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    Cannes 2019 (VII) | Críticas: Frankie, O que arde, Jeanne

    Kid Colt

    Séptimo capítulo de la crónica de la 72ª edición del Festival de Cannes.

    No hay director que genere más expectación mediática que Quentin Tarantino. Solo Christopher Nolan, David Fincher, Martin Scorsese o Xavier Dolan, por citar algunos ejemplos que se me vienen a la cabeza, son los que más se le acercan. Lo vivido en la premiere de Érase una vez en Hollywood…, constata esta sentencia. Colas de más de dos horas de duración, con varios millares de acreditados –de prensa e industria— esperando un hueco en la sala Debussy, colapsaron la Croisette; una espera que desembocó en la tristeza de la mayoría y la alegría –en algunos casos euforia exteriorizada— de unos pocos. Esto es Cannes. No hay que darle más vueltas. El cine es sueño pero también ilusión y expectativa. Es parte de la magia, también del castigo, por instantes. Una vez dentro de Debussy se respiraba esa liberación que se consumó con el primer fundido a negro. Lo que llegó después, más de dos horas y media de un western yuxtapuesto sobre otro western, con la habitual carga tributaria, maravilló y decepcionó, quizá a partes iguales. Nosotros nos situamos en el primer grupo, entendiendo la coyuntura no solo de su estreno, también de una postproducción acelerada que seguro limará aristas durante los próximos meses. La violencia empática del cine de Tarantino se cobra aquí un brillante episodio, principalmente, gracias a la sensacional interpretación de los galanes contemporáneos por antonomasia de Hollywood: Brad Pitt y Leonardo DiCaprio. Ambos se exhiben física y gestualmente para reverenciar a la cinefilia, a toda esa generación que creció leyendo cómics y asaltando pequeñas salas y videoclubs. En los intersticios de una secuencia, se cuela una instantánea de un cómic de Kid Colt, asidero de la imaginación infantil para amantes del western de edad demasiado temprana. Con ella una gota habitando, impertérrita, el borde del lacrimal. E.L.

    FRANKIE

    Ira Sachs, EE.UU. | COMPETICIÓN.

    De nuevo se cuela, de forma incomprensible en las filas de este festival, un melodrama de corte televisivo de esos que nos sirven de perfecto acompañamiento para la siesta de los domingos. No, no vamos a continuar defendiendo en esta reseña la poca o nula validez de esta película, pero sí la incoherencia de incluirla dentro de una sección oficial que debería abogar por la originalidad, el esfuerzo y la cohesión fílmica. Nada de lo cual podremos ver en Frankie, la nueva película de Ira Sachs en la que, además de un argumento descafeinado, banal y casi sin mayor relevancia escénica que las historietas que aparecen detrás de las cajas de cereales, atenderemos atónitos a una sucesión de diálogos absurdos, insustanciales y con un grado de obviedad insultante en el contexto en el que estamos. Que la cinta no cuenta nada nuevo no debería ser algo restrictivamente negativo, el verdadero problema aparece cuando entendemos que no se esfuerza en narrar esa historia manida con la más mínima intensidad o esmero, como si los personajes hubieran contagiado su apático estado de enfurruñamiento a todos los elementos del filme. No, no resulta una historia interesante, pero lo peor es que no pretende serlo en ningún momento, deviniendo desde el comienzo un texto dramático que, lejos de asentarse en diversos aspectos retóricos, simplemente deja que su superficialidad histriónica se mueva de mano en mano a través de las actuaciones de un reparto estelar. Como era de esperar, estos grandes actores no harán que la historia parezca más emocionante, sino que se verán superados por un argumento perezoso y sin ánimo de conmover o convencer. Isabelle Huppert, por ejemplo, una de las actrices más aclamadas del panorama cinéfilo, termina por sucumbir a una trama insulsa que la atrapa y la hace desfallecer, en sentido literal, en un momento en el que ya ni su sofisticación ni su elegancia nos conseguirá rescatar.

    Tampoco un siempre esperanzador Brendan Gleeson consigue, con sus efímeras y refrescantes apariciones, aportar algo de sentido común en esta trama que gira en torno a una mujer con una enfermedad terminal que ha invitado a su familia a pasar unas vacaciones en un pintoresco pueblo de Portugal movida por unas inquietudes un tanto desconcertantes. No queda del todo claro si esa reunión tiene tono de despedida, de reproche, de agradecimiento o, es un encuentro “Tinder”, lo único claro es que no nos interesa, ni el tono ni los personajes, hasta la incuestionable belleza de Portugal termina por parecernos empalagosa. Pensamos entonces en la maravillosa Las invasiones Bárbaras, y repasando aquellos divertidos e inteligentes diálogos pensamos, ¿de verdad esto es lo mejor que había? | 20/100 | Alberto Sáez Villarino.

    Estados Unidos. 2019. Título original: Frankie. Director: Ira Sachs. Guion: Ira Sachs, Mauricio Zacharias. Montaje: Sophie Reine. Fotografía: Rui Poças. Música: Varios artistas. Duración: 98 minutos. Productora: Coproducción Estados Unidos-Francia-Portugal; Beluga Tree / O Som e a Fúria / SBS Productions. Diseño de producción: Luís Tavares Alves. Diseño de vestuario: Silvia Grabowski. Intérpretes: Isabelle Huppert, Brendan Gleeson, Greg Kinnear, Marisa Tomei, Jérémie Rénier, Pascal Greggory, Carloto Cotta, Vinette Robinson, Ariyon Bakare. Presentación oficial: Festival de Cannes 2019.

    O QUE ARDE

    Oliver Laxe, España, Francia | UN CERTAIN REGARD.

