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    Cine Alemán Siglo XXI

    ¿De qué va?

    Crónica II de la 22ª edición del Festival Black Nights de Tallin.

    No hay pregunta más detestada por un cinéfilo que la que da título a esta crónica. Pero sigue siendo la primera que brota de la boca de casi cualquiera —sí, cinéfilos incluidos; ¡maldita sea la inercia!— en cuanto oye hablar de una película. Y eso que la respuesta no significa nada. ¿De qué va Still River, de Angelos Frantzis? De una pareja griega que queda “embarazada” pese a no haber tenido relaciones sexuales en meses. ¿De qué va Bille, de Inara Kolmane? De la curiosa infancia de una niña letona en los años 30. ¿De qué va Rafiki, de Wanuri Kahiu? Del primer amor entre dos chicas keniatas. Dicho así, cualquiera de estos trabajos, presentes los tres en distinta secciones de la 22ª edición del Festival de Cine Internacional de Tallín, puede ser una maravilla o un auténtico bodrio. Y es que lo verdaderamente importante no es de qué va una película —o sea, su sinopsis de toda la vida— sino cómo queda eso plasmado en imágenes y sonidos. En un festival de cine, esta afirmación es todavía más rotunda, al radicar la diferencia entre una obra de arte y un despropósito en las decisiones formales de sus creadores. La historia (que no debe confundirse con el guion) suele ser lo de menos, aun cuando a menudo suponga el principal motivo para decantarse entre una obra u otra de no tener referencia alguna. Al tratarse de un festival de clase A, el Black Nights Film Festival tiene la obligación, como ya se dijo en la crónica anterior, de contar con estrenos mundiales en la medida de lo posible. Y, siendo el último del año, no hay más remedio que adentrarse, por así decirlo, en la dimensión desconocida, para ofrecer títulos tan interesantes como Bad Poems, del húngaro Gábor Reisz, Until We Fall, del francés Samanou Acheche Sahlstrøm, o Warewolf, del polaco Adrian Panek. Esta última cinta, por cierto, va de un grupo de niños que, tras ser liberados de un campo de concentración en 1945, quedan a merced de Dios en un palacio abandonado sin comida ni agua, pesadilla avivada por el ataque de perros lobo salvajes. ¿Suena a serie B, verdad? Pues nada más lejos de la realidad. Lo mejor es no dejarse guiar por la sinopsis de una película. ¡¿De qué va?! Qué importa. Y, puestos a no fiarse de la respuesta, ¿para qué preguntar?

    por Juan Roures
    noviembre 29, 2018

    Festival de Tallin (II): A shelter among the clouds; Take it or leave it; The rib

    por Juan Roures | noviembre 29, 2018

    Nominaciones a los Independent Spirit Awards 2019

    Texto por Ignacio Navarro | 25 de noviembre de 2018.

    Hace unos días se anunciaron las nominaciones a los Independent Spirit Awards, tradicionalmente los primeros premios importantes de la temporada y que por tanto marcan el pistoletazo de salida de la carrera al Oscar. Hay que tener en cuenta con todo que solo son elegibles aquí las películas con presupuesto inferior a 20 millones de dólares, aparte de ser producciones norteamericanas, lo cual explica por ejemplo que en su listado no veamos este año algunas contendientes como Ha nacido una estrella o First Man, o que La favorita y Roma solo estén presentes en la categoría de mejor película internacional. Al margen de estos ajustes, y del consiguiente empuje que pueden tener cintas más marginales que luego no irán más lejos, las demás sí suelen coincidir en gran parte con posteriores premiadas. De hecho hay un interesante dato, entre otros, de que la ganadora al Oscar a mejor actriz, sí es elegible aquí, tiene que estar nominada. Esto sería buena señal para Glenn Close y mala para Melissa McCarthy. Destaca por lo demás el reparto de menciones, sin que ningún filme acumule más de cinco, lo cual permite extender el reconocimiento. Así por ejemplo otra de las favoritas, Infiltrado en el KKKlan, se conforma con la nominación a mejor actor secundario, y aunque algo más peso tiene El blues de Beale Street, bajo mejor película, director y actriz secundaria, sorprendentemente no aparece bajo mejor fotografía. El reverendo puede también llegar lejos, a menor escala, sobre todo gracias a su protagonista Ethan Hawke, o lograrlo Hereditary por medio de su protagonista Toni Collette. En definitiva, hay opciones para todos los gustos en los Independent Spirit Awards, cuyos galardones se conocerán un día antes de los Oscar, el 23 de febrero de 2019.

    MEJOR PELÍCULA
    • Eighth Grade (Bo Burnham)
    • El reverendo (First Reformed, Paul Schrader)
    • El blues de Beale Street (If Beale Street Could Talk, Barry Jenkins)
    • Leave No Trace (Debra Granik)
    • En realidad, nunca estuviste aquí (You Were Never Really Here, Lynne Ramsay)

    MEJOR ÓPERA PRIMA
    • Hereditary (Ari Aster)
    • Sorry to Bother You (Boots Riley)
    • The Tale (Jennifer Fox)
    • We the Animals (Jeremiah Zagar)
    • Wildlife (Paul Dano)

    MEJOR DIRECCIÓN
    • Paul Schrader (El reverendo)
    • Barry Jenkins (El blues de Beale Street)
    • Debra Granik (Leave No Trace)
    • Tamara Jenkins (Vida privada)
    • Lynne Ramsay (En realidad, nunca estuviste aquí)

    MEJOR GUION
    • ¿Podrás perdonarme algún día? (Can You Ever Forgive Me?)
    • Colette
    • El reverendo
    • Vida privada (Private Life)
    • Sorry to Bother You

    MEJOR PRIMER GUION
    • Blame
    • Eighth Grade
    • Nancy
    • The Tale

    PREMIO JOHN CASSAVETES
    • A Bread Factory (Patrick Wang)
    • En el séptimo día (Jim McKay)
    • Never Goin’ Back (Augustine Frizzell)
    • Sócrates (Alex Moratto)
    • Thunder Road (Jim Cummings)

    MEJOR ACTOR PRINCIPAL
    • Daveed Diggs (Blindspotting)
    • Ethan Hawke (El reverendo)
    • John Cho (Searching)
    • Christian Malheiros (Sócrates)
    • Joaquin Phoenix (En realidad, nunca estuviste aquí)

    MEJOR ACTRIZ PRINCIPAL
    • Elsie Fischer (Eighth Grade)
    • Toni Collette (Hereditary)
    • Helena Howard (Madeline’s Madeline)
    • Regina Hall (Support the Girls)
    • Glenn Close (La buena esposa)
    • Carey Mulligan (Wildlife)

    MEJOR ACTOR SECUNDARIO
    • Adam Driver (Infiltrado en el KKKlan)
    • Richard E. Grant (¿Podrás perdonarme algún día?)
    • Josh Hamilton (Eighth Grade)
    • John David Washington (Monsters and Men)
    • Raúl Castillo (We the Animals)

    MEJOR ACTRIZ SECUNDARIA
    • Tyne Daly (A Bread Factory)
    • Regina King (El blues de Beale Street)
    • Thomasin Harcourt McKenzie (Leave No Trace)
    • J. Smith-Cameron (Nancy)
    • Kayli Carter (Vida privada)

    MEJOR FOTOGRAFÍA
    • Madeline’s Madeline
    • Mandy
    • Suspiria
    • We the Animals
    • Wildlife

    MEJOR MONTAJE
    • American Animals
    • Mid90s
    • The Tale
    • We the Animals
    • En realidad, nunca estuviste aquí

    MEJOR PELÍCULA INTERNACIONAL
    • Burning (Lee Chang-dong)
    • Lazzaro feliz (Lazzaro felice, Alice Rohrwacher)
    • Roma (Alfonso Cuarón)
    • Un asunto de familia (Manbiki kazoku, Hirokazu Koreeda)
    • La favorita (The Favourite, Yorgos Lanthimos)

    MEJOR DOCUMENTAL
    • Hale County This Morning, This Evening (RaMell Ross)
    • Minding the Gap (Bing Liu)
    • Of Fathers and Sons (Talal Derki)
    • On Her Shoulders (Alexandria Bombach)
    • Shirkers (Sandi Tan)
    • Won’t You Be My Neighbor (Morgan Neville)

    PREMIO ROBERT ALTMAN
    • Suspiria (Luca Guadagnino)

    PREMIO BONNIE
    • Karyn Kusama
    • Tamara Jenkins
    • Debra Granik

    PREMIO DE LOS PRODUCTORES
    • Jonathan Duffy y Kelly Williams
    • Gabrielle Nadig
    • Shrihari Sathe

    PREMIO “SOMEONE TO WATCH”
    • Lemonade (Ioana Uricaru)
    • Sócrates (Alex Moratto)
    • We the Animals (Jeremiah Zagar)

    PREMIO “TRUER THAN FICTION”
    • Hale County This Morning, This Evening
    • Minding the Gap
    • On Her Shoulders
    por Ignacio Navarro
    noviembre 28, 2018

    Nominaciones a los Independent Spirit Awards 2019

    por Ignacio Navarro | noviembre 28, 2018

    Un soplo de aire (muy) fresco

    Crónica I de la 22ª edición del Festival de Tallin.

    Un frío polar que no debería sorprender a nadie acompaña la 22ª edición del Festival Internacional de Cine de Tallín, también conocido como el Black Nights Film Festival (quizá porque a las cuatro “de la tarde” ya es de noche). Hablamos del último certamen de clase A del año, lo que desemboca en una Sección Oficial arriesgada, variopinta e incierta, al deber sus programadores pescar entre los títulos que Cannes, Venecia y compañía han dejado disponibles. Eso, que a priori es negativo, tiene su lado ventajoso: cada proyección es una caja de sorpresas que puede desembocar en tedio o fascinación pero rara vez en indiferencia. Este es el caso, por ejemplo, de Asandhimitta, de Asoka Handagama, que no cumple con ninguna de las expectativas que contar con una mujer obesa de Sri Lanka en el centro de la acción pudiera generar. En realidad, en la selección principal del festival báltico puede encontrarse de todo, desde la Niña errante de Rubén Mendoza, que con su agridulce retrato de cuatro hermanas colombianas y sus líricas imágenes se acerca más a los cánones de otros certámenes de prestigio, hasta The Human Part, del finlandés Juha Lehtola, humor nórdico puro y duro que llenó la sala aquí pero lo tendrá difícil para expandir horizontes. A propósito de esto último, no hay en el mundo encuentro más importante para la cinematografía del noreste europeo, dedicándose especial interés, como no podría ser de otra manera, al cine báltico, todavía desconocido en el resto del globo. Y Estonia a la cabeza, claro, con su propia sección. El país en general y Tallín en particular juegan un papel clave en la experiencia del festival, y no sólo por esa brisa heladora que fuerza a retrasar el inicio de las proyecciones hasta las diez de la mañana y no programar nada más allá de las nueve y media de la noche, beneficiando así tanto a la temperatura corporal de espectadores y críticos como a las horas de sueño, sino también por el valor cultural que aporta, al estar todos los cines a escasos minutos de uno de los cascos antiguos más mágicos del mundo. No por el frío hay menos sesiones, no: simplemente hay menos horas muertas entre ellas y más posibilidades horarias, incluso a mediodía, lo cual sólo puede agradecerse. Ni rastro, eso sí, de la clásica frialdad norteña entre los trabajadores del festival, mas quizá sí de la dureza báltica: cuesta imaginar otro evento cultural llevando a los acreditados de excursión a un lago helado para remar ellos mismos hasta una cárcel sumergida. Curioso modo de hacer contactos. También, maravilloso. Y es que para qué negarlo: qué bien sienta alguna aventura que otra, sobre todo durante un evento en el que, película tras película, es fácil sentirse voyeur pasivo de vivencias ajenas.

    por Juan Roures
    noviembre 28, 2018

    Festival de Tallin 2018 (I): A place to live; Wasted eggs; A la vuelta de la esquina

    por Juan Roures | noviembre 28, 2018

    Las 10 mejores películas de la 56ª edición del Festival de Gijón

    Balance de la última entrega del certamen asturiano.

