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    Berlinale 2013
    Berlinale 2013
    Amarás al prójimo

    Gays con alzacuellos

    crítica de Amarás al prójimo (W imie…, 2013), dirigida por Malgoska Szumowska. | ★★ |

    El catolicismo romano es la fe que siguen la amplísima mayoría de los polacos. Practicantes y no practicantes. Su influencia se extiende a casi todos los ámbitos de la vida del país pese a no ser la religión oficial. Durante cuatro décadas la Iglesia polaca desempeñó un papel activo de oposición al régimen comunista impuesto por la URSS. A lo largo de esos años su influjo en las capas sociales más humildes, como la clase obrera y el campesinado, fue enorme e incluso contó con el apoyo de algunos intelectuales y de la izquierda laica enfrentada al régimen. Empero, la llegada de la democracia denotó cierta incapacidad de adaptación por parte de la Iglesia. La perspectiva ultraconservadora del Episcopado en materias como los matrimonios gays, el aborto, el divorcio, la fecundación in vitro, la presencia de la religión en las aulas y el apoyo manifestado por muchos obispos y clérigos a la derecha más dura, han desgastado la institución y enfrentado a los católicos. Pese a perder su influencia entre los más jóvenes y entre las clases medias urbanas, la Iglesia sigue siendo un poder fáctico a nivel político y social. Sobre todo en el ámbito rural, escenario de la cinta que nos ocupa: Amarás al prójimo (W imie…, 2013). Un contexto, religioso y geográfico, que atormentará a Adam, un sacerdote alcohólico de una pequeña población rural que abre un centro para menores, y que se debate entre el celibato y su deseo por los hombres. Punto de partida sugerente para un país necesitado de provocación.

    A priori, el halo retrógrado que flota en la atmósfera hace pensar en una película con voluntad de denuncia. Nada más lejos de la realidad, a lo sumo un par de escenas mal esbozadas manifiestan esa inquietud (véase cuando su ayudante delata un supuesto caso de pederastia y la curia se niega a aceptarlo). Es un trabajo que se interesa por el aspecto psicológico del protagonista. La zozobra de la contradicción, la inquietud del autocontrol, la angustia de vivir una batalla interior infinita son las pulsiones con las que la directora –Malgorzata Szumowska– quiere que batallemos. La querella moral es menester del espectador. El preludio consigue transmitir esa perspectiva alejada del juicio moral pero centrada en el progreso de un romanticismo tortuoso. Lo hace a través de una estética poderosa pero un tanto vacua que no evita y sí contribuye a que veamos en pantalla contextos reiterativos (como las carreras en el bosque) y escenas vacías que alejan al espectador del procurado ímpeto emocional. Es cierto que la realizadora polaca alcanza momentos turbadores alrededor de la atávica dicotomía entre deseo y pecado, pero son insuficientes ante el desenlace maniqueo que restituye la imperfección primigenia. Esa misma que nos desalienta al cuarto de hora. Sin duda los problemas que laceraban su anterior película –Ellas (2011)– se repiten en Amarás al prójimo. En esta ocasión también se queda navegando por aguas superficiales, no hay hondura reflexiva. Una carencia que explicaría un resultado malogrado pese a presentar el conflicto desde el punto de mira del sacerdote. Un mensaje que se intuye claro pero que tiene más de panfleto que de ensayo reposado. Más de frase que de párrafo. Más de exposición con ínfulas que de discurso con calado.

    por Anónimo
    octubre 02, 2014

    Crítica | Amarás al prójimo

    por Anónimo | octubre 02, 2014
    La Religieuse

    Prisionera de Dios

    crítica de La religiosa (La Religieuse, dirigida por Guillaume Nicloux, Francia, 2013). | ★★

    Publicada en 1760 y corregida en 1781, La religiosa fue una novela que conoció serios problemas con la censura de la época para ver la luz, al narrar su autor, Didier Diderot, la historia real de una joven monja a la que se procesó en París por rechazar sus votos. El libro describía, con pelos y señales, el brutal viacrucis que padeció encerrada entre las cuatro paredes de diferentes conventos, sometida a todo tipo de presiones y castigos con el afán de lavarle el cerebro y convencerla de que tenía que encontrar su “vocación”. Susanne Simonin fue el nombre elegido para el personaje tras el que se escondía una auténtica víctima del fanatismo religioso. Reivindicada con los años como un auténtico clásico de la literatura francesa, La religiosa fue una obra audaz y adelantada a su tiempo que, en contra de lo que pueda parecer, no criticaba directamente a la religión, sino a sus excesos, capaces de causar desequilibrios en personas que viven aisladas del mundo, en el enclaustramiento (elegido o no) de algunos monasterios del siglo XVIII.

