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    Ira Sachs
    Ira Sachs
    || Críticas | Karlovy Vary 2026 | ★★★★★
    The Man I Love
    Ira Sachs
    Los sonidos de la memoria


    Nacho Álvarez
    Karlovy Vary (República Checa) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Título original: «The Man I Love». Dirección: Ira Sachs. Guion: Ira Sachs y Mauricio Zacharias. Compañías productoras: Big Creek Projects, SBS Productions, Assemble Media, MK2 Films, Merino Films. Fotografía: Josée Deshaies. Reparto: Rami Malek (Jimmy George), Tom Sturridge, Luther Ford, Rebecca Hall, Ebon Moss-Bachrach. Duración: 95 minutos.

    En The Man I Love (2026), Ira Sachs vuelve a transitar un espacio-tiempo habitual de su filmografía. Esta vez la Nueva York de los años 80 tiene como protagonista a Jimmy, un artista enfermo de VIH que se encuentra inmerso en los ensayos de una obra de teatro y a medio camino entre una relación estable con su pareja Denis y la inesperada aparición de Vincent, un joven inglés recién llegado a la ciudad que se muda al piso de abajo. Después de la reciente Un día con Peter Hujar (2025), en la que Nueva York y la efervescencia artística de los años 70 quedaban esbozados entre las paredes de un apartamento y las palabras de una entrevista, Sachs también filma el universo personal de Jimmy desde encuentros y miradas, a través de su habitual predilección por los interiores (rincones de apartamentos, camas, locales nocturnos o camerinos), desde los que explora la intimidad de su protagonista.

    No obstante, el gran pilar de la película es la música. Por un lado la popular, desde la versión del clásico The Man I Love de Ira Gershwin que le da título o Look What They’re Done to my Song, Ma de Melanie a los ensayos de la obra y las fiestas plagadas de amigos y familiares; por otro, el Stabat Mater de Vivaldi (1712), una pieza de música sacra compuesta para la Virgen de los Dolores que aparece una y otra vez en la película, hasta el punto de superponerse al sonido diegético de un tocadiscos cuando Vincent vuelve a casa tras ser rechazado por Jimmy en un bar. Esta convivencia entre ambas en el metraje puede transportarnos al cine de Terence Davies, a las canciones de los pubs de Liverpool filmadas en largos movimientos de cámara y encadenados, o a esos sonidos que activaban la memoria de un tiempo pasado y que el cineasta británico siempre contrapuso a la carga religiosa que atravesaba su experiencia homosexual. En The Man I Love, como en el resto del cine de Ira Sachs, no existe esta condena explícita desde de la religión, sino que la inclusión del fragmento barroco parece servirle -al igual que el Requiem de Mozart que inundaba los primeros planos de Ben Whishaw en los interludios de Un día con Peter Hujar- para introducir a la película en un tono melancólico que embellece aún más la humanidad de la propuesta. Es la música la que narra de principio a fin, la que atrae a personajes al cuadro y perfila emocionalmente a su protagonista. Dos travelling especulares en escenas consecutivas contienen el mundo interior de Jimmy, que se mueve entre la fragilidad, el deseo, la muerte y el intento de apoyo en los demás. Un primer movimiento aleja brevemente la cámara mientras su hermana (Rebecca Hall) canta la canción irlandesa How are things in Glosa Morra -del musical Finian’s Rainbow (1947)- y el plano se va agrandando progresivamente para invitar a todos los presentes a participar a coro alrededor de la mesa. En la siguiente secuencia, con casi todos los presentes en un pub nocturno, es Jimmy el que canta al micrófono, y tras un contraplano que muestra al público, la cámara vuelve a él y se acerca poco a poco aislándolo en el escenario. Sachs continúa variando los encuadres con los que retrata a Jimmy, que desprenden una sensación de soledad incluso en los planos de conjunto; un recurso sobre el que volverá varias veces para tocar de soslayo la crisis colectiva ligada a la enfermedad al mismo tiempo que individualiza la experiencia de su personaje en medio de la masa de la discoteca, el ensayo o el bar.