    La 56ª edición del Festival Internacional de Cine de Gijón se ha caracterizado por un nivel medio impecable, constituyendo su entera Sección Oficial un maravilloso despliegue de narrativas diversas procedentes de todos los rincones del planeta. Se nos prometió cine de alto voltaje y eso hemos recibido. Quizá hayan faltado, no obstante, trabajos memorables, pero, considerando que se trata del último gran festival español del año, sólo cabe aplaudir ante su esfuerzo y logro a la hora de traer a la ciudad asturiana, y por ende a España, un trocito de Sundance, Cannes, Berlín, Locarno, Karlovy Vary y Venecia. Además, poniendo así su granito de arena a la no siempre fácil amistad entre festivales patrios, este año el que nos ocupa ha apostado por un ciclo especial donde han podido verse algunos de los trabajos más destacadas del pasado Festival de San Sebastián. Con variadas secciones que van desde la simpática Enfants Terribles hasta la complicada Llendes, el Festival de Gijón tiene oferta para todos los gustos, una que, de hecho, supera con creces a la albergada por la ciudad a lo largo de todo el año. Y es que, como también pasa en San Sebastián y Sevilla, lamentablemente no se ha generado un hábito de cine arriesgado en versión original lo bastante fuerte para hacerse notar durante los 356 días restantes del ciclo anual. Dicho esto, y confiando en que poco a poco la situación cambie, demos paso a los 10 mejores títulos del 56º Festival de Gijón.

    por Juan Roures
    noviembre 27, 2018

    Las 10 mejores películas de la 56ª edición del Festival de Gijón

    por Juan Roures | noviembre 27, 2018

    Palmarés del 56º Festival de Gijón

    Hong Sang-soo triunfa con Hotel by the River.

    Aunque es casi imposible estar enteramente de acuerdo con el palmarés de un certamen cinematográfico, no parece que el concerniente al 56º Festival de Cine Internacional de Gijón vaya a encontrar muchos detractores. Así, la poética última película del surcoreano Hong Sang-soo se ha alzado como indiscutible vencedora al llevarse los reconocimientos correspondientes a mejor guion, mejor actor (Ki Joobong ) y, claro, mejor película, este último, en palabras del jurado integrado por Caroline Deruas, Felipe Lage, Javier Porta, Núria Prims y Susana Santos, «por confirmar una vez más la extraordinaria y prolífica creatividad de uno de los grandes autores contemporáneos, que sigue demostrando que los temas más profundos pueden abordarse sin imposturas ni gravedades». Otras dos cintas han recibido un par de menciones cada una: la rumana I Do Not Care if We Go Down in History as Barbarians, de Radu Jude, y la chilena Tarde para morir joven, de Dominga Sotomayor, dos mezclas de ficción y realidad que, además de compartir la mejor dirección, han recibido respectivamente la mejor dirección artística y la mejor fotografía, reconociendo así el jurado por partida doble sus fantásticas puestas en escena. Entretanto, La favorita, extraordinaria sátira de Yorgos Lanthimos, ha tenido que conformarse con el incontestable reconocimiento a mejor actriz para Olivia Colman, quizá porque parecía fácil e inútil inflar la colecta de galardones de una de las principales aspirantes al Oscar. El esperado toque gijonés lo ha puesto Ramón Lluís Bande al recibir un Premio Especial del Jurado «por abordar un tema de significación histórica con un sentido estético sólido y singular que le permite destacarse -con potencia, emoción y coherencia- en la nada sencilla intersección del cine musical con el cine político» en Cantares de una revolución. A destacar también el merecido triunfo de Winter Flies, de Olmo Omerzu, en la sección Rellumes. «Esta comedia checa nos ha encantado por su franqueza y su capacidad de hablar de cuestiones relevantes sin renunciar a un tono cómico y liviano. Todo ello potenciado por dos inolvidables protagonistas adolescentes que nos llevan, a través de la carretera, en un viaje de descubrimiento», ha señalado el jurado. A continuación, el palmarés principal del 56º Festival de Gijón:

    • PREMIO PRINCIPADO DE ASTURIAS AL MEJOR LARGOMETRAJE: Hotel by the River de Hong Sang-soo (Corea del Sur, 2018).
    • PREMIO A LA MEJOR DIRECCIÓN (ex aequo): Radu Jude por I Do Not Care if We Go Down in History as Barbarians (Rumanía, Rep. Checa, Francia, Bulgaria, Alemania, 2018) y Dominga Sotomayor por Tarde para morir joven (Chile, Brasil, Argentina, Paises Bajos, Catar, 2018).
    • PREMIO AISGE A LA MEJOR ACTRIZ: Olivia Colman por La Favorita (Reino Unido, Irlanda, Estados Unidos, 2018).
    • PREMIO AISGE AL MEJOR ACTOR: Ki Joobong por Hotel by the River (Corea del Sur, 2018).
    • PREMIO AL MEJOR GUION: Hong Sang-soo por Hotel by the River (Corea del Sur, 2018).
    • PREMIO A LA MEJOR DIRECCIÓN DE FOTOGRAFÍA: Inti Briones por Tarde para morir joven (Chile, Brasil, Argentina, Paises Bajos, Catar, 2018).
    • PREMIO “GIL PARRONDO” A LA MEJOR DIRECCIÓN ARTÍSTICA: Iuliana Vilsan por I Do Not Care If We Go Down in History as Barbarians (Rumanía, Rep. Checa, Francia, Bulgaria, Alemania, 2018).
    • PREMIO ESPECIAL DEL JURADO: Cantares de una revolución de Ramón Lluís Bande
    • (España, 2018).
    • PREMIO DEL JURADO JOVEN AL MEJOR LARGOMETRAJE DE LA SECCIÓN OFICIAL: Mug de Małgorzata Szumowska (Polonia, 2018).
    • PREMIO AL MEJOR LARGOMETRAJE DE LA COMPETICIÓN INTERNACIONAL RELLUMES, patrocinado por NISSAN-CYASA a: Winter Flies de Olmo Omerzu (Rep. Checa, Eslovenia, Polonia, Eslovaquia, 2017).
    • PREMIO ENFANTS TERRIBLES AL MEJOR LARGOMETRAJE: Un corazón extraordinario de Marc Rothemund (Alemania, 2017).
    • GRAN PREMIO DEL PÚBLICO TCM: À l’école des Philosophes de Fernand Melgar (Suiza, 2018).
    • PREMIO A LA MEJOR PELÍCULA ESPAÑOLA ESTRENADA DENTRO DE LAS SECCIONES COMPETITIVAS: Hamada de Eloy Domínguez Serén (Suecia, Noruega, Alemania, 2018).
    • PREMIO A LA MEJOR PELÍCULA DIRIGIDA POR UNA MUJER DENTRO DE LAS SECCIONES COMPETITIVAS: Game Girls de Alina Skrzeszewska (Francia, Alemania, 2018).


    Juan Roures
    © Revista EAM / Festival de Gijón


    por Juan Roures
    noviembre 27, 2018

    Palmarés del 56º Festival de Gijón

    por Juan Roures | noviembre 27, 2018

    Todo por una chapa

    Crónica IV del Festival de Gijón 2018.

    Decía Diego Llorente durante el coloquio de su humildísima Entrialgo que, tras explicar en una presentación que no había aspirado a reflexión alguna con ella, un miembro del público exclamó «¡pues nos vamos!». Y es que las expectativas de los asistentes de un festival de cine no son las mismas que las del público habitual de una sala comercial: de alguna forma, uno espera concluir la película sintiéndose diferente a cómo la empezó. Y si el propio realizador no cree haber ofrecido nada especial, ¿por qué molestarse? Sin embargo, parece ser que el mismo espectador que reaccionó con tanta naturalidad al inicio de la proyección se acercó al director al término de la misma para expresar su conmoción ante la sensibilidad con que había retratado la existencia rural en el pueblo que da título al filme. A eso aspiraba precisamente Llorente, una misión tan difícil de alcanzar como fácil de infravalorar: pocos regalos más especiales pueden presentarse a la prosperidad que un trocito de realidad. Además, ni los artistas son los mejores para vender su propio trabajo ni el receptor inmediato es necesariamente el mejor para juzgarlo, lo que convierte los coloquios en experiencias peculiares no siempre satisfactorias. Nathan Silver, director de The Great Pretender, se mostró visiblemente decepcionado con las preguntas del público gijonés durante el encuentro en el que también intervinieron dos de los intérpretes, los fantásticos Esther Garrel y Keith Poulson; pero ¿qué esperaba?: si todo cualquier mortal supiera plasmar sus dudas en palabras, no tendrían sentido las entrevistas de los periodistas. Al final, el Festival de Gijón ha decidido entregar chapas a quienes pregunten algo, independientemente de que ese “algo” realmente interese a alguien. Aun así, la conexión entre creadores y espectadores es una de las oportunidades más especiales de los festivales, aunque sólo sea para ver con los propios ojos a los habitualmente inalcanzables artífices del arte cinematográfico. De hecho, una de las intervenciones más comunes es la de algún aspirante a cineasta que, disfrazándolo de pregunta, dice algo así: «¿cómo de cool te sientes al pertenecer al mundo del cine y cómo diablos lo has conseguido?». Gijón no es Cannes, con lo que su poder de convocatoria es limitado, pero también gracias a ello se ha paseado por sus calles como uno más el francés Gaspard Ulliel, estrella de Les confins du monde a la que, quizá infravalorando el certamen, nadie esperaba.

    por Juan Roures
    noviembre 27, 2018

    Festival de Gijón 2018 (IV): La favorita, Tarde para morir joven, Alice T.

    por Juan Roures | noviembre 27, 2018

    Estrellas sin nombre

    Crónica III del Festival de Gijón 2018.

