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    Ken Loach
    Ken Loach
    || Críticas | 68 SEMINCI | ★★★★☆
    El viejo roble
    Ken Loach
    La esperanza frente al capitalismo


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Reino Unido, 2023. Título original: «The Old Oak». Dirección: Ken Loach. Guion: Paul Laverty. Producción: Sixteen Films, Why Not Productions. Distribuidora en España: Vértigo Films. Música: George Fenton. Fotografía: Robbie Ryan. Reparto: Dave Turner, Ebla Mari, Trevor Fox, Joe Armstrong, Debbie Honeywood, Neil Leiper, Claire Rodgerson, Chris Mcglade. Duración: 110 minutos.

    Hace más de una década, Ken Loach afirmó que Jimmy´s Hall (2014) iba a ser su última película; luego llegó el estreno mundial en el Festival de Cannes y, con una sonrisa en el rostro, dijo que no se le ocurría qué otra cosa podía hacer sino rodar. Dos años después, volvió al certamen galo con la brutal Yo, Daniel Blake (2016), ganó la Palma de Oro y, de nuevo, anunció su retiro. Así, en 2019 realizó en Sorry we missed you, un incisivo análisis de la precarización de una sociedad desigual en la que el trabajo devora el reloj vital de la clase obrera, al mismo tiempo que le impide mantener cualquier tipo de relación social sana. La frase que encabezaba el póster de la película ya era bastante clarificadora: «¿De verdad queremos un mundo en el que el trabajo nos aleje de la familia?». El veterano cineasta sostuvo que la cinta nació ante la imposibilidad de convivir con esa injusticia y, otra vez, confirmó que era el cierre de su extensa filmografía. Ahora, asegura que con El viejo roble (The Old Oak, 2023), ganadora del premio del público y de mejor actor en la pasada edición de la SEMINCI, le pone el punto y final a su carrera. Y esta vez, a sus 87 años, parece decirlo en serio.

    La película, escrita por su incondicional Paul Laverty, sitúa al espectador en un pueblo del noreste de Inglaterra, empobrecido hasta los huesos; descolorido por el estatismo involuntario en el que se encuentran las vidas de unos habitantes asfixiados por la falta de oportunidades y la progresiva decadencia de un tiempo, el actual, sometido por el capitalismo. Allí, T.J (Dave Turner) regenta un bar, «El viejo roble», que es al mismo tiempo válvula de escape y entorno seguro para todas las personas que no pueden conseguir trabajo ni buscarlo fuera. La dificultad para pagar las facturas y sus luchas constantes contra la sombra de la soledad han convertido su existencia en un viacrucis en el que la cruz del silencio y los clavos de la desesperación no hacen sino mermar poco a poco su esperanza de salir adelante. Así, el día que llegue al pueblo un grupo de refugiados sirios huyendo de la guerra, T.J se opondrá a los comportamientos racistas —sostenidos sobre odios atávicos y motivados por la difícil situación económica— de sus amigos y convertirá su local en una zona de encuentro donde promover valores como la multiculturalidad, la solidaridad y la hermandad.

    El filme es un aullido desesperado que busca dejar en evidencia un sistema económico injusto que segrega a las personas, las explota, las humilla y les arrebata cualquier atisbo de felicidad que pueda germinar en sus rostros; es un espejo incómodo, pero profundamente necesario que le devuelve al espectador una imagen clara de sí mismo, de los impulsos egoístas y racistas que anidan en los más profundo de su personalidad, de la raíz de hipocresía sobre la que se construye su vocabulario; es una glosa al humanismo, al calor de esos gestos desinteresados con los que se busca construir una sociedad mejor en la que ondee la bandera de la primera persona del plural. Loach aplica las mismas reglas que en anteriores películas y decide seguir los pasos de un protagonista indefenso en una jungla competitiva donde no hay cabida para relaciones sociales que no tengan fines lucrativos y radiografía su cotidianidad en busca de un problema en apariencia particular, cuyo origen se encuentra en el propio sistema. Si en Yo, Daniel Blake la espina que desangraba al protagonista hasta la muerte era una brecha digital que le impedía solicitar ayudas sociales o la jubilación anticipada, aquí es el proceso de decadencia que consume esos pueblos abandonados por las industrias que durante años les chuparon el alma. El director acierta a construir un relato en el que se muestra de forma traslúcida cómo la situación precaria de una persona la puede llevar a buscar un chivo expiatorio que esté aún más abajo que ella en la escala social. Porque en el capitalismo, dice Loach, hay una escalera de sometimiento que hace que los oprimidos, lejos de agruparse para intentar cambiar el sistema, busquen a alguien que esté en una situación de desigualdad, de precariedad, más grande que la suya para señalarle como el problema y, con esta excusa, maltratarle.