    En 1966, Jacques Rivette realizó una excelente adaptación de la novela, que llegó a competir por la Palma de Oro en Cannes. Por esto, podría tildarse de innecesaria esta nueva versión que nos llega de la mano del menos interesante Guillaume Nicloux, realizador de títulos como Une affaire privée (2002) o La clef (2007). Sin embargo, en unos tiempos en que el fanatismo religioso continúa siendo una de las causas principales de odios entre los seres humanos, los valores que atesora aquella vieja obra siguen resultando igual de explosivos y vigentes como el primer día, sorprendiendo por su contemporaneidad. Nicloux realiza, en esta ocasión, una adaptación académica y aséptica que hace que lamentemos que este material no cayera en las manos de alguien con la capacidad de arriesgar de Michael Haneke. Con una narración muy lineal, abusando del plano contra plano en la mayoría de las escenas de conversaciones, la cinta hace gala de una fría teatralidad en algunos momentos. Con todos estos hándicaps, solo queda confiar en la fuerza intrínseca de la historia de Susanne, tercera hija de un matrimonio que, tras quedar debilitada la economía familiar por los matrimonios de las hermanas mayores, fue forzada a entrar en un convento. La chica, lejos de haber encontrado su vocación por la llamada de Dios, en ningún momento pretendió renunciar a su libertad para enamorarse y crear una familia, por lo que se vio encarcelada, coaccionada y torturada por las diferentes madres superioras con las que llegó a toparse. Sin duda, todo un ejemplo de heroína fuerte y moderna, de ideales y dignidad inquebrantables que encuentra en los vulnerables rasgos de la joven Pauline Etienne una formidable representación por la que optó al César a la Mejor actriz revelación. Gracias a ella, el espectador es partícipe del sufrimiento de una persona cuyo único motivo para estar encerrada es haber nacido “fruto del pecado”, expiando la culpa de una madre adúltera a los ojos de Dios.

    por José Martín León
    agosto 25, 2014

    Crítica | La religiosa

    por José Martín León | agosto 25, 2014
    Shirley: Visiones de una realidad

    Soledad pintada al óleo

    crítica de Shirley: Visiones de una realidad | Shirley: Visions of Reality, dirigida por Gustav Deutsch, 2013

    Si existió un artista capaz de entrelazar la sensación de desarraigo y el espacio geométrico, la visión figurativa unida al sentimiento poético, ese fue el pintor Edward Hopper. Durante la primera parte del siglo XX, este autor convirtió su obra plástica en una referencia fundamental para el realismo pictórico posterior y para las denominadas escenas estadounidenses. Los lienzos de Hopper sintetizan a la perfección los detalles en interiores urbanos o rurales, horadados por un silencio real pero también metafísico, y poblados por, casi siempre, un único personaje anónimo y solitario, bajo luces gélidas, artificiales y cortantes, una manera de retratar la angustia y el existencialismo de la sociedad contemporánea. Así, el espectador que los contempla se siente alejado y abstraído del ambiente y la temática en la que se halla inmerso, contagiado de una sensación de soledad aguda, de claustrofóbica incomunicación. Pues bien, ha sido la obra de este genial artista americano, la encargada de inspirar una nueva creación del director vanguardista Gustav Deutsch, cuyos trabajos anteriores como Film ist —que enlazaba vídeos científicos independientes entre sí y fragmentos de metrajes pretéritos—, o Film ist a girl and a gun —que realizaba un homenaje al cine mudo y a la temática sexual—, han sido baluartes importantes dentro de la corriente del cine experimental, obteniendo grandes piropos como la comparación con maestros como Buñuel.

