El sufrimiento es bello
crítica de Una vida en tres días | Labor Day, de Jason Reitman, 2013
Comentaba con un compañero, poco después del pase de Una vida en tres días en el Festival de Londres, lo bien que se le da a Kate Winslet ejercer de mujer sufridora, pero no con glamour, elegancia y maquillaje perfectísimo, sino de sufridora real, con sudor, con la cara hinchada de llorar y hecha unos zorros de la cabeza a los pies. Y es cierto: Kate Winslet es lo más cercano que Hollywood jamás estará de la mujer normal y corriente, con sus imperfecciones, sus (supuestos) kilos de más y su capacidad de pasar de parecer una auténtica estrella a la señora de la casa de la esquina a la que los críos matan a disgustos. Y Una vida en tres días se beneficia, precisamente, de la habilidad de sus dos actores protagonistas para encarnar dos estereotipos muy concretos: el ya mencionado en el caso de Winslet, y el del tipo violento apenas contenido con el que ha hecho lo propio Josh Brolin (bueno, en este último caso no tengo claro que sea un estereotipo encarnado: Brolin tiene pinta de poder arrancarte la cabeza si lo cabreas). Ambos son los ejes sobre los que gira la película, los protagonistas de una historia de amor vulgar y corriente (con cierto énfasis por parte del director Jason Reitman en lo de “vulgar”), que sin embargo resulta menos irritante y más emotiva que las anteriores —y muy gafapásticas— películas del hijo de Ivan Reitman. El elemento humano, que diría el Steve Coogan de Philomena.
Basada en la novela de Joyce Maynard (publicada en España por Duomo, con el título de Como caído del cielo), Una vida en tres días tiene por protagonista a Henry (Gattlin Griffith), un chaval preadolescente que vive con su madre, Adele (Winslet), en uno de esos vecindarios suburbanos que tanto gustan a los anglosajones. Ésta, por cierto, vive sumida en una profunda depresión desde que se divorció del padre de su hijo (Clark Gregg), y se ha convertido prácticamente en dependiente de la compañía del muchacho. Es por eso que hará todo cuanto esté en su mano para protegerlo cuando, en un día de compras, Henry es retenido por Frank (Brolin), un preso fugado y perseguido por la policía de medio estado, que ve a hijo y madre como su billete a la libertad. A lo largo de tres días de 1987, durante el puente del Día del Trabajo (el Labor Day del título original), Adele y Frank establecerán una compleja relación que cambiará sus vidas, y, de paso, también la de Henry. Está claro que estamos ante la película más “convencional” de Jason Reitman, si por convencional entendemos dejar atrás la comedia ácida (que, para quien esto escribe, sólo tocó realmente en Young Adult), y abrazar los cánones del drama 100% “made in Hollywood”. ¿Es esto malo? Pues, la verdad, a mí no me lo parece. He dejado claro en numerosas ocasiones que no tengo nada en contra del “cine de Hollywood”, un apelativo que algunos esgrimen hacia ciertas películas casi como si fuese un escupitajo. Es más, creo que el cine de Hollywood, así sin comillas, puede llegar a ser un producto no sólo la mar de digno, sino muy necesario. ¿Qué hay de malo en películas que nos proporcionen un mínimo de evasión, ya sea a base de superhéroes, de comedias románticas o de dramones? Evidentemente, todo tiene unos límites, y no voy a defender ni Los 4 fantásticos, ni las películas de Adam Sandler, ni ciertos productos que están a un actor famoso de ser telefilmes Hallmark. Pero tampoco voy a caer en la tan manida costumbre de despreciar, por venir de la gran industria, una historia que probablemente hubiese hecho llorar sangre a cierto tipo de aficionados al mal llamado “cine con mayúsculas” (con comillas), si hubiese venido de la mano de un director coreano/polaco/austrohúngaro y con actores cuyos nombres pronunciados podrían despertar al gran Cthulhu.