    La sutileza gobierna The Man I Love mientras el cineasta neoyorkino filma los últimos días de vida de Jimmy sin recrearse en la enfermedad y sus consecuencias finales. Su cámara registra con pausa los cuerpos y las miradas, mientras entrelaza conversaciones y escenas musicales para transitar un complejo retrato emocional que cristaliza en un momento especialmente delicado. Tras la celebración del aniversario de sus padres, Jimmy pide a su sobrino pequeño que filme con su videocámara un fragmento en el que se dirige a ellos. Sachs logra así un instante confesional que, a través de retazos de humor y la intensidad de la interpretación de Rami Malek verbaliza gran parte del recorrido vital del protagonista y apunta a una voluntad de reconciliación sin que el resultado resulte convenientemente explícito ni adquiera tintes de despedida sentimentalista. Sachs continúa rebuscando en ese Nueva York, que cada vez rueda con mayor detenimiento y precisión, para construir una suerte de memoria emocional de su pasado, añadiendo un nuevo capítulo a un universo cinematográfico personal entregado a la filmación de la intimidad. ♦


    por Nacho Álvarez
    julio 13, 2026

    Crítica | The Man I Love

    por Nacho Álvarez | julio 13, 2026
    || Críticas | ★★★★☆ ½
    Un día con Peter Hujar
    Ira Sachs
    Retratar y reconstruir el testimonio


    Nacho Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, Alemania, 2025. Título original: «Peter Hujar's Day». Dirección y guion: Ira Sachs (basado en el libro de Linda Rosenkrantz). Compañías: Jordan Drake Productions, One Two Films, Complementary Colors, Blink Productions. Distribución en España: Filmin. Fotografía: Alex Ashe. Montaje: Affonso Gonçalves. Sonido y diseño sonoro: Eli Cohn. Reparto: Ben Whishaw, Rebecca Hall. Duración: 76 minutos.

    El 18 de diciembre de 1974 el fotógrafo estadounidense Peter Hujar, a petición de la periodista Linda Rosenkrantz, anotó todo lo que hacía durante el transcurso de la jornada. Al día siguiente ambos se reunieron para mantener una conversación acerca de lo que había recopilado. El proyecto de Rosenkrantz, que pretendía reunir este tipo de relatos cotidianos de varias personalidades de la vanguardia artística neoyorkina comenzando con Hujar, finalmente no se publicó. La transcripción de la entrevista, encontrada accidentalmente décadas después, terminó publicada en 2021 por la editorial Magic Hour Press en un libro cuyo título era Un día con Peter Hujar. El punto de partida de Ira Sachs es, pues, la reconstrucción de ese encuentro, tomando el material de la grabación como guion de una película que busca mirar más allá del texto. Es precisamente la imagen cinematográfica la que permite al cineasta preguntarse por los detalles de esa conversación, adentrarse en el espacio y el tiempo compartido por los dos personajes interpretados por Ben Whishaw y Rebecca Hall y, en última instancia, tratar de encapsular ese día con el fotógrafo.

    Al igual que Hujar, que en sus exposiciones prefería yuxtaponer sus fotografías en parejas en lugar de aislarlas individualmente, Sachs elude el esquema del plano-contraplano para escenificar la entrevista, uniendo constantemente a ambos interlocutores en el plano, jugando con la profundidad de campo, la distancia entre los actores y su movimiento por el apartamento. Entiende así el espacio como escenario del encuentro, que va ampliándose conforme Hujar y Rosenkrantz cambian de habitación, fuman en la terraza o escuchan música. No obstante, el cineasta incide en desvelar el artificio de la reconstrucción, mostrando en varias ocasiones la grabadora de sonido, miradas a cámara, el final de la bobina de 16mm, o al propio equipo técnico de la película. Se establece así un juego constante en el que Sachs se aleja del biopic clásico y desafía las convenciones de una entrevista filmada, eliminando la separación simbólica entre ambos y buscando en cada encuadre una nueva forma de escudriñar a sus personajes. De nuevo al igual que Hujar, que mantuvo una predilección en su carrera por el retrato, Sachs incide en los primeros planos, aquellos que muestran las miradas entre Hall y Whishaw mientras escenifican el diálogo, pero también otros en forma de interludio en los que filma el rostro de Hujar en una especie de suspensión temporal acompañado repetidamente por el Réquiem de Mozart. En esos momentos en que la cámara desenfoca el rostro el retrato se difumina, se expande y se hace más extraño, escapando del texto escrito. Ahí radica el valor de la aproximación de Sachs, en tratar de encontrar a través de la cámara aquello que está retenido entre las líneas, en la evocación de un día que transcurre en el interior de un apartamento. La muerte, que también juega un papel fundamental en la obra del fotógrafo -su exposición Portraits In Life And Death casualmente se llevó a cabo a finales de 1974 en el momento en el que tuvo lugar la entrevista-, se filtra así en la película para reivindicar la figura de un artista usualmente olvidado como Peter Hujar.

