|| Críticas | Karlovy Vary 2026 | ★★★★★
The Man I Love
Ira Sachs
Los sonidos de la memoria
Nacho Álvarez
ficha técnica:
Estados Unidos, 2026. Título original: «The Man I Love». Dirección: Ira Sachs. Guion: Ira Sachs y Mauricio Zacharias. Compañías productoras: Big Creek Projects, SBS Productions, Assemble Media, MK2 Films, Merino Films. Fotografía: Josée Deshaies. Reparto: Rami Malek (Jimmy George), Tom Sturridge, Luther Ford, Rebecca Hall, Ebon Moss-Bachrach. Duración: 95 minutos.
Estados Unidos, 2026. Título original: «The Man I Love». Dirección: Ira Sachs. Guion: Ira Sachs y Mauricio Zacharias. Compañías productoras: Big Creek Projects, SBS Productions, Assemble Media, MK2 Films, Merino Films. Fotografía: Josée Deshaies. Reparto: Rami Malek (Jimmy George), Tom Sturridge, Luther Ford, Rebecca Hall, Ebon Moss-Bachrach. Duración: 95 minutos.
No obstante, el gran pilar de la película es la música. Por un lado la popular, desde la versión del clásico The Man I Love de Ira Gershwin que le da título o Look What They’re Done to my Song, Ma de Melanie a los ensayos de la obra y las fiestas plagadas de amigos y familiares; por otro, el Stabat Mater de Vivaldi (1712), una pieza de música sacra compuesta para la Virgen de los Dolores que aparece una y otra vez en la película, hasta el punto de superponerse al sonido diegético de un tocadiscos cuando Vincent vuelve a casa tras ser rechazado por Jimmy en un bar. Esta convivencia entre ambas en el metraje puede transportarnos al cine de Terence Davies, a las canciones de los pubs de Liverpool filmadas en largos movimientos de cámara y encadenados, o a esos sonidos que activaban la memoria de un tiempo pasado y que el cineasta británico siempre contrapuso a la carga religiosa que atravesaba su experiencia homosexual. En The Man I Love, como en el resto del cine de Ira Sachs, no existe esta condena explícita desde de la religión, sino que la inclusión del fragmento barroco parece servirle -al igual que el Requiem de Mozart que inundaba los primeros planos de Ben Whishaw en los interludios de Un día con Peter Hujar- para introducir a la película en un tono melancólico que embellece aún más la humanidad de la propuesta. Es la música la que narra de principio a fin, la que atrae a personajes al cuadro y perfila emocionalmente a su protagonista. Dos travelling especulares en escenas consecutivas contienen el mundo interior de Jimmy, que se mueve entre la fragilidad, el deseo, la muerte y el intento de apoyo en los demás. Un primer movimiento aleja brevemente la cámara mientras su hermana (Rebecca Hall) canta la canción irlandesa How are things in Glosa Morra -del musical Finian’s Rainbow (1947)- y el plano se va agrandando progresivamente para invitar a todos los presentes a participar a coro alrededor de la mesa. En la siguiente secuencia, con casi todos los presentes en un pub nocturno, es Jimmy el que canta al micrófono, y tras un contraplano que muestra al público, la cámara vuelve a él y se acerca poco a poco aislándolo en el escenario. Sachs continúa variando los encuadres con los que retrata a Jimmy, que desprenden una sensación de soledad incluso en los planos de conjunto; un recurso sobre el que volverá varias veces para tocar de soslayo la crisis colectiva ligada a la enfermedad al mismo tiempo que individualiza la experiencia de su personaje en medio de la masa de la discoteca, el ensayo o el bar.
La sutileza gobierna The Man I Love mientras el cineasta neoyorkino filma los últimos días de vida de Jimmy sin recrearse en la enfermedad y sus consecuencias finales. Su cámara registra con pausa los cuerpos y las miradas, mientras entrelaza conversaciones y escenas musicales para transitar un complejo retrato emocional que cristaliza en un momento especialmente delicado. Tras la celebración del aniversario de sus padres, Jimmy pide a su sobrino pequeño que filme con su videocámara un fragmento en el que se dirige a ellos. Sachs logra así un instante confesional que, a través de retazos de humor y la intensidad de la interpretación de Rami Malek verbaliza gran parte del recorrido vital del protagonista y apunta a una voluntad de reconciliación sin que el resultado resulte convenientemente explícito ni adquiera tintes de despedida sentimentalista. Sachs continúa rebuscando en ese Nueva York, que cada vez rueda con mayor detenimiento y precisión, para construir una suerte de memoria emocional de su pasado, añadiendo un nuevo capítulo a un universo cinematográfico personal entregado a la filmación de la intimidad. ♦










