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    Londres Film Festival 2013
    Londres Film Festival 2013
    The Keeping Room

    Érase una vez en el Sur

    crítica a The Keeping Room (2014), dirigida por Daniel Barber.

    En una industria cinematográfica tan faltada de ideas como la estadounidense, cualquier cosa que destile un mínimo de originalidad se recibe como una bocanada de aire fresco. Y hace años ya que la Black List, esa lista de los mejores guiones no producidos del año, se usa para darle una pátina de prestigio a películas que, o bien hubiesen pasado desapercibidas por ser demasiado pequeñas, o bien necesitan un plus de respetabilidad para añadirlo a los nombres de grandes estrellas de Hollywood. Por desgracia, por cada Margin Call (J.C. Chandor, 2011) o Chronicle (Josh Trank, 2012), ambas buenas obras salidas de la lista de marras, hay decenas de morralla infumable de todos los tamaños, colores y formas, de sacacuartos sonrojantes como Blancanieves y la leyenda del cazador (Rupert Sanders, 2012) u Oz, un mundo de fantasía (Sam Raimi, 2013) a despropósitos con más ínfulas de grandeza que vergüenza como Grace de Mónaco (Olivier Dahan, 2014) o Transcendence (Wally Pfister, 2014). The Keeping Room, que entró en la lista allá por el 2012, no está entre las primeras, pero por fortuna tampoco entre las segundas, y no digamos ya entre las terceras.

    La protagonista de The Keeping Room, Augusta (Brit Marling), es un personaje encallecido, heredera de las mujeres duras del cine en su versión tierra-de-la-frontera, aunque en realidad estemos en el Sur de los días finales de la Guerra Civil Norteamericana. Reside en una granja de Carolina del Sur junto a su —bastante insoportable— hermana adolescente, Louise (Hailee Steinfeld), y a la esclava doméstica de ambas, Mad (Muna Otaru). Un buen día, después de que Augusta se pase por el pueblo a comprar unos medicamentos, es seguida hasta la granja por dos soldados yanquis, Moses (Sam Worthington) y Henry (Kyle Soller). Lo que sigue es una historia de asedio doméstico, con los dos soldados —y su terrorífico doberman— descubriendo que el hecho de tener delante a tres mujeres solas no implica en absoluto que vayan a poder campar a sus anchas como pretendían.

    Hay en The Keeping Room algunos elementos tremendamente interesantes. La mirada de Hart (que a fin de cuentas, es mujer) y Barber a la violencia psicológica, física y sexual ejercida sobre las mujeres en tiempos de guerra, el presentar a éstas como personajes activos que se niegan en redondo a aceptar esa violencia y deciden tomar cartas en el asunto, y que el inevitable enfrentamiento central se produzca entre una mujer (Marling) y un hombre (Worthington) daban para una historia a la que se podía sacar mucho partido. La fotografía de Martin Ruhe concede una atmósfera oscura y opresiva a la historia, ayudando a crear una desagradable sensación de claustrofobia incluso en varias escenas que suceden al aire libre. Para rematarlo, se beneficia de una protagonista que, sin tener un personaje excelso, resulta excelente en lo que hace, pasando a engrosar la lista de grandes damas patea-culos del cine norteamericano (una está esperando que en cualquier momento aparezca al grito de “¡Aléjate de ella, puerca!” —o puerco, en este caso—). Demonios, hasta un actor tan insulso y simplón como Sam Worthington resulta aquí más que decente. Parece, en principio, tenerlo casi todo a su favor. Y sin embargo…

