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    Cine USA 1990
    Cine USA 1990
    El pueblo de los malditos, de John Carpenter (1995)
    ¿QUIÉN PUEDE MATAR A UN NIÑO?
    El pueblo de los malditos (John Carpenter’s Village of the Damned, 1995)

    Sesión doble vuelve a echar mano de uno de nuestros creadores de cine fantástico favoritos de todos los tiempos, John Carpenter, y lo hacemos por partida doble. Siendo indiscutible que se trata de uno de los realizadores más personales del panorama de las últimas cuatro décadas, lo cierto es que llegó un punto de su carrera en el que dejó de ofrecernos las grandes obras a las que nos venía acostumbrando. Con El Príncipe de las Tinieblas (1987) y Están vivos (1988), cintas nada desdeñables, Carpenter empezó a mostrar preocupantes signos de repetición, acompañados de una realización más pobre. Esto se puede explicar con su fracaso en taquilla de Golpe en la Pequeña China (1986), última experiencia del cineasta con los altos presupuestos. A partir de ahí, se dedica a concebir un cine más modesto, igualmente personal, pero sin las presiones de las grandes productoras. De esta última etapa, una de las películas más reivindicables podría ser esta interesante nueva versión de un pequeño clásico de la ciencia ficción de 1960, El pueblo de los malditos. Producción británica dirigida por Wolf Rilla, adaptaba una sensacional novela de John Wyndham titulada The Midwich Cuckoos, cuya temática podría resultar vagamente similar a la de otro gran hito del género, La invasión de los ladrones de cuerpos (1956), solo que en lugar de unas vainas alienígenas que usurpaban la personalidad de los humanos, en El pueblo de los malditos tenemos a una extraña raza de niños que suponen el primer eslabón de una futura invasión extraterrestre.

    por José Martín León
    diciembre 10, 2012

    EL PUEBLO DE LOS MALDITOS (1995)

    por José Martín León | diciembre 10, 2012
    Crítica de Días extraños, de Kathryn Bigelow - Strange Days review
    LENNY NERO, VENDEDOR DE RECUERDOS
    Días extraños (Strange Days, Kathryn Bigelow, 2012)

    Cuando nos llega el tráiler de la prometedora Zero Dark Thirty, el nuevo intento de Kathryn Bigelow de conquistar el Óscar tras su multipremiada En tierra hostil (2008), Sesión Doble se complace en recuperar una de las obras más fascinantes de esta realizadora a contracorriente: Días extraños (Strange Days, 1995). Mujer de carácter y emprendedora, ha demostrado con su más que interesante trayectoria, que el cine de acción no tiene que ser necesariamente un terreno reservado exclusivamente a los hombres. La carrera de Bigelow, que comenzó en 1983 con The Loveless, siempre se ha caracterizado por una insólita perfección técnica en las secuencias de acción y un ritmo adrenalínico que ha quedado impreso en estupendas cintas como Los viajeros de la noche (1987), Acero Azul (1989), Le llaman Bodhi (1991) o K-19 (2002). Casada con el megalómano James Cameron entre 1989 y 1991, fue mítico el momento en que Bigelow le arrebató el Óscar al mejor director en la ceremonia de 2009. La realizadora dio la sorpresa de la noche con En tierra hostil, su obra sobre el día a día de una brigada estadounidense de artificieros en Irak, desbancando a Cameron, claro favorito por Avatar.

    por José Martín León
    octubre 22, 2012

    DÍAS EXTRAÑOS (KATHRYN BIGELOW, 1995)

    por José Martín León | octubre 22, 2012
    Tombstone: la leyenda de Wyatt Earp - Tombstone
    VUELVE EL WESTERN DE ACCIÓN
    Tombstone: la leyenda de Wyatt Earp (Tombstone, George Pan Cosmatos, 1993)

