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    Kathryn Bigelow
    Kathryn Bigelow
    || Críticas | ★★★★☆
    Una casa llena de dinamita
    Kathryn Bigelow
    La curva se aplana


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE. UU., 2025. Título original: «A House of Dynamite». Dirección: Kathryn Bigelow. Guion: Noah Oppenheim. Compañías: Netflix. Festival de presentación: 82.º Festival Internacional de Cine de Venecia. Distribución en España: Netflix. Fotografía: Barry Ackroyd. Música: Volker Bertelmann. Reparto: Idris Elba, Rebecca Ferguson, Gabriel Basso, Jared Harris, Tracy Letts, Anthony Ramos, Moses Ingram, Jonah Hauer-King, Greta Lee, Jason Clarke. Duración: 112 minutos.

    Hace tiempo que lo de Kathryn Bigelow dejó de ser una sorpresa. Convertida por méritos propios en una de las figuras más importantes del cine norteamericano de los últimos treinta años, la directora californiana continúa con Una casa llena de dinamita filmando su particular crónica de la historia reciente de Estados Unidos. A su visión de la guerra de Irak –En tierra hostil (The Hurt Locker, 2008)–, la ejecución de Osama Bin Laden –La noche más oscura (Zero Dark Thirty, 2012)– y el racismo –Detroit (2017)–, Bigelow ahora añade la amenaza nuclear. Sin duda un viejo tema, en la política y en el cine, pero que de un tiempo a esta parte ha recuperado el protagonismo que tuvo durante la Guerra Fría. Un síntoma más de que el péndulo de la Historia de nuestro tiempo oscila hacia atrás.

    A partir de una pregunta inquietante –¿qué ocurriría si un misil nuclear impactara sobre suelo continental estadounidense, devastando una ciudad como Chicago y causando la muerte de casi diez millones de personas?–, Bigelow ha armado una película-manifiesto que es tanto una contundente declaración política como una perfecta pieza de relojería cinematográfica. La cineasta vuelve a mostrarse crítica con las instituciones y la salud democrática de su país, sin burladeros ni escondites ideológicos. Y al mismo tiempo, sabedora de que esas ideas necesitan un medio adecuado para llegar al público, no se olvida de que su objetivo principal es hacer una película, la mejor posible, y vaya si lo ha conseguido.

    Una casa llena de dinamita es un film sensacional en todos los aspectos, desde el guion de Noah Oppenheim hasta la elección del último extra. Bigelow y su equipo no solo han eludido hábilmente los lugares comunes y los discursos facilones sobre la guerra nuclear, sino que han encontrado nuevas perspectivas para abordarla y nuevas formas expresivas para llevarla a la pantalla. Siguiendo quizá el ejemplo de la también extraordinaria Septiembre 5 (September 5, Tim Fehlbaum, 2024), la historia se centra en el factor humano (la ética) que caracteriza cualquier toma de decisiones. Si en aquélla se dirimía una batalla entre lo verdad y la especulación como formas de hacer periodismo, en ésta el choque se produce entre los hechos y las conjeturas como formas de hacer política. En otras palabras, lo preventivo frente a lo reactivo.

    La película de Bigelow se mueve de manera ejemplar en esa zona gris a cuenta de una situación límite. ¿Qué debería hacer el presidente de los Estados Unidos ante un ataque nuclear de origen desconocido? ¿Responder de inmediato con firmeza o esperar al esclarecimiento del origen de dicho ataque? El guion da voz a todas las posturas posibles situando al espectador en medio de la cadena de mando que debe tomar una decisión durante los 19 minutos críticos que median entre la detección del misil y el momento de su impacto, toda vez que fracasan los intentos de derribarlo. Para dramatizar este tiempo, Oppenheim se acuerda de Rashomon (Rashômon, Akira Kurosawa, 1950) y fragmenta la acción en tres puntos de vista diferentes, cada uno de los cuales se corresponde con un personaje clave: la capitana Olivia Walker (Rebeca Ferguson), al mando de la Sala de Crisis de la Casa Blanca, quien ordena el lanzamiento de los misiles defensivos; el general Brady (Tracey Letts), desde el Centro de Mando Estratégico, partidario de atacar a todos los enemigos del país; y el presidente (Idris Elba) de los Estados Unidos, a quien se muestra como un político mediocre superado por las circunstancias, ansioso, vulnerable, frágil e incapaz de tomar una decisión.

