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    Sarajevo 2013
    Sarajevo 2013
    Soldate Jeannette

    Omniscencia artística. Obsolescencia fílmica

    crítica de Soldate Jeannette | de Daniel Hoesl, 2013

    Daniel Hoesl tiene alma de artista autoconsciente. De esos que aportan más escupiendo una boutade que haciendo una película. Su discurso, de gran contenido político, deja entrever las costuras de lo que se me antoja como una pose. De sus entrevistas, concedidas en los distintos festivales internacionales, se pueden sacar muchas lecturas, alguna de ellas peligrosa. Es capaz de aportar cosas interesantes pero se le ve enamorado de sí mismo. Por defecto también está embelesado de su ética, de su filosofía, de su conciencia social. El yo como emblemático baluarte de lo correcto. Yo, yo, yo… La sociedad como culpable y el mundo como fortín intrusivo. Un sujeto que no deja indiferente a casi nadie fuera del cosmos del arte. Se mira en el espejo y se ve genuino pero en el mundillo hay cientos como él. Cree luchar contra el producto y se vende como tal. Las contradicciones abundan, son muy humanas. Lo que es irreprochable, de este falso humilde, son sus intentos por bailar con la coherencia. Sus pretenciosas disertaciones pretenden ser consecuentes con sus actos. Para él el dinero y el arte conforman un binomio de mal gusto. Los billetes y las monedas tienen que ver con lo frívolo. El arte es algo serio –discutible–. Para ello rueda y dirige sin el respaldo de una productora, sin guion aparente y a la espera de que el casting marque el rumbo de la cinta. Su distribución es lo de menos –pero le gusta ir a Sundance, a Sarajevo, a Sevilla o Róterdam–. Es una cuestión política que se enmarca dentro la European Film Conspiracy –una suerte de colectivo que ampara a todos aquellos directores que deciden rodar al margen de las convenciones–. Bajo esas premisas, amparadas en su conciencia política, el director austríaco rodó Soldate Jeannette (2013).

    por Anónimo
    abril 08, 2014

    Crítica | Soldate Jeannette

    por Anónimo | abril 08, 2014
    The Selfish Giant, de Clio Barnard

    Un cuento triste

    crítica de El gigante egoísta | The Selfish Giant, de Clio Barnard, 2013

    Para ser la patria del llamado “padre de la novela social”, Charles Dickens, Gran Bretaña no ha dedicado demasiado tiempo a hablar de los problemas sociales modernos en su cine más comercial. Siempre han sido directores casi diría independientes los que se han encargado del tema, y, en los últimos años además, éstos han sido en su gran mayoría mujeres. Es el caso de Andrea Arnold (Fish Tank), Joanna Hogg (Exhibition) o, en la película que nos ocupa, Clio Barnard. Inspirándose -que no basándose- en el cuento de Oscar Wilde El gigante egoísta (aunque la conexión ciertamente es complicada de establecer), Barnard ha construido un retrato absolutamente demoledor de la clase baja inglesa -la baja de verdad, la que sobrevive casi exclusivamente de benefits y tiene una de las tasas de abandono escolar y embarazos adolescentes más alta de toda Europa-. En unos momentos en que la mirada europea está puesta en los problemas económicos y sociales de los países mediterráneos, es fácil olvidar que más al norte, y especialmente en Inglaterra (más que, por ejemplo, en Escocia o Gales), existe también una clase marginal, afectada por carencias económicas, educacionales y afectivas tan graves como los de sus vecinos sureños.