    Esta tipología cinematográfica nacida en la contracultura procura, como ya sabemos, distanciarse de los convencionalismos visuales y narrativos, alimentándose de ideas en muchas ocasiones surrealistas o inconexas para formar una lógica plástica nueva y original que cobre un sentido propio. En definitiva, se procura mediante la interacción de este lenguaje propio con el espectador una experiencia más allá del cine al uso. En esta creación titulada Shirley: Visiones de una realidad, el director austríaco se distancia más del radicalismo de sus anteriores obras para tomar contacto con fórmulas más universales de la narrativa argumental, conjugando el arte pictórico de Hopper con el eminentemente cinematográfico, y aportando un aura teatral cuyo objetivo es contarnos una parte de la historia de Estados Unidos entre 1931 y 1965 de manera ilusionista y fiel a los célebres óleos del pintor, además de relatarnos la catarsis poética y agobiante de su única protagonista principal. Se podría decir que aunque esta propuesta pretenda tener un enfoque más comercial, y orientada a un público mayoritario, sigue siendo una obra un tanto árida, compleja, y dificil de ver a pesar de su magnificencia estética y su singularidad de formato.

    por Anónimo
    agosto 07, 2014

    Crítica | Shirley: Visiones de una realidad

    por Anónimo | agosto 07, 2014

    Walter White edulcorado

    crítica de After the Fall | de Saar Klein, 2014

    No es casualidad que Saar Klein coloque el nombre de Terrence Malick en la primera línea y en solitario en el apartado reservado a los agradecimientos. El montador de películas como El nuevo mundo y La delgada línea roja tiene muchos puntos en común con el director de Illinois. Sin embargo, está más cerca del Malick de las primeras películas que de la solemnidad profunda y filosófica del último Malick con El árbol de la vida y To the wonder. Klein se lanza a dirigir su primera película con las cosas muy claras a nivel formal. Desprendiéndose del excesivo artificio ceremonioso de su maestro, nos presenta una cinta mucho más digerible y cercana. La sencillez en su puesta en escena y la clara identificación del protagonista y sus medios se transmite a través de una cámara de movimientos suaves, sin estridencias ni planos extraños y que busca el encuadre sencillo para recrear una historia sencilla (y un tanto manida). Klein encuentra en el montaje el mejor aliado para dibujar el entorno cotidiano y familiar que ahoga al protagonista por el miedo a perderlo. Permite que la historia respire y esparce sus momentos malickianos por la cinta para aunar la introspección con la acción. A diferencia de lo que ocurre en To the wonder, Saar Klein parte de la acción y de una historia concreta para llegar al fondo del padre de familia protagonista y sus luchas internas. Evita partir de la abstracción pseudofilosófica que escogería Malick y realiza el viaje de fuera hacia adentro utilizando las armas que mejor conoce: la cámara, el plano y, sobre todo, el montaje. Otra cuestión más peliaguda es el argumento. Klein, con la ayuda de Joe Conway, actor y guionista con pocos títulos a sus espaldas, crea un relato en ocasiones torpe y excesivamente explícito en la transmisión de la información de la trama. Por decirlo de algún modo, al guión se le ve el plumero. El esqueleto típico en tres actos está bien construido, pero es demasiado evidente, especialmente en la presentación del personaje y, sobre todo, en cómo lo verbaliza a través del diálogo. Y eso que empieza bien, con un pequeño engaño al espectador mostrándonos una familia perfecta con un padre de familia ejemplar, pero que en realidad está ocultando que le han echado del trabajo y no sabe cómo podrá sostener a su familia. La maduración y el detalle del que hablábamos anteriormente en el montaje se echan de menos en los diálogos, realmente el talón de Aquiles de la cinta.