    por Unknown
    noviembre 15, 2014

    Crítica | The Keeping Room

    por Unknown | noviembre 15, 2014

    La soledad de la amante

    crítica de La mujer invisible | The Invisible Woman, de Ralph Fiennes, 2013

    A estas alturas de la película, pocos pueden poner en entredicho las excelentes aptitudes como intérprete del británico Ralph Fiennes, dos veces nominado al Oscar –La lista de Schindler (1993, Steven Spielberg) y El paciente inglés (1996, Anthony Minghella)– y con una carrera plagada de triunfos que, no obstante, en los últimos años parece haberse acomodado en papeles secundarios en proyectos destinados a arrasar las taquillas (las franquicias de Harry Potter o Furia de titanes, por ejemplo). Una manera muy inteligente de conseguirse buenos papeles que continúen perpetuando su prestigio ha sido la de pasarse a la dirección. Su hermana, Martha Fiennes, es una alabada realizadora que ha dirigido a Ralph en sus dos trabajos hasta la fecha, Onegin (1998) y Alta sociedad (2005), por lo que no resulta extraño que al actor se le despertara tarde o temprano la inquietud por ponerse detrás de las cámaras y, de paso, adjudicarse a sí mismo los interesantes personajes protagonistas. Con su debut en Coriolanus (2011), la adaptación de la obra de Shakespeare ambientada en la Roma contemporánea, Fiennes dividió a la crítica. Aun con todos sus defectos, la cinta demostró que estábamos ante un cineasta arriesgado y valiente, al que merecía seguir la pista en el futuro. Su segunda aportación como director es esta The Invisible Woman (2013) que adapta la novela de Claire Tomalin sobre la biografía de Nelly Ternan, una joven que se convirtió en la amante del novelista Charles Dickens durante los últimos años de su vida. Este amor clandestino, a espaldas de una hipócrita sociedad de la Inglaterra del siglo XIX capaz de acabar con la carrera del autor de Grandes esperanzas u Oliver Twist y la reputación de la muchacha si saliera a la luz, convirtió a Nelly en una auténtica mujer invisible (como muy bien indica el título), al tener que pasarse los años a la sombra de un hombre casado y padre de familia que, además, le dobla en edad.

    por José Martín León
    junio 05, 2014

    Crítica | The Invisible Woman, de Ralph Fiennes

    por José Martín León | junio 05, 2014
    Under the Skin

    La mujer que cayó a la tierra

    crítica de Under the Skin | Jonathan Glazer, 2013

    Desde que empezaron a aparecer los primeros detalles argumentales de Under the Skin, surgió una comparación, si bien inevitable no por ello menos molesta, que colocaba a la película de Jonathan Glazer (Sexy Beast) como la versión gafapasta de Species (Roger Donaldson, 1995). Es una manía de estos tiempos que corren, eso de convertir una historia en “una versión de…” sólo por el hecho de compartir ciertos elementos argumentales, aunque sean totalmente distintas en cuanto a forma, intención o incluso fondo (que se lo pregunten a la gente detrás de Los juegos del hambre… o de Battle Royale, que no sé cuál de los dos lados debe de estar más harto de la comparación de marras). Y es que, si bien Under the Skin comparte un –mínimo- punto de partida con la película de Donaldson (una hermosa mujer, que en realidad resulta ser un alienígena, devorando hombres literal y metafóricamente por toda la ciudad), cualquier posible parecido acaba ahí.

    Basada, o mejor dicho, inspirada, en una novela del escritor holandés Michel Faber (publicada en España por Anagrama, con el título de Bajo la piel), Under the Skin tiene por protagonista absoluta a Scarlett Johansson, quizá un tipo de actriz que descoloca ver en una película como esta. Algo que, pensándolo bien, no es en absoluto gratuito. Toda ella es un elemento discordante, tanto a nivel actoral (una estrella de Hollywood en mitad de rostros absolutamente desconocidos, cuando no directamente no profesionales) como puramente físico (la exuberante belleza de la actriz choca frontalmente con los pálidos y anodinos aspectos de todo el resto de personas que vemos en pantalla). En manos de Glazer, Scarlett Johansson resulta todo lo alienígena que uno puede esperar de alguien que, viviendo en la “galaxia Hollywood”, hubiese caído en medio del común de los mortales. Por cierto, que nadie espere ver a la Scarlett glamourosa y radiante a la que el público está acostumbrado: parapetada tras un exagerado abrigo de piel falsa, una peluca negra y un kilo de maquillaje aún más choni que el de su personaje en Don Jon, la actriz neoyorkina aparece casi como una caricatura de sí misma; algo que podría bordear el ridículo, de no ser porque el espectador está más ocupado observando, con cierto mal rollo en el cuerpo, el rostro impasible bajo el maquillaje, los ojos de un ser que no se inmuta ante lo que ve. Del que intuimos que podría devorarnos sin pestañear. Esos primeros planos del rostro frío y vacío de la criatura que hay tras el volante de la destartalada furgoneta blanca que recorre las calles de Glasgow observando, buscando, eligiendo, son mucho más perturbadores que algunas de las situaciones más obvias que se puedan plantear durante la película. Puede que con este extraño ser, que apenas pronuncia un puñado de frases en todo el metraje, Jonathan Glazer le haya regalado a Scarlett Johansson el mejor papel de su carrera, al menos hasta el momento.