    Los protagonistas de The Selfish Giant son dos chavales, Arbor (Conner Chapman) y Swifty (Shaun Thomas), que no viven en el hermoso jardín de Wilde, sino en Huddersfield (Yorkshire), y son producto de dos familias que son el perfecto ejemplo de esa situación: padres relativamente jóvenes pero cargados de hijos, en su mayoría con problemas escolares cuando no directamente sin tener siquiera el graduado, y mayoritariamente en el paro y viviendo de las ayudas del estado. El primero, que es quien lleva la voz cantante en su amistad, es un chavalín espabiladillo, con grandes dosis de picardía y malicia -que no maldad, o al menos no exactamente-, y que en circunstancias más favorables podría tener un futuro brillante, pero que es, en román paladino, carne de cañón. El segundo, más tranquilo y bonachón, es su compañero de trastadas, material si no intelectual. Cuando, después de una pelea en el recreo, ambos son expulsados del colegio, ambos deciden ayudar a sus respectivas familias vendiéndole metal al chatarrero local, Kitten (Sean Gilder), el gigante egoísta de esta historia, cuya relación con los dos chicos cambiará todo a su alrededor. Si hay un valor indiscutible en The Selfish Giant, o mejor dicho, dos, ésos son sus dos jóvenes protagonistas, Conner Chapman y Shaun Thomas. Ambos debutan en el cine en esta película, y ambos resultan un prodigio de naturalidad asombroso. Tanto, que casi se diría que ni siquiera están actuando. En manos de estos dos talentos adolescentes, Arbor y Swifty son de carne y hueso, odiosos, cariñosos, enternecedores, buenos, malos y tan reales como muchos de esos chicos que, quien más quien menos, todos conocemos, y que, para qué negarlo, las más de las veces intentamos evitar porque “son malas compañías”. En un reparto de perfectos desconocidos para el gran público, Chapman y Thomas se llevan la parte del león de una forma arrasadora. El tercero en discordia en la historia, Sean Gilder, poco puede hacer para no verse arrollado por sus dos jóvenes compañeros de reparto.

    por Unknown
    febrero 19, 2014

    Crítica | El gigante egoísta

    por Unknown | febrero 19, 2014
    Circles (Krugovi)

    Las aguas tranquilas

    crítica de Circles | Krugovi, de Srdan Golubovic, 2013

    Cuando se arroja una piedra al río, ocurre algo que rompe con la monotonía, un intenso desplazamiento de moléculas que se traduce en un movimiento leve del agua. Sobre la superficie se dibujan unos círculos concéntricos, que son tanto más grandes cuanto se alejan del origen de aquella perturbación. Lo mismo ocurre con un grito: la resonancia actúa del mismo modo, pudiendo llegar muy lejos si se sabe percibir el fenómeno con atención. Esta es una idea, simplemente, que halla expresión en lo cotidiano, y ocasionalmente en el séptimo arte. Ciertamente, los acontecimientos importantes siguen el mismo rumbo: el llamado efecto dominó es primo hermano del efecto de los círculos en el agua. Eventos significativos pueden repercutir en lugares y momentos tan lejanos como impensados.

    Interesa que algunos autores sean capaces de montar una gran obra a partir de una idea tan simple. Para dar un ejemplo tonto pero conocido, Woody Allen inventó una de las comedias más originales de los últimos años solamente con el significado de una frase muy simple como todo tiempo pasado fue mejor (Midnight en París, 2011), tan repetida por los seres humanos, y cuando no, tan sentida en lo más hondo del alma. Pero tampoco es necesario recoger ejemplos en el resto del mundo, cuando hay uno tan cercano como este: Srdan Golubovic toma estos círculos para construir una de las narraciones más inteligentes del año, en torno a Srdan Aleksić, tocayo y referente. Aleksić fue una de las tantas víctimas de las guerras yugoslavas, más puntualmente de la Guerra de Bosnia, que enfrentó tres pueblos y tres corrientes religiosas en una de las batallas más cruentas de la historia balcánica. Perdió su vida salvando a un hombre, musulmán (es decir, un enemigo de la fe cristiana defendida por el ejército serbio durante los años 1993 y 1995) de ser salvajemente atacado. Ahora bien: tratar esto simplemente como un acto heroico digno de documentos y testimonios es caer en un lugar común. Por ello Golubovic, gran cineasta oriundo de la ciudad blanca, capital serbia, logra trasladar ese pequeño gran acontecimiento a la lógica de los círculos, convirtiéndola en una obra de gran valor.

    por Anónimo
    enero 11, 2014

    Crítica | Circles

    por Anónimo | enero 11, 2014

    Caninos marinos

    crítica de Alí ojos azules | Alì ha gli occhi azzurri, Claudio Giovannesi, 2012

    Este segundo largometraje del realizador italiano Claudio Giovannesi fue presentado con cierto éxito en el festival de Roma del año pasado, alzándose con un premio especial del jurado y el premio principal de su categoría específica de primeras y segundas películas. Y es que tanto su estética como su narrativa se insertan claramente en el tipo de neorrealismo que últimamente suele gustar mucho en casi todos los certámenes cinematográficos. Historias dramáticas con actores semi o no profesionales que transcurren en decorados naturales y sobrios, poblados por personajes trágicamente deprimidos o conflictivos y fotografiados de manera áspera y a menudo desesperanzada, aunque en este caso particular un bonito y esperanzador detalle es el de los ojos azules del protagonista que dan título a la película. En realidad tienen ese color porque lleva lentillas, pues dado su origen árabe no era de esperar que fuesen naturalmente azules, y no está de más entretenerse en esta ocurrencia porque con muy poco dice mucho y deja muy claro el mensaje de la película: la buena voluntad pero a la vez las dificultades de integración con las que se encuentran los inmigrantes en sociedades como la nuestra. En este caso un joven que quiere ser uno más entre sus compañeros, aunque para ello recurra a un engaño innecesario, ya que precisamente entre los latinos tampoco abundan los ojos claros.

