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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | El viejo roble

    || Críticas | 68 SEMINCI | ★★★★☆
    El viejo roble
    Ken Loach
    La esperanza frente al capitalismo


    Rubén Téllez Brotons
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Reino Unido, 2023. Título original: «The Old Oak». Dirección: Ken Loach. Guion: Paul Laverty. Producción: Sixteen Films, Why Not Productions. Distribuidora en España: Vértigo Films. Música: George Fenton. Fotografía: Robbie Ryan. Reparto: Dave Turner, Ebla Mari, Trevor Fox, Joe Armstrong, Debbie Honeywood, Neil Leiper, Claire Rodgerson, Chris Mcglade. Duración: 110 minutos.

    Hace más de una década, Ken Loach afirmó que Jimmy´s Hall (2014) iba a ser su última película; luego llegó el estreno mundial en el Festival de Cannes y, con una sonrisa en el rostro, dijo que no se le ocurría qué otra cosa podía hacer sino rodar. Dos años después, volvió al certamen galo con la brutal Yo, Daniel Blake (2016), ganó la Palma de Oro y, de nuevo, anunció su retiro. Así, en 2019 realizó en Sorry we missed you, un incisivo análisis de la precarización de una sociedad desigual en la que el trabajo devora el reloj vital de la clase obrera, al mismo tiempo que le impide mantener cualquier tipo de relación social sana. La frase que encabezaba el póster de la película ya era bastante clarificadora: «¿De verdad queremos un mundo en el que el trabajo nos aleje de la familia?». El veterano cineasta sostuvo que la cinta nació ante la imposibilidad de convivir con esa injusticia y, otra vez, confirmó que era el cierre de su extensa filmografía. Ahora, asegura que con El viejo roble (The Old Oak, 2023), ganadora del premio del público y de mejor actor en la pasada edición de la SEMINCI, le pone el punto y final a su carrera. Y esta vez, a sus 87 años, parece decirlo en serio.

    La película, escrita por su incondicional Paul Laverty, sitúa al espectador en un pueblo del noreste de Inglaterra, empobrecido hasta los huesos; descolorido por el estatismo involuntario en el que se encuentran las vidas de unos habitantes asfixiados por la falta de oportunidades y la progresiva decadencia de un tiempo, el actual, sometido por el capitalismo. Allí, T.J (Dave Turner) regenta un bar, «El viejo roble», que es al mismo tiempo válvula de escape y entorno seguro para todas las personas que no pueden conseguir trabajo ni buscarlo fuera. La dificultad para pagar las facturas y sus luchas constantes contra la sombra de la soledad han convertido su existencia en un viacrucis en el que la cruz del silencio y los clavos de la desesperación no hacen sino mermar poco a poco su esperanza de salir adelante. Así, el día que llegue al pueblo un grupo de refugiados sirios huyendo de la guerra, T.J se opondrá a los comportamientos racistas —sostenidos sobre odios atávicos y motivados por la difícil situación económica— de sus amigos y convertirá su local en una zona de encuentro donde promover valores como la multiculturalidad, la solidaridad y la hermandad.

    El filme es un aullido desesperado que busca dejar en evidencia un sistema económico injusto que segrega a las personas, las explota, las humilla y les arrebata cualquier atisbo de felicidad que pueda germinar en sus rostros; es un espejo incómodo, pero profundamente necesario que le devuelve al espectador una imagen clara de sí mismo, de los impulsos egoístas y racistas que anidan en los más profundo de su personalidad, de la raíz de hipocresía sobre la que se construye su vocabulario; es una glosa al humanismo, al calor de esos gestos desinteresados con los que se busca construir una sociedad mejor en la que ondee la bandera de la primera persona del plural. Loach aplica las mismas reglas que en anteriores películas y decide seguir los pasos de un protagonista indefenso en una jungla competitiva donde no hay cabida para relaciones sociales que no tengan fines lucrativos y radiografía su cotidianidad en busca de un problema en apariencia particular, cuyo origen se encuentra en el propio sistema. Si en Yo, Daniel Blake la espina que desangraba al protagonista hasta la muerte era una brecha digital que le impedía solicitar ayudas sociales o la jubilación anticipada, aquí es el proceso de decadencia que consume esos pueblos abandonados por las industrias que durante años les chuparon el alma. El director acierta a construir un relato en el que se muestra de forma traslúcida cómo la situación precaria de una persona la puede llevar a buscar un chivo expiatorio que esté aún más abajo que ella en la escala social. Porque en el capitalismo, dice Loach, hay una escalera de sometimiento que hace que los oprimidos, lejos de agruparse para intentar cambiar el sistema, busquen a alguien que esté en una situación de desigualdad, de precariedad, más grande que la suya para señalarle como el problema y, con esta excusa, maltratarle.

    El viejo roble aboga por la solidaridad frente al individualismo descarnado, adquiere la textura del cuento para arrojar algo de luz a una época necesitada de ella, tatúa en las pupilas del espectador la palabra esperanza y le insta a moverse, a tener, aunque sea, un mínimo gesto de afecto con alguien que lo necesite, a partir de lo concreto —el individuo— para llegar a ese ente abstracto llamado sociedad. Es una película necesaria, comprometida como ninguna otra y desgarradora como ella sola. Loach filma la realidad tal y como es: con sus maniqueísmos y sus complejidades, con sus altas dosis de pesadumbre y sus incontables injusticias. Si El viejo roble es realmente la última obra del director, supone un broche de oro perfecto para una filmografía valiente y cercana que siempre se ha mantenido del lado de los más débiles y nunca ha cejado en su empeño por cambiar el mundo. ♦


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