    Y es que, ante todo, Un día con Peter Hujar funciona como ejercicio de memoria, uno que se retroalimenta del que hizo Hujar a partir de las indicaciones de Rosenkrantz y que aprovecha la relación directa del cine con la realidad y su condición de cápsula del tiempo. La cámara documenta y reconstruye simultáneamente, en una operación simétrica en la que la fuente (el texto) se expande a través de las imágenes hacia el encuentro entre el artista y su obra. Sachs fantasea con acceder a la forma de mirar de Hujar, que en cierto momento explica que necesita detenerse delante de los objetos o los modelos varios minutos antes de poder fotografiarlos. Esa mirada pausada se contagia al cineasta para alargar la captura del momento a través de los silencios y los movimientos de cada uno de los protagonistas. Será la cama, un lugar común tanto en los retratos de Hujar como en el cine de Sachs, el lugar que permite al cineasta neoyorkino acceder a otro de los pilares de su filmografía: la filmación de la intimidad, que aquí se hace más táctil conforme avanza la película, la luz va desapareciendo y los dos personajes se tumban juntos y se acarician.

    Además, esa exploración de los mecanismos de la memoria que plantea Un día con Peter Hujar está irremediablemente condicionada por la manera en la que el fotógrafo recuerda las cosas, haciendo que sea el propio personaje el que decida cuánto debe detenerse en cada pensamiento, acción o anécdota. En cierto momento, el propio Hujar bromea resumiendo su día en una frase, donde parece cuestionarse la exhaustividad de sus anotaciones o el interés que pueda tener para alguien una recopilación tan personal. No obstante, en ese acceso a la intimidad que tanto Rosenkrantz como Sachs buscan, también termina emergiendo una mirada a la efervescencia artística de Nueva York en los años 70. El día que narra Hujar es una concatenación de llamadas, encuentros y propuestas de trabajo con músicos, escritores y pintores. La ciudad, que queda en un decisivo fuera de campo, es a su vez palpable en la obra de Hujar que ya conocemos, pudiendo visualizar hoy esas fotografías realizadas a Alan Ginsberg, Susan Sontag o William Burroughs de las que hablan los protagonistas. La cámara de Sachs no muestra esas obras, sino que permanece entre las paredes del apartamento para aproximarse a la confrontación entre diálogo e imagen, entre documento y ficción, a través de una puesta en escena que va difuminando cualquier anclaje inicial para disolverse en el aire del apartamento hasta que concluye la conversación. ♦


    por Nacho Álvarez
    marzo 03, 2026

    Crítica | Un día con Peter Hujar

    por Nacho Álvarez | marzo 03, 2026
    || Críticas | Sundance 2023 & Berlinale 2023 | ★★★☆☆
    Passages
    Ira Sachs
    Amor y autodestrucción


    Ignacio Navarro Mejía
    Madrid |

    ficha técnica:
    Francia, 2023. Dirección: Ira Sachs. Guion: Ira Sachs y Mauricio Zacharias. Producción: BS Productions. Dirección de fotografía: Josée Deshaies. Montaje: Sophie Reine. Diseño de producción Pascale Consigny. Vestuario: Khadija Zeggaï. Reparto: Franz Rogowski, Ben Whishaw, Adèle Exarchopoulos, Erwan Kepoa Fabé, Arcadi Radeff, Léa Boublil, Théo Cholbi, William Nadylam. Duración: 91 minutos.