    En la película ★ —sí, ese es el título: imposible de pronunciar o de escribir con un teclado básico, precisamente como renuncia a una lengua concreta—, el austriaco Johann Lurf, artista vanguardista donde los haya al que el Festival de Gijón dedica un foco de atención este año, une 500 fragmentos de cielos estrellados de películas de todas las eras y nacionales, sin subtítulos y con las pistas de audio originales. El resultado, de 99 minutos de duración, puede interesar más o menos, pero no hay duda de que su visionado constituye una experiencia única y difícil de olvidar. A priori muy sencillo, el proyecto, que partió de una selección de 2400 títulos, sirve para reflexionar sobre la historia del cine, pues, conforme nos acercamos al momento actual, la captación del cielo se vuelve más y más realista y la fotografía, más y más expansiva. La propia película será remontada año tras año para añadir nuevas estrellas sin nombre, de forma que, al igual que el universo mismo, estamos ante una obra en expansión. Títulos así, capaces de hipnotizar al público más versado, no tienen cabida en las salas comerciales, aportando una justificación más a la existencia de los festivales, donde el séptimo arte traspasa cada año sus propias reglas, concluyendo que, de hecho, no hay reglas. De cada espectador depende, por tanto, arriesgar más o menos en su elección de los títulos, pues en el folleto hay sitio para todo. ¿El libro de imágenes, el último rompecabezas de Jean-Luc Godard? Bueno, dejémoslo en “quizá”. ¿Closing Time, donde Nicole Vögele plasma la tranquilidad de la noche en Taipei durante dos cadenciosas horas? Por qué no, veamos qué tal. ¿La casa lobo, en la que Cristóbal León y Joaquín Cociña trabajaron durante tanto tiempo que invitaron al público a seguir el proceso en vivo? Vale, suena interesante. Y lo más probable es que lo sea, como lo son casi todos los títulos presentados en los festivales cinematográficos, sobre todo cuando arriesgan tanto como el de Gijón; ojo: interesantes, que no por ello buenos o satisfactorios. Quizá por eso, “interesante” es un vocablo empleado a menudo como eufemismo de “me alegra haberlo hecho pero jamás repetiría”. Para muchos, el cine es mero entretenimiento, y lo cierto es que la oferta de los multicines no suele dar para mucho más, infravalorando quizá el espíritu crítico medio. Pero lo cierto es que las posibilidades del arte audiovisual son tan infinitas como el universo. Y más vale que cineastas, críticos y espectadores las aprovechemos.

    por Juan Roures
    noviembre 27, 2018

    Festival de Gijón 2018 (III): Yara, Les confins du monde, The Great Pretender

    por Juan Roures | noviembre 27, 2018

    One day in a festival

    Crónica II del Festival de Gijón 2018.

    En la excelente película húngara One Day, con la que Zsófia Szilágyi compite en la Sección Oficial de Gijón meses después de alzarse con el Premio FIPRESCI de Semana de la Crítica de Cannes, observamos la jornada de una madre de tres hijos que corre sin descanso de un lado para otro, cumplimentando tareas antes incluso de poder planteárselas. Todo es frenético, fatigante y estresante, pero, al final del día, compensa. Así es también la existencia de un crítico en un festival cinematográfico, al menos si se desea aprovechar la oportunidad al máximo. Desde primera hora, ya con las entradas en el bolsillo, toca correr con el desayuno aún en la boca hasta la primera sesión, probablemente sin haberse acercado siquiera a las siete horas de sueño la noche anterior. Ya en la sala, toca digerir el primer largometraje, quizá tan desconcertante como Madeline's Madeline, de Josephine Decker, quizá tan dura como The Miseducation of Cameron Post, de Desiree Akhavan. No son horas, pensarían muchos. Al acabar, apenas se goza de otra hora antes del siguiente visionado, la cual suele aprovecharse para poner en orden las propias ideas y, quizá, llevar a cabo las tareas mañaneras para las que, por aprovechar la cama a máximo, no hubo tiempo antes de la primera proyección. Nueva película, y a descansar. O, lo que es lo mismo, comer, escribir críticas y, si se encuentra uno en una ciudad tan encantadora como Gijón, explorar. Vamos, que, como mucho, quedan diez minutos de siesta. Claro, que a veces toca hacer una entrevista o cubrir una alfombra roja; y entonces todo el horario termina patas arriba. Cortos aparte, se sucede entonces un largometraje tras otro a lo largo de la tarde y la noche, tres, como mucho, si se halla uno en Gijón (cuatro o hasta cinco en certámenes con horarios más abiertos, si se es un poco kamikaze). Entre uno y otro, quizá sobre una hora; quizá, media; quizá, ni eso, dependiendo de la duración (¡cuánto se agradecen los 76 minutos del Zaniki de Gabriel Velázquez!). ¿Cena? ¿Qué es eso? Termina la jornada y toca finiquitar crónicas, críticas y demás; bueno, y ducharse, por el bien del resto de los espectadores. En cuanto uno mira el reloj, es la una de la mañana (o las dos). Y lo más gracioso es que, cuando por fin se roza la cama, los ojos, colmados de emociones acumuladas durante el día, se niegan a cerrarse. Qué graciosos ellos: bien que lo hacían durante la sesión de las cinco.

    por Juan Roures
    noviembre 22, 2018

    Festival de Gijón 2018 (II): Mug, I do not care if we go down in history as barbarians, Dilili en París

    por Juan Roures | noviembre 22, 2018

    En la pasada edición del Zinemaldia, con motivo de la exhibición de Con el viento en la sección de Made in Spain, tuvimos la ocasión de poder conversar con Meritxell Colell, la realizadora del filme, antes de la última de sus presentaciones. A la joven directora y editora le encanta acudir a las sesiones e interactuar con el público para conocer sus impresiones y generar vínculos más allá de la película. Esta llega ahora a nuestros cines, tras un amplio recorrido por festivales de todo el mundo.


    Texto: Rubén Seca Carol.
    Lugar: Plaza de San Telmo, San Sebastián.

    Rubén Seca – Me gustaría empezar preguntándote realmente dónde nació la semilla de este proyecto, y sobre todo, cómo conseguiste llevarlo adelante.

    Meritxell Colell – Con el viento ha sido un proceso súper largo… En el 2005 murió mi abuelo, me fui a vivir a Buenos Aires casi tres años y volví para hacer Cinema en curs. Al regresar, surgió un doble deseo: por un lado retratar el pueblo de mis abuelos y un modo de vida que sentía que desaparecía con ellos, con toda esta generación que tiene una relación con la tierra y con la casa y una cosmovisión muy diferente a la nuestra. Y, por otro, estaba esa extrañeza de cuando regresas tras haber estado fuera, lo que pasa contigo, con la relación con los otros... Y, entonces, con estos dos impulsos empecé a filmar, a documentar, a conversar. Y escribí un guion. Yo trabajo mucho desde las imágenes, tanto escritas como filmadas o fotografiadas y fue como ordenar todo aquello que estaba allí. A principios del 2014 conocí a Mónica García y fue como, vale, ahora sí que entiendo que tengo que hacer una película. Y a partir de entonces tuvo lugar un cambio que hicimos juntas, se unió Carles que es el productor y costó mucho porque al principio fueron todo negativas hasta que el año 2015 nos cogió L’Atelier de Cannes y esto impulsó a encontrar una coproductora francesa. Carles entonces dijo venga, adelante. Y empezamos. Un equipo de seis, siete personas, en la casa de mis abuelos, todos muy implicados.

    R- ¿La localización fílmica es en casa de tus abuelos?

    M- La que se ve, la exterior, es la casa de mis abuelos, con la huerta y todo esto. Y el interior está dividido en dos casas: una que es la cocina, que es la única cocina grande que hay, que tiene mucha importancia en la película, y la otra es en la casa más antigua del pueblo. Es la única que no se ha tocado.

    R – En esta línea, si bien la película es una ficción, ¿en qué medida has incluido recuerdos personales? Porque imagino que habrás realizado una mezcla…

    M - Sí, se mezcla todo, pero se mezclan las experiencias de todo el equipo de hecho, porque hay mucho personal en recuerdos, como, por ejemplo, cómo le lava la cabeza en la película: es un recuerdo que yo tengo porque de pequeña nos lavaban siempre así la cabeza, o yo se lo lavaba a mi abuela… entonces sí, hay estos momentos que están muy conectados a la memoria y otros momentos que surgen de las emociones vividas de las actrices. Yo siempre digo que es una película que parte de emociones reales. Y esto ha estado un proceso muy bonito, decir, vale, hay algo escrito, está la esencia allí y partimos de lo que ellas también han transitado y que le pueden dar mucha más profundidad para encontrar un punto en común, un lugar donde confluimos las tres; en este caso, Concha, Mónica y yo. Me gusta trabajar que los actores y los personajes tengan mucho en común, que no tengan que actuar excesivamente. Me gusta que lo sientan, y que de alguna manera los traspase.

    R- Entonces, ¿del guion inicial al producto final ha habido una transformación enorme?

    M - Sí, y al mismo tiempo, en esencia, es lo bonito de estos procesos, porque al final está la suerte de encontrar personas que le dan mucha más profundidad a lo que tienes escrito… estas resonancias, estas conexiones, de repente encontrar a alguien que habías imaginado, de alguna manera, y que lo hace todavía más potente, y más complejo, y más bonito, bueno…es lo que tiene el cine, encontrarse con el otro… estos lugares de encuentro.

    R – El resultado se siente como que estamos frente a algo muy íntimo, muy personal.

    M - Sí, y como experiencia es también muy bonito, también jugábamos justamente con esto, con colaborar con actrices que trabajaban por primera vez en el cine, y sí, aunque no sea lo corriente, lo filmamos todo en orden cronológico; fueron doce semanas con lo cual tuvimos el tiempo para generar esta cosa… Mónica siempre lo dice, compartimos tiempo, vida, sentimos el pueblo, no solo íbamos y rodábamos y marchábamos, sino que estábamos, vivíamos allí y esto se respira, igual que se respira la aproximación progresiva porque ellas también se fueron acercando progresivamente.

    R - ¿En qué momento escogisteis rodar de forma cronológica toda la película?