    El tercer largometraje del director de origen gallego Oliver Laxe se abre con una escena que pone en imágenes el tema de la cinta. En medio de la noche, una máquina taladora arrasa con varios eucaliptus hasta que se topa con un viejo y robusto árbol. Esta imagen-tema resume el retrato de la difícil interacción entre el ser humano y la naturaleza en una Galicia que no le es ajena. En la manera de acercarse a esos primeros árboles que abren O que arde, Laxe lleva a cabo un proceso de personificación para convertir lo que representa ese tronco en claroscuro, quebrado por el paso de los años y herido por las marcas del tiempo, en el eje central de su película. La máquina (el humano), ante él, apaga sus grandes focos y retrocede, como en un acto de respeto. Es, sin duda, un inicio que prima la expresividad e intensidad visual para dar paso a una historia mínima contada en voz baja, a través de los rostros y las miradas de sus protagonistas. Amador sale de la cárcel tras cumplir una condena de 2 años por quemar el monte. Vuelve a la casa de su anciana madre, Benedicta, en medio de los verdes bosques y prados gallegos. A través de relación entre Amador y Benedicta, Laxe va construyendo una elegía al mundo rural, un canto de amor a un entorno que avanza moribundo en un peligroso equilibrio entre el modo de vida tradicional y la posibilidad de abrir nuevas perspectivas para el futuro. Ambas visiones dependen de lo mismo: el manto natural que les rodea.

    En O que arde se revelan de un modo sosegado todas las aristas que conforman el medio rural. En Benedicta se conjuga esa ternura incondicional por su hijo y el inmenso amor y cuidado por los animales y el huerto; en Amador la mirada amarga de quien se ha resignado a una vida efímera y leve; en su vecino Inazio, ese afán por mejorar y buscar otras vías que aseguren la permanencia del lugar; en la veterinaria, el convencimiento de que la vida en el campo es viable. Hay una mirada honesta y veraz sobre los personajes y los lugares, la mirada de alguien que conoce y ama lo que está contando; un acercamiento alejado de la condescendencia, desde la belleza que otorga la observación de una realidad que parece apagarse ante nuestros ojos. Aunque más que apagarse, se enciende. Y cuando prende, esa frágil belleza se convierte en un dolor que parte de la propia imagen. La película del director de Mimosas, uno de los mejores funambulistas en el arte de transitar entre la ficción y el documental, se convierte en una pesadilla envuelta en llamas. Y arde el bosque, sí, pero lo que arde, en realidad, es todo: es ese suprapersonaje que ha construido a través de una puesta en escena iluminada por la realidad lo que se convierte en ceniza. De nuevo, la fotografía de Mauro Herce es crucial para que la cohesión argumental cobre sentido a través de la imagen. Por ello, la película se cierra con esa idea inicial de generar un icono que resuma el tema. En medio del humo de un incendio recién extinguido, un helicóptero se mueve lentamente mientras el sol aparece y desaparece detrás de sus hélices. Es, de nuevo, el hombre y la máquina frente a la naturaleza, una complicada relación que algunos intentan conservar desde la humildad y la dulzura, hasta que el fuego arde | 95/100 | Víctor Blanes Picó.

    España, Francia, Luxemburgo, 2019. Título original: O que arde. Director: Oliver Laxe. Guion: Santiago Fillol, Oliver Laxe. Productora: 4A4 Productions / Miramemira / Tarantula. Presentación oficial: Un Certain Regard. Fotografía: Mauro Herce. Reparto: Arias Amador, Benedicta Sánchez. Duración: 90 minutos.

    JEANNE

    Bruno Dumont, Francia | UN CERTAIN REGARD.

    Definir a estas alturas a Bruno Dumont, es una tarea agonista, casi baldía. Su filmografía se ha caracterizado por la deconstrucción constante, por un deseo atávico de reinvención, de reformulación de su lenguaje partiendo, cómo no, de la caricatura. Dumont es un autor valleinclanesco, que aborda la historias desde el margen y con una perspectiva preclara, en la que el diálogo y la palabra son capitales. Su último trabajo se cimenta sobre largas declamaciones que nos ofrecen un vano inédito sobre la parte final de la vida de Juana de Arco, la heroína francesa en la Guerra de los 100 años contra Inglaterra. Una extensión, con un tono más oscuro, de su anterior largo de ficción, Jeannette, la infancia de Juana de Arco (2017), un trasunto de musical que exploraba, en clave humorística, la anatomía ideológica del icono, de uno de los símbolos más reconocidos de la Europa medieval. Como decíamos, en Jeanne, la propuesta deja a un lado su carácter lúdico de su predecesora, para, primero derribar lo que el texto histórico aupó para después levantarlo con una nueva vida. Un ejercicio de iconoclastia lúcido por momentos, impenetrable en otros, pero que, emerge como un retrato con garra, que desborda una melancolía cuyo culmen anida en el último plano. Los códigos de Jeanne parten de la herencia de la espiritualidad fílmica de Robert Bresson y, por supuesto, en cuanto a la introducción del humor se refiere, en la puesta en escena, marcada por el hieratismo y la unidimensionalidad escénica, que compuso las obras más características de los Monty Python. De esta manera, asistimos a un estatismo visual, articulado por larguísimos primeros planos que colaboran con el lucimiento de la jovencísima Lise Leplat-Prudhomme, quien ya nos conquistó en la precuela. Sus ojos, que evocan la libertad y valentía de su director, protagonizan la imagen que prevalece en un filme imperfecto pero único | 65/100 | Emilio Luna.

    Francia, 2019. Título original: Jeanne. Dirección: Bruno Dumont. Guion: Bruno Dumont. Productoras: 3P Productions. Presentación oficial: Un Certain Regard. Fotografía: David Chambille. Reparto: Lise Leplat-Prudhomme, Fabrice Luchini. Duración: 124 minutos.

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