mancillando el nombre impreso en su cartel promocional a costa de una trama que no le llega ni a la altura de la rodilla de uno de sus famosos miembros mutilados. Existen, no obstante, momentos de abstracción dramática en el que se muestran los problemas de autoría y decisión a la hora de entregar sus principales encargos a estirados burgueses, quienes no veían con buenos ojos que la solemnidad de un héroe nacional como Balzac fuera denostado con un rostro desfigurado y un cuerpo de embarazada —literalmente—, ésos son los mejores momentos de la cinta que, por desgracia, serán tan efímeros como el tiempo que dure el Rodin de Doillon en nuestra memoria. (★)

    JEUNE FEMME

    Léonor Serraille, Francia | UN CERTAIN REGARD.

    Por Víctor Blanes Picó

    Faltaba en Un Certain Regard una ópera prima diferente y fresca que nos convenciera y sorprendiera a partes iguales. Hasta hoy. Léonor Serraille debuta en el largometraje con una película que quiere ser el reflejo de una generación. Paula vive en el barrio parisino de Montparnasse junto a su novio Joachim, un conocido fotógrafo que alcanzó la fama gracias a una fotografía suya. Tras la ruptura, Paula se ve sola, sin dinero ni hogar, pero con su arrolladora personalidad como mejor arma para tratar de encontrar su sitio en una ciudad en la que, como ella misma dice, hay poco espacio para la imaginación y demasiado dinero. Jeunne femme podría ser una especie de road movie urbana en la que Paula deambula en busca no solo de compañía, sino también de una persona que entienda su situación vital (y puede que, paradójicamente, la que mejor la comprenda sea una niña).
    Al igual que la Frances Ha de Greta Gerwig pronto se erigió como un símbolo de los treintañeros neoyorquinos, la Paula interpretada de manera excelente por Laetitia Dosch podría perfectamente ser su variante francesa. La referencia es más temática que visual: Paula, como Frances, no sabe qué hacer con su presente mientras mil ideas le recorren la cabeza para el futuro (¿quizás volver a estudiar?); no tiene dónde quedarse, y por eso echa mano de amigos y nuevos conocidos para encontrar cobijo para ella y su gato; su espontaneidad y verborrea provoca la misma cantidad de alegrías que de líos y malentendidos. A sus 31 años, es el reflejo de esos adultos urbanitas que reniegan del paso de los años y que se sienten solos pese a estar en un lugar rodeados de gente; aquellos que perciben que las imposiciones estructurales de lo que se debe hacer atan sus ganas de vivir, les generan dudas y les colocan en un periodo de stand by continuo que les aísla del mundo exterior: al final, Paula es el bicho raro cuando en realidad conectamos plenamente con todas sus reflexiones. Léonor Serraille presenta estas ideas (y muchas más) a través de las distintas situaciones a las que se enfrenta la protagonista (la soledad, a través de la joven en el metro que la confunde con otra persona y cómo la utiliza para encontrar a una nueva amiga; las ataduras invisibles a las que nos somete la sociedad, a través de la respuesta violenta de Joachim tras la ruptura definitiva). Su agilidad narrativa le permite no tener que recurrir a lo explícito para retratar de manera certera el estado de ánimo de toda una generación. Puede que Paula sea solo un personaje, pero en sus frustraciones muchos verán reflejadas gran parte de sus contradicciones diarias, y en su espontaneidad encontrarán un inesperado antídoto ante el desengaño que supone la madurez. (★★★★)

    DOPO LA GUERRA

    Annarita Zambrano, Francia, Italia | UN CERTAIN REGARD.

    Por Víctor Blanes Picó

    Aunque la primera película de la italiana Annarita Zambrano utilice un grupo terrorista de extrema izquierda ficticio, las situaciones a las que se enfrentan sus personajes podrían remitirnos a los problemas que plantea el día después de cualquier conflicto armado, de cualquier guerra. Y es que el pasado siempre está al acecho para volver sin previo aviso. O mejor, el pasado siempre deja una herida demasiado fácil de reabrir. En el convulso curso académico de 2002, en plenas protestas en contra del plan Bolonia, un profesor es tiroteado a la salida de la universidad. El asesinato es reivindicado por un grupo llamado igual que el que lideró Marco Lamberti en los años 80, durante los llamados «años de plomo» del país transalpino. Es en este punto cuando las vidas de dos familias vuelven a desmoronarse: por un lado, en Francia, Marco vive exiliado gracias a la doctrina Mitterrand y se esconde de las autoridades con su hija sin saber quién ha podido sacar del baúl del olvido ese nombre para reivindicar el acto. Por otro lado, en Italia, la madre y hermana de Marco sufren por un fantasma que no saben dónde está, pero que les sigue acechando y que cambia el rumbo de sus vidas.

    Annarita Zambrano escoge centrar su mirada sobre el entorno de quien ha decidido utilizar la violencia como acto de reivindicación política. Dejando a un lado las víctimas instantáneas y obvias de cualquier conflicto, pone su mirada en las víctimas del tiempo, aquellos que son víctimas de sí mismos y salpican a quienes les rodean. Dopo la guerra sabe combinar el discurso político y moral para llevarlo al seno familiar. De este modo, todos sus miembros se verán frente a un problema o ante una encrucijada cuya solución significaría echar más leña a un fuego cuyos rescoldos siguen candentes. El resultado es una película excesivamente correcta y académica, que en ocasiones recuerda al estilo emotivo de Nanni Moretti, pero que arriesga un poco en su desarrollo temático, pero nada en su dimensión visual. Su calculada estructura para presentar a los personajes contrasta con la facilidad con la que plantea la controversia del tema. Y así, en el desenlace, cuando es el momento de mojarse y arriesgar con la conclusión, Zambrano escoge el atajo del Deus ex machina para volver a caer en la complacencia. Pese a sus errores y falta de riesgo, Zambrano viene a demostrar en su primera película que, de la guerra, nunca hay un después. (★★★)

    En cuerpo y alma

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