    A principios de la década de los 90, dos nombres que han demostrado tener cosas más interesantes que contar como realizadores que como intérpretes, Kevin Costner y Clint Eastwood, insuflaron nueva vida a un género que parecía muerto y enterrado: el western. Los éxitos de taquilla de Bailando con lobos (1990) y Sin perdón (1992), avalados por los Óscar a mejor película y director en ambos casos, envalentonaron a los grandes estudios para producir una nueva oleada de filmes del oeste. En este período destacó un particular duelo entre dos filmes que contaban la historia del famoso tiroteo en OK Corral entre los hermanos Earp y la banda de los Clanton/McLaury. Dos obras con estilos, ambiciones y resultados bien distintos, ya puestos a compararlas. El Wyatt Earp de Lawrence Kasdan fue una superproducción de 63 millones de dólares, con un metraje de más de tres horas, a mayor gloria de Kevin Costner que pecaba de exceso de ambición a la hora de querer ser un meticuloso recorrido por la vida del personaje, distrayendo al espectador de la acción. Un filme muy interesante, por otra parte, que vio como la crítica lo masacraba sin piedad y el público le daba la espalda con una recaudación de 25 millones de dólares. Los mismos que costó el Tombstone: la leyenda de Wyatt Earp de George P. Cosmatos que hoy abre nuestra Sesión Doble de la semana. El propio Kevin Costner intentó por todos los medios evitar la distribución de un proyecto que Hollywood Pictures (Disney) producía bajo la dirección del director de títulos tan potentes como Rambo 2 (1985) y Cobra, el brazo fuerte de la ley (1986), al coincidir su estreno en fechas cercanas al de su película. Finalmente, Tombstone no sólo se estrenó, sino que fue mucho mejor recibida por la crítica y triplicó en taquilla la inversión realizada.

    por José Martín León
    octubre 21, 2012

    TOMBSTONE (GEORGE PAN COSMATOS, 1993)

    por José Martín León | octubre 21, 2012
    Total Recall 1990
    Arnold Schwarzenegger es Douglas Quaid en 'Desafío total' (Total Recall, 1990)
    ¿HASTA QUÉ PUNTO PARECE REAL?
    Desafío total (Total Recall, Paul Verhoeven, Estados Unidos, 1990)

    Paul Verhoeven (Ámsterdam, 1938) es uno de los directores más interesantes, audaces y personales del cine comercial de los últimos treinta años. Famoso por sus películas de alto contenido erótico, “Delicias turcas” (1973) o “El cuarto hombre” (1983), rodadas en Holanda, da el salto a Hollywood en 1987 con “Robocop”, violentísimo thriller futurista que fue, no sólo un gran éxito de taquilla, sino también, una magnífica carta de presentación para el público estadounidense. Tras este triunfo, Verhoeven se embarca en el proyecto más ambicioso de su carrera: la adaptación de un relato corto de Philip K. Dick titulado “We Can Remember it for you Wholesale” (“Podemos recordarlo por usted al por mayor”). Dick, todo un maestro en el género de la ciencia ficción, con marcado trasfondo político, metafísico y sociológico, había conocido en 1982 una brillante traslación de otra de sus obras, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, de la mano de Ridley Scott. Su título: “Blade Runner”. Aquella cinta se convirtió con los años en un título de culto. El listón estaba alto para Verhoeven, que fue elegido como director del proyecto por el propio Arnold Schwarzenegger, que también quien convenció a Carolco Pictures para que comprara los derechos de la película, tras la quiebra de la productora de Dino de Laurentiis, que pensaba rodarla con Bruce Beresford y Patrick Swayze como director y protagonista, respectivamente. Así, la película se convirtió en el más ambicioso vehículo como héroe de acción de la estrella austríaca, que desde un principio, había mostrado su interés en protagonizarla. Schwarzenegger tuvo pleno control sobre la producción, cobrando 10 millones de dólares más el 15% de los posibles beneficios en taquilla. Teniendo en cuenta que “Desafío total” fue una de las películas más caras rodadas hasta entonces, con 65 millones de dólares de presupuesto, y que acabó recaudando más de 261 millones de la misma moneda, no hay duda de que la estrella hizo uno de los negocios de su vida. Su último estreno había sido “Los gemelos golpean dos veces”, un intento de demostrar que tras esa fachada de músculos, podía existir vis cómica. Aunque fue un éxito en taquilla, las críticas negativas le llovieron de todos los lados, por lo que “Desafío total” era su oportunidad para pasar a un tipo de cine más elaborado y maduro que el que había hecho durante los ochenta.