    El viejo roble aboga por la solidaridad frente al individualismo descarnado, adquiere la textura del cuento para arrojar algo de luz a una época necesitada de ella, tatúa en las pupilas del espectador la palabra esperanza y le insta a moverse, a tener, aunque sea, un mínimo gesto de afecto con alguien que lo necesite, a partir de lo concreto —el individuo— para llegar a ese ente abstracto llamado sociedad. Es una película necesaria, comprometida como ninguna otra y desgarradora como ella sola. Loach filma la realidad tal y como es: con sus maniqueísmos y sus complejidades, con sus altas dosis de pesadumbre y sus incontables injusticias. Si El viejo roble es realmente la última obra del director, supone un broche de oro perfecto para una filmografía valiente y cercana que siempre se ha mantenido del lado de los más débiles y nunca ha cejado en su empeño por cambiar el mundo. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    noviembre 18, 2023

    Crítica | El viejo roble

    por Rubén Téllez Brotons | noviembre 18, 2023
    || Cineclub | Colección FlixOlé |
    Tierra y libertad
    Ken Loach
    Somos muchos más


    Elisenda N. Frisach
    Barcelona |

    ficha técnica:
    España, 1995. Título original: «Land and Freedom». Direccción: Ken Loach. Guion: Jim Allen. Fotografía: Barry Ackroyd. Música: George Fenton. Producción: Marta Esteban, Ulrich Felsberg, Gerardo Herrero, Sally Hibbin y Rebecca O'Brien. Productora: Parallax Pictures/Messidor Films/Road Movies Britte Produktionen/RTVE/Polygram Filmed Entertainment/Working Title Films. Diseño de producción: Martin Johnson. Edición: Jonathan Morris. Intérpretes: Ian Hart, Icíar Bollaín, Rosana Pastor, Tom Gilroy, Marc Martínez, Frédéric Pierrot, Sergi Calleja, Raffaele Cantatore, Pascal Demolon, Paul Laverty, Josep Magen, Jürgen Müllern. Duración: 110 minutos.

    Artículo creado en colaboración con FlixOlé, plataforma de streaming bajo demanda especializada en producción y coproducción española que cuenta con un catálogo de 4.000 títulos.



    Hay en este espléndido acercamiento de Ken Loach a la Guerra Civil una secuencia clave, que sintetiza, formal y temáticamente, todas las virtudes que atesora la película. Se trata de aquella en la que el protagonista, David Carr (Ian Hart), habiéndose unido a las Brigadas Internacionales, y por tanto dejando atrás su pasado como soldado del POUM —partido cercano al trotskismo—, acata las órdenes de sus superiores y se aposta en la sede del Partido Comunista de Barcelona para defenderla de los milicianos de la CNT —de pensamiento anarquista—, que se sienten agraviados porque la policía los ha despojado de la Telefónica, entidad en su poder desde que fracasara el levantamiento militar en la Ciudad Condal.

    Con su habitual narrativa apegada a la perspectiva de los personajes, Loach no despliega una académica lección de historia, sino que encarna los acontecimientos reales acaecidos a través de las experiencias particulares que vive David. Así, el intercambio de disparos e improperios con los miembros de la CNT ilustra el período conocido como las Jornadas de Mayo de 1937, cuando en toda Cataluña, aunque con particular virulencia en su capital, se enfrentaron, de un lado, grupos de ideología anarquista y marxista, que seguían abogando por mantener las reformas socioeconómicas logradas con la Revolución Española de 1936 y, del otro, el Gobierno de la República, la Generalitat de Catalunya y otras facciones políticas, especialmente socialistas y comunistas, que habían pasado a apoyar la legalidad republicana de la preguerra.