    M - Desde el principio, era una de las bases. Es una película que trata de la atención, y de la incomunicación; es un movimiento de apertura, y, claro, cuando uno rueda por primera vez , -tanto yo como directora como ellas como actrices-, al principio estás muy tensa, y tienes mucho miedo, y estás insegura, hay esta especie de cierre; y entonces era jugar con esto, en cómo las tres partíamos de aquí, y cómo poco a poco se va destensando… que el dispositivo fuera a favor de la narración, para no tenerlo que generar de forma ficticia sino que se fuera produciendo también de forma natural.

    R – ¿Todo el dispositivo de la danza, surgió en el rodaje o estaba ya premeditado?

    M- Lo estaba. La protagonista es una coreógrafa. Todo empezó que yo tenía la idea inicial de hacer un documental, pero entonces, de repente, me di cuenta de que la primera persona… es decir, poner a una familia verdadera… no era algo que me interesara, y cuando el proyecto se convirtió en una ficción fue, cuando pensé que el canal de expresión ideal era la danza, dado que la danza es cuerpo y movimiento, y el cine también. Soy muy fan de la danza, y aquí salió en seguida ese perfil deseado para la película, por lo que empecé a buscar una coreógrafa, y cuando encontré a Mónica, tuvo lugar todo: fue encontrar a alguien con una presencia súper potente, que tiene algo muy de Pina Bausch -tanto físicamente como en la forma de creación-, y la película está de hecho muy pensada desde ese prisma.

    R - ¿Cómo completaste el resto del casting?

    M – Mi forma de hacer “casting” fue en realidad básicamente hablar con la gente. A Concha, por ejemplo, la conocí el verano anterior al rodaje, que empecé a buscar abuelas por la zona e iba hablando con las mujeres, y ella estaba en un “hogar del jubilado” de Aguilar, que es un pueblo más grande, y me contó su vida; después le dije simplemente si podía hacer un cambio de expresión, mirando la cámara, lo hizo y fue como, vale, tiene que ser ella. Y el resto de la gente que aparece es gente del pueblo, algunos familiares, y Elena Martín fue a través de Les amigues de l'Àgata: cuando vi la película y vi a Elena, tuve muy claro al instante que tenía que ser Berta. Y Ana Fernández la tenía pensada desde hace tiempo; si pensaba en alguna actriz con cierta carrera me venía ella. Pero como puedes ver, nunca llegamos a hacer un casting al uso. Lo que se buscó fue afinidad.

    por Redacción EAM
    noviembre 21, 2018

    Entrevista: Meritxell Colell, directora de Con el viento

    por Redacción EAM | noviembre 21, 2018

    Viento del norte

    Crónica I del Festival de Gijón 2018.

    Amenazadoras nubes grises envuelven Gijón sólo una semana después de que sus playas se llenaran de turistas tostándose al sol, recordándonos lo cambiante e inestable que es el tiempo en la zona en esta época del año. Y es que, en lo que al viento del norte respecta, nada es jamás seguro. De la misma forma, la programación del Festival Internacional de Cine de Gijón puede deparar sorpresas de cualquier tipo, desde una exquisita obra maestra abriendo la Sección Oficial (La favorita, de Yorgos Lanthimos, el griego más internacional del momento) hasta uno de los filmes más desagradables que quien firma estas líneas recuerda haber visto nunca en el marco de la Competición Internacional Rellumes (Relaxer, de Joel Potrykus); la primera invita al revisionado nada más ha concluido; la segunda insta a abandonar la sala en cuanto comienza. Así es el cine. Cada vez más personal, el certamen cinematográfico norteño más importante tras el potente Zinemaldia tiene en el riesgo una de sus principales virtudes, no temiendo colmar sus apartados principales de nombres desconocidos en defensa del puro interés artístico. Y eso, como crítico, sólo puede agradecerse aun cuando los resultados no sean siempre positivos. La propia ciudad es traicionera para quienes se pierden en sus calles por primera vez, pero siempre gratificante, desde su encantador puerto poblado de parlanchinas gaviotas hasta las maravillas arquitectónicas que llenan su interior. Y como sucede con Málaga, San Sebastián, Sevilla y Sitges, el lugar se vuelca con el festival, consciente del papel que juega en su propia esencia; muestra de ello son las numerosas sesiones infantiles de primera hora, cita anual obligatoria de los colegios cercanos (para ver, por ejemplo, Un corazón extraordinario, de Marc Rothemund, donde pueden encontrarse todos los clichés imaginables en torno a los niños enfermos terminales pero también valores para toda la familia, por tópico que suene esto a su vez). Por motivos obvios, el evento es motivo de orgullo para los gijonenses, que, al igual que los habitantes de las otras cuatro ciudades arriba mencionadas, desarrollan así una relación especial con el séptimo arte que, lamentablemente, no podrán explotar el resto del año al no cumplir la oferta cultural con una demanda que sigue siendo minoritaria. Deben por tanto los cinéfilos, potenciales o versados, conformarse con este pequeño oasis anual al que, con mucho gusto, se dedicará un servidor durante los próximos días.

    por Juan Roures
    noviembre 21, 2018

    Festival de Gijón 2018 (I): Hotel by the River; La profesora de parvulario; La caótica vida de Nada Kadic

    por Juan Roures | noviembre 21, 2018

    Unleashed

    Crítica ★★★★★ de Dogman, de Matteo Garrone.

    Italia. 2018. Título original: Dogman. Director: Matteo Garrone. Guion: Maurizio Braucci, Ugo Chiti, Matteo Garrone, Massimo Gaudioso. Duración: 102 minutos. Edición: Marco Spoletini. Fotografía: Nicolai Brüel. Música: Varios artistas. Diseño de producción: Dimitri Capuani. Diseño de vestuario: Massimo Cantini Parrini. Productora: Coproducción Italia-Francia; Archimede / Le Pacte / RAI / Eurimages. Intérpretes: Marcello Fonte, Edoardo Pesce, Nunzia Schiano, Adamo Dionisi, Francesco Acquaroli, Alida Baldari Calabria, Gianluca Gobbi, Aniello Arena. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    En el glamuroso mundo de las competiciones caninas, donde los propietarios gastan auténticas fortunas en dejar a sus mascotas lo más ridículas posible, encontramos la trágica figura del estilista. Al contrario de lo que ocurre con los peluqueros de personas, los que se dedican a engalanar a perros, no reciben ningún tipo de crédito o recompensa por su trabajo. Marcello, protagonista de la última película de Matteo Garrone, Dogman, es uno de estos infravalorados cuidadores. Además, él forma parte de esa extraña especie de trabajadores vocacionales que se levantan cada mañana con la misma ilusión que el primer día por ir a encargarse de sus entrañables clientes. Sin embargo, incapaz de poder proporcionar, con su peluquería canina, un nivel de vida cómodo a su hija, se ve obligado a deambular por la sórdida senda del tráfico de droga, un negocio a muy pequeña escala con el que busca obtener un sobresueldo para realizar viajes esporádicos con la pequeña Alida. Un esfuerzo ilícito y reprochable que, además, le acarreará muchas más complicaciones que desahogos económicos. Parece que tras un período que pudo ser provechoso, Marcello ha terminado por suministrar a un único cliente: Simoncino, un bruto degenerado y abusón que tiene atemorizado a todo el vecindario. Huelga decir que las transacciones mercantiles entre ambos personajes suelen terminar con bastante frecuencia de manera unidireccional, siendo Marcello quien obtiene el producto para que Simoncino se lo quite sin pagar por él ni un céntimo. El miedo es sin duda la causa de que el buen estilista no abandone este desagradable negocio, miedo a convertirse en el objeto de ira del boxeador retirado; por lo que la situación entre ambos se tensa más y más conforme el abusón va perdiendo el control con descaradas muestras de abusos y opresiones hacia el atemorizado protagonista.

    Desde el comienzo, podemos apreciar un claro paralelismo antitético en la figura de Marcello. Por un lado, éste es un amante de los animales, tierno y cariñoso que se deshace en mimos y ternuras hacia los perros. Por el otro, bajo la lectura metafórica propuesta por Garrone, Marcello es también un perro, un perro apaleado cuyo dueño, Simoncino, maltrata sin piedad cada vez que no obedece o se somete a sus exigencias. Esta animalización del personaje podría ser vista, en un nivel semántico más analítico y menos alegórico, como la clásica representación del perdedor presente en la mayoría de películas que, como Dogman, deambulan por una hibridación genérica que combina el thriller criminal y el drama social. Estos perdedores, por lo general, además de estar metidos en algún apuro, ya sea económico –causa principal que obligó a Marcello a traficar–, o coyuntural –amenaza de Simoncino–, suelen verse sometidos a la presencia de un trauma. En este caso, en la simpática relación entre el protagonista y su hija podría leerse un fracaso matrimonial y un consecuente sentimiento de culpabilidad y responsabilidad, lo que llevaría a evidenciar todavía con más énfasis la necesidad de ofrecer a su hija una buena vida, supliendo así la ausencia de un núcleo familiar estable. En cualquier caso, pese a que la suerte no está de lado de este hombre, en ningún momento nos parecerá alguien antipático, sino más bien todo lo contrario, el grado de empatía es absoluto, hasta el punto de convertirse en un verdadero martirio para el espectador el tener que asistir a las más que desacertadas decisiones que el protagonista va tomando a lo largo del metraje. Cada una de las acciones de Marcello estará dotada de esa ingenuidad bondadosa inherente al personaje; incluso en el desenlace, un desenlace brutal y lleno de pasión, nos apiadaremos de él, sentiremos que todavía está actuando motivado por la compasión dadas las circunstancias, sobre todo si somos conocedores de la historia original –aconsejable no leer nada sobre ella hasta haber visto el filme–, y nos damos cuenta de que, efectivamente, la realidad supera a la ficción en lo que se refiere a los límites de la crueldad humana y las ansias de venganza.

    por Alberto Sáez Villarino
    noviembre 20, 2018

    Crítica: Dogman

    por Alberto Sáez Villarino | noviembre 20, 2018

    Especial SEFF 2018

    Las 10 mejores películas.

