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    Christophe Honoré
    Christophe Honoré
    || Críticas | Cannes 2024 | ★★☆☆☆
    Marcello mio
    Christophe Honoré
    De Chiara para Marcello


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes |

    ficha técnica:
    Francia, Italia, 2024. Título original: Marcello Mio. Duración: 120 min. Dirección: Christophe Honoré. Guion:Christophe Honoré. Música: Alex Beaupain. Rémy Chevrin. Compañías: Coproducción Francia-Italia; Les Films Pelléas, France 2 Cinema, BiBi Film, Lucky Red. Reparto: Chiara Mastroianni, Catherine Deneuve, Fabrice Lucini, Melvil Poupaud, Nicole García, Stefania Sandrelli.

    Marcello Mastroianni y Catherine Deneuve se conocieron en Londres, en una cena organizada por Polanski; un año después, coincidieron en el reparto de una película de Marco Ferreri e iniciaron una relación que cristalizó en el nacimiento de su hija, la también actriz Chiara Mastroianni, para quien no debe de haber sido fácil hacer carrera en el cine teniendo como progenitores a dos de los mejores intérpretes de la historia. La etiqueta de “la hija de…” ha acompañado a la actriz a lo largo de los años; y, pese a haber trabajado con cineastas de renombre como Desplechin, Lisandro Alonso y Christophe Honoré, y a haber cosechado un número considerable de premios y nominaciones (Mejor actriz en Una cierta mirada de Cannes, César), no ha podido deshacerse de ella. Así, ante la incapacidad de matar al fantasma del padre, Chiara ha decidido convertirse en él para establecer un diálogo tanto con Deneuve y su círculo cercano como consigo misma, con el fin de transformar esa angustia que le provoca la negación por parte de la sociedad de su propia identidad en la herramienta con la que terminar con ella; de convertir el dolor que supura de la herida abierta por un pasado que ha sido amortajado por la muerte en su propia venda; de llevar a cabo un ejercicio de psicoanálisis a través del cual expurgar los recuerdos sucios de polvo y melancolía que lastran su presente. Esa parece ser, en un principio, la línea argumental de Marcello Mio, la nueva película del ya citado Honoré, que, incomprensiblemente, ha sido incluida en la Sección Oficial de Cannes.

    La cinta, una autoficción en la que los actores se interpretan a sí mismos buscando generar una curiosidad algo amarillista que le haga preguntarse qué intimidades son reales y cuáles no, empieza con Chiara disfrazada de la Anitta Ekberg de La dolce vita, recreando la famosa escena de la Fontana de Trevi para una sesión fotográfica. En los escasos dos minutos que dura la secuencia, ya queda claro cuál va a ser el tono que el director le va a imponer al metraje: el del homenaje ahogado en melancolía que busca emocionar a fuerza de apelar a la memoria cinematográfica del público, actualizando algunos de los momentos cumbre de la historia del cine. Honoré, por ejemplo, vuelve a rodar la conversación entre los personajes de Mastroianni y Claudia Cardinale al final de 8 y ½; y la secuencia final en la playa de La dolce vita, pero esta vez con Chiara haciendo el papel de su padre. Efectismos vacuos carentes de gracia que, lejos de ser los picos de intensidad más altos de la película, lejos de plantarse con convicción frente a la mirada del espectador y maravillarla con su genialidad, subrayan la inexistencia de ideas que hay detrás de la obra. Principalmente, porque la capacidad sorpresiva de algo reside en su nivel de originalidad y Woody Allen ya había utilizado esta estrategia de calcar escenas de grandes clásicos en Rifkin´s Festival.

    El otro gran problema de la cinta es que desaprovecha por completo la idea de convertir a Chiara en Marcello, porque es incapaz de desarrollarla en alguna dirección. Una vez que la protagonista se ha transformado en su padre, no llega a sentir una catarsis, ni a observar el mundo desde un nuevo punto de vista, ni a entablar una conversación con el pasado, ni consigue que su entorno la reconozca como una artista independiente, alejada por completo de la sombra de su familia. Todo queda reducido a un juego de guiñoles enamorado de su propio reflejo, que nada tiene que decir sobre la construcción de una identidad propia, sobre la tristeza provocada por la ausencia de un ser querido, o sobre la interpretación como forma de apagar hogueras de tristeza. La autocomplacencia de las incontables escenas en las que estrellas del cine galo muestran sin ningún tipo de reparos, ni de autocrítica, el ambiente endogámico de la industria, terminan por hundir una propuesta que quería ser un homenaje a uno de los mejores actores de la Historia, pero que termina convertida en una reunión familiar aburrida, en la que sólo las grandes interpretaciones de Chiara Mastroianni y Deneuve se salvan. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    septiembre 19, 2024

    Crítica | Marcello mio

    por Rubén Téllez Brotons | septiembre 19, 2024
    || Críticas | #SSIFF70 | ★★☆☆☆
    Winter Boy (Le lycéen)
    Christophe Honoré
    Los mil y uno espejismos del trauma


    Mariona Borrull Zapata
    San Sebastián|

    ficha técnica:
    Francia, 2022. Título original: «Le lycéen». Dirección: Christophe Honoré. Guion: Christophe Honoré. Compañías productoras: Les Films Pelléas, Auvergne Rhône-Alpes Cinéma, France 2 Cinema. Música: Yoshihiro Hanno. Fotografía: Rémy Chevrin. Montaje: Chantal Hymans. Reparto: Paul Kircher, Vincent Lacoste, Juliette Binoche, Xavier Giannoli, Christophe Honoré, Wilfried Capet, Isabelle Thevenoux, Jean-Philippe Salerio. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de San Sebastián. Duración: 122 minutos.

    Fuera de foco, expectante, removido, a veces incluso alegre. «Mi vida se ha convertido en un animal salvaje que no puedo controlar sin que me muerda», así definirá Lucas (Paul Kircher) sus mareas emocionales. Son los términos absolutistas propios de un hígado adolescente atormentado, pero Christophe Honoré (Habitación 212) los toma de forma literal para organizar (o, al contrario, desorganizar) su nueva película. Dividido en dos tramos que se miran sin saberlo, el retrato psicológico de Honoré es arremolinado y estomacal, pues digiere en sus adentros imágenes venidas de la ensoñación, la confesión íntima y el deseo.