    por José Martín León
    julio 22, 2012

    DESAFÍO TOTAL (TOTAL RECALL, 1990)

    por José Martín León | julio 22, 2012
    RÉQUIEM DE UN COLOSO

    Recuerdo haber visto Titanic a una edad muy temprana. Fui a verla con mis padres a los cines Capitol de Madrid, en plena arteria urbana. Nos sentamos en el segundo anfiteatro, el aforo completo y cierta magia inundando la sala, desde donde se podía contemplar la –para mí gigantesca– pantalla, con sus cortinas rojas desgastadas presidiendo aquella caja alumbrada tenuemente a escasos minutos del comienzo. Ahora entiendo que parte de ese encanto ha desaparecido, o yo me he hecho (demasiado) mayor y he perdido cierta capacidad de asombro, tal vez por experiencia o falso desgaste. Obviamente, por aquel entonces no era consciente de esa futura enfermedad llamada cinefilia, y tampoco sabía mucho de ese señor canoso que había dirigido cintas tan importantes como Aliens, Abyss y Terminator 2: El juicio final, esta última merecedora de todos mis halagos infantiles que aún hoy perduran. La expectación ante dicho visionado era máxima. Desde Estados Unidos llegaban noticias sobre su rompedora victoria en taquilla: se había consolidado como el estreno más taquillero de la historia (actualmente, la recaudación total ronda los 1.900 millones de dólares). Pero yo era ajeno a los mecanismos de la industria. Disfrutaba mientras todas esas historias me eran transmitidas gracias a un básico ejercicio de proyección y exhibición. A las seis de la tarde se apagaron las luces y, sin más, nos sumergimos en las frías aguas del Océano Atlántico, siguiendo a una máquina que escudriñaba los restos de un barco hundido. Y a partir de ahí, tres horas escuchando absorto una narración tan ilusionante como trágica. La narración de una entrañable anciana que había sobrevivido al naufragio del coloso insumergible (ah, la ironía) y que respondía al nombre de Rose.

    Kate Winslet & Leonardo Di Caprio en una de las historias románticas icono del séptimo arte
    Donde habitaban los sueños

    Miércoles 10 de Abril de 1912. Puerto de Southampton, Inglaterra. El trasiego de gente es incesante, coches que van y vienen, tripulantes que ultiman detalles a falta del primer rugido de las máquinas. Allí está el Titanic. Un acontecimiento sin precedentes. Varios tipos juegan unas manos de póquer en el bar más próximo. La cámara se centra en un veinteañero rubio, delgado y guapo, con aspecto de pipiolo sin ínfulas: es de clase baja, así que sólo lleva lo puesto y un macuto ligero. Él y su amigo –un simpático italiano– están a un paso de conseguir dos billetes para el Titanic, cuyo trayecto hasta llegar a Nueva York se antoja fascinante. Dos aventureros (o, mejor dicho, buscavidas) de su talla no pueden dejar pasar esa oportunidad. Al fin y al cabo, el rubio desea volver a casa y el italiano, como muchos otros, podría emigrar en busca de la tierra prometida. Pero… Tictac, tictac. Faltan cinco minutos para que 2.227 viajantes zarpen con sus respectivas ilusiones, falta un simple farol, que sus oponentes se traguen la jugada, que se crean vencedores, que el azar sea bueno con ellos. En paralelo a esa acción (de principio a fin, lo que vemos forma parte de un flashback), llega un coche con mucha pompa del que se bajan un tipo de gesto prepotente y una joven que no duda a la hora de señalar que ese supuesto milagro naútico no es tal, que tampoco es para tanto. Ella y su madre –quien la sigue de cerca– pertenecen a la aristocracia norteamericana: ni que decir tiene que viajan en primera, donde compartirán mesa y charlarán en petit comité con la crema de la sociedad, llevando consigo lujosos baúles con obras de Picasso y Monet. Amargo contraste de un mundo que, mientras despertaba el siglo XX, acentuaba sus diferencias entre clases.