    Toda esta secuencia tiene una potente atmósfera costumbrista, no solamente a causa del estilo cinéma vérité marca de la casa del director británico, sino también por sus notas de humor cotidiano, proporcionadas tanto por la señora que vuelve de la compra y riñe cual a niños a los contendientes de ambos lados, como por los pintorescos insultos —la mayoría, en catalán— que se lanzan comunistas y anarquistas. Si a ello le sumamos la amargura y la decepción que invaden el ánimo de David tras este encontronazo, hasta el extremo de romper su carnet del Partido, advertimos que Loach, como si se hiciera eco de las palabras de Max Estrella, ha retratado ese instante decisivo de la contienda bélica española como «una deformación grotesca de la civilización europea».

    Y es que, en verdad, eso es justamente lo que simbolizó la Guerra Civil para el resto del continente: el «laboratorio de ensayos» en el que eclosionaron todos los conflictos políticos que bullían en Occidente. No es casualidad que la pieza concatene un conjunto de secuencias con protagonismo colectivo, en las que abundan la recreación histórica, describiendo el entorno vital y espiritual de la época mediante planos generales, y el intercambio de ideas entre los personajes, mediante planos medios, mientras que Loach, siempre tan afecto a la escala humana de sus relatos, reserva los primeros planos a aquellos momentos que expresan la intimidad y los conflictos emocionales de David, Blanca (Rosana Pastor), Maite (Icíar Bollaín), Lawrence (Tom Gilroy) y compañía.

    Tampoco resulta baladí que Tierra y libertad se articule en torno a una intriga a dos tiempos, ya que ello responde a la voluntad de su máximo responsable de incidir en la supervivencia y vigencia de unos ideales de solidaridad e igualdad que llevaron a un joven de Liverpool a arriesgar su vida en las trincheras de un país foráneo. Igualmente, ello permite el empleo de la voz en off sin que resulte un recurso discursivo impostado, gracias a que esas palabras que glosan los acontecimientos proceden de las cartas que David escribió a su novia Kitty, y que ahora su nieta está leyendo. Y, en última instancia, la estructura analéptica sirve asimismo para implicar directamente a las nuevas generaciones en un pasado a menudo desconocido o silenciado.

    por Elisenda N. Frisach
    noviembre 02, 2022

    Tierra y libertad (1995): «Somos muchos más» | FlixOlé

    por Elisenda N. Frisach | noviembre 02, 2022

    Cuestión de forma

    Segundo capítulo de la crónica de la 72ª edición del Festival de Cannes.

    En la crónica publicada ayer, comentábamos el deseo de evolución del certamen –siempre en detrimento del espectador y en favor del show business. Lo que no cambia, sin embargo, es la percepción de la crítica. La misma que exige revolución, otras cuotas acordes a las necesidades de nuestro tiempo y nuevos nombres que derriben la mitología que ha construido el festival en la última década. La misma, también, que se acoge al estereotipo más banal para recibir filmes procedentes de determinadas coordenadas. Redactar las reseñas de antemano tiene ese riesgo. Y en ese campo, y aprovechando la emisión de la última temporada de Juego de tronos, entramos en la compleja dicotomía entre lo que anhelamos y presumimos con lo que los directores y guionistas proponen. De esta manera, una película como la brasileña Bacurau, del tándem inédito conformado por Juliano Dornelles y Kleber Mendonça Filho, de la que se esperaba el sempiterno retrato social, se transforma, a mitad de metraje, en una desconcertante mixtura devenida Western posmoderno donde la imaginación y la extravagancia expirada, vinculada al realismo mágico del Cinema Novo local, nos dejan una obra tan inclasificable como poderosa en muchos de sus segmentos. Por supuesto, en su subtexto conviven temas habituales como el arraigo y la crítica a las políticas rurales de la nación sudamericana. Cambien, pues, la formas. Las mismas que, en el otro extremo de la puesta en escena, en este caso pedestre, hicieron que la Palma de Oro entregada en 2016 a Ken Loach por Yo, Daniel Blake, fuera recibida con estrépito por los acreditados, que remarcaban la naturaleza primigenia de una idea, el deceso del socialismo, caduca y exhibida con el hierático estilo del cineasta británico. Dicho esto, parece que en el punto medio se encuentra la tendencia y que el profesional no tiene capacidad alguna de liberarse de los prejuicios estén firmados o no. E.L.

    por EAM
    mayo 17, 2019

    Cannes 2019 (II) | Críticas: Bacurau, Sorry we missed you, Atlantique, Canción sin nombre

    por EAM | mayo 17, 2019
    Yo, Daniel Blake

    En pie, famélica legión

    crítica de Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake, Ken Loach, Reino Unido, 2016).

