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    Festival de Tallin 2018 (I): A place to live; Wasted eggs; A la vuelta de la esquina

    Un soplo de aire (muy) fresco

    Crónica I de la 22ª edición del Festival de Tallin.

    Un frío polar que no debería sorprender a nadie acompaña la 22ª edición del Festival Internacional de Cine de Tallín, también conocido como el Black Nights Film Festival (quizá porque a las cuatro “de la tarde” ya es de noche). Hablamos del último certamen de clase A del año, lo que desemboca en una Sección Oficial arriesgada, variopinta e incierta, al deber sus programadores pescar entre los títulos que Cannes, Venecia y compañía han dejado disponibles. Eso, que a priori es negativo, tiene su lado ventajoso: cada proyección es una caja de sorpresas que puede desembocar en tedio o fascinación pero rara vez en indiferencia. Este es el caso, por ejemplo, de Asandhimitta, de Asoka Handagama, que no cumple con ninguna de las expectativas que contar con una mujer obesa de Sri Lanka en el centro de la acción pudiera generar. En realidad, en la selección principal del festival báltico puede encontrarse de todo, desde la Niña errante de Rubén Mendoza, que con su agridulce retrato de cuatro hermanas colombianas y sus líricas imágenes se acerca más a los cánones de otros certámenes de prestigio, hasta The Human Part, del finlandés Juha Lehtola, humor nórdico puro y duro que llenó la sala aquí pero lo tendrá difícil para expandir horizontes. A propósito de esto último, no hay en el mundo encuentro más importante para la cinematografía del noreste europeo, dedicándose especial interés, como no podría ser de otra manera, al cine báltico, todavía desconocido en el resto del globo. Y Estonia a la cabeza, claro, con su propia sección. El país en general y Tallín en particular juegan un papel clave en la experiencia del festival, y no sólo por esa brisa heladora que fuerza a retrasar el inicio de las proyecciones hasta las diez de la mañana y no programar nada más allá de las nueve y media de la noche, beneficiando así tanto a la temperatura corporal de espectadores y críticos como a las horas de sueño, sino también por el valor cultural que aporta, al estar todos los cines a escasos minutos de uno de los cascos antiguos más mágicos del mundo. No por el frío hay menos sesiones, no: simplemente hay menos horas muertas entre ellas y más posibilidades horarias, incluso a mediodía, lo cual sólo puede agradecerse. Ni rastro, eso sí, de la clásica frialdad norteña entre los trabajadores del festival, mas quizá sí de la dureza báltica: cuesta imaginar otro evento cultural llevando a los acreditados de excursión a un lago helado para remar ellos mismos hasta una cárcel sumergida. Curioso modo de hacer contactos. También, maravilloso. Y es que para qué negarlo: qué bien sienta alguna aventura que otra, sobre todo durante un evento en el que, película tras película, es fácil sentirse voyeur pasivo de vivencias ajenas.

    A PLACE TO LIVE

    Pour vivre ici, Bernard Émond, Canadá ǀ SECCIÓN OFICIAL.