    Celebrado anualmente en noviembre desde el 2004, el Festival de Cine Europeo de Sevilla constituye el evento más importante en lo que a la cinematografía del viejo continente respecta, si bien sigue tratándose de un certamen humilde por el que pasan pocas obras maestras pero sí innumerables trabajos de innegable interés. La Sección Oficial de la 15ª edición ha contado con algunos de los nombres más emblemáticos del cine europeo contemporáneo, pero por lo general con trabajos tremendamente divisorios. Hablamos de Olivier Assayas (Non-Fiction), Nuri Bilge Ceylan (El peral salvaje), Florian Henckel von Donnersmarck (Obra sin autor), Mia Hansen-Løve (Maya), László Nemes (Atardecer ), Christoph Honoré (Vivir deprisa, amar despacio) y Abdellatif Kechike (Mektoub, My Love: canto uno). Ninguno de ellos ha convencido unánimemente, si bien todos se han mantenido fieles al estilo que les dio el nombre. Entretanto, películas a priori menos llamativas como Donbass, de Sergei Loznitsa; Joy, de Sudabeh Mortezai; M, de Yolande Zauberman; Ray & Liz, de Richard Billingham, o Ruben Brandt, Collector, de Miolroad Krstic, han generado un soplo de aire fresco no necesariamente relegado al apartado de Las Nuevas Olas. De este último, destinado al talento revelación, han brotado las mayores sorpresas del festival, aunque no siempre para bien. Jumpman, de Ivan I. Tverdovsky; Shéhérazade, de Jean-Bernard Marlin; Something Is Happening, de Anne Alix, o Sauvage, de Camille Vidal-Naquet, entre otras, instan a seguir la pista a sus creadores. Por su parte, el popular apartado de Selección EFA ha albergado dos de las películas finalmente nominadas en la categoría principal de los Premios de Cine Europeo (la sorprendente Border, de Ali Abbasi, y la devastadora Girl, de Lukas Dhont, esta última fuera de concurso y del top que nos ocupa por haber sido ya estrenada en cines), así como otros trabajos cuyo público quizá sea demasiado reducido para la temporada de premios, a destacar Beast, de Michael Pearce; La casa de Jack, de Lars von Trier; Diamantino, de Gabriel Abrantes y Daniel Schmidt, o Buenos vecinos, de Hafsteinn Gunnar Sigurðsson, las cuales podrán gustar más o menos pero cumplen sin duda con los objetivos que se proponen. Como todo certamen cinematográfico de renombre, el Festival de Sevilla es inabarcable, lo que supone que de forma inevitable muchas joyas terminen pasando desapercibidas. Por no hablar de la difícil tarea de comparar producciones tan variopintas en fondo, forma y contexto, nada más haberlas digerido, para terminar quedándose sólo con una decena. No es por tanto tan importante qué no ha pasado el corte del listado que nos ocupa, como qué lo ha hecho. Sin más dilación, demos paso a las diez mejores películas del gratificante 15º Festival de Cine Europeo Sevilla, confiando en que todas ellas lleguen antes o después a las salas comerciales.

    por Juan Roures
    noviembre 20, 2018

    Las 10 mejores películas del 15º Festival de Cine Europeo de Sevilla

    por Juan Roures | noviembre 20, 2018

    Especial LesGaiCineMad 2018

    Las 10 mejores películas.

    Conforme la “normalización” llega al mundo occidental, la comunidad LGTBIQ+ busca nuevas formas de presentarse a sí misma en el séptimo arte, sea con historias rara vez contadas antes (ancianos homosexuales, jóvenes no binarios, niños transexuales, etc.), sea a través de innovadoras puestas en escena donde el propio arte cinematográfico tiene más relevancia que la reivindicación social. Y es que, aunque todavía sea habitual entre crítica y público relacionar cada nuevo estreno de temática LGTBIQ+ con clásicos como Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005), lo cierto es que no hablamos de un género cinematográfico, siquiera un subgénero, sino meramente de un abanico de posibilidades identitarias que siempre se han desaprovechado tanto fuera como dentro de la pantalla. Los programadores del LesGaiCineMad, el festival de cine LGTBIQ+ más importante de los países de lengua española, dan año tras año muestra de ello, trayendo a Madrid películas de todo tipo de nacionalidades, temáticas y estilos que, lamentablemente, pasan desapercibidas durante el resto de la temporada incluso entre la crítica especializada. La 23ª edición, además, está protagonizada por las mujeres mayores, estrellas tanto del maravilloso cartel oficial, como de la aclamada película de apertura: la paraguaya Las herederas, que ya pasó por Berlín y San Sebastián y terminó alzándose como la mejor película del más humilde certamen que nos ocupa (al menos, según el jurado). La ópera prima de Marcelo Martinessi es, por cierto, uno de las nueve largometrajes de ficción latinoamericanos presentados en este LesGaiCineMad, un número extraordinario considerando que hablamos de un cómputo de veintiún obras venidas de todos los rincones del mundo (sumando documentales y cortometrajes, área clave para las nuevas voces, se alcanza el centenar). Números aparte, el alto grado de presencia latinoamericana es de vital importancia considerando la espantosa LGTBIQfobia que sigue invadiendo países donde, al igual que en África y Oriente Medio, basta no ser heterosexual y/o cisgénero para que la vida corra peligro. Si algo piden los habitantes de Chile, Colombia o Perú es respeto, y para ello hay que empezar por la propia identidad. A continuación, los diez títulos más interesantes de una selección prácticamente recomendable en su totalidad.

    por Juan Roures
    noviembre 20, 2018

    Especial LesGaiCineMad 2018: las 10 mejores películas

    por Juan Roures | noviembre 20, 2018

    Palmarés del SEFF 2018

    Texto por Juan Roures.

    Tras nueve días de celebración del cine del viejo continente, el 15º Festival de Cine Europeo de Sevilla ha concluido con un palmarés bastante cuestionable, sobre todo atendiendo a la gran calidad presentada por títulos como Non-Fiction, de Oliver Assayas; Atardecer, de László Nemes; Obra sin autor, de Florian Henckel von Donnersmarck, y sobre todo El peral salvaje, de Nuri Bilge Ceylan, todos ellos completamente ignorados, quizá por preferir el jurado impulsar trabajos menos reconocidos. Concedido a la mejor película de la Sección Oficial, el cada vez más prestigioso Giraldillo de Oro ha caído en manos de Donbass, por la que el ucraniano Sergei Loznitsa ya se hizo con la mejor dirección de la sección Un Certain Regard de Cannes. Precisamente allí Víctor Blanes le dedicó palabras poco halagadoras en este mismo espacio, plasmando bien la indignación generalizada, mas quizá también el entusiasmo del jurado: «Lo cierto es que la sátira y el sentido del humor puede que sean un buen catalizador de las desgracias humanas que ocurren a diario en esta zona del este de Europa, pero cuando el simple regocijo en lo absurdo se merienda la búsqueda de una capa de significado y denuncia ulterior, lo que acaba quedando es un conjunto de escenas que funcionan mejor por separado y de manera desigual». También el Gran Premio del Jurado ha desconcertado a más de uno debido a cuán desapercibida ha pasado su receptora, la británica Ray & Liz, donde el fotógrafo Richard Billingham reconstruye su propio pasado, marcado por la asfixia y la inestabilidad. Entretanto, la francesa Yolande Zauberman se ha llevado la mejor dirección por M, quizá no tanto por la maestría de su puesta en escena, como por su innegable valentía: no sólo es la primera mujer que se adentra en una comunidad religiosa exclusivamente masculina en Israel, sino que lo ha hecho para exponer una potente historia de abusos sexuales a menores que no debería caer en saco roto. Curiosamente, las tres películas mencionadas retratan tristes realidades desde tres formas dispares de humor, una técnica cada vez más asociada a la irónica sociedad europea contemporánea.

    También sorprendente, aunque en este caso para bien, es el galardón concedido a Milorad Krstic y Radmilla Roczkov por el guion de la húngara Ruben Brandt, Collector, firmada por el primero de ellos, triunfo imaginativo tanto en el plano narrativo como en el sensorial que podría y debería tener un hueco entre los candidatos al próximo Oscar a mejor película de animación. Inesperadamente, se trata del trabajo más premiado del festival al haberse hecho asimismo con dos reconocimientos paralelos. En el palmarés principal también ha habido sitio para La ciudad oculta, de Víctor Moreno, que ha granjeado la mejor fotografía a Jose Alayon, premiando así el viaje sensorial en el que realizador y camarógrafo nos adentran por el subsuelo madrileño, y Joy, de Sudabeh Mortezai, por la que Anwulika Alphonus se ha coronado como mejor actriz por su extraordinario debut como una víctima de la trata de mujeres que hará lo que sea por la vida libre que sueña. Finalmente, Pierre Deladonchamps y Vincent Lacoste han compartido la mejor interpretación masculina por Vivir deprisa, amar despacio; y es que ciertamente resulta difícil decidir cuál de los dos está más natural y carismático en la última joya de Christophe Honoré, quien honra así sus propias experiencias durante los terribles albores del sida. El primero de ellos, por cierto, se dio a conocer en 2013 con El desconocido del lago, excelente cinta de Alain Guiraudie que sembró la polémica en su día al no ser proyectada en la gala de clausura del certamen pese a haberse alzado con el principal galardón, decisión que muchos tacharon de homófoba pero atendía expresamente a la entendible cobardía a la hora de exponer a todos los invitados de una noche tan importante a tan altas cargas de sexualidad. Precisamente, esa será la horma del zapato, en lo que a oportunidades de distribución respecta, de la que para quien firma estas líneas es la mejor película presentada en el certamen que nos ocupa: la crudísima Sauvage, donde Camille Vidal-Naquet (realizador) y Félix Maritaud (actor) ofrecen uno de los retratos más reveladores, tiernos y desgarradores que ha dado el séptimo arte de la prostitución masculina. La cinta no conquistó el palmarés de la sección de Las Nuevas Olas (el jurado optó por las también interesantes Shéhérazade, de Jean-Bernard Marlin, y Samouni Road, de Stefano Savona), pero al menos sí se hizo con el nada desdeñable Premio Ocaña a la Libertad. A continuación, el palmarés completo.

    • Giraldillo de Oro a la mejor película: Donbass, de Sergei Loznitsa.
    • Gran Premio del Jurado: Ray and Liz, de Richard Billingham.
    • Mejor dirección: Yolande Zauberman por M.
    • Mejor guion: Ruben Brandt, Collector de Milorad Krstic y Radmilla Roczkov.
    • Mejor actriz: Anwulika Alphonus por Joy.
    • Mejor actor: Vincent Lacoste y Pierre Deladonchamps por Vivir deprisa, amar despacio.
    • Mejor fotografía: Jose Alayon por La ciudad oculta.
    • Mejor película de Las Nuevas Olas: Shéhérazade, de Jean-Bernard Marlin.
    • Premio especial de Las Nuevas Olas: Samouni Road, de Stefano Savona.
    • Mejor película de no ficción de Las Nuevas Olas: Extinçao, de Salomé Lamas.
    • Mejor película de Revoluciones Permanentes: A violent desire for joy, de Clément Schneider.
    • Gran Premio del Público: La mujer de la montaña, de Benedikt Erlingsson.
    • Mejor ópera prima de la Sección Oficial o Las Nuevas Olas: Ruben Brandt, Collector, de Milorad Krstic.
    • Premio ASECAM a mejor película de la Sección Oficial: Ruben Brandt, Collector, de Milorad Krstic.
    • Premio Euroimages a la mejor coproducción europea: Atardecer de László Nemes.
    • Premio Ocaña a la Libertad: Sauvage, de Camille Vidal-Naquet.
    • Premio Women In Focus a la mejor película de la Sección Oficial: Pearl, de Elsa Ammiel.
    • Premio al mejor cortometraje del Panorama Andaluz: Todos mis padres, de Bernabé Rico.
    • Premio especial a la mejor categoría artística: Cazatalentos, de José Herrera.
    • Premio Europa Junior: La increíble historia de la pera gigante, de Jorgen Lerdam.
    • Premio Cinéfilos del Futuro: Funan, de Denis Do.
    • Premio especial a la contribución artística del lenguaje cinematográfico: Raiva, de Sergio Tréfaut.
    por Juan Roures
    noviembre 20, 2018

    Palmarés del SEFF 2018

    por Juan Roures | noviembre 20, 2018

    «Tú serás la tierra, y la tierra serás tú»

    Cineclub powered by BenQ: Excalibur, de John Boorman.