    Queda claro: los ojos azules de Nader (pues así se llama el protagonista, no Alì, nombre genérico que pretende generalizar su suerte a casi toda la población inmigrante) dan mucha información, y como Giovannesi es consciente de ello, así titula su película. Pero esto también puede ser fuente de recelo, ya que si este ingenioso punto de caracterización del personaje debe explicitarse para que no se pase por alto, anticipa que el resto del metraje no rebosa de ingenio precisamente. En otras palabras, no hay que rascar mucho por debajo de su oportunamente prestigiosa superficie neorrealista para darse cuenta de que la trama de la cinta es bastante hueca, y que en el fondo la película no resulta especialmente memorable ni por su narrativa ni por su estética, pues tantas otras cintas con similares pretensiones, dirigidas a un público “serio” y la vez “moderno”, ya lo han hecho antes y mejor. La crítica por tanto es la siguiente: que un director con poco bagaje, rodeado de unos actores con aún menos experiencia, decida rodar de la manera más competente posible una historia que sabe que va a tener el beneplácito de su limitado público, y el consecuente elogio por ser capaz de rodar, pese a su falta de madurez, de esta manera tan prestigiosa y tan seria. En realidad, esto supone una falta de riesgo y de inventiva mayor, y por consiguiente menos elogiable, que la de un director joven que intenta hacer algo nuevo y que se estrella en algunas partes pero consigue sacarle jugo a otras: que realiza un producto irregular pero estimulante.

    por Ignacio Navarro
    diciembre 12, 2013

    Crítica | Alí ojos azules

    por Ignacio Navarro | diciembre 12, 2013
    Stop the Pounding Heart

    Régimen de comunicación foral

    crítica de Stop the Pounding Heart, de Roberto Minervini, 2013

    El título de esta película es toda una declaración de intenciones. No sólo anticipa su temática conservadora, por la que su chica protagonista sólo encuentra motivos para olvidar sus impulsos juveniles y abrir su corazón completamente a la devoción y a la sumisión, sino que también es un mensaje dirigido al espectador. A veces conviene frenar un poco el ritmo cardíaco y olvidarnos de nuestros quehaceres cotidianos contemplando durante hora y media un paisaje por así decir exótico y apacible… No durante mucho más tiempo, porque se corre el riesgo de que las pulsaciones se vuelvan a acelerar recordando el tiempo que se puede estar perdiendo. Pero durante el modesto tiempo que dura esta película el freno es casi radical, no porque se empleen los habituales recursos de algunos cineastas que desprecian la elipsis y el dinamismo, con planos lentos, personajes inertes, ausencia de diálogos y decorados sobrios, sino porque realmente da la sensación de estar asistiendo a una especie de limbo, a algo transitorio, a un paréntesis donde la trascendencia inesperada que toman acciones y conversaciones cotidianas dilata su significación. Y al mismo tiempo tales acciones y conversaciones son las únicas que importan y tienen sentido para los pocos personajes que pueblan este relato, ya sea el cuidado de un rebaño lechoso por parte de la chica o el intento de domar un toro desbocado por parte del chico o las descompensadas y frustrantes conversaciones entre los dos. En otras palabras, no hay nada más allá de esta incomunicada y enclaustrada cotidianeidad aunque, en otro sentido, sí lo hay. Pues en el fondo la chica duda y se cuestiona el papel que su comunidad familiar le tiene reservado. De ahí la necesidad del mandato del título.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 10, 2013