    por EAM
    abril 09, 2014

    Crítica | Bajo la piel (Under the Skin)

    por EAM | abril 09, 2014
    Una vida en tres días, de Jason Reitman

    El sufrimiento es bello

    crítica de Una vida en tres días | Labor Day, de Jason Reitman, 2013

    Comentaba con un compañero, poco después del pase de Una vida en tres días en el Festival de Londres, lo bien que se le da a Kate Winslet ejercer de mujer sufridora, pero no con glamour, elegancia y maquillaje perfectísimo, sino de sufridora real, con sudor, con la cara hinchada de llorar y hecha unos zorros de la cabeza a los pies. Y es cierto: Kate Winslet es lo más cercano que Hollywood jamás estará de la mujer normal y corriente, con sus imperfecciones, sus (supuestos) kilos de más y su capacidad de pasar de parecer una auténtica estrella a la señora de la casa de la esquina a la que los críos matan a disgustos. Y Una vida en tres días se beneficia, precisamente, de la habilidad de sus dos actores protagonistas para encarnar dos estereotipos muy concretos: el ya mencionado en el caso de Winslet, y el del tipo violento apenas contenido con el que ha hecho lo propio Josh Brolin (bueno, en este último caso no tengo claro que sea un estereotipo encarnado: Brolin tiene pinta de poder arrancarte la cabeza si lo cabreas). Ambos son los ejes sobre los que gira la película, los protagonistas de una historia de amor vulgar y corriente (con cierto énfasis por parte del director Jason Reitman en lo de “vulgar”), que sin embargo resulta menos irritante y más emotiva que las anteriores —y muy gafapásticas— películas del hijo de Ivan Reitman. El elemento humano, que diría el Steve Coogan de Philomena.

    Basada en la novela de Joyce Maynard (publicada en España por Duomo, con el título de Como caído del cielo), Una vida en tres días tiene por protagonista a Henry (Gattlin Griffith), un chaval preadolescente que vive con su madre, Adele (Winslet), en uno de esos vecindarios suburbanos que tanto gustan a los anglosajones. Ésta, por cierto, vive sumida en una profunda depresión desde que se divorció del padre de su hijo (Clark Gregg), y se ha convertido prácticamente en dependiente de la compañía del muchacho. Es por eso que hará todo cuanto esté en su mano para protegerlo cuando, en un día de compras, Henry es retenido por Frank (Brolin), un preso fugado y perseguido por la policía de medio estado, que ve a hijo y madre como su billete a la libertad. A lo largo de tres días de 1987, durante el puente del Día del Trabajo (el Labor Day del título original), Adele y Frank establecerán una compleja relación que cambiará sus vidas, y, de paso, también la de Henry. Está claro que estamos ante la película más “convencional” de Jason Reitman, si por convencional entendemos dejar atrás la comedia ácida (que, para quien esto escribe, sólo tocó realmente en Young Adult), y abrazar los cánones del drama 100% “made in Hollywood”. ¿Es esto malo? Pues, la verdad, a mí no me lo parece. He dejado claro en numerosas ocasiones que no tengo nada en contra del “cine de Hollywood”, un apelativo que algunos esgrimen hacia ciertas películas casi como si fuese un escupitajo. Es más, creo que el cine de Hollywood, así sin comillas, puede llegar a ser un producto no sólo la mar de digno, sino muy necesario. ¿Qué hay de malo en películas que nos proporcionen un mínimo de evasión, ya sea a base de superhéroes, de comedias románticas o de dramones? Evidentemente, todo tiene unos límites, y no voy a defender ni Los 4 fantásticos, ni las películas de Adam Sandler, ni ciertos productos que están a un actor famoso de ser telefilmes Hallmark. Pero tampoco voy a caer en la tan manida costumbre de despreciar, por venir de la gran industria, una historia que probablemente hubiese hecho llorar sangre a cierto tipo de aficionados al mal llamado “cine con mayúsculas” (con comillas), si hubiese venido de la mano de un director coreano/polaco/austrohúngaro y con actores cuyos nombres pronunciados podrían despertar al gran Cthulhu.