    Puramente democrático, el diario de Lucas explica qué vivió, pensó y proyectó en los momentos que rodearon la muerte de su padre. Serán instantáneas de confusión, orquestadas por el testigo del adolescente, que habla delante de cámara con las inflexiones de quien sabe estar diciendo algo trascendente, de verdad. Nasal, oclusiva, algo nerviosa, su voz dará la vuelta al calcetín de su psique, revelando todo aquello que dijo y no pretendía, lo que nunca contó y debería, y lo que pensó y no era cierto. Lucas habla de un accidente que tuvieron en la carretera, al que asistimos impertérrites. El incidente se presenta a partir de las formas del suspense, como si se tratara de los últimos instantes en la vida del padre. Sin embargo, luego, Lucas confesará que aquello le pareció una premonición… El día anterior al accidente que acabó con su vida, su padre y él tuvieron un pequeño derrape en la carretera, que acabó solo en susto. Honoré organiza un barullo alrededor de imágenes cristalinas y espera que montemos en ellas, como ya hicimos (con mucho más atino) en la excelente Abrázame fuerte de Mathieu Amalric.

    Menos oral que nunca, pero más sensorial y más sentido, el cineasta nos pedirá que nos acerquemos al proceso de duelo de Lucas con la piel porosa y las ideas relajadas. El chico va a pasar unos primeros días de luto del todo abrumado por su familia, aliada e invasora al mismo tiempo. Incapaz de sostener la compostura entre tanto ruido, Lucas se marchará una semana con su hermano mayor, François (Vincent Lacoste), hospedado en su piso en París. Dejará atrás el dolor del hogar, donde queda una Juliette Binoche que es la viva definición de una madre-coraje (me recuerda mucho a la mía). En París, François comparte apartamento con Lilio (Erwan Kepoa Falé), un amigo tranquilo y optimista. El entorno parece idóneo para curar el caos; lejos, distraído, en calma. Sin embargo, François necesita el piso cada día hasta tarde, por lo que Lucas se ve obligado a deambular sin rumbo por una ciudad enorme y fría. Otro atino (puntual) de Honoré, buen observador teen: el chico siempre va demasiado poco abrigado, siempre vuelve a casa entumecido.

    El chico desordenará la vida de todos a su alrededor, quijotizará la tranquilidad del lugar con su estado mental, vaporoso. Molestará a su hermano, enfadará a su colega, incluso se pondrá en peligro (suponemos) para dar alguna salida a su confusión. La segunda mitad de la película se organiza en lo temático como un cuento de Rohmer, combinando las conversaciones trascendentalistas y el tanteo con la dimensión espiritual, junto con un acercamiento sensible y sin tapujos al mundo de las citas de Grinder. En lo formal, seguirá un expresionismo entre el comentario de Hong Sang-soo, a base de zooms extremos, y la espectacularidad meticulosa del cine indie, con numerosos subrayados bajo forma de cámaras lentas e interludios musicales. Es un barullo conocido, cuya mezcla resulta en una cabriola algo aleatoria.

    Podremos pensar en las mareas repentinas de sus dos partes como dos batientes que se miran y se contaminan: primero, cómo la identidad de Lucas se forma al narrar (es decir, ordenar y descartar) las caras de una ausencia; luego, cómo esa ausencia inicial (y la narrativa que de ella se ha montado) acaba determinando toda su vida posterior. No obstante, la aleatoriedad y la relectura directa de sus fuentes acaban desgastando el poco brillo de la cinta… Hasta que la película acaba resultando un tanto molesta. Frustra más, incluso, si sopesamos el último gesto de Honoré, bajo forma de epílogo: incluir a la madre, aquella que sufría siempre en segundo término, como otra voz dentro de un diario personal que se revela miasma compartida. ¿Cómo chocarían las imágenes cristalinas de ambes alrededor de una misma pérdida? ⁜

    por Mariona Borrull Zapata
    mayo 12, 2023

    Crítica | Dialogando con la vida

    por Mariona Borrull Zapata | mayo 12, 2023

    Revelaciones nocturnas

    Crítica ★★★★★ de «Habitación 212», de Christophe Honoré.

    Francia, Bélgica, Luxemburgo, 2019. Título original: Chambre 212. Dirección y guión: Christophe Honoré. Productores delegados: Philippe Martin, David Thion. Director de fotografía: Rémy Chevrin. Asistente de cámara: Olivier Servais. Sonido: Valérie Deloof, Angelo Dos Santos, Nicolas Leroy, Agnès Ravez. Escenógrafo:Stéphane Taillasson.Vestuarista: Olivier Bériot. Ingeniero de sonido: Carlo Thoss. Directora de producción: Pauline Seigland. Montadora: Chantal Hymans. Reparto: Chiara Mastroianni, Benjamin Biolay, Vincent Lacoste, Camille Gottin. Producción delegada: Les Films Pelléas. Coproductoras:Bidibul Productions, Scope Pictures. Coproducción: France 2 Cinéma. Presentación Cannes 2019. Película inaugural Festival D'A 2020. Duración: 86 minutos.

    En Fragmentos de un discurso amoroso Roland Barthes transita por la manifestación romántica como ante un fenómeno múltiple y nunca aprehensible, dependiendo de la entidad del ser amado, de la capacidad de fascinación generada o de las expectativas íntimamente esperadas. En Habitación 212, la última y sensacional película de Christophe Honoré, su personaje principal es claro y transparente en su forma de amar, o así lo entiende ella, encarnada por la espléndida Chiara Mastroianni, aunque ella construye su visión de la relación desde un erróneo sobreentendido mutuo del amor no compartido por el esposo, diferenciando matrimonio de sexo, costumbre del placer. Por seguir dentro del reciente cine francés, Un bello sol interior jugaba con el relato de Barthes para mostrarnos al personaje opuesto. Aquí la no menos espléndida Juliette Binoche concebía el amor como pasión perdurable e inextinguible, una sublimación romántica del concepto amoroso que provocaba más desilusión que placer, teniendo que ser un tercero, un extraño, Gerard Depardieu, quien, en un final prodigioso, discurseaba sobre el sentido de la pulsión amorosa y la innecesariedad de buscar como objetivo un ideal de perfección. Ambas películas, la de Honoré y la de Denis, se dan la mano en un diálogo metafórico que enriquece a ambas, pues en lo que Denis transita alrededor del drama y la insatisfacción, Honoré lo hace mediante el tono ligero de una supuesta comedia que encierra enormes dosis de cinismo propio de los adultos.