    Es ya un tópico asociar la ciudad de París con el amor libre. Novelas y folletines, anécdotas de sus visitantes y paseantes o las experiencias compartidas de sus propios residentes confirman que el cliché, la ficción y la realidad van de la mano. Y el cine francés no se ha quedado atrás al contarnos estas historias de romances, aventuras, promiscuidades y crímenes pasionales de ciudadanos franceses de toda clase y vecindad, pero en especial de los burgueses parisinos. Hay, en cualquier caso, algo que despierta en todo tipo de hombres y mujeres, cuando están en la capital gala, sus más hondos instintos y deseos, su afán por encontrar el amor o su atrevimiento al buscar otro género de acercamientos. Quizá sea el encanto natural, arquitectónico y social de la ciudad. Quizá sean la comida y el vino. O quizá sea simplemente la imagen que cada uno proyecta de este lugar, alimentado por esas historias previas, por su simbología o sus señas de identidad, aunque en este caso concreto no se correspondan con la realidad. Por todo ello, no es casual que Ira Sachs haya decidido localizar aquí su última película. Estamos ante un cineasta acostumbrado a narrar historias cercanas al melodrama, si bien con un tono por lo general más sutil y desenfadado, por lo que, más que melodramas, podrían calificarse como dramas íntimos. Y ahora, en esta titulada Passages, la intimidad del drama queda reforzada.

    La premisa parte, pues, del lugar común. Un hombre casado se acuesta con otra mujer. La diferencia importante respecto de muchas historias pasadas es que el hombre en cuestión es gay, o bisexual, y está casado con otro hombre, también gay (o casi). A la vista del desarrollo narrativo, siguiendo la escala de Kinsey, quizá al protagonista adúltero se le podría aplicar un cinco, mientras que su esposo sería un seis o un siete. En cuanto a la mujer en cuestión, sería un uno o un dos. Las distinciones están algo difuminadas en lo relativo a la homosexualidad, la heterosexualidad y la bisexualidad como nociones ya tradicionales, teniendo en cuenta, además, que el adulterio se parece más aquí a la poligamia. El engaño amoroso se convierte más bien en pura decepción, y la propia relación de pareja se torna en conexión no exclusiva. Estas, al menos, son las premisas de todo el entramado afectivo que comparten los tres personajes principales. En realidad, aunque toda esta teoría sea cierta y la lleven en gran parte a la práctica, a cada una de estas personas les duele no poder contar con alguien que sepan que les va a ser fiel, y les duele también no saber realmente con qué tipo de interacción humana se sienten satisfechas y realizadas.

    Lo cierto es que el protagonista, un director de cine algo tiránico, además de arrogante, egoísta e incluso narcisista (interpretado no sin empatía por ese gran actor que es Franz Rogowski), está a otro nivel con respecto a su marido (Ben Whishaw) y a la mujer con la que se enrolla (Adèle Exarchopoulos). Como está acostumbrado a dirigir a otras personas, aunque sean actores, y así es la primera secuencia del metraje (la de un rodaje), piensa que también puede comportarse como director en su vida fuera del set, esto es, que puede ir tomando decisiones que afectan a los demás sin que ello deba repercutir en su propia y libérrima capacidad decisoria. Dicho de otra manera, y para ser más precisos, en esa primera secuencia, el director indica a un actor cómo debe moverse y lo que debe pensar, con instrucciones no muy sensibles, y el actor tiene que obedecer de forma mecánica, sin alterarse emocionalmente por lo que debe hacer y pensar ni por las propias instrucciones que recibe, pues es un actor: su trabajo es fingir sentimientos, no sufrirlos de verdad. Pues bien, este director parece creer que las demás personas de su entorno, y en especial aquellas con quienes comparte mayor intimidad y confianza, tampoco tienen por qué sufrir demasiado ante su comportamiento. Por ejemplo, si le cuenta a su marido que se ha acostado con una mujer, lo tiene que asumir como algo normal. O si se acuesta después con su marido en cercanía (tanto física como auditiva) de la mujer con la que lleva acostándose ya bastante tiempo, a esta también le tiene que dar igual. Pero no es así. Tales decisiones egoístas e insensibles tienen consecuencias. Passages discurre por tanto por un sendero conocido, si bien riguroso y consecuente, y sobre todo sabiendo qué mostrar y qué no… aunque en varias ocasiones uno desearía que el metraje se detuviera más tiempo en las interacciones de su entregado y atractivo elenco, que profundizara más en sus intercambios y pareceres. Con todo, ello iría en contra del estilo de Sachs: aquí no solo sutil y desenfadado, sino también, no sin cierta paradoja, crudo y expeditivo.

    por Ignacio Navarro
    agosto 30, 2023

    Crítica | Passages

    por Ignacio Navarro | agosto 30, 2023

    Kid Colt

    Séptimo capítulo de la crónica de la 72ª edición del Festival de Cannes.