    por Unknown
    marzo 14, 2014

    Crítica | Una vida en tres días

    por Unknown | marzo 14, 2014
    Only Lovers Left Alive, de Jim Jarmusch

    La insoportable (y deliciosa) levedad del no-muerto

    crítica de Solo los amantes sobreviven | Only Lovers Left Alive, de Jim Jarmusch, 2013

    Hace años que Jim Jarmusch no es el que solía ser. Desde Ghost Dog (1999), y con la excepción de Flores rotas (2005), andaba perdido, y el comentario habitual era que "había perdido su toque". Los límites del control (2009) fue un despropósito mayúsculo, y hubo quien se apresuró a afirmar que la carrera del director de Ohio estaba muerta y enterrada. Quizá por eso, Jarmusch ha decidido volver al cine de la mano de una pareja de no muertos, que en el fondo, retratan bastante bien la carrera cinematográfica de Jarmusch: extraños, melancólicos, hermosos... y no al alcance de cualquiera. Only Lovers Left Alive es una película cuyos diálogos y referencias requieren del espectador una cierta base cultural; sin embargo, también se burla, en ocasiones despiadadamente, de aquellos que la tienen (o al menos de los que presumen de tenerla), y, en buena medida, del público objetivo de su director. Ese vampiro emo, resabiado y asqueado con el mundo al que encarna Tom Hiddleston sólo puede ser entendido como una pulla de Jarmusch a sus espectadores. Ni vosotros sois tan listos, ni el resto del mundo tan estúpido, aunque os convenzáis cada día de lo contrario.

    Los protagonistas de Only Lovers Left Alive son dos vampiros que han rondado por la Tierra desde tiempos inmemoriales, y que responden a los muy significativos nombres de Adam (Hiddleston) y Eve (Swinton). Cuando los encontramos al principio de la película, él se encuentra en Detroit, y ella en Tánger. La profunda depresión y creciente asqueo de Adam con el mundo provocarán su reencuentro, justo a tiempo para que la hermana de ella, Ava (Wasikowska), haga acto imprevisto —y no deseado— de aparición, poniendo sus vidas patas arriba. Puede parecer un resumen argumental poco preciso, pero es que, en realidad, poco más sucede. Only Lovers Left Alive no es una historia de vampiros trepidante, sino lánguida y, en cierto modo, introspectiva. Lo importante no es lo que sucede, sino sus diálogos, sus puntos de vista —que, en muchas ocasiones, no dejan de ser los que Jarmusch ha expresado más de una vez—, y, sobre todo, su impagable, delicioso y malvado sentido del humor, que gana enteros cuanto más impasibles y fríos se muestran sus dos protagonistas.