    "Soy el Rey del Mundo" Frase que acompañó a los protagonistas como a su creador en la gran promoción de Titanic
    En busca de la obra magna

    Ya hemos advertido la impecable factura de un filme prometedor. Apenas han transcurrido veinte minutos, y esos vivaces amigos corren para hacerse con una cama en tercera. El sonido de viento irlandés maquilla las inequívocas señales de película faraónica que tiñen la pantalla. Ahora sí veo la conexión entre esta peli y las páginas de SuperPop, pienso mientras no pierdo detalle. Leonardo DiCaprio –el rubio guapo– y Kate Winslet –la joven altanera– lo tenían absolutamente todo para triunfar en Hollywood. No obstante, DiCaprio tenía que soportar el sambenito de ídolo adolescente (aunque ya había demostrado unas dotes superlativas interpretando a ese disminuido psíquico llamado Arnie en ¿A quién ama Gilbert Grape?). La actriz inglesa, en cambio, no cargaba con ninguna etiqueta malintencionada: su trabajo en Criaturas celestiales (Peter Jackson, 1994) y Hamlet, de Kenneth Branagh, apuntaban a una intérprete dotada de inteligencia, sensibilidad y belleza. O sea, con un largo y envidiable futuro por delante. Pero eran (y sobre todo visto con distancia y desde este cómodo asiento que supone analizar una obra años después de su estreno) hipótesis, sin más. Titanic llegó como un obús, directo a reformular el término blockbuster: poseía el ADN de las películas triunfadoras, los argumentos que gustan efusivamente en la Meca del Cine. Una historia de amor, tal vez intemporal, que reunía (melo)drama, sonrisas, tensión, acción, tragedia, ambición, grandilocuencia, una forma y un contenido aparentemente equilibrados. Su belleza abrumaba, como la voz de Celine Dion sobrevolando la cubierta, insinuándose a un héroe emocionalmente famélico que grita: “Soy el rey del mundo”. El director hablando a través de su personaje, ya que James Cameron ha sabido explotar el producto como lo que es: un auténtico visionario. Porque Titanic es una ironía genial: el último giro de la trama desemboca en lo que todos sabemos, el hundimiento del transatlántico después de chocar con un iceberg; pero en esa lenta inmersión, toneladas de hierro engullidas por el agua, crecía el fenómeno, cada vez más firme en su carrera hacia los Oscar (finalmente se alzó con 11 galardones, incluyendo el de Mejor Película), sin apenas rival. Titanic había llegado en el momento justo, a finales del segundo milenio, cuando aún teníamos ganas de que nos contaran por enésima vez el arrebatador cuento de Romeo y Julieta. Cristales empañados en una escena de sexo preciosista, si acaso dos pechos naturales, los de Rose, que disponían a ese tal Jack Dawson a dibujarla desnuda, con tan sólo un zafiro colgando de su blanquecino cuello. Gaitas y melodías celtas, slowmotion al paso de los enamorados por la sala de calderas. La forma visual, inapelable; el guión, no tanto. Sucede, sin embargo, que la falta de riesgo y la vocación conciliadora de ese relato excesivamente lacrimógeno arrancaron el aplauso unánime del público. Y eso marca hasta niveles impensables.

    Un amor prohibido. Un amor de película. Rose DeWitt y Jack Dawson
    El eterno resurgir del 3D

    Han pasado quince años desde su estreno. Yo perdí la costumbre de ir al cine con mis padres. Leonardo DiCaprio y Kate Winslet se han consagrado como dos de los mejores actores de su generación. Su filmografía les avala. Por su parte, James Cameron se ha convertido en un segundo rey Midas del cine: Avatar dio el pistoletazo de salida al nuevo (se trata de ciclos) resurgir del 3D. Es coinventor de las cámaras estereoscópicas con que se grabó este filme. Ahora, hipócrita –y oportunista– como pocos, ha decidido someter a su criatura a la abominable conversión de las (falsas) tres dimensiones. Quizá muchos de ustedes pensarán que, tratándose de Cameron, el resultado debe ser excelente. Una obra de ingeniería. Quizá desconozcan la base de la visión estereoscópica, es decir, nuestra visión. Es muy sencillo: cada ojo capta una imagen diferente de la escena, con una pequeña variación en el ángulo de visión, y luego el cerebro une ambas imágenes, que coinciden generando las tres dimensiones. Pues bien, si una cinta no se graba en dicho formato, la ilusión es simplemente impostada. Lo único que hacen es duplicar la imagen que ya estaba grabada –con el mismo ángulo visión, se entiende– y proyectarlas al mismo tiempo. Una tomadura de pelo que se lleva a efectos en post-producción. Para quien esto escribe, es totalmente lícito, e incluso respetable que apelen al homenaje y a la nostalgia para reestrenar clásicos. Pero no a costa de la probable inocencia del espectador.