    Si a otra distancia, en otra dimensión del lenguaje cinematográfico, Elogio del amor de Godard, también se refería, a su manera, al discurso de Barthes, y adaptaba su estilo a las tres edades del amor, Honoré juega con esas tres edades encarnadas en tres personajes, fundamentalmente dos, que, a lo largo de una noche más mágica que real, se terminan conociendo realmente a fuerza de dialogar aunque sus edades no coincidan con las reales. Ese encuentro sucesivo que va teniendo lugar a modo de sueño burlesco, magníficamente diseñado como una aventura nocturna digna del sentido escénico de, digamos, Paul Vecchiali, pero desprovisto del tono fúnebre o depresivo que cualquier historia de supuesto desamor suele acompañar, envuelve al espectador en una experiencia gozosa, sutil, irónica, pero también dolorosa, en la que el personaje central de María (Mastroianni) termina dudando de sus elecciones vitales; porque en el fondo, plantearse las relaciones como algo eterno e inmutable conduce a la pareja protagonista a esa costumbre exenta de la complicidad y deseo inicial, a un ritual acomodaticio de convivencia un tanto falsificada; y para sobrevivir a la rutina ella ha optado por soluciones de desahogo aunque las opciones escogidas durante su vida matrimonial lo hayan sido sin contar con las reacciones que puedan generar en su compañero.

    La idea del amor romántico salta por los aires en los primeros diez minutos de película, momentos tan bien diseñados, tan bien planificados, tan bien escritos que, una vez aceptado el reto, deshacerse de la película resulta imposible. El dibujo del personaje de María se transforma en una antítesis del personaje femenino en el cine mayoritario porque Honoré la coloca en una posición tradicionalmente reservada para el hombre maduro y atractivo. María ha eliminado el concepto de fidelidad de su relación marital para que ésta pueda subsistir, y lo ha hecho no como consecuencia del paso del tiempo sino como un antídoto personal contra el aburrimiento y la agonía del placer conyugal que entiende efímero. Por eso su presentación, su puesta en escena es rotunda, de seguridad aplastante. ¿Cuántas veces se habrá visto pasear con tanta elegancia y dominio del espacio a una actriz por las calles de París? Aquí Mastroianni domina la escena y el escenario, una depredadora que no deja pasar la ocasión de buscar la belleza de la juventud en el sexo opuesto ejecutando actos de una incorrección política absoluta pero que dan en la línea de flotación del espejo masculino, acostumbrado a que el rol sea el contrario. Como contrapartida el papel masculino adopta la posición típica de la mujer engañada, sumiso pero decepcionado, defraudado, pero serenamente contenido en su reacción. El amor para que sobreviva frente al amor romántico, lo perdurable frente a lo ideal. El diálogo entre ellos será breve en su domicilio, es la constatación de un fracaso mutuo porque han llegado a no reconocerse a base de silencios. Cuando María se refugia en el hotel desde cuya ventana puede ver las habitaciones de su casa la película entra en el terreno juguetón del «si se pudiera».

    por Miguel Martín Maestro
    julio 03, 2020

    Crítica: Habitación 212

    por Miguel Martín Maestro | julio 03, 2020

    El renacimiento de la luz

    Quinto capítulo de la crónica de la 72ª edición del Festival de Cannes.

    La exigua carrera, con tres títulos filmados hasta entonces en treinta años, de Terrence Malick alcanzó su cénit en el Festival de Cannes en 2011. Su Palma de Oro con El árbol de la vida (The Tree of Life), supuso el reconocimiento definitivo a un autor en constante transformación. Este filme, además, ofrecía una mirada única de la obsesión que ha roturado su filmografía: el existencialismo. Una temática inherente a los títulos posteriores que conformaron la trilogía Weightless –To the Wonder (2012), Knight of Cups (2015) y Song to Song (2017)— y en el documental Voyage of Time (2016). Elegías al amor y la fe perdida y reencontrada que, si bien, contenían muchas de las virtudes del director tejano, también derivas insatisfactorias que denotaban cierto estancamiento semántico. Lo cierto es, que algunos de sus excesos aparecen en su último trabajo, A hidden life –anteriormente conocida como Radegund, en referencia al pueblo de procedencia del protagonista Franz Jägerstätter (August Diehl), un hombre que renuncia a combatir por el bando nazi en la II Guerra Mundial—, unidos a un excesivo metraje –con una narrativa excesivamente engolada—, pero que, sin embargo, quedan en un tercer plano gracias, primero, a su bellísimo continente; segundo, y más importante, al poderoso mensaje que porta. Un mensaje, por otro lado, que arriba a Cannes en pleno debate sobre el auge de la ultraderecha en el mundo occidental, algo que podría tener como traducción la presencia de la película en el palmarés final. A Almodóvar, con Malick y Sciamma, por tanto, le aparecen rivales por el máximo galardón. Tampoco importa demasiado, con o sin premios, con cintas como las suyas gana el cine. E.L.

    por EAM
    mayo 20, 2019

    Cannes 2019 (V) | Críticas: La Gomera, Portrait of a lady on fire, Room 212, Liberté, Lux Aeterna

    por EAM | mayo 20, 2019

    El antídoto de la muerte

    Crítica ★★★★☆ de «Vivir deprisa, amar despacio», de Christophe Honoré.

    Francia, 2018. Título original: «Plaire, aimer et courir vite (Sorry Angel)». Director: Christophe Honoré. Guion: Christophe Honoré. Fotografía: Rémy Chevrin. Música: Varios artistas. Productora: Les Films Pelléas / Arte France Cinéma. Intérpretes: Vincent Lacoste, Pierre Deladonchamps, Denis Podalydès, Rio Vega, Willemijn Kressenhof. Duración: 132 minutos.

    Dice Christophe Honoré, nacido en Bretaña el 10 de abril de 1970, que la reciente proliferación de obras audiovisuales en torno a los albores del sida se debe a que quienes los vivieron han alcanzado ya la edad suficiente para reflexionar al respecto. Se trata de un periodo terrible y tristemente clave de la realidad gay, una pesadilla que todos queremos dejar atrás pero no podemos ni debemos olvidar, fuéramos o no testigos de ella. Honrar a quienes perdió a manos del aterrador virus parece la meta principal del aplaudido realizador de Las canciones de amor (2007) y Les bien-aimés (2011) en su reciente Vivir deprisa, amar despacio, que tuvo la mala suerte de estrenarse en el Festival de Cannes justo un año después que 120 pulsaciones por minuto, por la que su compatriota Robin Campillo se hizo con el Gran Premio del Jurado al ganarse las lágrimas del mismísimo presidente del mismo, Pedro Almodóvar. Las comparaciones son odiosas y, en este caso, absurdas, ya que estas películas fueron confeccionadas al unísono sin saber la una de la otra y son además muy diferentes: aquella seguía los pasos de un relativamente violento grupo de activistas de ACT UP, mientras que esta se centra en la historia de amor entre dos hombres cuyas vidas se cruzan en pleno auge tanto de la libertad como del desasosiego. Por consiguiente, podríamos encuadrar la primera en el terreno de la colectividad y la segunda en el del individualismo, sirviendo así de homenajes muy distintos: uno, a la agrupación y la lucha; el otro, a la intimidad y el amor. En ambos casos, la unión hace la fuerza. Y, claro está, no existe la realidad de una sin la de la otra: en medio de la locura activista de 120 pulsaciones por minuto brotaba el amor por doquier y muchos de los diálogos de Vivir deprisa, amar despacio están bañados de reivindicación, mencionándose incluso ACT UP, aunque desde una perspectiva mas filosófica y elitista.