    por Unknown
    diciembre 21, 2013

    Crítica | Solo los amantes sobreviven

    por Unknown | diciembre 21, 2013

    Cómplices en la fragilidad

    crítica de Sobran las palabras | Enough Said, de Nicole Holofcener, 2013

    Fue una explosión mayúscula de juventud. Un latido repitiéndose a mil por hora con arrítmica cadencia. Después, juegos y confesiones y silencios trémulos en lugares insospechadamente alejados y próximos a su vez. Os sentíais en una nube sin rumbo ni paradas, a placer y sin intereses que —luego, a continuación— acabarían cobrándose la peor factura: el hábito de soportar al otro. Esa cara, ese cuerpo, esos ronquidos, ese qué sé yo indescifrable que nos hace "ser" y nunca, jamás, a imagen y semejanza del otro. Aquel estado de éxtasis semiinconsciente que a menudo cristaliza en la sagrada institución del matrimonio. Hasta que la parca o la hipoteca (una forma de asesinato, o la muerte en vida) os separase, con la autoridad santiguándose o rellenando un simple formulario en un despacho no tan decimonónico, concluyendo "yo os declaro marido y mujer". Tú y tú. Plenitud incandescente. Todo iba bien y brillaba un sol muy propicio para hablar de metáforas que desembocan en tragedias. Y a veces, sólo a veces, incluso en bostezos de oso-hombre que muta categóricamente en sociópata adicto a los cannoli, a la pasta fría en tuppers y cubierta con papel de aluminio sobre estalagmitas de mozzarella rallada y escurridizos espaguetis que se escurren entre unos labios rojos como tomates. Aunque no era tal el caso. Porque vosotros, ay, decidisteis revitalizar el tópico de la pareja (im)perfecta. Tú, mujer poetisa. Tú, hombre historiador televisivo. Tú, mujer masajista de pelo negro. Tú, señor empresario admirablemente formal. Os casasteis a los treinta y pocos (ese pico sin vértice que nunca importa pero sí, porque la gravedad estira hacia abajo y sus efectos son cada vez mayores y más visibles cumplidos ya los treinta y muchos) y rápidamente tuvisteis una hija guapa y saludable. Erais felices, o todo lo felices que cabía esperar tras seis, quizá ocho años de matrimonio bajo el mismo techo. Nadie regala nada y las instituciones tienden a caer grave y lentamente cual asteroide perdido en un sistema sin sol. Apenas un foco irradiando luz negra. Ley de vida, os dijeron: naces, te desollas las rodillas, te enamoras y, con suerte, aún vives para contarlo sin haber querido. O para querer sin contarlo.

    por Anónimo
    diciembre 20, 2013

    Crítica | Sobran las palabras

    por Anónimo | diciembre 20, 2013
    A propósito de Llewyn Davis

    Retrato del artista fracasado

    crítica de A propósito de Llewyn Davis | Inside Llewyn Davis, de Joel Coen & Ethan Coen, 2013

    Desde que debutaron en la dirección con Sangre Fácil allá por 1984, Joel y Ethan Coen han gozado, casi unánimemente, de las alabanzas y el éxito entre la crítica y el público. Quizás por eso resulta como mínimo paradójico que hayan dedicado su última película a un tema -o temas- tan ajeno a ellos como el de los genios ocultos y las oportunidades perdidas. Inside Llewyn Davis se abre con el protagonista, encarnado por Oscar Isaac, entonando más que bien un clásico del folk cual es Hang me, oh hang me. A partir de ahí, la decimoctava película de los hermanos Coen se convierte en un homenaje a todos aquellos artistas que se quedaron a las puertas del éxito, unos por no ser capaces de asumir el precio a pagar por él, y otros simplemente por haber llegado demasiado pronto. Como Llewyn Davis, ese cantante cínico e irresponsable, pero también poético y profundamente triste encarnado de forma magistral por Isaac, cuya nominación al Oscar debería estar más que asegurada y que demuestra aquí que merece más que los papeles secundarios que Hollywood le ha destinado hasta ahora (de Ágora a Drive, pasando por el Robin Hood de Ridley Scott o la infumable Sucker Punch).

    La película abarca una semana en la vida de Llewyn Davis (Isaac), un cantante de folk neoyorquino de principios de los '60. Deprimido, furioso bajo su aspecto de estar de vuelta de todo y sin un céntimo en el bolsillo, Llewyn se arrastra de sofá en sofá, confiando en la bondad de los extraños, que diría Blanche DuBois, poniendo patas arriba la vida de todo el mundo y sin tener claro si seguir o no en un mundo, el de la música, que parece darle la espalda a pesar de -o tal vez debido a- su notorio talento. Ése es el punto de partida para hablar del éxito y del fracaso, del momento en que la posibilidad del primero se convierte en el segundo, y de cómo y cuándo decir “hasta aquí hemos llegado”, si es que tal cosa es posible. Temáticamente, pues, no está demasiado alejada de Barton Fink (1991), pero a nivel emocional y visual, se acerca mucho más a esa pequeña joya que fue Un tipo serio (2009) —que, al igual que el propio Llewyn Davis, pasó prácticamente desapercibida—, salpicada por unas gotas del Woody Allen de Acordes y desacuerdos (1999) y Broadway Danny Rose (1984).

    por Unknown
    diciembre 10, 2013

    Crítica | A propósito de Llewyn Davis

    por Unknown | diciembre 10, 2013
    12 años de esclavitud, de Steve McQueen

    Solomon en los infiernos

    crítica de 12 años de esclavitud | 12 Years a Slave, de Steve McQueen, 2013.