    Crítica | Stop the Pounding Heart

    por Ignacio Navarro | noviembre 10, 2013
    Omar, Hany Abu-Assad, 2013

    O mar partido en dous

    crítica de Omar, Hany Abu-Assad, 2013

    Prácticamente cada semana nos llegan noticias sobre el conflicto entre Israel y Palestina, aunque últimamente los reportajes incluyen más apretones de manos y manifestaciones pacíficas que censuradas imagénes de crímenes y víctimas y fachadas arruinadas por los bombardeos. Parece efectivamente que la paz, esta vez sí, puede alcanzarse más pronto que tarde, aunque evidentemente las hostilidades y las rencillas siguen siendo patentes desde ambos bandos. Para un observador externo, el juicio puede ser con todo más o menos imparcial gracias a la exigencia de datos, hechos y posturas disponibles desde ambas partes… con la excepción del cine. No son muchas las películas que han tratado el conflicto, o al menos no han llegado a un público relativamente amplio, pero si conocemos la cinematografía de la zona es principalmente por la producción israelí, no palestina. De hecho, cuando vi Omar (2013) en el pasado festival de Sarajevo, después de haberse presentado en Cannes en un sección Una Cierta Mirada, me confirmaron que se trataba de la primera película de producción palestina. Un país discutido en sus fronteras y en su soberanía que por tanto hasta ahora no había estrenado un filme propio.

    Su director Hany Abu-Assad se enfrenta pues a esta responsabilidad pionera narrándonos, como era de esperar, la confrontación entre Israel y Palestina, a través del terrorismo perpetrado principalmente por tres jóvenes palestinos. Podríamos esperar entonces que, tratándose de un filme con dicho fondo y dicha nacionalidad, el mismo enfocaría el conflicto desde una perspectiva rebelde o al menos contestataria, sobre todo en relación al bando opuesto que goza de más recursos y exposición. Y así parece ser cuando la trama se centra en uno de los mencionados jóvenes, el protagonista Omar, que enseguida es encarcelado después de que él y sus dos amigos maten a un soldado israelí. Sin embargo, la historia se desenvuelve entonces siguiendo los parámetros convencionales del cine del género antes que adoptando una postura más social o políticamente crítica. Efectivamente, la misma se enrevesa con personajes que parecen esconder motivaciones ocultas que luego no son tales (como en el supuesto de la novia de Omar) y con giros que se van sucediendo de una manera en ocasiones precipitada, pero al mismo tiempo resulta bastante esquemática y simplona. Y éste es un defecto digno de mención teniendo en cuenta los significativos temas que toca, o que al menos pretende tocar.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 10, 2013

    Crítica | Omar

    por Ignacio Navarro | noviembre 10, 2013
    Alabama Monroe

    Mostrando jovialidad donde sólo cabe la desolación

    crítica de Alabama Monroe | The Broken Circle Breakdown, Felix Van Groeningen, 2012

    Hace un par de años se estrenaba Declaración de guerra (Valérie Donzelli, 2011), una excelente película heredera de la Nouvelle vague francesa que seguía la mezcla de tormento y esperanza que provocaba en una joven pareja el cáncer de su bebé. La tragedia era pues retratada antes de forma luminosa y excitante que apagada y pesarosa, apoyándose en una cámara dinámica, un montaje alegre, una música heterogénea, unos diálogos chispeantes y unos actores muy expresivos. Una serie de elementos, en definitiva, unidos en una sola dirección, cual es la de contagiar al espectador de la vitalidad que a duras penas pero con plena entrega y franqueza muestran los protagonistas de una historia tan dramática. Pues bien, Alabama Monroe (The Broken Circle Breakdown, 2012), llamativa película belga que ha pasado con éxito por festivales como el de Tribeca, sigue la estela y los mencionados atributos de su vecina francesa, en este caso para narrarnos la lucha de dos padres contra el cáncer de su hija.

    Con todo, en este caso el enfrentamiento contra el arbitrio genético y médico conforma aproximadamente sólo la mitad del metraje, pues una segunda parte del mismo nos muestra las consecuencias que dicho trauma deja en la pareja. La cinta de Van Groeningen es por tanto más decididamente romántica y pasional que la de Donzelli, pero también más oscura y adulta. Si en la película francesa el comportamiento optimista de los padres reflejaba su propia naturaleza juvenil y deshinibida, en la belga lo juvenil y deshinibido (desnudos de ambos actores incluidos) no se deriva de un natural optimismo de sus personajes sino de las exigencias de las circunstancias, o como mucho de su rudeza y rebeldía. Los dos se enfrentan además no sólo con la enfermedad de su hija sino con su contradictoria visión de la vida: entre la atea y pesimista del marido y la devota pero en el fondo también melancólica de su mujer. Las mariposas tatuadas en su cuerpo, la bucólica cabaña en la que vive la familia o sus interacciones tan infantiles como salvajes acaban construyendo por tanto un paisaje más perturbador que idílico.