    El hundimiento del Titanic. Una tragedia vigente aun en nuestros días
    22 nudos, la velocidad de la muerte

    El Titanic chocó con un iceberg al sur de las costas de Terranova. Eran las 2:20 de la mañana del 15 de Abril cuando se hundió completamente. Días antes, habían recibido varios despachos telegráficos anunciando el inminente peligro de pequeños islotes de hielo. Cuentan que el Capitán Edward John Smith ordenó seguir una ruta más al sur, eludiendo así la zona crítica. La película no hace hincapié en el hecho de que el telégrafo dejó de funcionar durante diez horas. Sí muestra, en cambio, el pesar del Capitán cuando éste le propone a Bruce Ismay, presidente de la línea de barcos de vapor White Star Line, reducir la velocidad de 22 a 20 nudos. Ante la negativa de este último, el barco siguió su rumbo en la inhóspita noche del Atlántico. Poco después, Frederick Fleet, uno de los vigías, avistó un iceberg a menos de 500 metros de distancia. Hizo sonar la campana tres veces y telefonéo desesperado al puente de mando. “¡Iceberg, derecho al frente!”, gritó. Demasiado tarde. A las 23:40 de esa trágica noche, un cuchillo de hielo atravesó las tripas del Titanic.

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    Imdb Grupo 7Por Juan José Ontiveros

    Leo, escribo, a veces pienso.
    El cine es totalmente subjetivo.
    Decía Hitchcock que "son 400 butacas que llenar".
    En esas butacas, además, puedes ver clásicos como Johnny Guitar.

    Edición por Emilio Luna
    Special Message from Johnny Lang

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    por Anónimo
    abril 10, 2012

    TITANIC (JAMES CAMERON, 1997)

    por Anónimo | abril 10, 2012
    Clásico entre clásicos del cine romántico, Los Puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995) representa un aislado eslabón de “la Edad de Oro” del cine americano. Mágica desde su estreno, fantástica con el paso de los años, Los Puentes de Madison mantiene su esencia perenne. Un aura que le ha hecho se considerada una de las grandes historias de amor del séptimo arte. Clint Eastwood no sólo creo que otra pieza clave en su maravillosa filmografía, desmitificó su figura de “lone ranger”, de tipo duro y rudo que siempre le acompañó en todos los papeles de su carrera. Junto a él, una sobresaliente Meryl Streep en una historia de amor maduro que cala en el público cómo si de un sentimiento adolescente se tratara. Una lluvia de recuerdos y emociones que no tuvo excesiva recompensa en la temporada de premios con tan sólo una nominación al Óscar (mejor actriz, Meryl Streep) pero que se ganó el recuerdo eterno de una generación.

    Una historia de romance entre un ama de casa y un fotógrafo del National Geographic que supera la adversidad y que devuelve el trazo de todos los anhelos recónditos en nuestra memoria. Un filme básico para entender el cine americano de los noventa y que cada visionado supone una experiencia. Amor sin estridencias y edulcorantes, arte puro en una de las creaciones contemporáneas indispensables. Los Puentes de Madison supuso, por entonces, la confirmación de un gran cineasta, un hombre que amaba el cine y depositaba toda su pasión en su obra. “Él último gran clásico” hace honor a este apelativo en cada largometraje que lleva su firma. Una firma que es garantía del mejor cine.

    Cómo homenaje a una de las películas más representativas del actor y director de San Francisco, en Escenas de Cine rememoramos el momento más emotivo de Los Puentes de Madison. Una asombrosa secuencia digna de constante revisión. La muestra de que Eastwood es el pasado, el presente y seguirá siendo el futuro de los sueños creados en celuloide. Una joya atemporal.

    por Emilio M. Luna
    junio 30, 2011

    ESCENAS DE CINE: LOS PUENTES DE MADISON (1995)

    por Emilio M. Luna | junio 30, 2011
    The Last of Mohicans PosterMichael Mann es, sin duda, uno de los mejores directores de nuestro tiempo, capaz de realizar las mejores escenas de acción y los momentos más íntimos con gran calidad, siempre con sensibilidad y gusto por el cine clásico. Films como Collateral, Alí, El Dilema y la película que nos ocupa, son un buen ejemplo, de la capacidad de un director, venido del mundo de la televisión en series como Corrupción en Miami o La Ley de los Ángeles. En 1991, nos llevó a la América de colonias anglo-francesas, con una nueva versión de la novela de James Fenimore Cooper, El Último Mohicano, película que en su estreno fue tachada de poco fiel al libro, y parte de la crítica no estuvo de su lado, y que a día de hoy es considerada no sólo la mejor versión de la novela de Cooper, sino uno de los clásicos del cine de aventuras por excelencia, referencia de una generación y una de las más bellas películas de los noventa.