    No hay director que genere más expectación mediática que Quentin Tarantino. Solo Christopher Nolan, David Fincher, Martin Scorsese o Xavier Dolan, por citar algunos ejemplos que se me vienen a la cabeza, son los que más se le acercan. Lo vivido en la premiere de Érase una vez en Hollywood…, constata esta sentencia. Colas de más de dos horas de duración, con varios millares de acreditados –de prensa e industria— esperando un hueco en la sala Debussy, colapsaron la Croisette; una espera que desembocó en la tristeza de la mayoría y la alegría –en algunos casos euforia exteriorizada— de unos pocos. Esto es Cannes. No hay que darle más vueltas. El cine es sueño pero también ilusión y expectativa. Es parte de la magia, también del castigo, por instantes. Una vez dentro de Debussy se respiraba esa liberación que se consumó con el primer fundido a negro. Lo que llegó después, más de dos horas y media de un western yuxtapuesto sobre otro western, con la habitual carga tributaria, maravilló y decepcionó, quizá a partes iguales. Nosotros nos situamos en el primer grupo, entendiendo la coyuntura no solo de su estreno, también de una postproducción acelerada que seguro limará aristas durante los próximos meses. La violencia empática del cine de Tarantino se cobra aquí un brillante episodio, principalmente, gracias a la sensacional interpretación de los galanes contemporáneos por antonomasia de Hollywood: Brad Pitt y Leonardo DiCaprio. Ambos se exhiben física y gestualmente para reverenciar a la cinefilia, a toda esa generación que creció leyendo cómics y asaltando pequeñas salas y videoclubs. En los intersticios de una secuencia, se cuela una instantánea de un cómic de Kid Colt, asidero de la imaginación infantil para amantes del western de edad demasiado temprana. Con ella una gota habitando, impertérrita, el borde del lacrimal. E.L.

    por EAM
    mayo 22, 2019

    Cannes 2019 (VII) | Críticas: Frankie, O que arde, Jeanne

    por EAM | mayo 22, 2019
    Little Men

    Los valores de unos individuos y su sociedad

    crítica ★★★★ de Verano en Brooklyn (Little Men, Ira Sachs, 2016).

    La dignidad de la persona es el valor sobre el que giran la mayor parte de las realizaciones que la acompañan, y por tanto para dotarla de efectividad se hace necesaria la acción de los poderes públicos con varias manifestaciones. En lo que aquí interesa, por un lado aparecen sus vinculaciones con el principio de igualdad, sin discriminaciones por razón de nacimiento o sexo entre otros puntos. Esta es una vertiente que ha tardado en hacerse efectiva, y todavía en la actualidad hay muchos ordenamientos que no reconocen el matrimonio homosexual, que sancionan sus prácticas e incluso llegan a condenar a muerte sus supuestas ofensas. Ciñendo un poco más el marco, en Estados Unidos no se llega a estos extremos, si bien hasta tiempos recientes había aún reglas arbitrarias que marginaban a esta parte de la población, y solo desde el año pasado se ha legalizado su casamiento en todos los Estados por imposición de la decimocuarta enmienda. La plena igualdad material cada vez está más cerca de conseguirse, pero todavía queda camino por recorrer. Por otro, procede referirse a otra exigencia de la dignidad humana, que también goza de reconocimiento expreso en varias Constituciones, como es la de la vivienda adecuada. Esta es una cuestión menos controvertida a lo largo de la Historia, pero igual de peliaguda por sus violaciones reiteradas en cada periodo de crisis y escasez, hasta el punto de que se discute si estamos ante un verdadero derecho o ante una simple directriz programática dirigida a la Administración. El caso es que esta se compromete a desarrollar una política de vivienda para que los habitantes de los núcleos urbanos puedan acceder a la misma, en la medida de sus posibilidades, lo cual se relaciona con trabas adyacentes relativas al funcionamiento económico o las cláusulas contractuales.

