La liturgia de existir
«MISA DE MEDIANOCHE» Y LAS SERIES DE MIKE FLANAGAN.
De alguna manera, el cine nació con un gesto de terror. Es legendaria la reacción de los espectadores ante el pase de Llegada del tren a la estación de La Ciotat (1896) de los hermanos Lumière, que huyeron despavoridos de la sala, ante el temor de que el tren que veían acercarse en la pantalla les atropellara. Aunque sin duda hay mucho de exageración romántica en este hecho, habida cuenta de que no era en absoluto la primera proyección con público que se hacía de imágenes en movimiento, no es menos cierto que, dada la condición que entonces poseía el incipiente cinematógrafo entre un espectáculo de feria y una curiosidad científica, lo más probable es que los asistentes fueran personas de variopinta condición y, desde luego, en absoluto aficionados asiduos, con lo que no es descabellado que se produjera un pequeño alboroto entre algunos recién iniciados, magnificado luego por la prensa ―y los intereses publicitarios de los Lumière―, aparte, por supuesto, del paso del tiempo. Lo que, en cambio, no tiene nada de inventado es la no menos famosa opinión de Maksim Gorki tras asistir a una proyección cinematográfica:
«Ayer estuve en el reino de las sombras. Si supierais hasta qué punto es aterrador… Allí no existe ni el sonido ni el color: todo, la tierra, los árboles, los hombres, el agua y el aire, todo tiene allí un color gris uniforme. En el cielo gris, rayos de sol grises; en los rostros grises, ojos grises. Y hasta las hojas de los árboles son grises como la ceniza: no es la vida, sino una sombra de vida. No es el movimiento, sino una sombra de movimiento, desprovista de sonido. [...] La visión es espeluznante, porque lo que se mueve son sombras, nada más que sombras. Encantamientos y fantasmas, los espíritus infernales que han sumido ciudades enteras en el sueño eterno acuden a la mente».
Que un hombre culto como él incidiera en el espanto que le había producido ver una pieza de celuloide, redunda en ese elemento de anormalidad que Gorki señaló como tara del invento que hacía furor en Occidente, pero que de hecho evidenciaba su reacción psicológica ante una imitación, realista y no realista, del mundo. Dicho mecanismo de la psique, documentado por Freud, y antes que él, por Ernst Anton Jentsch en Hacia la psicología de lo Inquietante (1906), es la manifestación de una sensación de malestar, de desasosiego, que Jentsch explicó aplicándola a nuestra respuesta ante seres que no están ni vivos ni muertos, y en consecuencia solamente existentes en el ámbito literario; y por extensión, añadimos nosotros, en cualquier recreación ficcional. El pavor que sintió Gorki, paradójicamente, demuestra que su incomprensión del potencial creativo del cinematógrafo era en el fondo una intuición genial de la materia por excelencia del séptimo arte (el tiempo) y, por ende, «de cómo el cine está ligado al misterio, a un carácter fantasmal que encuentra múltiples formas de desarrollarse», tal y como señala el compañero Miguel Muñoz Garnica en su espléndido ensayo sobre el cine del siglo XXI.
No es fortuito que los orígenes del cine narrativo estén ligados a lo fantástico, desde El hada de los repollos (1896) de Alice Guy hasta la obra de Georges Méliès, y llegando al hecho de que una de las cinematografías más potentes del período mudo, la germana, hiciera de la mitología, la ciencia ficción y el terror los vehículos por excelencia del lenguaje fílmico. Asociado, además, a las corrientes vanguardistas del momento, el cine alemán supo imbuirse del expresionismo y el surrealismo de otras artes, al descubrir el potencial del medio para la plasmación de lo onírico y lo inconsciente. De ahí que el doppelgänger, esa figura, de nuevo contradictoria ―nosotros y no nosotros―, se popularizara en la época, y resumiera en su condición de doble antinatural ese elemento aterrador en buena medida intrínseco a la experiencia cinematográfica. Ya lo decía Borges con su recurrente malestar ante los espejos: «Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro/paredes de la alcoba hay un espejo,/ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo».
Y si cito los versos del escritor argentino es porque uno de los filmes más notables de Mike Flanagan, Oculus (2013), gira en torno, justamente, a un espejo mágico que destroza con sus malvadas ilusiones la vida de una familia. Esta cinta es la que puso en el punto de mira de la cinefilia de nicho al realizador de Salem, y teniendo cuenta la sucinta sinopsis que acabo de hacer, no es difícil imaginar que ya se hallaba en ella esa sutil combinación de lo sobrenatural ominoso con el drama intimista que ha hecho de Flanagan uno de los grandes maestros actuales del género de terror, junto con Ari Aster y Robert Eggers.
por Elisenda N. Frisach
diciembre 01, 2021
diciembre 01, 2021
La liturgia de existir: «Misa de medianoche» y las series de Mike Flanagan
por Elisenda N. Frisach | diciembre 01, 2021


