    La archiconocida novela de Cooper, que tantas tardes rellenó en la infancia de muchos, tuvo diferentes versiones fílmicas con anterioridad, alguna de dudosa calidad, y fue la película de Mann la que captó la esencia de la novela en gran medida. El Último Mohicano nos sitúa al norte de América a finales del siglo XVIII, en la zona de Los Grandes Lagos, lo que hoy se conoce como Nueva Inglaterra, en Canadá. En plena etapa de colonizar el norte de América, ingleses y franceses luchaban por el dominio de esas tierras, con la ayuda de tribus nativas indias. Tribus de la zona, en franca decadencia, Mohawks, Iroqueses, Hurones y una extinta saga, los Mohicanos. El film nos narra la historia de dos mohicanos, Chingachgook y su hijo Uncas, y Nathanian (Carabina Larga), hijo adoptivo de Chingachgook y de descendencia inglesa, que se ganan la vida cazando, y sobreviviendo en los valles de los Grandes Lagos, que se ven envueltos en el conflicto entre ingleses y franceses, y en una venganza de el líder de la nación hurona, Magua, contra un coronel inglés (Munro), cuyas hijas serán protegidas por los tres héroes indios, donde surgirá el amor, los celos y el deseo de prevalecer.

    Ahí radica la gran diferencia con la novela de Cooper, en las relaciones entre los personajes, que son totalmente distintas en su transcurso y en sus protagonistas. Pese a ello, Mann alcanza un tono épico sublime, que nos lleva un final apoteósico que se guarda en la retina por siempre. El pulso del director es increíble, con una narración a la antigua usanza, y aunque el guión deja bastante elementos en el tintero, y algunas acciones poco comprensibles (hubo varios montajes por parte del director)el resultado final del libreto es bastante correcto, gracias al director, la ambientación, la música y los actores.

    El elenco, muy acertado en su elección, Daniel Day Lewis es Nathanian, un héroe a la antigua usanza y Madeleine Stowe es Cora Munro, ellos son los dos principales protagonistas, ambos tienen buena química, aunque, realmente interesa más la relación entre Alice Munro (Jodhi May) y Uncas, poco desarrollada en el film, pero de la que se ven detalles bonitos. Intepretando a la parte india, Russell Means (Chingachgook) y Eric Schweig (el joven Uncas) que cumplen notablemente y el conocido Wes Studi (Magua), que hace de villano de manera soberbia, en un papel hecho a su medida. Cabe reseñar, que Uncas apenas tiene tres frases en el film y su carisma es impresionante. Completa el reparto Steven Waddington como el ambiguo y celoso Duncan Heyward.

    Otro aspecto reconocible, aún 16 años después del estreno, es la banda sonora del film, compuesta por Trevor Jones y Randy Edellman, con un tema principal muy bueno, y aunque repetitiva, la partitura está acorde a cada momento del film, desde la acción hasta los momentos sentimentales. Tiene su culmen, como el resto de la película, en la parte final, en la persecución de Nathanian y Uncas, tras Magua y las dos hermanas.

    El Último Mohicano, es una grandísima película de aventuras, digna de la novela de Cooper, que emociona y te traslada a los grandes valles de Norteamérica. Film que nunca se olvidará, rodado con gran sensibilidad, con un excelente reparto y genial banda sonora.

    Mi Puntuación: 9 Leer critica de El Ultimo Mohicano en Muchocine.net

    Pd: Mucho mejor en VOSE, o con el doblaje antiguo. En los DVD actuales están redoblados, perdiendo fuerza.
    por Emilio M. Luna
    marzo 29, 2008

    EL ÚLTIMO MOHICANO (THE LAST OF MOHICANS)

    por Emilio M. Luna | marzo 29, 2008

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