    Pues bien, es necesario resaltar ambos contextos para comprender la reciente filmografía de Ira Sachs, que a lo largo de sus tres últimas películas ha ido desplazando el foco del primero al segundo, pero manteniéndolos en constante sintonía. Si en Keep the Lights On (2012) nos encontrábamos con el drama intimista de una pareja de jóvenes y todas sus vicisitudes y desvaríos amorosos, convirtiendo el escenario de Manhattan en un mero background de su complicada relación; en El amor es extraño (Love Is Strange, 2014) la ciudad que no duerme cobraba mayor protagonismo, impidiendo vivir juntos a un viejo matrimonio recién formalizado, pues al ser despedido uno de sus integrantes del trabajo precisamente por este hecho, ya no podían costearse su apartamento. En la que ahora nos ocupa, Verano en Brooklyn (Little Men, 2016), el conflicto nace de la muerte del padre y abuelo de una familia que se traslada a su piso vacante, bajo el cual hay una tienda que también regentaba, y que lleva alquilada desde hace años por una mujer chilena (Paulina García) con quien el fallecido congeniaba mucho más que con su propio hijo (Greg Kinnear). El problema se plantea entonces porque esa amistad que se profesaban el antiguo dueño y su arrendataria había favorecido a esta con una renta muy por debajo del precio de mercado. Al llegar los herederos no están conformes con este acuerdo y pretenden elevar ese pago, que la susodicha inquilina no puede afrontar dados los escasos beneficios que le reportan su negocio de fabricación y venta de ropa.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 01, 2016

    Crítica | Verano en Brooklyn

    por Ignacio Navarro | noviembre 01, 2016

    Cantos de sirena

    Crónica de la primera jornada de la 51ª edición del Festival de Karlovy Vary.

    No existe nada peor que la música pop checa. Articulada sobre rimas y fusiones de diferentes estilos, es lo más parecido a una visita a un karaoke occidental a las tres de la mañana. Las melodías locales, en realidad, son una extensión del estatus cinematográfico del país centroeuropeo, anclado en un hieratismo tanto visual como narrativo y que tiene en Karlovy Vary la brecha para abrirse con timidez al resto del continente. Todo un reflejo del carácter e idiosincrasia de una nación que, por cuarto año consecutivo, nos ha acogido para dar cobertura a la 51ª edición del KVIFF. Un abrazo, con los citados acordes, que ponía fin a un viaje de ocho horas que tenía su punto de partida en el oeste de la península. Como ya hemos narrado en otras ocasiones, el trayecto desde el Ruzyne 2 de Praga hasta la capital del Karlsbad deja huella, aun con radiofórmula como fondo en el medio de transporte. En esta ocasión, y con unas ojeras que durarán al menos una semana, nos esperaba un nuevo centro de operaciones. El Malta Hotel, situado en la Kolonada, se halla justo en el epicentro del festival. En su parte frontal, pasa el río Teplá, guía y acompañante improvisado del visitante en la ciudad; en la trasera, un infinito mar de árboles que envuelven el centro longitudinalmente. El casco viejo contiene el aroma de las ciudades británicas; mezcla entre sobriedad y elegancia. Es el equilibrio entre el contraste que ofrece el paseo que va desde el Hotel Thermal, sede del Festival, y el gigante Grand Hotel Pupp, presente y pasado de una ciudad ya engalanada para su gran fiesta.

    Y sin dejar el leitmotiv musical a un lado, y tras la regulación burocrática, donde la organización del KVIFF demuestra que está muy por encima del resto de eventos, arribó el protagonista, arribó el cine. Y lo hizo con el ritmo y las coreografías de The lure, una rara avis proveniente de Polonia que no atrajo a demasiado público al Lazne III. Los asistentes quedaron atónitos ante un discodelirio con los suficientes detalles para apuntar el nombre de su directora. Ya al mediodía, tocaba el único pase de prensa del día, destinado a la apertura de la competición de East of the West con Collector, drama de intriga que vuelve a destapar las entrañas de la Rusia moldeada por Vládimir Putin. Justo después, turno para una propuesta esperada desde que fuera acogida en Sundance con comentarios sobresalientes. Little Men nos recuerda la sensibilidad de un cineasta como Ira Sachs, que se mueve en el drama íntimo con una soltura que abruma y emociona. Esta vez, con la relación de dos adolescentes como eje. Mucho más grandilocuente se presentaba la apertura oficial del Festival. Con Anthropoid recorremos las calles de Praga para asistir a una constante en el cine sobre la II Guerra Mundial reciente: los planes de eliminación de líderes nazis. La presentación del nuevo filme de Sean Ellis supondrá uno de los hitos mediáticos, junto a los homenajes a Jean Reno y Willem Dafoe, de esta entrega. La llegada del actor principal, Jamie Dornan, provocó la algarabía y algún otro desmayo entre una marabunta de espectadores y espectadoras que anhelaban inmortalizar la entrada al Grand Hall de Lord Grey. Y eso que el sol de Karlovy Vary decidió vestirse de gris. Esperemos que el fervor que sintió Dornan no sea preludio de ese calor húmedo e inmisericorde que ha azotado otros años a este coqueto balneario.

    por Emilio M. Luna
    julio 02, 2016

    Festival de Karlovy Vary 2016 | Día 1. Críticas: Anthropoid / Little men / Collector / The lure

    por Emilio M. Luna | julio 02, 2016
    El amor es extraño

    Amor incondicional

    crítica a El amor es extraño (Love is Strange, 2014), dirigida por Ira Sachs.