    Reino Unido, 1981. 140 minutos. Título original: Excalibur. Director: John Boorman. Guion: Rospo Pallenberg y John Boorman, basado en el libro de Thomas Malory. Fotografía: Alex Thomson. Música: Trevor Jones. Productores: Edgar F. Gross, John Boorman, Michael Dryhurst y Robert A. Eisenstein. Diseño de producción: Anthony Pratt. Dirección artística: Tim Hutchinson. Edición: John Merritt. Intérpretes: Nigel Terry, Nicol Williamson, Cherie Lunghi, Nicholas Clay, Helen Mirren, Paul Geoffrey, Gabriel Byrne, Robert Addie, Clive Swift, Niall O'Brien, Corin Redgrave, Keith Buckley, Charley Boorman, Liam Neeson, Patrick Stewart, Ciarán Hinds.

    No es ningún secreto, para cualquier cinéfilo de pro, que el concepto «cine de autor» se gestó en Europa en torno a mediados del siglo XX, para acuñarse definitivamente desde las páginas de la revista Cahiers du Cinéma a manos de un puñado de críticos, algunos de los cuales no tardarían en convertirse en los principales cineastas de la Nouvelle Vague. Tampoco lo es que, a pesar de tratarse de un constructo crítico más o menos extendido, choca frontalmente con la indiscutible evidencia de que, si algo distingue al cine de otras manifestaciones artísticas, es el carácter coral del mismo, por lo que a menudo directores cuya producción no resiste un análisis minucioso bajo la lupa de la teoría d’auteur, sin embargo rubrican algunos de los clásicos del séptimo arte. Críticos y guionistas como Georges Sadoul o David Kipen han cuestionado desde diversos ángulos la perspectiva cahierista, incidiendo tanto en el carácter colaborativo de la creación de películas como en la importancia del fundamento de partida (muy a menudo, un libro), sin olvidar la reveladora circunstancia de que la política de los estudios en absoluto implica la visión unitaria y predominante de un individuo en el momento de llevar a cabo una pieza cinematográfica, lo que no es óbice para que de ellos hayan salido muchas obras maestras. Pauline Kael incluso llegó a sacudir los pilares sobre los que se asienta el autorismo: «La primera premisa de la teoría del autor es la competencia técnica de un director como criterio de valor. […] Pero este lugar común, aunque suena razonable y básico, se trata de una premisa inestable: a veces los mejores artistas de un medio transgreden o violan la competencia técnica más elemental del mismo, lo que resulta imprescindible para reinventarlo. Un artista que no sea un buen técnico puede crear nuevos estándares, porque los estándares de competencia técnica se basan en comparaciones con el trabajo ya realizado anteriormente. […] La segunda premisa de la teoría del autor es la personalidad reconocible del director como criterio de valor. El olor de una mofeta es más reconocible que el perfume de una rosa. ¿Eso lo hace mejor? […] A menudo, las obras en las que somos más conscientes de la personalidad del director son sus peores trabajos […]. Cuando un director famoso hace una buena película, vemos la película, no pensamos en la personalidad del director; pero cuando es un horror, notamos sus toques familiares porque no hay mucho más que ver. Es un insulto para un artista juzgar al mismo nivel sus obras deficientes y sus obras buenas [...]. La tercera y última premisa de la teoría del autor se refiere al significado interior, a la gloria última del cine en tanto arte. El significado interior se extrapola de la tensión entre la personalidad de un director y su material. El “significado interior” parece ser eso que saben los que saben. Es una mística y un error. […] Un melodrama vulgar con un ritmo acelerado puede ser mucho más emocionante –y más honesto, por cierto– que débiles y pretenciosos intentos de drama».

    Sea como fuere, atribuir el mérito –o el demérito– de una película a su realizador tiene sentido cuando se trata de figuras que ejercen un férreo control sobre el trabajo de todos los implicados en el proyecto, de forma que, más que supervisar su tarea para asegurarse de su adecuación a unos estándares, se inmiscuyen sistemáticamente en la misma, hasta el extremo de modificar cualquier nota que les parezca mínimamente discordante con su concepción personal de cuál ha de ser el resultado último (el emblemático caso de Stanley Kubrick). Pero cuando hablamos de directores más o menos integrados en la creación industrial, quienes a menudo, o bien se limitan a implementar ideas ajenas, o bien han de aceptar la imposición de determinadas temáticas o de determinados colaboradores en algunos de los cometidos específicos, el cómputo global del filme depende en muchos casos de factores que poco o nada tienen que ver con su actuación individual. La incomodidad que para los defensores de la autoría del director suponen aquellas grandes cintas que han sido hechas bajo la batuta de alguien que no actúa como un artista, es decir, que no emplea el cine como un medio en el que verter sus recurrentes inquietudes intelectuales, sociales, existenciales y/o espirituales, hizo surgir una nueva etiqueta para distinguir del «autor de verdad» y del «funcionario que dirige» a quienes poseen no solo técnica y dominio del oficio, sino amor y respeto hacia el mismo, y, en un momento dado, con la alineación óptima con productores, actores, directores de las instancias artísticas, etc., son capaces de legar auténticas joyas a la posteridad, con independencia de que sean muy dispares entre ellas, e incluso de que se traten de casos aislados dentro de su carrera. Me refiero, por supuesto, al concepto de «artesano». En realidad, muchos de los realizadores del Hollywood dorado pueden responder a semejante etiqueta (Michael Curtiz, Mervyn Le Roy, Victor Flemming…), y no pocos de los más eficientes contemporáneos (Sydney Pollack, Ridley Scott, Ron Howard…), sin olvidar, por supuesto, que, como cualquier otra etiqueta, tiene matices y es muy discutible.

    por Elisenda N. Frisach
    noviembre 20, 2018

    Excalibur (1981)

    por Elisenda N. Frisach | noviembre 20, 2018

    Veinte años de soledad

    Crítica ★★★★★ de Lazzaro feliz (Lazzaro felice, Alice Rohrwacher, 2018).

    Italia, Suiza, Francia y Alemania, 2018. Título original: Lazzaro felice. Presentación: Festival de Cannes 2018. Dirección: Alice Rohrwacher. Guion: Alice Rohrwacher. Productoras: Tempesta / Amka Films Productions / Ad Vitam Production / Pola Pandora Filmproduktions. Fotografía: Hélène Louvart. Montaje: Nelly Quettier. Diseño de producción: Emita Frigato. Decorados: Barbara Tomada. Vestuario: Loredana Buscemi. Reparto: Adriano Tardiolo, Alba Rohrwacher, Sergi López, Luca Chikovani, Tommaso Ragno, Agnese Graziani, Natalino Balasso, Nicoleta Braschi. Duración: 125 minutos.

    La constatación sobre la posible desconexión entre progreso técnico y desarrollo humano se puede remontar a la obra de Rousseau, que a mediados del siglo XVIII ya advertía contra el optimismo racionalista de la Ilustración, que no conllevaría necesariamente una mejora moral del hombre, pues la sociedad lo corrompería. La oposición entre razón y sentimiento sería así patente con este filósofo, aunque tendría sus raíces en el Renacimiento, cuando los artistas e intelectuales se desprendieron de la fantasía y el simbolismo medievales para buscar la realidad con todo su dramatismo, como recoge Pérez Bustamante. El filósofo ginebrino reaccionaba en parte contra esta tendencia, aunque no pedía con ello una vuelta al estado anterior, de naturaleza, pues en la sociedad se mantendría la innata bondad del hombre, con un residuo de conciencia que le permitiría edificar un mundo justo. En suma, y en lo que aquí interesa, el paso de la naturaleza a la sociedad, o del mundo irracional al racional, es inevitable, pero deben conservarse virtudes del orden anterior para luchar contra la degradación moral. Exponer con rigor estas consideraciones que durante siglos han sido debatidas a nivel teórico y práctico exigiría un tratamiento exhaustivo, a no ser que se acuda al género simplificador de la fábula. En efecto, esta se caracteriza por reducir cuestiones complejas a relatos alegóricos que, con su moraleja final, ofrecen una síntesis de ideas que, en su forma original, requieren una explicación más comprehensiva o profunda. Con esto se pueden ilustrar tales debates éticos y al mismo tiempo dejarlos abiertos para su posterior ponderación personal, dada la imposibilidad de entrar en su detalle y conclusión. Hoy vivimos en una época en que la síntesis está al orden del día, ejemplificada en los caracteres limitados de un tweet, que podría considerarse algo así como la fábula moderna, pero en ella suele perderse su inherente cualidad de metáfora enigmática. La simplificación suele ir aquí de lo abstracto a lo concreto y quedarse en esa dirección unilateral, sin mayores pretensiones, reduciendo y empobreciendo el alcance del pensamiento. En cambio, en la fábula original el camino de lo abstracto a lo concreto es bidireccional: se parte de conceptos generales que se presentan con personajes o hechos limitados pero estos permiten a su vez una subsiguiente trascendencia. Desafortunadamente ahora esta es una manifestación artística en decadencia, en peligro de extinción.