    Aunque parezca mentira, el fallecimiento del cabeza de familia —perdónese el término machista— rara vez es abordada por el séptimo arte desde el afecto. En general, la fría escena del funeral es seguida de otras cada vez más agridulces o hasta cínicas durante las que descubrimos, bien que en el fondo nadie tenía demasiado cariño al difunto, bien que este llevaba una vida secreta a menudo relacionada con la infidelidad conyugal. Al final, la muerte tan sólo es una excusa para poner a los protagonistas en una situación límite que los lleve a confrontar su pasado y, quizá, enderezar su futuro. No es este el caso de la canadiense A Place to Live, donde comprendemos, prácticamente desde la primera escena, que el mundo ha perdido a alguien que, fuera más o menos extraordinario, lo era para su esposa, Monique (perfecta Élise Guilbault). Pocas películas logran, de hecho, que el espectador se encariñe tanto con alguien a quien nunca ha llegado a conocer, lo cual se consigue gracias a la lírica voz en off pero, sobre todo, a las palabras afectuosas que en todo momento le dedica su viuda, una mujer que, de pronto, se ha quedado sola y, quizá, sin motivos para seguir ella misma viviendo. Como sucedía en los míticos Cuentos de Tokio (1954) de Ozu Yasujiro, el consuelo no brotará de los propios hijos o nietos, demasiado ocupados ya con vidas ajenas al nido, sino de la bondad inesperada de personas que, precisamente por no tener compromiso alguno, mostrarán suma humanidad al prestar su apoyo y su cariño sin esperar nada a cambio. En A Place to Live, esa compasión pura, nada habitual en el cine occidental, la representan dos jóvenes mujeres: la nuera, tal y como sucedía en el clásico japonés recién mentado, y una amiga de la familia conectada a la protagonista por un viejo dolor que nunca acabó de cicatrizar. De alguna forma, ambas se sienten extrañas en la existencia que les ha tocado, alejadas bien de su pueblo, bien incluso de su país. No soportando de pronto su propio hogar (no por la soledad como tal, que lleva bien, sino por el recuerdo imborrable de su marido), Monique decide recorrer tanto los nuevos ambientes de sus hijos, donde se sentirá fuera de lugar pese al aparente cariño recibido, como los de su propio pasado, donde comprobará que nada es ya lo mismo y, aun así, sentirá una paradójica paz. Los primeros escenarios representan el futuro; los segundos, el pasado, pero serán curiosamente estos últimos lo que le den fuerza para seguir adelante en una sociedad inconscientemente cruel con el duelo ajeno. 72/100.

    Canadá, 2018. Título original: Pour vivre ici. Presentación: Festival de Tallín 2018. Dirección: Bernard Émond. Guion: Bernard Émond, Malgorzata Szumowska. Productora: Association coopérative de productions audiovisuelles (Québec) Télé-Québec. Fotografía: Jean-Pierre St-Louis. Montaje: Annie Jean. Reparto: Amena Ahmad, Marie Bernier, Sophie Desmarais, Danny Gilmore, Élise Guilbault, Claude Lemieux. Duración: 90 minutos.

    WASTED EGGS

    Ryo Kawasaki, Japón ǀ COMPETICIÓN DE ÓPERAS PRIMAS

    Con 29 años, Junko está ya muy cerca de la peligrosa edad en la que parece dejarse la juventud atrás definitivamente; la edad a la que las expectativas sociales depositadas sobre uno (una, en su caso, que el género importa y mucho) se vuelven más pesadas que nunca. Como mujer y japonesa, Junko se enfrenta además a una sociedad patriarcal y familiar en la que tener hijos es casi una obligación, con lo que, al carecer de aspiraciones maternales, decide donar sus óvulos, confiando así en dar sentido a una existencia cada vez más diluida. Durante el proceso se encuentra con su prima Aki, quien ha tomado la misma decisión porque, aunque sí está emparejada, lo está con una mujer (para desconocimiento de sus padres), lo que también le imposibilita formar una familia que satisfaga al status quo. Ambas deciden entonces vivir juntas para compartir una aventura mucho más ardua de lo que esperaron, una que las llevará a dudar de su propio sentido vital una y otra vez, algo irónico considerando que decidieron lanzarse a ella precisamente para encontrarlo. Con su ópera prima, Ryo Kawasaki ha sido bastante más arriesgada de lo que su sencilla puesta en escena aparenta, pues temas como la homosexualidad o el control que directa e indirectamente impone la sociedad japonesa sobre las mujeres están muy rara vez presentes en una cinematografía que sigue siendo harto heteropatriarcal. Wasted Eggs dota la habitual dramedia en torno a la amistad femenina nipona de una dimensión recóndita y demoledora, dando un sentido social a códigos tradicionales cercanos al manga adolescente. Sí están presentes en ella, no obstante, las clásicas escenas de complicidad e intimismo que todos relacionamos con el cine japonés, radicando su principal virtud en saber aderezar esa magia hogareña de un componente social y psicológico que vuelve aún más impactante el melodrama. Mitsue Terasaka y Sora Kawai componen dos personajes muy diferentes, dos mujeres que todavía no se han encontrado a sí mismas y que, aun sabiendo que están siendo manipuladas por el machismo imperante, se vuelven cómplices del sistema. No juzga Kawasaki, sin embargo, a la sociedad o sus integrantes, sino que, desde el sumo respeto que caracteriza a la cultura japonesa, se limita a aportar pinceladas de realidad con las que pueda sacar sus propias conclusiones un espectador que, de un modo u otro, terminará removido por dentro. 67/100.