    Si algo hay que agradecer a Ira Sachs con El amor es extraño (2014) es que, por una vez, una relación homosexual no se caricaturice hasta el extremo, amparándose en una naturalidad admirable. Por un lado, la de un esbozo de personajes que respiran cotidianeidad, sin necesidad alguna de dar concesiones a un público que, tal vez, pueda sentirse incomodo escuchando a un hombre de 60 años decir que echa de menos el cuerpo de su pareja a su lado, mientras duerme en la habitación de un adolescente. Por otro, la de dos actores que ofrecen una dignidad a prueba de todo insulto, dando vida a esta pareja, obligada a abandonar su casa cuando el anuncio de su matrimonio se salda con el despido de uno de ellos, profesor de canto en una parroquia, debido a la “mala imagen” que promueve. Solapada crítica social que, a diferencia de lo que uno cree esperar, no es lo que el filme promueve. En su lugar, se aborda con una ternura no exenta de cierto conservadurismo, las dificultades para asentarse en una ciudad como Nueva York, poniendo el foco en una clase media alta, burgueses en toda regla, que ven mermada su calidad de vida debido a estas cuestiones sociales que aparecen en segundo plano.

    Love is Strange es una película de contrastes, pues huye de extremos, tanto en el dibujo de personajes como en el desarrollo del libreto, al tiempo que se adhiere, de forma casi inherente, debido a sus elecciones, a un tipo de historia que entraña cierto riesgo, abordando el día a día de dos personas de poder adquisitivo, homosexuales y católicos, mediante una narración muy sutil y alejada de aspavientos. El aporte más valioso de Sachs es el casting. Alfred Molina y John Lithgow, dos intérpretes que han forjado una imagen intimidatoria a través de roles muy eclécticos, con una clara tendencia hacia el tenebrismo en el caso de éste último, impresionan en un filme como éste. Y no es de extrañar que, en su paso por la última edición de la Berlinale, una de las primeras motivaciones que se escuchaban entre el público, más allá de ver la visión de su director, eran las ganas de comprobar cómo estos dos titanes se manejaban entre tanta ternura. Es la brillantez de elegir a un actor que ha compuesto uno de los villanos más escalofriantes de toda la serie Dexter, para introducirlo en una relación con el Doctor Octopus.

    por Unknown
    noviembre 15, 2014

    Crítica | El amor es extraño

    por Unknown | noviembre 15, 2014
    Standing Aside, Watching

    Bis Bald Berlin!

    Crónica de la décima jornada de la Berlinale 2014 | Críticas de Someone you Love, Difret, Ömheten,
    Love is Strange y Standing Aside, Watching

    Último día de la Berlinale. Jornada en forma de epílogo. Últimas cinco películas tras un Palmares que a todos los periodistas aquí presentes nos ha dejado descolocados con algunas de sus decisiones. Lejos de las decisiones del jurado aún quedaba cine por ver. Comenzamos con dos cintas escandinavas, geografía que siempre otorga trabajos, cuando menos, interesantes, y que en El Antepenultimo Mohicano nos gusta cuidar a conciencia. La primera de ellas, a las 9:30 de la mañana. La danesa Someone You Love, con la presencia de Trine Dyrholm, uno de las miembros del jurado de la Sección Oficial, en una historia de cantautores y redenciones familiares cuyo mayor logro radica en sus canciones y la buena mano de su directora, que consigue llevar a buen puerto un relato ya conocido. Le siguió la sueca Ömheten, de poético título en inglés, Broken Hill Blues. Película de fuerte esencia escandinava, de una quietud muy marcada, con muchos silencios y, sobretodo, muy atmosférica y anímica. Tímida y parco en palabras pero con imágenes poderosas y bien compuestas que saben plasmar con atractivo los vagabundeos de un grupo de adolescentes de una de las ciudades del norte del país, Kiruna, donde la mina que sustenta a la comunidad amenaza con hundir todo la zona. Interesante propuesta de digestión lenta que agradece la presencia de una Lina Leandersson ya crecidita, alejada del salvajismo animal con el que Thomas Alfredson nos la presentó en su imprescindible Déjame entrar.