    por EAM
    abril 27, 2014

    Crítica | After the Fall, de Saar Klein

    por EAM | abril 27, 2014
    Oro (Gold), de Thomas Arslan

    Eficiencia germana

    crítica de Oro | Gold, de Thomas Arslan, 2013

    La fiebre del oro tiene una fuerte presencia en la cultura popular. No solo americana, también en la latina. En el imaginario colectivo descansa ese cuadro de un grupo de hombres con pico y pala en busca de pedruscos dorados o, en su defecto, un grupo de semejantes, en la orilla de un río, sumergiendo una batea en la corriente y agitándola con la esperanza de encontrar las soñadas pepitas. La fiebre del oro fue un período migratorio masivo impulsado por los hallazgos de yacimientos del metal precioso en zonas rurales. Se produjo a lo largo del siglo XIX, en un contexto de insatisfacción social, donde la desesperación y la ilusión llevaron a miles de personas a abandonar sus empleos y hogares en pos de una vida más amable. La mejora en las vías de comunicación, el sistema internacional basado en el patrón oro y la codicia de hacerse ricos fueron los principales motores de este fenómeno. Los buscadores de oro cruzaron mares, ríos y montañas. Desde Zacatecas hasta Yukón, pasando por California. En el Festival de Berlín de 2013 se proyectó un western germano-canadiense –Gold (2013)– cuyo marco contextual versa sobre este prodigio migratorio. El cine ha retratado muchas veces esta obsesión por la riqueza y la miseria adyacente. Chaplin lo hizo con fuertes dosis de humor en La quimera del oro (1925); el cine americano de los años cuarenta y cincuenta contó con película como California (1946) o Tierras lejanas (1954). John Wayne, el vaquero por excelencia, dejó su sello en Los cowboys (1972) y en el boom de las series televisivas en el que nos hayamos inmersos no podríamos olvidarnos de Deadwood (2004). Resulta cuanto menos curioso que algo tan americano como el western y la fiebre del oro salga de nuevo a la palestra gracias a alemanes. Algunos consideraron el filme de Thomas Arslan una reinvención del género habida cuenta de su genuinidad, sin duda exagerado. Pero sí que supone una perspectiva distinta, que desmitifica las aventuras del oeste.

    por Anónimo
    abril 27, 2014

    Crítica | Oro (Gold), de Thomas Arslan

    por Anónimo | abril 27, 2014

    Desolación en la selva

    crítica de Cautiva | Captive, de Brillante Mendoza, 2012

    Ha caído la noche. Thérese Bourgoine camina en la arena de una las playas de la isla de Palawan llevando cartones que contienen biblias en su interior. No se escucha nada más que el silencio que esboza la tranquilidad nocturna y el golpeteo furtivo pero hermoso a la vez de las olas chocando con la orilla. De pronto un grito. Se rompe el silencio y empieza el verdadero infierno. Thérese es secuestrada con otras personas turistas y voluntarias que residen en la isla, por un grupo de terroristas islámicos capaces y dispuestos a todo. El pánico se apodera inmediatamente de aquellos humanos, cuyos sueños y esperanzas se ven truncados intempestivamente. Thérese llora, pero apenas es el inicio. Con esta intensa introducción, Brillante Mendoza, director de origen filipino que ya deleitó a muchos con sus producciones (y a mí, en especial, con esa maravillosa historia titulada Foster Child), nos entrega uno de sus últimos trabajos, una poderosa historia basada en hechos reales; un drama descarnado que manifiesta con mucha solicitud y sin ningún chantaje el secuestro de varias personas a manos del grupo Abu Sayyaf allá por el 2001. Mendoza nos inquieta desde el mismo inicio mostrando una inmensa capacidad de recreación de los hechos; su soltura y el movimiento de cámara consiguen enganchar al espectador y hacer que exista un claro y fuerte involucramiento hacia la historia, la cual baila entre los acontecimientos del día a día, desde el secuestro en el hotel hasta la liberación de los rehenes. Pero antes de que esto se produzca hemos sido testigos de una angustiosa odisea.

    por Unknown
    enero 12, 2014

    Crítica | Cautiva

    por Unknown | enero 12, 2014
    Charlie Countryman

    Amor a quemarropa en Bucarest

    crítica de Charlie Countryman | de Fredrik Bond, 2013

    He aquí una película que tiene todas las papeletas para ganarse enemigos y palos por parte de crítica y público. Como toda experiencia que antepone la forma al fondo, deleitándose en el apartado audiovisual y dejando el guión en un segundo plano, Charlie Countryman parece condenada a ser únicamente apreciada (y disfrutada, incluso) por los amantes de extravagancias a contracorriente del tipo Sólo Dios perdona o Spring Breakers, con las que formaría una fenomenal trilogía de thrillers marcianos en este 2013 que está a punto de concluir. El debutante Fredrik Bond coge la típica historia de cine negro de toda la vida con un protagonista honrado puesto en peligro cuando se enamora de la chica del mafioso, adornándola de tal manera que su obra termina no pareciéndose a ninguna otra vista anteriormente. Algo que contribuye enormemente a desmarcarla de los caminos más trillados del género es su impagable galería de estrafalarios personajes, encabezada por el propio Charlie, un pobre diablo capaz de comunicarse con su madre recién fallecida y de embarcarse en un improvisado viaje a Bucarest porque el fantasma de ella se lo ha sugerido. Con este delirante punto de partida, el espectador debe adaptarse a las normas de un juego que se aleja de convencionalismos y lógica alguna si quiere disfrutar al cien por cien de la propuesta. Una vez que se entra en la mecánica de conversaciones con el más allá, casualidades que ponen a prueba la credulidad de cualquiera y un bizarro sentido del humor que emerge en las situaciones más insospechadas, solo queda dejarse envolver por las desventuras del protagonista en Bucarest y su peligroso romance con Gabi, la guapa esposa de un peligrosísimo gángster envuelto en una serie de vendettas sin resolver.

