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    Crítica: Dogman

    Unleashed

    Crítica ★★★★★ de Dogman, de Matteo Garrone.

    Italia. 2018. Título original: Dogman. Director: Matteo Garrone. Guion: Maurizio Braucci, Ugo Chiti, Matteo Garrone, Massimo Gaudioso. Duración: 102 minutos. Edición: Marco Spoletini. Fotografía: Nicolai Brüel. Música: Varios artistas. Diseño de producción: Dimitri Capuani. Diseño de vestuario: Massimo Cantini Parrini. Productora: Coproducción Italia-Francia; Archimede / Le Pacte / RAI / Eurimages. Intérpretes: Marcello Fonte, Edoardo Pesce, Nunzia Schiano, Adamo Dionisi, Francesco Acquaroli, Alida Baldari Calabria, Gianluca Gobbi, Aniello Arena. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    En el glamuroso mundo de las competiciones caninas, donde los propietarios gastan auténticas fortunas en dejar a sus mascotas lo más ridículas posible, encontramos la trágica figura del estilista. Al contrario de lo que ocurre con los peluqueros de personas, los que se dedican a engalanar a perros, no reciben ningún tipo de crédito o recompensa por su trabajo. Marcello, protagonista de la última película de Matteo Garrone, Dogman, es uno de estos infravalorados cuidadores. Además, él forma parte de esa extraña especie de trabajadores vocacionales que se levantan cada mañana con la misma ilusión que el primer día por ir a encargarse de sus entrañables clientes. Sin embargo, incapaz de poder proporcionar, con su peluquería canina, un nivel de vida cómodo a su hija, se ve obligado a deambular por la sórdida senda del tráfico de droga, un negocio a muy pequeña escala con el que busca obtener un sobresueldo para realizar viajes esporádicos con la pequeña Alida. Un esfuerzo ilícito y reprochable que, además, le acarreará muchas más complicaciones que desahogos económicos. Parece que tras un período que pudo ser provechoso, Marcello ha terminado por suministrar a un único cliente: Simoncino, un bruto degenerado y abusón que tiene atemorizado a todo el vecindario. Huelga decir que las transacciones mercantiles entre ambos personajes suelen terminar con bastante frecuencia de manera unidireccional, siendo Marcello quien obtiene el producto para que Simoncino se lo quite sin pagar por él ni un céntimo. El miedo es sin duda la causa de que el buen estilista no abandone este desagradable negocio, miedo a convertirse en el objeto de ira del boxeador retirado; por lo que la situación entre ambos se tensa más y más conforme el abusón va perdiendo el control con descaradas muestras de abusos y opresiones hacia el atemorizado protagonista.

    Desde el comienzo, podemos apreciar un claro paralelismo antitético en la figura de Marcello. Por un lado, éste es un amante de los animales, tierno y cariñoso que se deshace en mimos y ternuras hacia los perros. Por el otro, bajo la lectura metafórica propuesta por Garrone, Marcello es también un perro, un perro apaleado cuyo dueño, Simoncino, maltrata sin piedad cada vez que no obedece o se somete a sus exigencias. Esta animalización del personaje podría ser vista, en un nivel semántico más analítico y menos alegórico, como la clásica representación del perdedor presente en la mayoría de películas que, como Dogman, deambulan por una hibridación genérica que combina el thriller criminal y el drama social. Estos perdedores, por lo general, además de estar metidos en algún apuro, ya sea económico –causa principal que obligó a Marcello a traficar–, o coyuntural –amenaza de Simoncino–, suelen verse sometidos a la presencia de un trauma. En este caso, en la simpática relación entre el protagonista y su hija podría leerse un fracaso matrimonial y un consecuente sentimiento de culpabilidad y responsabilidad, lo que llevaría a evidenciar todavía con más énfasis la necesidad de ofrecer a su hija una buena vida, supliendo así la ausencia de un núcleo familiar estable. En cualquier caso, pese a que la suerte no está de lado de este hombre, en ningún momento nos parecerá alguien antipático, sino más bien todo lo contrario, el grado de empatía es absoluto, hasta el punto de convertirse en un verdadero martirio para el espectador el tener que asistir a las más que desacertadas decisiones que el protagonista va tomando a lo largo del metraje. Cada una de las acciones de Marcello estará dotada de esa ingenuidad bondadosa inherente al personaje; incluso en el desenlace, un desenlace brutal y lleno de pasión, nos apiadaremos de él, sentiremos que todavía está actuando motivado por la compasión dadas las circunstancias, sobre todo si somos conocedores de la historia original –aconsejable no leer nada sobre ella hasta haber visto el filme–, y nos damos cuenta de que, efectivamente, la realidad supera a la ficción en lo que se refiere a los límites de la crueldad humana y las ansias de venganza.