    por Ignacio Navarro
    noviembre 05, 2013

    Crítica | Alabama Monroe

    por Ignacio Navarro | noviembre 05, 2013

    Piso bonito sin amueblar

    crítica de Prince Avalanche | de David Gordon Green, 2013

    Thoreau. Ese loco. Se propuso experimentar la vida en naturaleza. Construyó una cabaña con sus propias manos. Pasó dos años, dos meses y dos días viviendo en medio de ninguna parte. Pretendía, grosso modo, manifestar la necesidad intrínseca del ser humano de vivir en el entorno natural. Única manera de prescindir de las comodidades de la vida y esquivar los “impedimentos para la elevación de la humanidad”. Era un hombre cansado, en ese momento, de las cosas artificiales e innecesarias. Esta “Thoreau way of life” cristalizó en un ensayo –Walden–. La obra del escritor americano ha sido sometida a constantes revisiones. Es como las modas –sin banalizar–, siempre vuelve. Su última popularización se produjo tras el éxito de Into the Wild (2007), basada en el best-seller homónimo, que relata la vida de un joven estadounidense que lo abandona todo para vivir en la naturaleza, al margen de la sociedad. Con esto de la crisis, Thoreau vuelve a estar en boga. Al menos sus planteamientos básicos –tanto los que se refieren al ámbito de la desobediencia civil, como los naturalistas–. Aderezado con un toque tragicómico, ochentero y ridículo, Thoreau está presente también en Prince Avalanche (2013), película por la que David Gordon Green fue galardonado con el Oso de Plata a la mejor dirección en el pasado Festival de Berlín.

    Si Thoreau fuese un paleto de Texas, de los ochenta y se llamase Alvin –Paul Rudd–, sería de esos tipos genuinos que van pintando las líneas discontinuas de la carretera. Viviría en una tienda de campaña, como los nómadas, y cazaría para alimentarse. Sería un hombre que anhelase experimentar lo que el escritor norteamericano llamó los “hechos esenciales de la vida”; un espécimen que sólo “quiere escuchar el silencio”. Por supuesto, tendría pupilo, un tal Lance –Emile Hirsch–. Sería el contrapunto. Un hedonista provinciano (si es que existe tal cosa en Estados Unidos, entendámonos), un pre Ni-Ni. Uno cuya autoestima varía en función de su capacidad de almibarar (permítaseme la expresión) las bragas ajenas. Un filósofo alfa de vida licenciosa. Un urbanita de discoteca, picos pardos, romances sórdidos y propulsiones primarias. Los Luigi y Mario de los bosques colindantes al asfalto. Es menester, obviamente, la presencia de una Princesa Peach –hermana de Lance, novia de Alvin–. Un cuadro insólito. Fruto del paso por la batidora del director de Superfumados (2008), Thoreau y Á annan veg (2011) –película islandesa objeto del remake–.

    por Anónimo
    noviembre 04, 2013

    Crítica | Prince Avalanche

    por Anónimo | noviembre 04, 2013
    La vida de Adele

    CONTROVERSIA AL SERVICIO DE LA EXCELENCIA

    crítica de La vida de Adèle | La vie d’Adèle – chapitre 1 & 2, Abdellatif Kechiche, 2013

    Un festival como el de Cannes abraza la controversia. El de 2011, por ejemplo, se recordará no solo por el merecidísimo triunfo de El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011) sino también por esa grotesca conferencia de prensa de Lars von Trier que le supuso el título de persona non grata. Este año por supuesto la organización del certamen galo estaba dispuesta a acoger el nuevo trabajo de von Trier, un drama erótico sobre el relato de una ninfómana, aunque al final no estuvo acabado a tiempo. En vez de ello el protagonismo del morbo y de los focos se lo ganaron Abdellatif Kechiche y Léa Seydoux y Adèle Exarchopoulos, las dos actrices principales de su epopeya La vida de Adèle (La vie d’Adèle – chapitre 1 & 2, 2013), desde que la misma fue proyectada. Curiosamente este filme también está caracterizado por una sexualidad desinhibida, elemento en el que muchos de los críticos que la vieron en su momento se centraron, aunque también destacaron otras muchas cualidades. Parte del debate venía también del posible reflejo que podía tener ese lesbianismo entre los personajes de Seydoux y Exarchopoulos respecto a las manifestaciones a favor del matrimonio homosexual que entonces se producían en las calles parisinas. Pero el presidente del jurado Steven Spielberg aseguró que ese alcance político no había motivado su decisión de otorgarle una Palma de Oro por lo demás indiscutible. Sin embargo, la polémica ha salido de nuevo a la luz en los últimos días, con la presentación de la película en festivales como el de Telluride o el de Toronto, tras declaraciones tanto de Seydoux como de Exarchopoulos sobre los métodos crueles y desmesurados de Kechiche en rodaje. Ambas han confesado por ejemplo que se alargó innecesariamente durante varios días la filmación de la tan comentada y primera escena de sexo entre ellas, o que en otra escena en la que ambas tienen una discusión su director le pidió a Seydoux pegar de verdad a Exarchopoulos y que ésta llorase también de verdad. Durante la promoción de la cinta en Cannes los tres parecían llevarse muy bien, pero ahora se ha derrumbado la obligada fachada y al parecer las dos actrices y el director no pueden ni verse.

