De todos los realizadores orientales que han desembarcado en Hollywood con la intención de expandir sus talentos, tal vez sea
Ang Lee el mejor ejemplo de perfecta integración en la maquinaria estadounidense, sin renunciar por ello a su maestría para asumir cualquier género. El taiwandés lo mismo borda un drama de época (
Sentido y sensibilidad, 1995), que un retrato de la Ámerica de los 70 (
La tormenta de hielo, 1997), pasando por un curioso western (
Cabalga con el diablo, 1999), una exótica fantasía de artes marciales (
Tigre y dragón, 2000), un cuestionado blockbuster de superhéroes (
Hulk, 2003) y, especialmente, el romance homosexual
Brokeback Mountain (2005), que le supuso el Óscar al mejor director. Esta hazaña bien podría repetirse en 2013 con la adaptación del best-seller del canadiense Yann Martel
La vida de Pi, una superproducción de 120 millones de dólares que, a priori, podría despertar desconfianza a causa de la dificultad de plasmar semejante historia a la pantalla. Afortunadamente, el reto ha sido solventado con resultados brillantes.