    La belleza de los espacios pequeños, en los que apenas queda un rincón por el que nuestros ojos no hayan pasado y, aun así, el realizador todavía encontrará ese reflejo de luz, esa sonrisa espontánea o esa imperfección en la pared que ofrezca un aire exclusivo de verdadera genuinidad a la imagen, que contagia a la cinta de esa originalidad preciosista sobre la tan conocida lucha entre el bien y el mal.


    Y aquí es donde el director se distancia de la tendencia ultraviolenta propia del cine de los 90, y que parece aflorar en la actualidad, en gran medida promovida por el gran auge de las producciones coreanas, para este resurgir de las revenge movies, por lo que proporciona un desenlace mucho más cauto y contenido de lo que cabría esperar, permitiendo así una mayor coherencia con el desarrollo del personaje, pero dejando al público con esa sensación, a la que tanto cuesta acostumbrarse en estos tiempos de concesiones, de falta de “clousure”. Esta impresión no sería tan poderosa sin la tremenda actuación de, por supuesto, Marcello Fonte, y también de un estupendo Edoardo Pesce, quien consigue personificar de forma asombrosa la ineptitud irracional y bestializada de ese Simoncino, un ejemplar que pareciera haber retrocedido varias etapas del proceso evolutivo. En su caracterización, el realizador ha tenido a bien escapar de la clásica y refinada justificación psicológica acerca del comportamiento embrutecido, solo así logra que podamos centrarnos sin dificultad en la simplicidad y la aleatoriedad del acto violento e intimidatorio como forma de vida. Se trata de una animalización figurativa sin ningún tipo de construcción instrospectiva, sin maquillaje y sin excusas; la violencia por el sencillo placer de dominar y aprovecharse del débil para encontrar una satisfacción personal. Uno de los aspectos más reseñables de este filme es cómo Garrone consigue encontrar la belleza entre tanta sordidez. La belleza de los espacios pequeños, en los que apenas queda un rincón por el que nuestros ojos no hayan pasado y, aun así, el realizador todavía encontrará ese reflejo de luz, esa sonrisa espontánea o esa imperfección en la pared que ofrezca un aire exclusivo de verdadera genuinidad a la imagen, que contagia a la cinta de esa originalidad preciosista sobre la tan conocida lucha entre el bien y el mal. No es necesario mencionar demasiado, como habrán extraído de esta reseña, acerca del argumento, o la presentación sinóptica de Dogman, pues la sencillez de los hechos narrados no hace justicia a la profundidad semántica obtenida. Por lo tanto y, a pesar de lo que nos diga el empirismo cinéfilo, pequen de ignorantes cuando vayan a ver esta película. Aunque sólo sea por una vez, detengan la vorágine de indigestión cinéfaga a la que estamos obligados los amantes del séptimo arte para manteneros al día de la desmedida oferta fílmica, y tómense su tiempo para consumir y digerir bien esta cinta llamada a formar parte de todos los manuales de trazo y gesto cinematográficos. | ★★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Cannes-Dublín


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