    Los enamorados de Vivir deprisa, amar despacio son el Pierre Deladonchamps de la sugerente El desconocido del lago (Alain Guiraudie, 2013) y el Vincent Lacoste de la no menos evocadora Eden (Mia Hansen-Løve, 2014), que compartieron la mejor interpretación masculina del Festival de Cine Europeo de Sevilla pese a ser poco después marginados en su propio país por los rara vez acertados Premios César (particularmente cegatos ante la cinematografía LGTB, siendo justo 120 pulsaciones por minuto la excepción que confirma tan LGTBófoba regla). Separados por década y media de vida (el primero nació en 1978; el segundo, en 1993, brecha relevante para el desarrollo de la trama), ambos están sublimes: atractivos y muy carismáticos, pero plenamente naturales, de forma que los diálogos de Honoré, aunque harto cultos, se antojan siempre fluidos. Deladonchamps encarna a Jacques, un escritor al que el sida depara poco tiempo que se rodea de un exnovio igualmente moribundo, un amigo nada atractivo (en contraste al resto del elenco, modélico incluso en roles de extra) pero muy noble, su pequeño pero despierto hijo y la madre de este último, dejando el guion en manos del espectador imaginar el pasado de todos ellos. Al ser su existencia tan seria y agridulce, Jacques encuentra consuelo en amoríos jóvenes y desenfadados a los que parece entregarse gustosamente con más pasión de la que puede recibir, quizá porque en el fondo consigue a cambio algo más importante: una brisa de juventud y por tanto de vida. El último de sus intereses románticos es Arthur, el personaje al que da vida Lacoste, quien, pese a su espíritu risueño y alocado, sí parece corresponderle en la misma medida, tanto a nivel intelectual como románticamente. Esto también es una novedad para Arthur, quien siempre ha tenido relaciones sexuales con hombres y mujeres por igual pese a enamorarse tan sólo de ellas (a quienes, claro, engañaba), visión prejuiciosa pero no atípica de la bisexualidad.

    por Juan Roures
    mayo 13, 2019

    Crítica | Vivir deprisa, amar despacio

    por Juan Roures | mayo 13, 2019

    Christophe Honoré presentó Vivir deprisa, amar despacio en el último Festival de Cannes y volvió a hacerlo en el reciente Festival de Sevilla, donde sus protagonistas (Vincent Lacoste y Pierre Deladonchamps) compartieron el reconocimiento del jurado a la mejor interpretación masculina. Allí tuvimos la ocasión de hablar con este emblemático cineasta francés, artífice también del musical de culto Las canciones de amor (2007), con el que también aspiró a la Palma de Oro.


    Todas tus películas son muy personales, pero Vivir deprisa, amar despacio parece serlo especialmente… ¿Es así? ¿Cómo te sientes al exponerte de esa manera?

    Sí, es una película cuyo guion parte de mis propios recuerdos durante los 80. Realmente, haga una cinta policiaca o una comedia, siempre he seguida una tradición muy autoral, con lo que mis propios sentimientos siempre han quedado plasmados de todos modos, pero en este caso he trabajado desde la primera persona más que nunca. Tengo la sensación de haber puesto mucho de mí, de dos etapas de mi vida, en los dos protagonistas.

    Los 80, la época del sida, una enfermedad que sin duda te marcaría…

    Es muy duro empezar tu vida, con 20 años, y tener que aceptar que tu vida amorosa y sexual gira en torno a una enfermedad tan horrible. Ser gay en aquella época conllevaba una especie de terror; porque sabías que eras parte del llamado “grupo de riesgo”. Todo el mundo estaba escandalizado, y sentía que aquello era una injusticia. Tengo un recuerdo muy vivo de esos años, de ese matrimonio forzado entre el amor y la muerte que marcó nuestra generación.

    Justo últimamente han surgido bastantes películas francesas sobre este tema…: Los testigos (2006), de André Téchiné; Theo y Hugo: París 5:59 (2015), de Olivier Ducastel y Jacques Martineau, o 120 pulsaciones por minuto (2017), de Robin Campillo, por citar las más relevantes. ¿A qué crees que se debe este auge?

    Creo que se debe sencillamente a que los cineastas que vivimos nuestra juventud en los 80 hemos alcanzado ahora los 50, con lo que hemos tenido tiempo suficiente para asimilar aquella época y ahora sentimos la necesidad de tomar la palabra. Haber sobrevivido a una epidemia te hace sentir privilegiado y de alguna forma te insta a expresarte.

    Hablas de “tomar la palabra”, ¿lo ves como una responsabilidad?

    Sí, siento una especie de deber memorial. Es una época que no debe caer en el olvido, con lo que el papel de la transmisión de recuerdos e información es muy importante. También creo que expresarse es una forma de lidiar con un sentimiento verdaderamente inconsolable.

    Al tratar un tema tan delicado, es fácil caer en el tópico. Muchos lo han hecho, de hecho. ¿Cómo lo evitas tú?

    La sinceridad es clave. Me limité a filmar escenas o situaciones que yo he vivido: no construí ninguna de la nada con afán de lanzar un mensaje, que es la forma más fácil de caer en el tópico. No he creado personajes heroicos; apenas hay siquiera activismo sino quizá incluso cierto egoísmo. De alguna forma, los 80 constituyen la edad de oro de la homosexualidad: el sida dio fuerza al colectivo y fomentó la unión y la compasión. Pero lo cierto es que esta enfermedad también creó muchas distancias entre los homosexuales. Al menos, ese es mi recuerdo.