    Japón, 2018. Título original: Wasted Eggs. Presentación: Festival de Tallín 2018. Dirección: Ryo Kawasaki. Guion: Ryo Kawasaki. Productora: Article Films. Fotografía: Kiyohito Tanabe. Música: Miki Kobayashi. Reparto: Mitsue Terasaka, Sora Kawai, Chieko Misaka, ChiseNiitsu, Supika Yufune. Duración: 70 minutos.

    A LA VUELTA DE LA ESQUINA

    In den Gängen, Thomas Stuber, Alemania ǀ PANORAMA.

    Con Herbert (2015), Thomas Stuber nos presentó a un excampeón de boxeo cuya vida daba un vuelco al serle diagnosticada una enfermedad terminal. Tres años más tarde, el realizador germano exhibe en A la vuelta de la esquina al nuevo empleado de un inmenso supermercado, un personaje muy diferente que, sin embargo, guarda con aquel múltiples similitudes que van desde una amenazadora coraza de tatuajes bajo la que se esconde un corazón de oro hasta una existencia solitaria a la que poner remedio antes de que sea tarde. En el caso de Herbert, el dolor físico marcaba una carrera contrarreloj que lo forzaba a recuperar la relación con su hija cuanto antes; en el de Christian, protagonista de la cinta que nos ocupa, será la desolación de un ambiente que sume poco a poco a quienes lo pueblan en la desesperación lo que lo animará a luchar por el amor de una compañera de trabajo necesitada a su vez de un cariño que, aun estando casada, nunca ha probado. Hay, por tanto, bastante más esperanza en esta segunda obra —la tercera del cineasta si contamos los 65 minutos de Angustia adolescente (2008); la cuarta, si consideramos también el telefilm Más allá de la amistad (2016)—, que parte del que quizá sea el tema del cine contemporáneo por excelencia (la soledad que, en mayor o menor medida, nos invade a todos) para ofrecer una mezcla de comedia negra, drama social y realismo mágico en el corazón de unos grandes almacenes que, con sus gigantescas estanterías y espaciosos pasillos, enfatiza aún más la sensación de aislamiento vital de sus personajes. La pareja principal, que protagoniza los momentos más bellos de la obra —inolvidable beso esquimal incluido—, no podría tener mejores rostros: Franz Rogowski, quizá el actor alemán del momento al haber protagonizado también este año la popular En tránsito, de Christian Petzold, poco después de saltar a la fama con Victoria (Sebastian Schipper, 2015) y Happy End (Michael Haneke, 2017), y Sandra Hüller, la carismática estrella de la que quizá sea la mejor película germana de la última década: Toni Erdmann (Maren Ade, 2016). El trabajo de ambos es impecable precisamente por la sencillez que transmite, como lo es también el de Peter Kurth (nada más y nada menos que el mentado Herbert) como el compañero encargado de instruir al protagonista en los trucos para salir adelante en una profesión que, por su carácter rutinario y facilón, insta a dejarse llevar por el camino de la incompetencia y la desmotivación. Colmada de compasión por sus personajes, pero también de formas imaginativas de extraer poesía de lo mundano, la sensible puesta en escena de Stuber saca máximo partido de una de esas historias tan tiernas como honestas que tanto necesita ahora el cine europeo. 80/100.

    Alemania, 2018. Título original: In den Gängen. Presentación: Festival de Berlín 2018. Dirección: Thomas Stuber. Guion: Clemens Meyer, Thomas Stuber, Malgorzata Szumowska. Productora: Sommerhaus Filmproduktionen. Fotografía: Peter Matjasko. Montaje: Kaya Inan. Reparto: Sandra Hüller, Franz Rogowski, Peter Kurth, Ramona Kunze-Libnow. Duración: 125 minutos.


    Juan Roures
    © Revista EAM / Tallin


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