Miradas de liderazgo
Crítica ★★★★☆ de «Small Axe: Mangrove», de Steve McQueen.
Reino Unido, 2020. Título original: Small Axe: Mangrove. Dirección: Steve McQueen. Guión: Alastair Siddons, Steve McQueen. Compañías productoras: BBC, Turbine Studios, Lammas Park, Emu Films, Amazon Studios. Fotografía: Shabier Kirchner. Música: Mica Levi. Montaje: Chris Dickens, Steve McQueen. Diseño de producción: Helen Scott. Vestuario: Lisa Duncan. Producción: Anita Overland, Michael Elliott, Simon Bird, Steve McQueen, Rose Garnett, Charlotte Andrews, Susan Dolan. Reparto: Shaun Parkes, Letitia Wright, Malachi Kirby, Rochenda Sandall, Jack Lowden, Sam Spruell, Gershwyn Eustache Jnr, Nathaniel Martello-White, Richie Campbell, Jumayn Hunter, Gary Beadle, Richard Cordery, Alex Jennings, Derek Griffiths, Jodhi May, Llewella Gideon, Tahj Miles, Michelle Greenidge, Thomas Coombes, Joseph Quinn, Doreen Ingleton, Tyrone Huggins, Samuel West, Joe Tucker, James Hillier, Steven O’Neill, Ben Caplan, Stefan Kalipha, Akbar Kurtha, Shem Hamilton. Duración: 124 minutos.
Percusión de tambores metálicos, movimiento de cadera a ritmo de calipso y un buen plato de roti picante. Así vivía, sonaba y hasta bailaba la comunidad afrocaribeña de Notting Hill a finales de los años 60. Pero a la vez, sin tiempo para recuperar el aliento, la zona se intoxicaba de estallidos repentinos de violencia perpetrados por la policía metropolitana de Londres. Justo allí, en medio de este frágil equilibrio urbanita, a caballo entre el sabor antillano y las irrupciones de la facción más colonial de Scotland Yard, surge —como un tótem tropical— una mirada. La mirada de Frank Crichlow, el dueño del Mangrove Restaurant —interpretado por un espléndido Shaun Parkes— que da nombre al primer largometraje de
Small Axe (2020), la serie de cinco capítulos sobre la
west indian community de Londres. La producción da cuenta de una serie de sucesos históricos —menos conocidos de lo que deberían— y que en
Mangrove bien podrían leerse desde el punto de vista de Frank. Como si toda esa tensión que se vive y se sufre, entre el vitalismo trinitense del barrio y las redadas de un cuerpo policial cargado de prejuicios, quedase atrapada en su retina. En esa mirada de ojos saltones, color pardo oscuro, que McQueen destaca con especial predilección por el primerísimo primer plano. Una mirada, a veces, serena y cómplice ante el discurrir del entorno; como cuando Frank envía señales pícaras a una vecina que pasea por la calle o recibe a la habitual clientela en su local de All Saints Road. Otras veces inquieta y furiosa, cada vez que la autoridad penetra en el restaurante para intimidar y destrozar lo que para muchos fue un punto de unión y paz. Conectado a raíces y recuerdos. Machacado a golpe de porra.
La Notting Hill que McQueen retrata también es una Notting Hill en construcción. Lo descubrimos a través de planos en continuidad y otros que, simplemente, se abren en largo zoom —ese recurso tan utilizado en los 70 por directores como Coppola, Siegel y Ward Baker—, pero también de fotografías en blanco y negro, que el realizador acompaña con una
playlist selecta de temas de Symarip, Bob Marley y The Versatiles que se dan la mano con el sonido intradiegético de viviendas en obras y niños correteando sobre asfalto agrietado. A medio camino entre la imagen de archivo y una reconstrucción de época que a veces flirtea con lo digital, el director emplea este trasfondo para situarnos en un espacio en proceso de cambio: en el paisaje y en lo social. Un cambio que tiene que ver con las dificultades que atravesó la generación del Windrush —el primer barco que zarpó de Antillas al Reino Unido tras la II Guerra Mundial— y las de sus hijos y nietos, que se toparon con lo más parecido a la versión europea del
apartheid. En este sentido, para McQueen, el restaurante que da nombre a la película es un refugio necesario. Del que entramos y salimos con la gente a través de estimulantes planos-secuencia. Un lugar idóneo para el diálogo, el reencuentro y hasta la reivindicación de derechos civiles frente a las estructuras de poder de una Londres racista e intolerante. Hablamos de la Londres de la campaña del miedo, como bien recuerda Altheia Jones-LeCointe —soberbia Letitia Wright— cuando menciona los «ríos de sangre» de los que hablaba Enoch Powell, parafraseando a Virgilio, en su apocalíptico discurso proto-Brexit contra la inmigración. En este punto todo remite, de nuevo, a una mirada. Un rostro. Una épica del aguante, la resistencia y la dignidad. La de Frank, desde luego, pero también la del grupo al que pertenece.
Y es que, aunque la mirada de Frank le sirva a McQueen como herramienta de síntesis, el de
Mangrove es un protagonismo plural. Especialmente cuando se pone el foco sobre dos momentos clave de la historia de Notting Hill. Por un lado, la manifestación del 9 de agosto de 1970 en North Kensington, en la que más de un centenar de personas se agolparon frente a la comisaría del distrito al grito de «Hands-off the Mangrove!». Por el otro, la batalla por la libertad en Old Bailey, uno de los juicios más largos que se han celebrado en Gran Bretaña, en el que declararon 9 personas injustamente detenidas por incitar a la violencia. Entre ellos, Frank Crichlow, el escritor y defensor de justicia racial Darcus Howe —que Malachi Kirby encarna con virtuoso despliegue de gestos y acento—, la mentada líder de los
british panthers Jones-LeCointe —también enfática en lo vocal— y la activista y escritora Barbara Beese, que interpreta una Rochenda Sandall encomiable. A través de estos personajes —parte de un amplio reparto con tendencia al histrionismo—, McQueen reconstruye la historia desde una puesta en escena enérgica en ritmo de montaje. Su punto de vista muta de los planos temblorosos que acompañan de cerca a los manifestantes —marchamos con ellos entre pancartas, puños alzados y esa cabeza de cerdo que Sandall luce cual estandarte— a la épica judicial del último tercio de película. En este último, el director se sirve de toda clase de angulaciones y detalles para exhibir un barroco montaje de evolución temporal y un imponente duelo de contrapicados, librado entre la autodefensa de Darcus Howe —memorable es su discurso final «It’s closing time» contra la desigualdad— y unos testigos que no saben a qué agarrarse. Como el oficial Pulley interpretado por Sam Spruell —un mosaico de nervios y caras de tonto, pero que siempre aparece en contrapicado, reflejo de la impunidad de la policía por racista o mentirosa que fuera— como contrapunto sádico y torpe en un relato donde buenos y malos, acosados y acosadores, dibujan un panorama que peca un tanto de maniqueo.