    En Vivir deprisa, amar despacio el sexo está presente de manera sutil, de forma que las escenas se abordan casi siempre antes o después de las relaciones sexuales, a diferencia de muchas películas protagonizadas por homosexuales…

    Yo mismo tengo películas con escenas sexuales muy explícitas, como Mi madre (2004), pero esa no me parecía la forma adecuada de contar esta historia. En esta película opté por generar ternura en torno a los personajes. La cuestión sexual no se evita, al contrario: Jacques, el protagonista, tiene sida pero siente deseo y es deseado, es un seductor. Y precisamente por eso es tan dura la escena sexual de Ámsterdam, porque de pronto sentimos cuán próximo está ya Jacques de la muerte. Por su intensidad, fue una de las escenas más difíciles de filmar.

    Jacques, a quien encarna Pierre Deladonchamps, dice en un momento que la nueva generación es más guapa que la suya, haciendo referencia a las diferencias entre ambas; ¿así ves el contraste entre unos y otros?

    Esa frase es de hecho una reflexión anacrónica que podría estar diciendo yo ahora mismo. La coquetería también está relacionada con convertirse en un objeto de placer. Creo que cada generación es más consciente de su belleza que la anterior; y, por tanto, también más consciente de su poder de seducción, el cual es cada vez más importante en la sociedad.


    Juan Roures
    © Revista EAM / SEFF


    por Juan Roures
    enero 08, 2019

    Entrevista a Christophe Honoré, director de Vivir deprisa, amar despacio

    por Juan Roures | enero 08, 2019

    Apple of my eye

    Crónica de la segunda jornada de la 71ª edición del Festival de Cannes.

    Prólogo: Emilio Luna.
    Críticas de Leto, Yomeddine, Petra, y Sorry Angel: Alberto Sáez Villarino.
    Críticas de Sextape y Border: Víctor Blanes Picó.

    En un texto reciente, el crítico australiano Adrian Martin hablaba de la crítica que invadía los festivales de Categoría como un nuevo modelo de turismo –en este caso cinematográfico— que buscaba, ante todo, la exclusividad, el sentirse el primero que disfruta de una novedad –como si se tratara de un electrodoméstico o el último modelo de Smartphone— dentro del panorama fílmico. No será un servidor el que rebata a Martin esta sentencia, no obstante, el deseo de abrir ese regalo que a veces es el cine y ser el primero en poner cara de sorpresa es algo con lo que sueña cada crítico, programador o simple aficionado al séptimo arte. El Festival de Cannes es el paradigma de todo ello. Lo es, además, excluyendo al público de sus sesiones; solo un ameritado puede acceder a las entrañas del Lumiére o el Debussy; el resto, debe mirar –y, bueno, vestirse como un espantapájaros en la entrada para que le regalen una entrada. Algo que resulta paradójico: un certamen sin profanos entre sus asistentes y centenas de distribuidoras anhelando esa cinta para el público convencional que salve el año; la crítica subrayando lo que es válido y el jurado haciendo y deshaciendo con criterios más propios de la política regional que los de una selección de virtuosos de su especialidad artística. El pueblo siempre presente pero sin él; una contradicción tras otra.

    No les describo nada nuevo. La traducción de todo esto para un neófito es asumir que jamás tendrá espacio justo cuando más lo desea. A los miles de personas que se agolpan en la Croisette y en la entrada de las salas, que en ocasiones deja una sensación de olla a presión, se une el reguero de preguntas a las que uno se ve sometido desde el último fundido a negro hasta ver la luz nublada extramuros. Una procesión que se solapa con lo comentado al inicio: tu opinión y con premura. Por momentos, abrumador y no demasiado ajustado. Unas distancias tan cortas que impiden la llegada de la mesura. Probablemente esta se quedó en la vista matinal al puesto de crepés. Por suerte, el tiempo dirá. Y, así, veremos qué tal maduran las protagonistas de la jornada del jueves, películas como la rusa Leto, la egipcia Yomeddine o la francesa Sorry Angel, representantes de la competición. Hago especial hincapié en la ópera prima de A.B. Shawky, una cinta de Un Certain Regard ascendida a la máxima competición por cuestiones geopolíticas. Una obra pequeña, destinada a salas de cine para espectadores maduros. Un trabajo que solo quiere recoger una historia singular, con ingenuidad, buscando el corazón del público. Por supuesto, ha sido destrozada por los especialistas. Frémaux anunció una renovación programativa al inicio del festival, ¿no deberíamos nosotros también reprogramarnos? ¿O seguimos o la misma cantinela?

    LETO (SUMMER)

    Kirill Serebrennikov, Rusia | COMPETICIÓN.

    La historia de la música rock rusa podría dividirse en varios períodos muy bien delimitados: el primigenio, en el que se afinaban unos primeros acordes demasiado tímidos que no hacían el suficiente ruido para llegar a molestar, tuvo algo que llegó a ser muy positivo en esta época en la que el rock era básicamente imitativo de las grandes tendencias estadounidenses. Esas tendencias estaban bastante emparentadas con la situación religiosa y nacionalista del país, sin embargo, los jóvenes trataron de secularizar la escena underground por medio de voces rotas y letras incendiarias que dieron fama a algunos talentos tan prometedores como efímeros.

    Detenido y bajo arresto domiciliario por un incierto delito de malversación de fondos, Kirill Serebrennikov se ha visto obligado a editar en un ordenador personal, desde su apartamento de Moscú, esta película sobre el nacimiento del rock underground en el Leningrado de los años 80. Con una estética videoclip muy bien intencionada, y un sinfín de referencias a algunas de las mejores bandas de rock de todos los tiempos, el realizador consigue trenzar un dinámico musical en el que se presenta la aparición de la gran promesa emergente de la contracultura soviética de los 80: Viktor Tsoi. Un biopic fresco y original sobre la amistad entre Tsoi y la gran estrella del momento, Mike, así como el delicado triángulo amoroso que se forma cuando entra en escena la novia de éste último, Natasha. Sin embargo, cualquier interés biográfico que pueda tener la película se ve afortunadamente mitigado por una propuesta musical excepcional, llena de homenajes a las grandes figuras estadounidenses que, por entonces, eran considerados los grandes enemigos del régimen. Pero esta premisa política tampoco servirá al director para distraerse de su objetivo verdadero: el rock. Por medio de videoclips imaginarios, en los que, tanto los protagonistas como improvisados secundarios, versionarán a algunos de los grandes clásicos de la época, como Lou Reed o David Bowie, la pantalla se llena de energía en esa delicada época de madurez en la que los artistas no son todavía conscientes de lo que supone ser adulto y, mucho menos, ser una celebridad. 70|100

    Rusia, 2018. Título original: Petra. Director: Kirill Serebrennikov. Guion: Lily Idov, Mikhail Idov, Kirill Serebrennikov. Duración: 108 minutos. Edición: Yuri Karikh. Fotografía: Vladislav Opelyants. Música: Varios artistas. Productora: Hype Film / KinoVista. Intérpretes: Irina Starshenbaum, Teo Yoo, Roman Bilyk. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    YOMMEDINE

    A.B. Shawky, Egipto | COMPETICIÓN.