    por José Martín León
    diciembre 07, 2013

    Crítica | Charlie Countryman

    por José Martín León | diciembre 07, 2013
    Una familia de Tokio

    Sobrevivir a la vida

    crítica de Una familia de Tokio | Tokyo kazoku, de Yôji Yamada, 2013

    Recuerdo que no había nada y sin embargo estaba todo. Lo intangible y lo prosaico. Incluido el cielo, que, huelga decir, no es tan interesante como lo pintan. Ni siquiera cuando te lo prometen. Y aun así rememoro ese azul blanquecino casi gris que contrastaba con un césped aún más grisáceo. Era tan incoloro y tan liliputiense. Tan... no sé. Tantan (que no cabe). Y bajo él se movían niños camino del colegio, pequeños grupos con uniforme y cartera reglamentarios. Tres chavales, fijándonos ya en los protagonistas, y un maduro instigador que los instaba a activar —mediante un botón ubicado en la cabezota— un mecanismo aerofágico que disparaba una música intraducible. Los dos hermanos conseguían su propósito: hacer reír a través del humor más tenue, y acaso más puro: el infantil. Su compañero, en cambio, no ganaba para calzoncillos. Jugaban, eso sí, con un factor poco saludable: el estímulo de la piedra pómez, que ingerían como si fuera queso en polvo o el pica-pica (en polvo) de un Fresquito. Y después un buff, un uf por elipsis. Todo, ahí, ya. Un universo. Una fracción. Una familia. Todas las familias frente al mismo espejo. Y después... Después, nada. O la nada. El vacío, que diría el maestro; que es el vacío de un tren atravesando el cinturón industrial de Tokio. La vejez sin remedio y la irremediable juventud. La naturaleza y la carcoma de un mundo por construir, a pesar de los hombres que sonríen y miran y se comunican mirando mientras hablan sonriendo —bajo el influjo del sake—, siempre en su tatami o cápsula para la reflexión, reducidos una vez más a la mirada risueña que cae suave pero implacablemente sobre unos hijos que se quejan porque no tienen televisor en casa, y entonces el mayor manipula al pequeño y éste le ofrece a cambio lealtad, seguir sus indicaciones mientras dure el pacto de silencio contra la tiranía doméstica imperante. Nada pasa y pasa todo. Ahí, ahora. En un interior con largos pasillos y un catálogo de puertas que comunican los dormitorios con el living y, a veces, la cocina y algún que otro armario lleno de telas y ropa de cama sin usar. Un mundo, pues, agotado; sin más y sin cura, que observa su declive con el deseo que provoca en algunos paladares el sushi y los quimonos trasnochadores.

    por Anónimo
    noviembre 21, 2013

    Crítica | Una familia de Tokio

    por Anónimo | noviembre 21, 2013

    Los amores enfermizos

    crítica de Vic+Flo Saw a Bear | Vic et Flo ont vu un ours, de Denis Côté, 2013

    Entre la más profunda de las dulzuras y la más bruta de las perversiones ha oscilado el canadiense Denis Côté a la hora de sentar las bases para un nuevo drama crudo y a todas luces extravagante; salpicado de pinceladas de otros muchos géneros, que tiñen los colores de esta original Vic+Flo Saw a Bear de desgarro, tensión, ironía, y un halo macabro inyectado en nuestra vena conforme avanzan los posos de la historia. En lo que a mi respecta y para ser sinceros, comenzando por ese enigmático título que a priori puede resultar tanto un inteligente reclamo de atención como el preámbulo de un experimento farragoso, Vic+Flo Saw a Bear funcionó en mí como una droga primero desagradable y luego poderosamente adictiva. Desde su óptica de personajes ariscos en gran medida ajenos al orden social. En una primera toma de contacto provoca un rechazo irracional a causa de su atmósfera calmada pero invasiva, a una Madame Champagne (Vic) cuyo amor rabioso y frialdad social provocan nerviosismo e incluso irritación, pero poco a poco se convierte en interesante, rica en matices, profunda y, sin lugar a dudas, en absoluto semejante a cualquier otro filme visto con anterioridad.