    por Ignacio Navarro
    septiembre 18, 2013

    Crítica | La vida de Adèle

    por Ignacio Navarro | septiembre 18, 2013
    El desconocido del lago (L'inconnu du lac)

    ATADURAS Y ESPOSAS INVISIBLES

    crítica de El desconocido del lago | L’inconnu du lac, Alain Guiraudie, 2013

    Muchas veces el cine se crece cuando debe luchar contra determinadas limitaciones o adaptarse a ciertas imposiciones. No es casualidad, por tomar un ejemplo cercano, que las comedias más logradas en su acidez y crítica social se produjeran en nuestro país durante el franquismo, sorteando la censura mediante el subtexto, las elipsis, el simbolismo u otro tipo de habilidades cinematográficas. La censura también existía por aquel entonces en Hollywood, y con ella tuvo que enfrentarse de una forma patente Alfred Hitchcock. Su forma de entender el cine le empujaba a realizar películas caracterizadas por una alta dosis de suspense e intriga pero también una pequeña dosis de erotismo, la cual debía sin embargo ocultarse o plasmarse con cuentagotas. Con la abolición del código Hays tuvo lugar cierta liberación al respecto, aunque naturalmente las constricciones no han desaparecido, ya sean impuestas por productoras o por otros medios, por mucho que ya no se encuentren catalogadas en un listado de reglas. De hecho, a veces son los propios cineastas los que optan por trabajar bajo un contexto estricto de restricciones, precisamente para estimular su creatividad y superar un desafío concreto. Las cosas pues no han cambiado tanto y la sombra de Hitchcock es alargada. Si El desconocido del lago (L’inconnu du lac, 2013) muestra en unos parámetros que no pueden ser más explícitos lo que el maestro del suspense a menudo se veía forzado a dejar turbadoramente implícito, su director Alain Guiraudie se autoimpone por otro lado una serie de condiciones en lo que respecta a sus actores, su historia y la localización en que la misma transcurre.

    En efecto, estamos ante un relato homosexual en el que todos los personajes son masculinos, reunidos todos ellos en un lago por lo demás desierto y en sus boscosos alrededores. En ellos es donde toma cuerpo un drama que nuevamente mezcla el thriller y la sexualidad, con el protagonismo de un joven llamado Franck que se enamora de ese desconocido del título, Michel. Éste último tiene ya un amante, pero una noche en la que cree estar solo con él y ambos están nadando en el lago, Michel lo asesina ahogándolo en el agua. Y la fijación que Franck siente por él le conduce a presenciar el crimen escondido entre los árboles cerca de la playa. El acontecimiento marca pues el gran punto de inflexión de una historia que hasta entonces evocaba cierta capacidad intimidatoria por la presencia de unos hombres anhelantes aunque pasivos, pero que se centraba más bien en el comportamiento despreocupado de Franck y en sus conversaciones amistosas con el menos agraciado Henri, el único hombre de la función que no se desnuda. A partir de entonces, por tanto, se introduce más claramente el género policiaco con algunos de sus elementos típicos, como la llegada de un sereno y encorvado detective y las preguntas que va formulando a Franck y Henri, principales sospechosos del fallecimiento no resuelto. Y con ello la inquietante intensidad de la narrativa va en aumento, aunque la misma es intencionadamente básica, no solo por sus reducidos personajes y su decorado único, sino por las simples motivaciones que empujan a aquellos, los diálogos casuales y tranquilos que intercambian y la progresión dramática que dibuja, hacia un provocador desenlace que mezcla el deseo y la muerte.

    por Ignacio Navarro
    septiembre 18, 2013

    Crítica | El desconocido del lago (L'inconnu du lac)

    por Ignacio Navarro | septiembre 18, 2013

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