    Los cristianos coptos se han convertido en una de las minorías cristianas más perseguidas del planeta. Su arraigo en la sociedad egipcia, su molesta y notoria presencia en la escena de Oriente Medio y su valentía a la hora de defender sus derechos, han situado a este grupo en el blanco de todos los atentados de odio, sobre todo tras la aparición y el gran auge de grupos terroristas como el Estado Islámico. Pero, si encima de cristiano, se es leproso, desde luego no parece que se tenga un futuro muy prometedor en Egipto, y eso es precisamente lo que tiene que sufrir Beshai cada día, desde que sus padres lo abandonaran en una colonia de leprosos y tuviera que crecer con el estigma de ser deforme en una sociedad sin escrúpulos.

    La película de A. B. Shawky trata de este hombre quien, haciendo equipo con un niño huérfano, marcha junto a él en busca de lo que pueda quedar de sus familias. La película pronto toma una deriva demasiado efectista y se olvida del rigor narrativo y estético para tratar de alcanzar los sentimientos del espectador con una historia demoledora sobre la verdadera amistad y las consecuencias de vivir atrapado por la idea ilusoria de una vida mejor cuando, en realidad, no somos capaces de valorar lo que realmente importa y nos rodea. Tragicomedia de corte naíf que, pese a no tener gran calado, está dotada de una bonita moraleja, puede que más propia de una sesión de sobremesa dominguera que de una sección oficial de Cannes. 50|100

    Egipto, 2018. Título original: Yomeddine. Director: A.B. Shawky. Guion: A.B. Shawky. Duración: 93 minutos. Edición: Erin Greenwell. Fotografía: Federico Cesca. Música: Omar Fadel. Productora: Coproducción Egipto-Estados Unidos-Austria; Desert Highway Pictures / Film-Clinic. Intérpretes: Rady Gamal, Ahmed Abdelhafiz. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    SORRY ANGEL (PLAIRE AIMER ET COURIR VITE)

    Christophe Honoré, Francia | COMPETICIÓN.

    Sorry angel cuenta la historia de amor imposible entre un escritor maduro enfermo de sida y un joven amante de la lectura, adolescente y soñador. El realizador Christophe Honoré completa un melodrama de ritmo agónico con el que no consigue transmitir ni la elocuencia ni la profundidad que parece muy seguro de estar logrando con un constante y reiterativo vaivén sobre los mismo temas y dilemas amorosos entre dos hombres destinados a amarse y condenados a estar separados. El relato comienza de forma interesante, haciéndonos partícipes de la espontánea promiscuidad con la que se conocen ambos protagonistas y lo distinto de cada uno de ellos. A continuación, la película destinará gran parte –demasiada– de su argumento a relatar las vidas por separado de estos dos hombres que no resultan tan interesantes, ni tan atractivos como para dedicar tanto tiempo a un momento reflexivo tan pausado.

    La trama comienza entonces a caer en una monótona y redundante sucesión de monólogos extraídos de fragmentos literarios y referencias demasiado explicativas a importantes figuras de la cultura francesa y norteamericana que, si en el primer o segundo ejemplo pudieron sonar convincentes, la constante mención a los mismos deviene en un presuntuoso y vulgar esfuerzo por transmitir una gravedad artificiosa y un dominio de los recursos retóricos cansino y desesperante. Pese a inequívoca voluntad de lograr un desenlace tragicómico acertado, la cinta ya había caído en una extenuación absoluta y su argumento quedó sometido a una completa falta de interés por el espectador. Honoré no logra contar nada nuevo, ni tan siquiera culminar con acierto un mensaje de alarma demasiado condicionado por clichés y banalidades tan obvias y superficiales que resulta inaudito tener que sufrirlas en un festival de estas características. 20|100

    Francia, 2018. Título original: Plaire, aimer et courir vite (Sorry Angel). Director: Christophe Honoré. Guion: Christophe Honoré. Duración: 132 minutos. Edición: Chantal Hymans. Fotografía: Rémy Chevrin. Música: Varios artistas. Productora: Les Films Pelléas / arte France Cinéma. Intérpretes: Vincent Lacoste, Pierre Deladonchamps, Denis Podalydès, Rio Vega, Willemijn Kressenhof. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    PETRA

    Jaime Rosales, España-Dinamarca | QUINCENA DE REALIZADORES.

    Petra comienza en el capítulo segundo de su historia, un episodio que vendrá precedido de un rótulo en el que se desvelará su contenido, y que trata de cómo Petra, una idealista pintora enamorada del concepto platónico de la pureza artística, conoció a Jaume, un prestigioso artista a quien visita con la intención de acercarse a su obra y su forma de trabajar como herramienta de aprendizaje y mejora en su proceso creativo. Con la presentación del tercer capítulo –segundo según el orden cronológico–, nos daremos cuenta de que la película seguirá esta tónica de desvelar acontecimientos de absoluta relevancia para la trama, técnica para dirigir nuestra atención, permitirnos que dejemos de pensar en el posible desenlace de cada acción y centrarnos, sin distracciones ni impaciencias, en la correcta diégesis argumental. En su adscripción al cine de la crueldad, Jaime Rosales presenta una intriga hanekiana hasta la médula, que se recrea, no tanto en la estética del sufrimiento promovida por el director austríaco, sino más bien en la teoría de una tortura psicológica desmedida y, en apariencia, sin fundamento. Sin embargo, esos títulos que parecen arrojarnos spoilers a cada momento, no serán tan relevantes como cabría imaginar, sino que su función será desviar nuestra atención para conducirnos a una exégesis final sublime y de gran impacto.