    Qué gran director es Steve McQueen. Con sólo tres creaciones ha conseguido retratar un espectro de emociones mayor (y mejor) que muchos que llevan 30 años en esto del cine. Sus películas son tan descarnadas, tan certeras, que duelen. Ver cualquiera de ellas es una experiencia que no deja a nadie indiferente, y casi me atrevo a decir que deberían ser de obligada visión para todo el mundo. Con 12 años de esclavitud, su obra más comercial hasta la fecha, ha creado uno de los relatos más aterradores, brutales y emotivos sobre una época que en Estados Unidos (casi) todo el mundo parece querer olvidar; una época en la que un puñado de personas tuvieron poder sobre la existencia de otras en virtud únicamente del color de su piel. Lo hace a través de la historia de Solomon Northup, quien, a pesar de ser un hombre libre, fue secuestrado y vendido como esclavo, condición en la que pasó los siguientes doce años de su vida, pasando de amo en amo y encontrándose con todo tipo de situaciones y personas en su camino.

    McQueen no nos ahorra nada: ni una palabra, ni una humillación, ni un golpe. Y consigue hacerlo sin que resulte sensacionalista ni morboso. Pero sí extremadamente doloroso, en todos los sentidos de la palabra. Hay escenas en las que el espectador no puede más que retorcerse en la butaca, con los pelos de punta por el horror, la rabia, la impotencia ante la atrocidad que está contemplando, y que, en muchos casos (la mayoría), sólo se llega a ver de refilón. Porque McQueen sabe dosificar lo que tiene entre manos para no caer en el efectismo barato, y a veces sólo un sonido, un rostro o una mirada pueden ser más indicadores del horror que una imagen explícita. Y qué miradas. Las de tres actores, con diferentes grados de fama, que paren tres personajes extraordinarios. Empezando, claro, por Chiwetel Ejiofor, actor bastante conocido en el Reino Unido (era el marido de Keira Knightley en Love Actually), cuya enorme expresividad —¡esos ojos!— es capaz de contarlo todo, incluido aquello que no quieres saber. Siguiendo por la desconocida Lupita Nyong'o, que no sólo sale airosa de su cara a cara con un reparto brutal y en estado de gracia, sino que compone el personaje más trágico y doliente, el más directo al hueso de toda la película. Si esta chica no gana el Oscar a la Mejor Actriz de Reparto, será para mandar definitivamente a la Academia a freír espárragos. Y luego está Michael Fassbender. Decir que está sensacional es poco. El actor fetiche de McQueen compone uno de los pedazos de escoria más aborrecibles jamás vistos en una pantalla; no es agradable, no es carismático, no tiene posibilidad alguna de redención. Es un ejemplar terrorífico de lo más repulsivo y miserable de la condición humana. Su sola presencia, su forma de hablar, de moverse, de mirar, son indignantes. Es una pesadilla andante que Fassbender consigue convertir en carne y hueso de forma absolutamente magistral.

    por Unknown
    noviembre 27, 2013

    Crítica | 12 años de esclavitud

    por Unknown | noviembre 27, 2013
    Tom en la granja

    Les enfants terribles de Dolan

    crítica de Tom en la granja | Tom à la ferme, de Xavier Dolan-Tadros, 2013

    Xavier Dolan se ha atrevido, en el cuarto filme de su prematura carrera cinematográfica de inconfundible sello, a virar el timón de sus cámaras y embarcarse en una propuesta de cine negro. Tom à la ferme, ambientada en una siniestra granja de ambiente estático donde el aire se podría cortar con cuchillos, adolece de ciertas incongruencias y excentricidades que limitan el resultado final, pero sin duda hace gala de una estética magnética y claustrofóbica y de sobrias actuaciones interpretativas capaces de transmitir los deseos y pulsiones de sus personajes, furiosos y desequilibrados. En esta obra, ganadora del premio FIPRESCI del Festival de Venecia del presente año, el director canadiense es deudor de los grandes maestros del género más oscuro, con referencias a Alfred Hitchcock en los pasajes más tensos y violentos, y a David Lynch en los más oníricos y surrealistas, formando parte de una atmósfera nerviosa y electrizante donde los peores enemigos de los personajes, como en muchos ocasiones de la vida real, son ellos mismos.

