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    Cine Alemán Siglo XXI

    TITANIC (JAMES CAMERON, 1997)

    RÉQUIEM DE UN COLOSO

    Recuerdo haber visto Titanic a una edad muy temprana. Fui a verla con mis padres a los cines Capitol de Madrid, en plena arteria urbana. Nos sentamos en el segundo anfiteatro, el aforo completo y cierta magia inundando la sala, desde donde se podía contemplar la –para mí gigantesca– pantalla, con sus cortinas rojas desgastadas presidiendo aquella caja alumbrada tenuemente a escasos minutos del comienzo. Ahora entiendo que parte de ese encanto ha desaparecido, o yo me he hecho (demasiado) mayor y he perdido cierta capacidad de asombro, tal vez por experiencia o falso desgaste. Obviamente, por aquel entonces no era consciente de esa futura enfermedad llamada cinefilia, y tampoco sabía mucho de ese señor canoso que había dirigido cintas tan importantes como Aliens, Abyss y Terminator 2: El juicio final, esta última merecedora de todos mis halagos infantiles que aún hoy perduran. La expectación ante dicho visionado era máxima. Desde Estados Unidos llegaban noticias sobre su rompedora victoria en taquilla: se había consolidado como el estreno más taquillero de la historia (actualmente, la recaudación total ronda los 1.900 millones de dólares). Pero yo era ajeno a los mecanismos de la industria. Disfrutaba mientras todas esas historias me eran transmitidas gracias a un básico ejercicio de proyección y exhibición. A las seis de la tarde se apagaron las luces y, sin más, nos sumergimos en las frías aguas del Océano Atlántico, siguiendo a una máquina que escudriñaba los restos de un barco hundido. Y a partir de ahí, tres horas escuchando absorto una narración tan ilusionante como trágica. La narración de una entrañable anciana que había sobrevivido al naufragio del coloso insumergible (ah, la ironía) y que respondía al nombre de Rose.

    Kate Winslet & Leonardo Di Caprio en una de las historias románticas icono del séptimo arte
    Donde habitaban los sueños

    Miércoles 10 de Abril de 1912. Puerto de Southampton, Inglaterra. El trasiego de gente es incesante, coches que van y vienen, tripulantes que ultiman detalles a falta del primer rugido de las máquinas. Allí está el Titanic. Un acontecimiento sin precedentes. Varios tipos juegan unas manos de póquer en el bar más próximo. La cámara se centra en un veinteañero rubio, delgado y guapo, con aspecto de pipiolo sin ínfulas: es de clase baja, así que sólo lleva lo puesto y un macuto ligero. Él y su amigo –un simpático italiano– están a un paso de conseguir dos billetes para el Titanic, cuyo trayecto hasta llegar a Nueva York se antoja fascinante. Dos aventureros (o, mejor dicho, buscavidas) de su talla no pueden dejar pasar esa oportunidad. Al fin y al cabo, el rubio desea volver a casa y el italiano, como muchos otros, podría emigrar en busca de la tierra prometida. Pero… Tictac, tictac. Faltan cinco minutos para que 2.227 viajantes zarpen con sus respectivas ilusiones, falta un simple farol, que sus oponentes se traguen la jugada, que se crean vencedores, que el azar sea bueno con ellos. En paralelo a esa acción (de principio a fin, lo que vemos forma parte de un flashback), llega un coche con mucha pompa del que se bajan un tipo de gesto prepotente y una joven que no duda a la hora de señalar que ese supuesto milagro naútico no es tal, que tampoco es para tanto. Ella y su madre –quien la sigue de cerca– pertenecen a la aristocracia norteamericana: ni que decir tiene que viajan en primera, donde compartirán mesa y charlarán en petit comité con la crema de la sociedad, llevando consigo lujosos baúles con obras de Picasso y Monet. Amargo contraste de un mundo que, mientras despertaba el siglo XX, acentuaba sus diferencias entre clases.

    "Soy el Rey del Mundo" Frase que acompañó a los protagonistas como a su creador en la gran promoción de Titanic
    En busca de la obra magna