    A diferencia de Haneke, Rosales sí protege al espectador de la sobreexposición a lo doloroso y lo desagradable, lo mantiene en un segundo plano, no lo hace partícipe sino que lo alza a una posición de jurado para que decida la severidad con la que quiere posicionarse en contra de ese artista tiránico que se ha propuesto destrozar la vida de quien se cruce en su camino. El silencio y los espacios vacíos que quedaban rellenos por medio de la violencia se verán ahora inundados por una incesante y desagradable perorata con la que el escultor presenta su antipatía hacia el resto del mundo. Desde el comienzo, Jaume deja claro que lo único que le proporciona placer en la vida es la humillación y el sufrimiento ajeno, sentirse superior al resto del universo y subrayar su posición ostentando una postura suplicante de quien recurre a él. No tardaremos en comprender, viendo las muestras de apatía y desinterés que el idolatrado artista deja a su paso, que su actitud vejatoria se debe, en realidad, a un profundo sentimiento autodestructivo que busca una respuesta a la altura de su vehemencia, por ello su imaginación no descansa en la búsqueda de nuevas formas de provocar dolor y padecimiento, sino que anhela una posible confrontación que le devuelva la ilusión y la emoción, para poder sentirse vivo una vez más.

    Llegando al tercer cuarto de metraje todo sufrirá una alteración perceptiva cuando nos demos cuenta de que el falso narrador, aquél desde cuya perspectiva están escritos esos títulos que separan los capítulos, es una voz poco fiable que ha podido estar mintiéndonos o, al menos, ocultando lo realmente importante de cada escena, para hacernos caer en su juego de traiciones de confianza. En el desenlace todo cobrará sentido, la aparentemente desordenada presentación de cada capítulo es entendida ahora como una cuidadosa estrategia de revelado progresivo de información para conducirnos a una anagnórisis exitosa con la que, por fin, entender que el perverso maestro logró su propósito, aunque no todo salió como tenía planeado. Petra es un ejercicio de gran solidez y muy bien trazado, que consigue algo tan complicado como hacer de su guion la principal baza narrativa, sin escudarse en espejismos o desmesurados recursos de montaje; una narración tan cruda como inteligente sobre la tiranía en su estado más salvaje. 90|100

    España, 2018. Título original: Petra. Director: Jaime Rosales. Guion: Jaime Rosales, Clara Roquet, Michel Gaztambide. Duración: 107 minutos. Edición: Lucía Casal. Fotografía: Hélène Louvart. Música: Kristian Eidnes Andersen. Productora: Coproducción España-Francia-Dinamarca; Fredesval Films / Wanda Visión / Oberón Cinematográfica / Les Productions Balthazar / Snowglobe Films. Intérpretes: Bárbara Lennie, Àlex Brendemühl, Marisa Paredes, Joan Botey, Petra Martínez, Carme Pla, Oriol Pla, Chema del Barco. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    BORDER (GRÄNS)

    Ali Abbassi, Suecia | UN CERTAIN REGARD.

    En este nuevo mundo cibernético, denominamos «trol» a todo alborotador o polemista que, a través de mensajes en foros digitales, intenta molestar o provocar al resto de los participantes. En la cultura escandinava, estas criaturas eran seres malignos que habitaban grutas y bosques. Su representación es variada, pero una de las historias que abundan en el folklore del norte de Europa muestra a estos seres como salvajes de apariencia humana que realizan pequeños robos y raptan bebés humanos para cambiarlos por recién nacidos de su propia especie. Por utilizar uno de estos nuevos términos de la era de Internet, se dedicaban a trolear a la raza humana con sus pequeños intercambios. El director iraní afincado en Suecia Ali Abbasi adapta un cuento de John Ajvide Lindqvist sobre la historia de Tina, una vigilante de aduanas con la extraña habilidad de oler los sentimientos de la gente que a través de un hombre bastante sospechoso descubrirá sus orígenes.

    El título Gräns, que significa «frontera», admite diversas lecturas dentro de la historia. Por un lado, Tina no deja de ser una «rara avis» por su extraña aptitud, vive apartada en una cabaña en medio del bosque con su pareja, que más bien es un compañero molesto, y apenas se relaciona con nadie. Por otro lado, la condición de criatura que irá descubriendo le hace atreverse a experimentar su lado más animal y cruzar la línea de lo que se establece como propio del ser humano. Abbasi no pierde la oportunidad de analizar temas como la identidad o el bien y el mal con las licencias propias que le permite una historia con toques fantásticos. ¿Justifica la opresión que han sufrido los trols durante años por la raza humana su plan para sabotear y poner en peligro la existencia de estos? Si cambiamos trols por simios, nos saldrá uno de los argumentos a los que lleva años dándole vueltas Hollywood y su fábrica de hacer secuelas. Lo cierto es que la premisa inicial de la que parte Abbasi, con un personaje capaz de oler sentimientos, resulta mucho más interesante que el desarrollo arquetípico al que se enfrentan sus personajes. Una vez entregada a la historia de amor y al dilema moral entre lo humano y lo instintivo, a la película lo único que le queda es apostar por una imagen potente y que impresione, ese instante que se quede en la retina por insólito, y, si bien la producción se ve lastrada por un maquillaje un tanto tosco, la verdad es que consigue sorprender por cierta relectura sexual sobre el mito de los trols. 60|100

    2018. Suecia, Dinamarca. Dirección: Ali Abbasi. Guión: Ali Abbasi, Isabella Eklöf, John Ajvide Lindqvist. Fotografía: Nadim Carlsen. Montaje: Olivia Neergaard-Holm, Anders Skov. Música: Christoffer Berg, Martin Dirkov. Reparto: Eva Melander, Eero Milonoff, Jörgen Thorsson, Ann Petrén, Sten Ljunggren.

    SEXTAPE (À GENOUX LES GARS)

    Antoine Desrosières, Francia | UN CERTAIN REGARD.

    Puede que el director galo Antoine Desrosières se pueda colgar la medalla de haber hecho la primera película que gira en torno a la felación. Y es que los jóvenes protagonistas de esta comedia banal y soez parecen desear en todo momento bajarse los pantalones para que alguna mujer, poco les importa cuál, les practica la dichosa felación. El problema en sí no es la práctica sexual, ni mucho menos, sino cómo se mezclan de manera totalmente inconsciente temas tan importantes como el abuso, la libertad sexual, las prácticas machistas o el despertar sexual sin pararse por un momento a reflexionar si el tono y la forma aportaban algo a un tema tan candente en estos momentos. Los protagonistas de la historia son Salim y Majid, quienes obligan a la novia del primero (Yasmina) a practicar una felación al segundo ante la ausencia de su novia (Rim), que es la hermana de Yasmina. Un enredo de faldas adolescente que se complica cuando Salim graba el momento y amenaza a Yasmina con publicar el vídeo en Internet a menos que le proporcione un «bufé libre de felaciones hasta febrero» (así, literal).