    Es brillante la edición de ese triple tiempo cinematográfico por parte de Kirk Baxter, el montador habitual de David Fincher, que aquí vuelve a dar una lección magistral de montaje por corte. Como brillante es la exposición formal de cada uno de los tres puntos de vista. Bigelow alterna la cámara en mano y la dolly para seguir a sus personajes, que se mueven como animales enjaulados. Y cuando quiere retratarlos moralmente, pero sin juzgarlos, planta la cámara y elige el encuadre y el ángulo más convenientes. Corto y lateral para Walker, impotente en medio de la catástrofe; medio y frontal para Brady, un hombre de acción; y largo y contrapicado para el presidente, la viva imagen de la duda. En estos tiempos de pobreza visual se agradece que un cineasta hable y tome partido a través de la imagen. La única pieza en este sentido que falla es la fotografía, a cargo de Barry Ackroyd, el hombre de confianza de Paul Greengrass, que no termina de sentirse a gusto con el estándar digital en 4K de Netflix. Acierta de pleno, eso sí, al retratar la crisis en una día radiante, a pleno sol, mientras la vida se recrea en sus rutinas.

    A sus 74 años, Bigelow ha firmado la que probablemente sea su (pen)última película –cada vez le cuesta más encontrar financiación–, y algo de esa atmósfera crepuscular y desencantada se contagia en sus imágenes y en su discurso, que no buscan culpables sino que señalan las deficiencias de un sistema tan falible como las personas que lo han diseñado. Lo dice el Secretario de Defensa Reid Baker (Jared Harris) con una claridad hiriente: «Cincuenta mil millones de gasto, y resulta que nos la jugamos a cara o cruz». Exactamente eso es Una casa llena de dinamita, la puesta en imágenes de una partida de ajedrez entre psicópatas. Lo milagroso es que todos sigamos vivos. ♦


    por Raúl Álvarez
    octubre 30, 2025

    Crítica | Una casa llena de dinamita

    por Raúl Álvarez | octubre 30, 2025

    Defacement

    Crítica ★★★★ de Detroit (Kathryn Bigelow, EE.UU., 2017).

    Hay algo romántico en Detroit, un imperceptible aire de delicada gravedad escénica que se apodera de sus largas avenidas; lo hubo en su momento de mayor esplendor, oculto en la suntuosidad de aquella imponente ciudad del motor con el mejor ritmo de toda Norteamérica —de ahí el nombre del famoso sello discográfico Motown—, y lo hay ahora, después de sufrir una de las debacles económicas más rápidas y corrosivas de la historia que convirtió el acabado gótico de su arquitectura en un entorno tenebroso lleno de misterio, nostalgia y desamparo, tres características esenciales que le hicieron cambiar su nombre por el de ciudad fantasma, un epíteto tan sombrío como atrayente, cuya esencia quedaría inmortalizada con maestría gracias a los retratos compuestos por Alex Proyas y Jim Jarmusch en El cuervo (The Crow, 1994) y Only Lovers Left Alive (2013), entre otros. La realizadora Kathryn Bigelow las tiene todas consigo para hacer de su última película un ejercicio de vehemente misticismo, fundamentado en la ineludible fuerza que el medio ejerce sobre el sujeto. Una percepción intrigante que se acentúa al considerar el poderoso y arriesgado nombre que aparece como elemento de total protagonismo, frente a cualquier otro rótulo o imagen, en el cartel promocional: DETROIT, en mayúsculas y un rojo intenso, sobre un fondo desaturado con la intención de potenciar la contundencia alegórica de ese nombre que emerge como una premonición.