    Por ello encontrarse con una película como Lazzaro feliz es ya casi un milagro en sí mismo, al margen de los milagros propiamente dichos que se presencian en ella. El Lazzaro del título (Adriano Tardiolo) es un joven huérfano que convive con varias familias en una aldea aislada, la Inviolata, explotados todos ellos por la marquesa Alfonsina De Luna (Nicoleta Braschi) al estilo feudal, sin que sus trabajadores sepan que este régimen ya es historia. La gracia está en que, como la propia noble afirma al ver cómo coexisten sus siervos, ellos explotan a su vez al pobre Lazzaro, pero éste, como indica el título, vive feliz, inconsciente del egoísmo o la bajeza de sus congéneres, y siempre dispuesto a rendirles cualquier tipo de servicio. Pronto se nos da cuenta de su santidad excepcional cuando toma el relevo de un campesino de noche para proteger las gallinas de la amenaza del lobo: el sustituido le dice que basta con llamarlo para que acuda en su ayuda, y cuando Lazzaro lo hace y no obtiene respuesta, se dirige al cielo y afirma que en efecto el otro no lo oye. Teniendo en cuenta que su comunicación con los demás es parca y ensimismada, el que una de sus primeras frases tenga por interlocutora la luna o lo más misterioso del más allá corrobora su relación más cercana con animales y en general con la naturaleza o la divinidad que con otros seres humanos. Sin embargo justo antes el metraje ha incidido en la compenetración entre estos últimos, pues sin previa introducción se nos hace partícipes de un improvisado festejo cuando un joven lleva a cabo la tradicional ceremonia para mostrar la afinidad que siente hacia otra joven. Sus respectivos familiares y amigos se reúnen entonces bajo el mismo techo, intercambiado música, risas y comida, alegres ellos también pese a su penuria y su confinamiento. Estas circunstancias, propiciadas por la costumbre y la ignorancia, justifican el que luego, años más tarde en la ciudad, cuando se materializa ese supuesto paso a la civilización superior al que nos referíamos, ellos sigan viviendo de forma muy similar a la anterior.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 13, 2018

    Crítica: Lazzaro feliz

    por Ignacio Navarro | noviembre 13, 2018

    Cine de alto voltaje

    Line-up de la sección oficial del 56ª edición del Festival de Gijón.

    Del 16 al 24 de noviembre se celebrará una nueva edición, la número 56, del Festival de Gijón, el último gran evento cinematográfico en suelo español del año. Para esta entrega, prosigue con la tendencia alcista, a nivel artístico, que exhibió en 2017 ya con Alejandro Díaz Castaño a los mandos. Como ocurre con la Seminci, la selección de títulos no puede ser más acertada, con un equilibrio de nombres consagrados y caras nuevas dentro del panorama. Es cierto que su apertura, La favorita, de Yorgos Lanthimos, una de las más que probables protagonistas de la carrera al Oscar, puede llevar a equívocos sobre la dirección de esta entrega del certamen. Dejando a un lado el golpetazo mediático de la premiere española de la cinta del cineasta griego, el FICX, este curso, bien rescata las propuestas más destacadas de las secciones secundarias del Festival de Cannes –son los casos de Le confins du monde, de Guillaume Nicloux y The Load, de Ognjen Glavonic (Quincena de Realizadores); One day, de Zsófia Szilágyi (Semana de la Crítica)—; bien recupera las creaciones más sugerentes del circuito indie norteamericano estrenadas a principio de años en Sundance –la descomunal Madeline’s Madeline, de Josephine Decker, La profesora de parvulario, de Sara Colangelo y Wildlife, de Paul Dano— y Tribeca –Support the Girls—; bien reivindica largometrajes que tuvieron su premiere en grandes escenarios pero con escasa repercusión –Mug, de Malgorzata Szumowska y La prière, de Cédric Kahn—; o bien extrae las perlas del Festival de Locarno –Alice T, de Radu Muntean, Hotel by the River, de Hong Sang-soo, Tarde para morir joven, de Dominga Sotomayor y Yara, de Abbas Fahdel—, quizá el espejo de esta nueva versión del Festival de Gijón en plena revolución con este cine de alto voltaje (como reza su lema publicitario) que se mueve entre los márgenes del horizonte fílmico. Unos confines que conoce como nadie Radu Jude, ganador este año del Globo de Cristal de Karlovy Vary, que ofrecerá al público gijonés su docuficción I Do Not Care if We Go Down in History as Barbarians. Una apuesta compleja en forma pero implacable en el fondo que subraya una vocación autoral a la que se adscriben las representantes españolas en la sección oficial: Cantares de una revolución, de Ramón Lluis Bande, primera cinta asturiana tras 26 años; y Zaniki, de Gabriel Velázquez. Fuera de competición, se podrán ver un segundo filme, sensacional, por otra parte, del surcoreano Hong Sang-soo, Grass; y Train de vies ou les voyages d’Angèlique, de Paul Vecchiali, un viejo conocido del FICX. Una programación de auténtico lujo.

    SECCIÓN OFICIAL

    • La favorita (Yorgos Lanthimos, Reino Unido).
    • Alice T. (Radu Muntean, Rumanía).
    • Cantares de una revolución (Ramón Lluís Bande, España).
    • Hotel by the River (Hong Sang-soo, Corea del Sur).
    • I Do Not Care if We Go Down in History as Barbarians (Radu Jude, Rumanía).
    • La prière (Cédric Kahn, Francia).
    • Les confins du monde (Guillaume Nicloux, Francia).
    • Madeline’s Madeline (Josephine Decker, Estados Unidos).
    • Mug (Malgorzata Szumowska, Polonia).
    • One Day (Zsófia Szilágyi, Hungría).
    • Support the Girls (Andrew Bujalski, Estados Unidos).
    • Tarde para morir joven (Dominga Sotomayor, Chile).
    • La profesora de parvulario (Sara Colangelo, Estados Unidos).
    • The Load (Ognjen Glavonic, Serbia).
    • Wildlife (Paul Dano, Estados Unidos).
    • Yara (Abbas Fahdel, Líbano).
    • Zaniki (Gabriel Velázquez, España).

    SECCIÓN OFICIAL FUERA DE CONCURSO

    • Grass (Hong Sang-soo, Corea del Sur).
    • Train de vies ou les voyages d’Angèlique (Paul Vecchiali, Francia). 

    Pueden consultar el resto de obras presentadas en la web oficial del FICX.

    por Redacción EAM
    noviembre 12, 2018

    Programa de la 56ª edición del Festival de Gijón

    por Redacción EAM | noviembre 12, 2018

    Los muertos emergerán de las trincheras

    Crítica ★★★ de Overlord (Julius Avery, Estados Unidos, 2018).

    Estados Unidos. 2018. Título original: Overlord. Director: Julius Avery. Guion: Billy Ray, Mark L. Smith (Historia: Billy Ray). Productores: J.J. Abrams, Lindsey Weber. Productoras: Bad Robot / Paramount Pictures. Distribuida por Paramount Pictures. Fotografía: Laurie Rose, Fabian Wagner. Música: Jed Kurzel. Montaje: Matt Evans. Diseño de producción: Jon Henson. Reparto: Jovan Adepo, Wyatt Russell, Mathilde Ollivier, Pilou Asbæk, John Magaro, Iain De Caestecker, Jacob Anderson, Dominic Applewhite.

    Hace unos meses, coincidiendo con el estreno en estreno en Netflix de la muy olvidable The Cloverfield Paradox (Julius Onah, 2018), tercera entrega de una de las sagas más impredecibles del reciente cine fantástico, empezaron a filtrarse los primeros rumores de que se estaba gestando un cuarto capítulo que situaría la acción durante la Segunda Guerra Mundial. La propuesta no habría sido tan descabellada, ya que cada una de las películas que componen el universo Cloverfield posee una identidad propia que la hace diferente del resto. Si la inaugural Monstruoso (Matt Reeves, 2008) había sido una original incursión en el cine de catástrofes con ciertas semejanzas a Godzilla y rodada a la manera de metraje encontrado, Calle Cloverfield 10 (Dan Trachtenberg, 2016) propuso un conspirador thriller psicológico ambientado en el interior de un zulo bajo tierra, con invasiones alienígenas como telón de fondo. Paradox había roto el buen nivel de calidad de la franquicia con una aventura espacial previsible y bastante monótona que dejaba en el aire más preguntas que respuestas acerca de lo que la serie quería realmente contar, por lo que todas las miradas quedaron depositadas en un siguiente episodio que enmendara los errores cometidos. Finalmente, Overlord (2018) no ha sido la cuarta cinta de la serie que se venía anunciando pero la publicidad le vino estupendamente para acaparar unas miradas que, de otro modo, no hubiese conseguido. La conexión que con ella podría tener se reduce a la presencia del avispado J.J. Abrams en la producción y en unas maneras de entender el género de terror y ciencia ficción muy similares, entregándose sin reparos a la serie B con menos prejuicios y combinando ingredientes que, a priori, podrían parecer difíciles de casar en una misma historia. Y, aun así, la fórmula, de nuevo, funciona a las mil maravillas, por lo que la productora Bad Robot se apunta un nuevo éxito en este terreno, similar al logrado por aquella Super 8 (J.J. Abrams, 2011) que resucitara para el nuevo siglo la fantasía ochentera de aires spielbergnianos. Así las cosas, Overlord es un título cien por cien Abrams, que realiza una atrevida mezcolanza entre cine bélico y las películas de terror de género zombie que tanto juego han estado dando en la última década.

    Cuando parecía que el espectador había terminado saturado de tantos virus, infectados o muertos que vuelven a la vida con ansias devoradoras, los guionistas Billy Ray y Mark L. Smith han intentado darle una nueva vuelta de tuerca a este tipo de productos localizando la acción de su relato en los turbulentos tiempos de la Segunda Guerra Mundial, más concretamente a las jornadas previas al Día D, aquel decisivo desembarco de Normandía que sirvió para que los aliados liberaran los territorios de la Europa occidental ocupados por la Alemania nazi. Los protagonistas de Overlord , un grupo de paracaidistas estadounidenses, comandados por el capitán Ford (Wyatt Russell, hijo de Kurt Russell, de quien parece haber heredado su carisma para ejercer de héroe), que tienen la misión de saltar en tierra francesa para destruir la base de comunicaciones de los alemanes, son presentados de manera rápida y concisa en unos primeros minutos que muestran esa inquietante calma que precede a la gran tormenta. Esta llega rápidamente, con el avión en el que vuelan, comenzando a sufrir los estragos del fuego enemigo y los jóvenes guerreros abandonando de forma violenta una nave que está siendo pasto de las llamas. Este prólogo está filmado con gran espectacularidad, a través de un plano secuencia que nos adentra de lleno en la acción, siguiendo al soldado Boyce (un correctísimo Jovan Adepo) en su huida de una muerte segura. La planificación y los efectos especiales brillan, en esos momentos, a gran altura, dando al producto un empaque visual mucho mayor del que, por su modesta condición, se podía permitir. Una vez en tierra, el director Julius Avery –que se dio a conocer con el thriller australiano Son of a Gun (2014)– nos regala una imagen realmente perturbadora, la de Boyce adentrándose en una nocturna campiña francesa, solo alumbrada por el fuego, en la que se pueden apreciar los cadáveres de algunos paracaidistas colgados de los árboles. Hasta aquí la película realiza una impecable recreación de lo que supone la guerra, bebiendo, incluso, de la destreza técnica y la visión de la camaradería entre compañeros de contienda ofrecidos por Spielberg de Salvar al soldado Ryan (1998), pero las intenciones de Avery no van por ese camino y, desde el momento en que hacen acto de presencia los villanos de la función y la terrible arma secreta que estos poseen, Overlord va destapando su verdadero rostro, deslizándose por unos derroteros mucho más cercanos a la locura del Tarantino de Malditos bastardos (2009) que al cine bélico más clásico.

    por José Martín León
    noviembre 11, 2018

    Crítica: Overlord

    por José Martín León | noviembre 11, 2018

    Guerra Fría en Sevilla

    Nominaciones de la 31ª edición de los Premios del Cine Europeo.