    En el contexto revolucionario de los grandes levantamientos sociales y de los ilustres líderes del proletariado, como Larkin, James Gralton o Veronica Guerin, siempre han existido varias etapas de actuación por las que han avanzado los protocolos sediciosos en su empeño de cambiar el orden establecido, pasando de la súbita e inesperada rebelión, al aguante vigoroso de los luchadores para evitar ser menospreciados. Es evidente que la etapa trasgresora de Ken Loach hace tiempo que pasó; sus momentos de inconformismo despiadado concluyeron con la muerte de Margaret Thatcher, tras un duelo de amenazas y censuras que se saldó con la sentencia lapidaria de Loach: «Privaticemos su funeral. Saquémoslo a concurso público y aceptemos la oferta más barata. Es lo que ella habría querido». Tras una carrera defendiendo a la clase social menos favorecida y enfrentándose sin descanso a la derecha plutócrata, no tendría sentido hablar de trasgresión para referirnos a su cine, sino de resistencia. Dos términos íntimamente ligados, habiendo quedado este último desprovisto de la espontaneidad y la capacidad de sorpresa originarias, sustituidas por una férrea convicción en su discurso y una tenacidad admirable, tanto para esquivar las burlas y vejaciones de sus enemigos, como para tolerar con buena cara las mofas de parte de sus simpatizantes, esos socialistas asalmonados y acomodados incapaces de tomar en serio una lucha de la que, por conformismo o por solvencia económica, ya no se sienten parte y desdeñan, ahora desde la lejanía de sus butacas.

    Con Yo, Daniel Blake, Loach vuelve a orientar su arte hacia la experiencia de lo real, utilizando el cine —y su película— como herramienta política definitiva, como medio de proporcionar al espectador una percepción más fuerte de la realidad. Una visión que seguirá siendo parcial, inexorablemente partidista y, sobre todo, romántica con la figura de los héroes de la hoz y el martillo. Daniel Blake representa el compromiso social, político e histórico que este realizador mantiene hacia sus personajes, esos seres que viven acosados a diario por las injusticias burocráticas y componen un teatro del proletariado cuya manifestación se enfrenta a la cultura popular dominante y estereotipada. Blake, un honrado carpintero de 59 años que ha trabajado sin descanso durante 40, se ve forzado a retirarse debido a un problema cardíaco. Sin embargo, mientras los médicos dicen que no puede volver a trabajar por tiempo indeterminado, los agentes de servicios sociales le comunican que si no demuestra que está buscando trabajo de forma activa perderá su remuneración económica lo que, para una persona como Daniel, acarrearía el quedarse literalmente en la calle como otro más de los sin techo que pueblan los suburbios británicos. Si la situación ya parece descabellada de por sí; la apatía, la falta de respeto y empatía, y la indiferencia con la que los funcionarios tratan al protagonista, una persona a punto de perderlo todo, nos llevará a la absoluta desesperación y frustración. El director juega muy bien sus cartas y, pese a que destroza el razonamiento ilógico del gobierno británico exponiéndolo con ignominiosa frialdad, trata de no desdeñar a la industria cinematográfica que le da la oportunidad de presentar su crítica, para ello se apoya en una variedad de elementos narrativos y en técnicas de filmación convencionales con las que parece mantener un constante homenaje al séptimo arte mediante la amabilidad con la que trata a sus personajes. El cínico humor será la pieza fundamental de los primeros compases de metraje para, posteriormente, pasar a una entrañable y protectora historia de amor paternalista que encuentra en el guion del asiduo colaborador de Loach, Paul Laverty, un fiel aliado.

    por Alberto Sáez Villarino
    junio 07, 2016

    Crítica | Yo, Daniel Blake

    por Alberto Sáez Villarino | junio 07, 2016
    El equipo de Money Monster

    In crescendo

    Crónica de la segunda jornada de la 69ª edición del Festival de Cannes.