    Esta atípica historia de amor y otras pulsiones humanas se basa en la nueva vida que emprenden en una tranquila cabaña situada en los bosques Canuck, Vic, una convicta de 61 años condenada a cadena perpetua que dispone del privilegio de poder cumplir la pena fuera de prisión pero bajo vigilancia, y su amante Florence, una mujer más joven y hermosa de pasado también abrupto y carácter desordenado. Vic y Florence se trasladan a este pequeño hogar de madera donde vive el tío de Vic, anciano y enfermo de diabetes y parálisis, al que comienzan a cuidar sin demasiada dedicación ni acierto. Ambas reciben la visita periódica de Guillaume, un oficial de los servicios sociales que realiza informes de la conducta de Vic para dar parte a los directivos carcelarios, y cuya presencia enquista la intimidad de las dos mujeres. Mientras Vic, un personaje que rodea sus tremendas inseguridades y su fuerte dependencia emocional de seriedad, aislamiento y en ocasiones grosería, se encierra más en sí misma y en su huerto, una amable jardinera se presenta para utilizar su lavabo y ofrecerle abonos que mejoren sus cultivos. Florence, claustrofóbica ante la quietud del bosque y la poca presencia humana, baja de vez en cuando a empinar el codo al inquietante bar del pueblo, donde jugadores de billar y almas solitarias empuñan jarras de cerveza para matar el tiempo. Todo un esperpento.

    por Anónimo
    noviembre 14, 2013

    Crítica | Vic+Flo Saw a Bear

    por Anónimo | noviembre 14, 2013
    Alabama Monroe

    Mostrando jovialidad donde sólo cabe la desolación

    crítica de Alabama Monroe | The Broken Circle Breakdown, Felix Van Groeningen, 2012

    Hace un par de años se estrenaba Declaración de guerra (Valérie Donzelli, 2011), una excelente película heredera de la Nouvelle vague francesa que seguía la mezcla de tormento y esperanza que provocaba en una joven pareja el cáncer de su bebé. La tragedia era pues retratada antes de forma luminosa y excitante que apagada y pesarosa, apoyándose en una cámara dinámica, un montaje alegre, una música heterogénea, unos diálogos chispeantes y unos actores muy expresivos. Una serie de elementos, en definitiva, unidos en una sola dirección, cual es la de contagiar al espectador de la vitalidad que a duras penas pero con plena entrega y franqueza muestran los protagonistas de una historia tan dramática. Pues bien, Alabama Monroe (The Broken Circle Breakdown, 2012), llamativa película belga que ha pasado con éxito por festivales como el de Tribeca, sigue la estela y los mencionados atributos de su vecina francesa, en este caso para narrarnos la lucha de dos padres contra el cáncer de su hija.

    Con todo, en este caso el enfrentamiento contra el arbitrio genético y médico conforma aproximadamente sólo la mitad del metraje, pues una segunda parte del mismo nos muestra las consecuencias que dicho trauma deja en la pareja. La cinta de Van Groeningen es por tanto más decididamente romántica y pasional que la de Donzelli, pero también más oscura y adulta. Si en la película francesa el comportamiento optimista de los padres reflejaba su propia naturaleza juvenil y deshinibida, en la belga lo juvenil y deshinibido (desnudos de ambos actores incluidos) no se deriva de un natural optimismo de sus personajes sino de las exigencias de las circunstancias, o como mucho de su rudeza y rebeldía. Los dos se enfrentan además no sólo con la enfermedad de su hija sino con su contradictoria visión de la vida: entre la atea y pesimista del marido y la devota pero en el fondo también melancólica de su mujer. Las mariposas tatuadas en su cuerpo, la bucólica cabaña en la que vive la familia o sus interacciones tan infantiles como salvajes acaban construyendo por tanto un paisaje más perturbador que idílico.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 05, 2013

    Crítica | Alabama Monroe

    por Ignacio Navarro | noviembre 05, 2013

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