    Una vez comienza el metraje comprobamos que la idealización y la prolongación de la leyenda luctuosa de Detroit no es lo que interesa a la directora, pese a que sí mostrará, de forma secundaria y casi involuntaria, ese contraste entre la grandilocuencia lujosa de los icónicos teatros y salas de concierto de los que salieron grupos de tan insigne reputación como The Supremes, y la sordidez escondida en la otra cara de la ciudad, con entornos tan turbadores como el Algiers Motel, lugar donde se desarrollará la acción principal correspondiente a dos tercios de metraje, y que funcionará como un escenario perfecto para magnificar la claustrofobia y el terror de lo allí acontecido una noche aciaga durante las revueltas acaecidas en la ciudad epónima durante julio de 1967. Así, la cinta arranca con un breve contexto histórico en el que la directora nos presenta, con gran precisión, un timeline de los motivos que llevaron a los habitantes de esa ciudad a levantarse contra la tiránica situación a la que estaban sometidos. En este punto no existe duda de que Bigelow no tiene ningún reparo en señalar a la policía como principal responsable de la escalada de violencia. Esa apertura muestra cómo la opresión e intransigencia racial de un grupo representante de las fuerzas del orden, formado por agentes caucásicos, atenta impunemente contra la libertad de derechos de los ciudadanos de un conocido barrio afroamericano. El explícito diálogo de los policías, mencionando que se hará un ajusticiamiento público y una demostración de poder delante de la comunidad negra, sirve como precedente para que el espectador se sitúe automáticamente en guardia, comprenda que la violación de derechos y el abuso de autoridad está excediendo cualquier maniobra policial legítima, por lo que, según un aprendizaje pragmático asimilado gracias a los multitudinarios ejemplos de conflictos raciales en el primer mundo contemporáneo, es consciente de que la respuesta violenta no sólo es probable, sino que además está justificada. Y, efectivamente, eso es lo que sucede, y eso es lo que esperábamos de un mensaje que, desgraciadamente, se pronuncia con una atemporalidad devastadora.

    por Alberto Sáez Villarino
    septiembre 19, 2017

    Crítica | Detroit

    por Alberto Sáez Villarino | septiembre 19, 2017
    Crítica de La noche más oscura - Zero Dark Thirty review
    CAZADORES Y PRESAS, BUENOS Y MALOS
    La noche más oscura (Zero Dark Thirty, Kathryn Bigelow, 2012)

    Como todo el mundo sabe, el hombre más buscado de la historia cayó muerto en una operación militar coordinada por la CIA. Era el enemigo público nº 1, era el Diablo con turbante. Osama bin Laden (ahí están los fotos) debía de estar enfermo antes de acabar en la bolsa, donde su tez se igualaba en color con el de su archiconocida barba de talibán o yihadista o desertor del afeitado apurado que suelen vender en Occidente. Acabó sus días en la región fronteriza de Pakistán, dentro de un fortín con diversas capas que, sin embargo, apenas resistieron —según la recreación de Mark Boal— el envite de los SEAL, esos militares y especialistas en operaciones de alto riesgo. Y como todo el mundo sabe, aquel radical casado única y exclusivamente con sus convicciones (seas cuales fueren), había sido cómplice empresarial de la familia Bush, cuyo hijo y presidente del país leía al revés un cuento para niños cuando le comunicaron que un avión —el primero de los dos que impactarían contra las Torres Gemelas— había sembrado el caos. La tragedia no era tanto un ataque a la libertad (algo que se encargaron de señalar los defensores de la democracia) como la muestra palpable y sabida de que el mal existe y había dejado su huella en el corazón mismo de Nueva York, en el mayor plató cinematográfico que existió jamás.

    por Anónimo
    enero 04, 2013

    LA NOCHE MÁS OSCURA | CRÍTICA

    por Anónimo | enero 04, 2013
    Crítica de Días extraños, de Kathryn Bigelow - Strange Days review
    LENNY NERO, VENDEDOR DE RECUERDOS
    Días extraños (Strange Days, Kathryn Bigelow, 2012)

    Cuando nos llega el tráiler de la prometedora Zero Dark Thirty, el nuevo intento de Kathryn Bigelow de conquistar el Óscar tras su multipremiada En tierra hostil (2008), Sesión Doble se complace en recuperar una de las obras más fascinantes de esta realizadora a contracorriente: Días extraños (Strange Days, 1995). Mujer de carácter y emprendedora, ha demostrado con su más que interesante trayectoria, que el cine de acción no tiene que ser necesariamente un terreno reservado exclusivamente a los hombres. La carrera de Bigelow, que comenzó en 1983 con The Loveless, siempre se ha caracterizado por una insólita perfección técnica en las secuencias de acción y un ritmo adrenalínico que ha quedado impreso en estupendas cintas como Los viajeros de la noche (1987), Acero Azul (1989), Le llaman Bodhi (1991) o K-19 (2002). Casada con el megalómano James Cameron entre 1989 y 1991, fue mítico el momento en que Bigelow le arrebató el Óscar al mejor director en la ceremonia de 2009. La realizadora dio la sorpresa de la noche con En tierra hostil, su obra sobre el día a día de una brigada estadounidense de artificieros en Irak, desbancando a Cameron, claro favorito por Avatar.

    por José Martín León
    octubre 22, 2012

    DÍAS EXTRAÑOS (KATHRYN BIGELOW, 1995)

    por José Martín León | octubre 22, 2012

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