    La jornada comenzaba con una buena dosis de disparatado dramatismo para sobresaltar a los espectadores que asistían, atónitos, a la extravagante historia contada por Alain Guiraudie acerca de un escritor atravesando un bache inspirativo; Rester Vertical nos daba un bofetón de explicitud visual a las 8:30 de la mañana y nos despertaba por completo para acudir al estreno de Money Monster, el nuevo trabajo de Jodie Foster quien, acompañada por los dos grandes veteranos de Hollywood: George Clooney y Julia Roberts, presentaba un trama de acción sin complicaciones que se nutre de su efectivo montaje y de ese nuevo Tom Hardy irlandés, llamado Jack O'Connell, que sigue con su imparable ascenso hasta la cumbre de la industria cinematográfica. Una industria que ha sido recientemente asaltada por los héroes y villanos de Marvel y DC comics pero que, no obstante, sigue necesitando de trabajos como I, Daniel Blake, que aprovechan su simplicidad y precisión para enviar un mensaje claro e imprescindible a una sociedad que va perdiendo todos sus valores y derechos. Loach presenta un drama social indispensable para evitar uno de las mayores lacras de nuestro sistema de gobierno: el olvido. Cerrando el día tenemos a la egipcia Eshtebak, un asfixiante drama filmado con una intensidad asombrosa que no deja espacio ni para respirar. Acción minimalista de una realidad aplastante.

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 13, 2016

    Festival de Cannes 2016 | Día 2. Críticas: I, Daniel Blake / Money Monster / Rester Vertical / Eshtebak (Clash)

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 13, 2016

    La canción del errante James

    crítica de Jimmy’s Hall | Ken Loach, 2014

    Decía Rust Cohle que no existe el perdón como acto voluntario, sino que es la corta memoria del ser humano lo que nos lleva a remitir la merecida deuda ante la ofensa recibida. Precisamente por ello, el nihilista y ateo protagonista de True Detective colgaba sobre su cama un crucifijo; no para rendirle pleitesía o como una frívola representación de su austeridad idiosincrásica, sino como recordatorio del sacrificio personal que marca su carácter. Y a base de sacrificio ha conseguido Irlanda mantenerse con vida en su corta historia como república independiente, donde no lo ha tenido nada fácil —salvo quizá, aquella fugaz etapa en la que fue conocida como “Celtic Tiger”, pese a que ésta no fue más que un espejismo pre-recesión—. Un pueblo dividido, a menudo por la propia iglesia, cuyas calles están inundadas de estatuas y placas conmemorativas que, como el crucifijo, recuerdan a sus habitantes el motivo de su lucha. Grandes personalidades como Jim Larkin, C.S. Parnell o James Gralton (protagonista de esta Jimmy’s Hall), han jugado el rol de mártir para escribir el curso de una historia que será recordada gracias, no sólo a sus protagonistas, sino también a sus historiadores. Y aquí es donde reside la gran importancia del cine de Ken Loach, un director que, como el detective Cohle, siempre ha permanecido fiel a sus principios sin importarle las críticas subyacentes.

    Loach se retira —o eso ha anunciado— de la misma manera que empezó, retratando las injusticias que han sufrido los “working class heroes” en su intento de liberarse de las opresoras garras del capitalismo. No en balde, el propio realizador tuvo que enfrentarse en más de una ocasión a la Dama de Hierro y su thatcherismo económico —de ahí las polémicas declaraciones sobre la privatización de su entierro—. Como es habitual en él, Loach realiza un trabajo de investigación y desarrollo minucioso, su faceta de documentalista meticuloso le lleva a la exégesis irrefutable de unos acontecimientos que ilustra, eso sí, bajo una mirada partidista que se posiciona claramente en favor de la clase obrera en inferioridad de condiciones; esos que cuentan sus victorias (épicas por su relevancia) con los dedos de una mano. Así pues, el tono aleccionador de su narración puede resultar discursivo y monótono para un público muy acostumbrado al proxenetismo condescendiente de una cinematografía sin valores. Pero lejos de ofenderse ante las críticas, este veterano de los 35mm saca su más afilado sarcasmo para arremeter impertérrito contra aquellos que se interpusieron al avance de un país en desarrollo.