    Ya hemos advertido la impecable factura de un filme prometedor. Apenas han transcurrido veinte minutos, y esos vivaces amigos corren para hacerse con una cama en tercera. El sonido de viento irlandés maquilla las inequívocas señales de película faraónica que tiñen la pantalla. Ahora sí veo la conexión entre esta peli y las páginas de SuperPop, pienso mientras no pierdo detalle. Leonardo DiCaprio –el rubio guapo– y Kate Winslet –la joven altanera– lo tenían absolutamente todo para triunfar en Hollywood. No obstante, DiCaprio tenía que soportar el sambenito de ídolo adolescente (aunque ya había demostrado unas dotes superlativas interpretando a ese disminuido psíquico llamado Arnie en ¿A quién ama Gilbert Grape?). La actriz inglesa, en cambio, no cargaba con ninguna etiqueta malintencionada: su trabajo en Criaturas celestiales (Peter Jackson, 1994) y Hamlet, de Kenneth Branagh, apuntaban a una intérprete dotada de inteligencia, sensibilidad y belleza. O sea, con un largo y envidiable futuro por delante. Pero eran (y sobre todo visto con distancia y desde este cómodo asiento que supone analizar una obra años después de su estreno) hipótesis, sin más. Titanic llegó como un obús, directo a reformular el término blockbuster: poseía el ADN de las películas triunfadoras, los argumentos que gustan efusivamente en la Meca del Cine. Una historia de amor, tal vez intemporal, que reunía (melo)drama, sonrisas, tensión, acción, tragedia, ambición, grandilocuencia, una forma y un contenido aparentemente equilibrados. Su belleza abrumaba, como la voz de Celine Dion sobrevolando la cubierta, insinuándose a un héroe emocionalmente famélico que grita: “Soy el rey del mundo”. El director hablando a través de su personaje, ya que James Cameron ha sabido explotar el producto como lo que es: un auténtico visionario. Porque Titanic es una ironía genial: el último giro de la trama desemboca en lo que todos sabemos, el hundimiento del transatlántico después de chocar con un iceberg; pero en esa lenta inmersión, toneladas de hierro engullidas por el agua, crecía el fenómeno, cada vez más firme en su carrera hacia los Oscar (finalmente se alzó con 11 galardones, incluyendo el de Mejor Película), sin apenas rival. Titanic había llegado en el momento justo, a finales del segundo milenio, cuando aún teníamos ganas de que nos contaran por enésima vez el arrebatador cuento de Romeo y Julieta. Cristales empañados en una escena de sexo preciosista, si acaso dos pechos naturales, los de Rose, que disponían a ese tal Jack Dawson a dibujarla desnuda, con tan sólo un zafiro colgando de su blanquecino cuello. Gaitas y melodías celtas, slowmotion al paso de los enamorados por la sala de calderas. La forma visual, inapelable; el guión, no tanto. Sucede, sin embargo, que la falta de riesgo y la vocación conciliadora de ese relato excesivamente lacrimógeno arrancaron el aplauso unánime del público. Y eso marca hasta niveles impensables.

    Un amor prohibido. Un amor de película. Rose DeWitt y Jack Dawson
    El eterno resurgir del 3D

    Han pasado quince años desde su estreno. Yo perdí la costumbre de ir al cine con mis padres. Leonardo DiCaprio y Kate Winslet se han consagrado como dos de los mejores actores de su generación. Su filmografía les avala. Por su parte, James Cameron se ha convertido en un segundo rey Midas del cine: Avatar dio el pistoletazo de salida al nuevo (se trata de ciclos) resurgir del 3D. Es coinventor de las cámaras estereoscópicas con que se grabó este filme. Ahora, hipócrita –y oportunista– como pocos, ha decidido someter a su criatura a la abominable conversión de las (falsas) tres dimensiones. Quizá muchos de ustedes pensarán que, tratándose de Cameron, el resultado debe ser excelente. Una obra de ingeniería. Quizá desconozcan la base de la visión estereoscópica, es decir, nuestra visión. Es muy sencillo: cada ojo capta una imagen diferente de la escena, con una pequeña variación en el ángulo de visión, y luego el cerebro une ambas imágenes, que coinciden generando las tres dimensiones. Pues bien, si una cinta no se graba en dicho formato, la ilusión es simplemente impostada. Lo único que hacen es duplicar la imagen que ya estaba grabada –con el mismo ángulo visión, se entiende– y proyectarlas al mismo tiempo. Una tomadura de pelo que se lleva a efectos en post-producción. Para quien esto escribe, es totalmente lícito, e incluso respetable que apelen al homenaje y a la nostalgia para reestrenar clásicos. Pero no a costa de la probable inocencia del espectador.

    El hundimiento del Titanic. Una tragedia vigente aun en nuestros días
    22 nudos, la velocidad de la muerte

    El Titanic chocó con un iceberg al sur de las costas de Terranova. Eran las 2:20 de la mañana del 15 de Abril cuando se hundió completamente. Días antes, habían recibido varios despachos telegráficos anunciando el inminente peligro de pequeños islotes de hielo. Cuentan que el Capitán Edward John Smith ordenó seguir una ruta más al sur, eludiendo así la zona crítica. La película no hace hincapié en el hecho de que el telégrafo dejó de funcionar durante diez horas. Sí muestra, en cambio, el pesar del Capitán cuando éste le propone a Bruce Ismay, presidente de la línea de barcos de vapor White Star Line, reducir la velocidad de 22 a 20 nudos. Ante la negativa de este último, el barco siguió su rumbo en la inhóspita noche del Atlántico. Poco después, Frederick Fleet, uno de los vigías, avistó un iceberg a menos de 500 metros de distancia. Hizo sonar la campana tres veces y telefonéo desesperado al puente de mando. “¡Iceberg, derecho al frente!”, gritó. Demasiado tarde. A las 23:40 de esa trágica noche, un cuchillo de hielo atravesó las tripas del Titanic.

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    Imdb Grupo 7Por Juan José Ontiveros

    Leo, escribo, a veces pienso.
    El cine es totalmente subjetivo.
    Decía Hitchcock que "son 400 butacas que llenar".
    En esas butacas, además, puedes ver clásicos como Johnny Guitar.

    Edición por Emilio Luna
    Special Message from Johnny Lang

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    El perdón Fantasías de un escritor Memoria Clara Sola
    La patria perdida
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