    Sevilla, habitual marco de presentación de candidaturas, acogerá por primera vez la celebración –la trigésimo primera— de los Premios del Cine Europeo el próximo 15 de diciembre. Todo hace indicar que el estreno en estas lides de la ciudad hispalense tendrá dominio polaco en su palmarés. No es ninguna sorpresa: Cold War es sin duda la mejor película del año y así lo entenderán los académicos del viejo continente; más en unos premios poco dados a salirse de la tendencia. El filme de Pawel Pawlikowski aspirará a todos los galardones importantes: mejor película, dirección, actriz, actor y guion. Salvo el galardón a la interpretación masculina, en la que se prevé una lucha bastante igualada entre Jakob Cedergren (The Guilty), Victor Polster (Girl), Marcello Fonte (Dogman) y el propio Tomasz Kot (Cold War), el resto de apartados tienen dueño. Una tiranía que, por otro lado, eleva la importancia de sus principales rivales: Lazzaro feliz, Girl, Dogman y Border. Las cinco películas que competirán por el máximo galardón fueron presentadas en Cannes, y cuatro representarán, con opciones claras, a sus países en la próxima edición de los Oscar. Un gran año para la ficción europea cuyas aristas, en la mayoría de los casos –el estreno comercial de la cinta de Alice Rohrwacher en Italia fue un fracaso— han sido correspondidas en taquilla. El cine español, sin demasiada relevancia en los EFA en los últimos cursos, tendrá como estandartes a Bárbara Lennie –nominada a mejor actriz por su labor en Petra—, el largometraje de animación Un día más con vida, el documental El silencio de otros, y Carmen Maura, que recibirá el Life Achievement Award –Ralph Fiennes será condecorado por su aportación al cine europeo.

    Mejor película europea
    • Border, de Ali Abbasi | Suecia.
    • Cold War, de Paweł Pawlikowski | Polonia.
    • Dogman, de Matteo Garrone | Italia.
    • Girl, de Lukas Dhont | Bélgica.
    • Lazzaro feliz, de Alice Rorhwacher | Italia.

    Mejor película documental
    • A Woman Captured, de Bernadett Tuza-Ritter | Hungría.
    • Bergman, su gran año, de Jane Magnusson | Suecia.
    • Of Fathers and Sons, de Talal Derki | Alemania.
    • The Distant Barking of Dogs, de Simon Lereng Wilmont | Dinamarca.
    • El silencio de otros, de Almudena Carracedo y Robert Bahar | España.

    Mejor dirección
    • Ali Abbasi, por Border.
    • Matteo Garrone, por Dogman.
    • Samuel Maoz, por Foxtrot.
    • Paweł Pawlikowski, por Cold War.
    • Alice Rohrwacher, por Lazzaro feliz.

    Mejor actriz
    • Marie Bäumer, por 3 Days in Quiberon.
    • Halldóra Geirharðsdóttir, por La mujer de la montaña.
    • Joanna Kulig, por Cold War.
    • Bárbara Lennie, por Petra.
    • Eva Melander, por Border.
    • Alba Rohrwacher, por Lazzaro feliz.

    Mejor actor
    • Jakob Cedergren, por The Guilty.
    • Rupert Everett, por The Happy Prince.
    • Marcello Fonte, por Dogman.
    • Sverrir Gudnason, por Borg-McEnroe.
    • Tomasz Kot, por Cold War.
    • Victor Polster, por Girl.

    Mejor guion
    • Ali Abbasi, Isabella Eklöf & John Ajvide Lindqvist por Border.
    • Matteo Garrone, Ugo Chiti & Massimo Gaudioso por Dogman.
    • Gustav Möller & Emil Nygaard Albertsen por The Guilty.
    • Paweł Pawlikowski por Cold War.
    • Alice Rohrwacher por Lazzaro feliz.

    Mejor comedia europea
    • C’est la vie!, de Eric Toledano y Olivier Nakache | Francia.
    • Diamantino, de Gabriel Abrantes y Daniel Schmidt | Portugal.
    • La muerte de Stalin, de Armando Iannucci | Reino Unido.

    Mejor película de animación
    • Un día más con vida, de Raúl de la Fuente y Damian Nenow | España.
    • Cavernícola, de Nick Park | Reino Unido.
    • El pan de la guerra, de Nora Twomey | Irlanda.
    • Colmillo blanco, de Alexandre Espigares | Francia.

    Premio Discovery a la mejor ópera prima
    • Girl (2018), de Lukas Dhont | Bélgica.
    • The Guilty, de Gustav Möller | Dinamarca.
    • One Day, de Zsófia Szilágyi | Hungría.
    • Touch me not, de Adina Pintilie | Rumanía.
    • Scary Mother, de Ana Urushadze | Georgia.
    • Those Who Are Fine, de Cyril Schäublin | Suiza.
    por Redacción EAM
    noviembre 11, 2018

    Nominaciones de los Premios del Cine Europeo 2018

    por Redacción EAM | noviembre 11, 2018

    The blacker the berry, the sweeter the juice

    Crítica ★★★★★ de BlacKkKlansman, de Spike Lee.

    España. 2018. Título original: BlacKkKlansman. Director: Spike Lee. Guion: Spike Lee, Kevin Willmott, David Rabinowitz, Charlie Wachtel (Libro: Ron Stallworth). Duración: 128 minutos. Edición: Barry Alexander Brown. Fotografía: Chayse Irvin. Música: Terence Blanchard. Diseño de producción: Curt Beech. Diseño de vestuario: Marci Rodgers. Productora: Blumhouse Productions / Monkeypaw Productions / QC Entertainment / Perfect World Pictures. Distribuida por Focus Features. Intérpretes: John David Washington, Adam Driver, Topher Grace, Laura Harrier, Ryan Eggold, Corey Hawkins, Robert John Burke, Paul Walter Hauser, Craig muMs Grant, Michael J. Burg, Chris Banks, Tom Stratford, Jasper Pääkkönen, Ashlie Atkinson, Ken Garito, Alec Baldwin. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    El nacimiento de una nación (D.W. Griffith, 1915), que supuso la primera obra maestra cinematográfica de todos los tiempos, es considerada, además, una de las películas más racistas de la historia, ya que presenta la imagen del negro como un ser violento por naturaleza, depravado y lujurioso. A partir de esta descripción, el cine convertiría al afroamericano en un prototipo de lo desagradable, haciendo así de la revisión historiográfica norteamericana presentada por Griffith uno de los ejemplos de propaganda difamatoria más poderosos jamás realizados. Es cierto que esta película marcaría una época en el cine, por su calidad artística, su pericia narrativa y su maestría en la puesta en escena, sin embargo, también tendría consecuencias muy desagradables en cuanto a la herencia que dejaría en directores venideros, que continuarían definiendo a toda la población negra con este tipo de lamentables clichés durante décadas. Las grandes obras de la época clásica de Hollywood, obras canónicas que todavía hoy representan el paradigma del buen cine, suelen estar contaminadas de un mensaje racista y patriarcal, producto de la cultura que se vivía por entonces. Eran tiempos en los que a las mujeres se las abofeteaba para que obedecieran al hombre, y a los negros se les daba de comer aparte. Un gran número de clásicos indispensables tomaban parte activa en ese adoctrinamiento y enseñaban a la población la vergüenza de ser negro, o la debilidad de ser mujer. Con la llegada de las vanguardias aparecen directores afroamericanos, realizadores feministas y, por supuesto, mujeres al mando de películas que denuncian el trato recibido hasta entonces, pero lo hacen con gusto y sentido común. Por norma general, el cine que se realiza en defensa de las minorías no ataca a todos los hombres por su simple condición masculina, ni a todos los blancos por su color de piel, sino que arremete contra el machista por su imbecilidad, y contra el racista por idéntico motivo. Spike Lee ha demostrad a lo largo de su carrera que la defensa de los derechos de los negros no está reñida con un mensaje de ecuanimidad y respeto, y BlacKkKlansman es una prueba de ello, retratando al blanco y al negro como iguales en una lucha contra la estupidez supremacista.

    La historia, por muy disparatada que parezca, recrea una historia real ocurrida en Colorado Springs durante los años 70, cuando un agente afroamericano logró infiltrarse en las altas esferas de la organización segregacionista, Ku Klux Klan. Lee presenta de entrada una imagen paradójica, extravagante y caricaturesca que utilizará para transmitir el absurdo de todo el entramado político de la institución racista. La secuencia en concreto muestra a Ron Stallworth, un hombre que parece sacado de una película de blaxploitation, con su afro, sus ajustados pantalones de campana y su colgante de oro, compartir por teléfono enfervorecidos insultos raciales, en perfecto acento sureño, con uno de los líderes de la organización. Cuando Stallworth logra ganarse la confianza del Klan, engañando a quien se enorgullecía de poder identificar la voz de un negro con solo escuchar unas pocas palabras, llegaba una segunda parte del plan que no había definido todavía debido a lo improvisado de toda la operativa: presentarse delante de todos los miembros. Como es evidente, aquí hizo falta la colaboración del compañero de Ron, Flip, quien puso el toque de palidez que le faltaba al protagonista para el éxito de su plan. La premisa inicial resulta tan paródica y absurda como parece, todo está trazado con un ácido humor tan rápido como ingenioso. La laxitud de los diálogos, la dinámica puesta en escena, la caricaturización de los personajes…, en general, la película podría parecer destinada a representar la sátira humorística más distendida, pero no nos llevemos a error, Spike Lee sabe muy bien el tema que está abordando y el por qué, y si ahondamos un poco bajo esa superficialidad hilarante, encontraremos un filme indignado, sarcástico y, en primer lugar, asqueado por la situación política actual.

    por Alberto Sáez Villarino
    noviembre 11, 2018

    Crítica: BlacKkKlansman

    por Alberto Sáez Villarino | noviembre 11, 2018
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