    por Alberto Sáez Villarino
    junio 16, 2014

    Crítica | Jimmy's Hall, de Ken Loach

    por Alberto Sáez Villarino | junio 16, 2014

    El entrañable trotskista

    crónica de la novena jornada de la 67ª edición del Festival de Cannes
    Críticas: Jimmy's Hall (Ken Loach), The Search (Michel Hazanavicius), Respire (Mélanie Laurent)
    Cold in July (Jim Mickle)

    Cantos de sirena en Cannes, quedan las últimas propuestas. Entre restaurantes de comida rápida y Red Bulls uno tira de la reserva de energía que queda para seguir adelante. Hoy el día comenzó con un asiduo del certamen. Ken Loach abría la jornada con Jimmy's Hall, una propuesta convencional dirigida con el clasicismo formal habitual del director y un socialismo discursivo marca de la casa. Loach aleccionaba y mantenía viva la memoria irlandesa redundando en las articulaciones de su Palma de Oro El viento que agita la cebada. Pero lo hacía sin levantar ningún entusiasmo. Por su parte, Hazanavicious descubría la farsa detrás de sí mismo. Un cineasta con talento para la imitación formal pero carente de una identidad propia que estrenaba en Sección Oficial la vergonzosa The Search. Una obra con el espíritu de un Spielberg mancillado, manipuladora y refugiándose en su falso afán concienciador que ha despertado con toda la razón los desaires de la crítica aquí presente. Por fortuna, ahí estaba Mélanie Laurent para salvar el desaguisado. Su segundo filme, Respire, componía una ambigua relación de dependencia emocional en base a una dirección sutil, que destacaba por sus breves destellos de genio y por el tratamiento del tema, con el tacto y el acierto de alguien que lo conoce. Fue la mayor sorpresa del día, y para un servidor, una de las inesperadas joyas que ha dado esta edición de Cannes. Una lástima que Jim Mickle no terminara de rematar la faena porque Cold in July se veía más divertida de lo que al final acabó resultando. Amparado en un cúmulo de referencias ochenteras que para algunos cineastas parecen justificar la ausencia de ingenio, Cold in July no resultó todo lo cómplice que hubiera querido. Su director ya había dado interesantes muestras de género en el pasado y este estreno en Cannes, con Michael C. Hall y Sam Shepard, parecía presagiar un salto cualitativo importante pero, aunque hay algunos hallazgos formales, está lejos de ser un ejercicio sólido.

    por Unknown
    mayo 24, 2014

    Cannes 2014 | Novena jornada. Críticas: 'Jimmy's Hall', 'Respire', 'The Search' & 'Cold in July'

    por Unknown | mayo 24, 2014
    Crítica de "La parte de los ángeles" - Angels' Share review
    LA OPORTUNIDAD
    La parte de los ángeles (Angels’ Share, Ken Loach, 2012)

    Abogado de las causas perdidas, Ken Loach lleva mimando a la clase proletaria británica durante más de cuarenta años. Este autor, natural de la capital del condado de Warwickshire, Nuneaton, no engaña a nadie. Cuatro décadas de carrera como expresión de sus ideas socialistas han forjado a este portaestandarte de la guardia del débil. Loach escenifica el realismo más crudo de la sociedad industrializada. Esa que en pleno siglo XXI sigue entendiendo de estratos y muestra un mapa humano balcanizado por la ambición y la desidia. Militante activo del trotskismo y defensor a ultranza de la IV Internacional, su cine ha sido, salvo aisladas excepciones, el páramo de comodidad del sostén de este invento llamado estado del bienestar. Entendiendo por comodidad un vano reivindicativo a la cotidianidad de millones de ciudadanos que siempre viven al límite, predestinados desde su nacimiento, marcados por el desamparo y la pobreza sin posibilidad de elección. Un estigma recurrente en su filmografía y que ya tenía en su primer largometraje, ‘Poor Cow’ (1967), la definición de un estilo, de un mensaje. Allí, desde lo más profundo– la cárcel– partían ilusiones de perfil bajo. Sobrevivir, amar y sobrevivir. Tras veintiséis películas nada ha cambiado. O quizá sí, viendo su último trabajo titulado ‘La parte de los ángeles’ (Angels’ Share, 2012). Los estilemas, los mismos, el poso, muy diferente.

    por Emilio M. Luna
    noviembre 26, 2012

    ANGELS' SHARE (KEN LOACH, 2012)

    por Emilio M. Luna | noviembre 26, 2012
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