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    CRÍTICA | OZ, UN MUNDO DE FANTASÍA

    Oz, un mundo de fantasía
    SOBREDOSIS DE MAGIA
    crítica de Oz, un mundo de fantasía | Oz: The Great and Powerful, Sam Raimi, 2013

        Los estertores del siglo XIX dieron vida a una fábula de largo recorrido. En su título, El mago de Oz, residía todo un universo lleno de matices, capacidad embriagadora y cierto espíritu freak, de parábola no tan evidente, pero cargada de esa fascinación que ya habían incorporado personajes como Alicia (la del País de las Maravillas) y Peter Pan. Base inconsciente del escritor L. Frank Baum, autor de la fastuosa saga literaria que nos dio a conocer a Dorothy, a Totó, a ese trío de inofensivos traumados hechos de paja, hojalata y —no tan— fieros rugidos. A las brujas en sus puntos cardinales, a la narración multicolor desde Kansas, un lugar demasiado anodino para una adolescente soñadora. En definitiva, carne de primera para la industria del cine, cuyos capitostes querían explotar el filón del relato infantil, trazando nuevas estrategias para atraer a su potencial público. O sea, los niños. Para ello, inmersos ya en la década de los 30, Louis B. Mayer y el productor Mervyn LeRoy acudieron a Victor Fleming para desarrollar la gran adaptación de El mago de Oz, que resultó un fracaso mayúsculo. Años más tarde, como suelen apuntar sus fans, se haría justicia con un clásico que ha resistido —mejor o peor, gracias a o por culpa de las numerosas remasterizaciones— al implacable paso del tiempo. Cuentan que, durante el rodaje, Judy Garland mostraba la típica conducta de adolescente engreída, que varios Totós salieron volando sin alas y que apenas hubo tiempo para las risas tranquilizadoras. Todo normal, ya que el cine —y, sobre todo, la industria que lo mueve— está en parte forjado por las crónicas que desmitifican al mito. La otra mitad, esa que definimos como mágica y apasionante, es el resultado de aunar técnica y algo de talento.

    Los comienzos importan, y mucho. El categórico “Érase una vez…” no funciona con tanta precisión como antes. Los niños sueñan con héroes plastificados, triunfadores en la máquina empresarial. Y Oz, un mundo de fantasía traduce esencialmente los imperativos de esa demanda: su protagonista, el futuro Mago, es un mujeriego, holgazán, impostor por necesidades económicas y más o menos cobarde que vive de paso, actuando en ferias y pueblos escondidos, ligando con atractivas mujeres a las que siempre les regala una caja de música. Es un ilusionista que sobrevive, sin más. Un Casanova imbatible. Cuesta creer que esas imágenes y ese acento genuinamente disneyiano tengan la singular rúbrica de Sam Raimi, un cineasta que despuntó con Posesión infernal y que vive hoy de los réditos nostálgicos. Porque Oz, un mundo de fantasía es también la respuesta mainstream disfrazada de nostalgia, una película —precuela del mencionado clásico— que se presenta en blanco y negro, en 1.33 y, por tanto, en el polvoriento paraje de Kansas, cuna del fabuloso Somewhere Over the Rainbow. Así, entre amenazas y huidas, llega el esperado Mago a Oz en globo. Y se amplía el formato de imagen y todo se llena de colores; colores saturados, tan vivos que hacen de ese mundo un personaje igual o más definitorio que los que veremos a partir de entonces. Luego, ya saben, están las brujas. Tres. Una morena y una rubia, y otra morena para romper el chotis. Mila Kunis, Michelle Williams y Rachel Weisz. Olvídense de las acepciones peyorativas de “bruja”. O mejor dicho, de las acepciones físicas peyorativas. El prestidigitador, que viaja junto a un mono alado y una muñeca de porcelana (lo mejor de la película) se verá envuelto en una encrucijada moral (y sexual). Hay enanos y pequeños ejércitos. Orgías cromáticas. Flores que son rubíes, como las que vendían en los todo a cien. Está el camino de baldosas amarillas. La sonrisa chulesca de James Franco, que exprime obsesivamente ese recurso. 

    LA BRUJA BUENA DEL SUR | Michelle Williams en un fotograma de 'Oz, un mundo de fantasía'

         Han pasado casi ochenta años desde el estreno en Estados Unidos de El mago de Oz. Hoy, el matrimonio entre Raimi y Disney pondrá de acuerdo a padres y críticos: si realizas un filme pretendidamente infantil (lícito y necesario, por cierto), no alargues el relato hasta las dos horas y quince minutos. Esta versión (predecible deudora de Alicia en el País de las Maravillas, de Tim Burton) ni aporta ni resta a lo visto con anterioridad. Dejando a un lado su aporte abiertamente maniqueo, se permite incluso una nota de estadista incendiario: el pueblo, en época de crisis, necesita de líderes, aunque sean fraudulentos. Su muestrario visual es portentoso, pero bajo esa línea de alta cosmética subyace una lectura (bastante superficial, no crean que llevo pensándolo mucho tiempo) preocupante. El bueno, la luz, es un mártir que debe impartir catecismo del rancio. No hay cuentos sin brujas, ni vidas sin egoísmo que extirpar. Pero, oiga, qué me dice del mono. Un derroche de simpatía. De pericia técnica, también. Si es usted director y quiere emocionar o hacer reír, compre o fabríquese un mono. Le aseguro que funciona. Yo no he podido resistirme ante ese animal vestido de botones. El principal triunfo, junto a la creación de porcelana que viste a lo Dorothy. Al final no es tanto un juego de dobles lecturas como un producto Disney. Más de lo mismo. ★★★★★

    Juan José Ontiveros.
    crítico de cine.

    Estados Unidos, 2013. Oz: The Great and Powerful. Director: Sam Raimi. Guión: Mitchell Kapner, David Lindsay-Abaire (Novela: L. Frank Baum). Música: Danny Elfman. Fotografía: Peter Deming. Reparto: James Franco, Mila Kunis, Rachel Weisz, Michelle Williams, Abigail Spencer, Zach Braff, Joey King, Tim Holmes, Bill Cobbs, Martin Klebba, Tony Cox, Otis Winston, Bruce Campbell.

    Oz: the great and powerful poster
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