    A continuación, la propuesta de Ira Sachs en el Zoo Palast, butacas de cuero reclinables que se echarán de menos a la vuelta. Sachs nos presenta la historia de una pareja ya entrada en años que se ven obligados a vender su casa y vivir por separado en casa de sus familiares. Conmovedora, muy natural y nada afectada, consiguió ganarse a la audiencia, entregando, además, dos interpretaciones de Molina y Lightgow repletas de respeto y cariño, sobretodo la de este último. Para finalizar, dos filmes de mirada crítica. Por un lado, la cinta griega Standing Aside, Watching. La vuelta de una mujer a su pueblo natal, la desesperanza que en él se ha asentado, la corrupción que lo ha invadido todo, el egoísmo que ha hecho en la gente... axiomas de proclama social proyectados sin ningún tipo de sutileza, a tono con la situación del país heleno. Sutilidad que tampoco conoce Difret, producción de Angelina Jolie repleta de buenas intenciones, de un fotogenia de premios marcadísima, sobre la tragedia y victoria de una joven etíope de 14 años que fue violada y secuestrada por el hombre que iba a tomarla en matrimonio. Jolie y su directora entregaron un relato que supo como ganarse a la audiencia, ganando el Premio del Público, el segundo tras Sundance. Seguramente no será el último.

    por Unknown
    febrero 17, 2014

    Berlinale 2014 | Décima jornada. Críticas: «Someone you Love», «Difret», «Ömheten», «Love is Strange» & «Standing Aside, Watching»

    por Unknown | febrero 17, 2014
    Keep the Lights On, Ira Sachs
    AMOR DE IDA Y VUELTA
    Keep the Lights On | Ira Sachs, 2012

         Hace poco, tuve ocasión de comentar en estas mismas páginas una pequeña gran película independiente de temática gay, titulada Weekend (2011). En ella, asistíamos a una bonita relación amorosa entre dos hombres que se conocían en un pub de ambiente homosexual y que disponían de 48 horas para estar juntos, ya que uno de ellos estaba a punto de abandonar el país para siempre. Lo efímero de este amor y la intensidad con que se viven las experiencias que sabemos que tienen fecha de caducidad, hicieron que el romance de Weekend acabara siendo idealizado, pese a que la psicología de sus personajes y los conflictos que ya habían comenzado a aflorar en esos dos únicos días de convivencia, hicieran pronosticar que no habría sido una historia para toda la vida, precisamente. Pues bien, el filme que nos ocupa podría ser la versión dilatada en el tiempo de Weekend, ya que comparten el mismo paisaje urbano, la estética indie y una construcción de personajes muy similar.

         Ira Sachs se había convertido en un nombre a tener en cuenta allá por 2005, cuando se hizo con el Gran Premio del Jurado en Sundance con Forty Shades of Blue. Con este Keep the Lights On (2012), Sachs volvió a estar en la sección oficial competitiva del festival que le colocó en el ojo del huracán, además de obtener 4 nominaciones en los Independent Spirit Awards (incluyendo mejor película) y el Teddy 2012 en la Berlinale. Se trata de un drama de corte romántico sobre la turbulenta relación que se establece entre dos hombres a lo largo de una década. Dos personajes opuestos entre sí como Erik, un realizador de documentales abiertamente gay, que busca el amor a través de los encuentros sexuales que tiene con desconocidos con los que contacta a través de las líneas eróticas y Paul, un joven abogado que lleva una doble vida (tiene novia) y padece una fuerte adicción a las drogas. Lo que comienza siendo un “polvo sin compromiso” entre dos perfectos desconocidos, se irá convirtiendo en una intensa y muy conflictiva relación de pareja en la que Erik pondrá toda la carne en el asador por redimir a Paul de sus adicciones y retenerle a su lado, aun cuando éste tienda a rebelarse y a huir del hogar en cada recaída.

    por José Martín León
    febrero 02, 2013

    KEEP THE LIGHTS ON (IRA SACHS, 2012)

    por José Martín León | febrero 02, 2013
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