    Para realizar este guión Dolan realizó una adaptación de la obra de teatro homónima de Michel Marc Bouchard, y para comenzar, la trama tiene su punto de inicio en un suceso trágico: Tom es un muchacho joven y amable de Montreal que trabaja como creativo publicitario y que se halla deprimido tras el fallecimiento de su novio a causa de un aparatoso accidente. Interpretado de manera genial por el propio Dolan, Tom acude a la casa familiar situada en el Quebec profundo, para asistir al funeral del fallecido Guillaume. Allí se encuentra una madre, apesadumbrada y de talante bipolar entre la calma y la agresividad, que parece desconocer por completo las relaciones homosexuales de su hijo y a su autoritario y morboso hermano, que lo obliga a participar en la farsa de inventar una “novia ficticia” para cubrir la verdadera identidad de Guillaume. El hermano, gracias a una interpretación con mucha garra y rabia por parte de Pierre-Yves Cardinal comienza un tira y afloja con Tom, que se debate entre la el duelo de su pérdida, sus instintos más animales y la mentira conformista que se le impone con respecto a su vida anterior. El protagonista se queda perplejo de que ninguna persona del pueblo le dirija la palabra al hermano de Guillaume y decide, todavía en shock emocional, quedarse algunos días más en la granja para ayudar a la familia, en un paisaje de tenebrismo donde los terrores parecen amplificarse por las noches, los secretos aguardar trémulos en campos de máiz turbulentos que podrían haber sido imaginados por Van Gogh, y donde cada rincón de la casa parece contener la huella de heridas sin cicatrizar y sucios secretos irresolutos.

    por Anónimo
    noviembre 17, 2013

    Crítica | Tom en la granja

    por Anónimo | noviembre 17, 2013
    Ida, de Pawel Pawlikowski, 2013

    De la fe y otros demonios

    crítica de Ida | Pawel Pawlikowski, 2013

    El cine polaco no ha dado demasiado que hablar en los últimos años. Dentro de una cinematografía pequeña y anclada en un puñado de tópicos, Ida, quinta película de Pawel Pawlikowski, es un pequeño e inesperado oasis de calidad. Pawlikowski, director polaco afincado en Londres, había dirigido dos películas tremendamente británicas como Last Resort (2000) y My Summer of Love (2004), que no hacían prever el giro casi filosófico que ha tomado con Ida. Su protagonista es Anna (Agata Trzebuchowska), una joven novicia que se encuentra a punto de hacer sus votos finales en el mismo convento católico donde fue abandonada en 1945, cuando era un bebé. Antes de que eso suceda, la madre superiora la insta a que visite a su única pariente viva, su tía, Wanda Gruz (Agata Kulesza); ésta, antigua funcionaria de alto nivel del partido comunista que, debido a su conducta más que irregular, se ha visto reducida a ejercer de magistrada local, es una mujer dura, misántropa y rayana en el alcoholismo, entre otras adicciones. En plena borrachera, le revela a Anna una verdad que no esperaba: su verdadero nombre es Ida Lebenstein, y es judía. Tal revelación embarcará a tía y sobrina en un viaje por las carreteras de Polonia, en busca de la verdad sobre el destino de los padres de Ida, pero también de la historia personal de Wanda y de la posibilidad de una vida más allá de los muros religiosos y políticos que las atrapan.

    Reminiscente, al menos en su aspecto formal, del cine de Ingmar Bergman e incluso del de Carl Theodor Dreyer, Ida resulta un contundente análisis de la fe, entendida en su sentido más amplio y no sólo en el religioso, en un país tan sacudido por las complicaciones derivadas de ella como la Polonia de los años '60. Estamos ante una película de choques; al más tópico choque generacional entre Anna/Ida y Wanda, se superponen toda una serie de distintos enfrentamientos, algunos más inevitables que otros en el lugar y momento en que se ambienta la película. El intenso choque religioso entre católicos y judíos, la lucha por las conciencias populares entre la iglesia (católica) y el estado (comunista), y el abismo, preñado en ocasiones de resentimiento, entre los que vivieron los horrores de la guerra y los que nacieron en tiempos de (relativa) paz, se ven reflejados en uno y otro personaje, a veces insalvables, y otras veces con la chispa de la posible reconciliación.

    por Unknown
    noviembre 10, 2013

    Crítica | Ida

    por Unknown | noviembre 10, 2013

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