    El principal problema de la película de Desrosières es no entender la diferencia entre gamberro y chabacano, entre fresco y cargante. Su apuesta por unos personajes deslenguados acaba forzando a los actores a querer soltar un chiste cada dos frases, charlando por los codos sin que en ningún momento puedan proponer la construcción de esos chicos y chicas de la periferia parisina, con sus concepciones misógina y homófobas, pero con un fondo dulce e ingenuo. A genoux les gars prefiere provocar las risotadas de la bancada adolescente a construir una narración que le permita utilizar la comedia como retrato de una sociedad y reflexionar sobre ella. Y es que en su pretendido realismo, en la búsqueda de una interpretación orgánica y exagerada, acaba repitiendo una y otra vez las mismas gracietas y comentarios burdos y tópicos. Puede que ahí estribe un problema que va más allá del propio cine, la irresponsabilidad de continuar perpetuando un discurso sobre la sexualidad que se siente orgulloso de su carácter anticuado. 10|100

    2018. Francia. Dirección: Antoine Desrosières. Guión: Antoine Desrosières, Anne-Sophie Nanki, Souad Arsane, Inas Chanti, Sidi Mejai, Mehdi Dahmane. Fotografía: George Lechaptois. Montaje: Nicolas Le Du. Reparto: Souad Arsane, Inas Chanti, Sidi Mejai, Mehdi Dahmane, Elis Gardiole.

    ONE DAY (EGY NAP)

    Zsófia Szilágyi, Hungría | SEMANA DE LA CRÍTICA.

    Dicen que el mejor método anticonceptivo es el primer hijo. En claro tono jocoso, hace referencia a ese brusco cambio vital que supone aumentar la familia, cuando la vida pasa a un segundo plano y el principal foco es un diminuto ser que no se puede valer por sí mismo. Si multiplicamos esto por tres, el resultado es una jornada que se convierte en una carrera contrarreloj. La directora húngara Zsófia Szilágyi muestra en One day las 36 horas frenéticas de Anna, madre de tres hijos: del colegio a la guardería, de la guardería al trabajo, del trabajo a las extraescolares… Si en su día a día no hubiera ya suficiente carga, la sospecha confirmada de que su marido puede estar viviendo un incipiente romance con su mejor amiga la pone todavía más contra las cuerdas.

    El planteamiento de Szilágyi es arrastrarnos de lleno hacia la vorágine diaria de Anna para poner en el centro de atención todo aquello que suele ser carne de elipsis narrativa. Es como quitar esos cañizos que decoran la mayoría de los balcones de Budapest y no dejan ver la intimidad familiar para comprobar cómo se perpetúa el rol de esposa/madre/mujer que se dedica a cuidar del resto. Y es que no solo son los tres pequeños; es que cualquier pequeña responsabilidad doméstica, ya sea esperar al fontanero o recoger una carta del banco, recae sobre ella como si formara parte inherente de su condición. La cámara la sigue, nerviosa y agitada, en cada uno de sus pasos. Con unos planos cerrados que se ciernen directamente sobre ella, la realizadora consigue una sensación de agobio y asfixia que complementa con un diseño de sonido totalmente opresivo, donde cada ruido se magnifica para golpear al espectador con la misma tortura a la que se ve sometida Anna. Todo ello consigue transformar espacios y actividades rutinarias en verdaderos infiernos, mientras los momentos más inesperados sorprenden como verdaderos oasis de paz. Son esas pequeñas fugas, como el trayecto en autobús hasta el trabajo, donde Anna encuentra un instante para perderse en sus pensamientos y el silencio aparece como un bálsamo inesperado. De este modo, mientras todo ocurre a la frenética velocidad de una vida dedicada a los demás, la relación de pareja acaba haciendo aguas de manera inevitable. Pero más allá del fracaso matrimonial, lo que saca a la luz de manera brillante Szilágyi en su ópera prima es el fracaso colectivo de una sociedad que ahoga a la mujer en su papel de madre hasta límites insospechados. 78|100

    2018. Hungría. Dirección: Zsófia Szligayi. Guión: Zsófia Szligayi, Réka Mán-Várhegyi. Fotografía: Balázs Domokos. Montaje: Máté Szórád. Música: Máté Balogh. Reparto: Zsófia Szamosi, Leo Füredi, Ambrus Barcza, Zorka Varga-Blaskó, Márk Gárdos, Annamária Láng, Éva Vándor, Károly Hajduk.


    por EAM
    mayo 11, 2018

    Festival de Cannes 2018 | Día 2. Críticas: Leto (Summer), Yomeddine, Sorry Angel (Plaire aimer et courir vite), Petra, Border (Gräns), One day (Egy nap) y Sextape (À genoux les gars)

    por EAM | mayo 11, 2018
    Les combattants

    La armada francesa arriba en San Lorenzo

    Crónica de la quinta jornada de la 52ª edición del Festival de Gijón.

    La adaptación de un texto clásico a la pantalla grande, y más tratándose de un poema, y hacerlo con cierta libertad o buscando darle una pátina de actualidad, no es una tarea fácil. Es lo que ha intentado hacer Christophe Honoré en Métamorphoses, una traslación muy personal que se mueve en un espacio bipolar permanente: lo visual y lo literal. Teniendo, respectivamente, uno un valor positivo creciente y, el otro, negativo que lastra el resultado final. Métamorphoses se ha presentado en esta quinta jornada del Festival de Cine de Gijón dentro de la Sección Oficial, en un día con pleno de cine francés en diferentes propuestas y géneros.

    Probablemente, una de las más esperadas películas fuera de la competición, encuadrada en el ciclo Convergencias, era el segundo largometraje de la conocida actriz pero también directora Mélanie Laurent, Respire, la historia de degeneración de una amistad entre dos adolescentes. Marca la diferencia y la distancia con cualquier argumento parecido el enfoque de thriller psicológico, la tensión in crescendo y unas interpretaciones principales absolutamente creíbles que saben ceder el protagonismo la una a la otra en la lucha que mantienen de manipulación y dependencia, no solo como parte imprescindible del guión sino también en el resultado final del montaje. Se notó en los aplausos, con ganas, al final de la proyección.

    Y para completar el podio francés pero sin maillot amarillo, por la tarde se proyectó la comedia Les Combattants, ópera prima de Thomas Cailley, precedida de buenas críticas en Cannes y presentada como una revisión de la comedia romántica lejos de clichés asociados a ésta. Y es cierto que está lejos de eso, pero no libre de ello tampoco. En cualquier caso es una comedia simpática. Se presentó en la Sección Oficial con buena recepción del público y quién sabe si con opciones a premio.

    por EAM
    noviembre 26, 2014

    52 FICX | Día 5

    por EAM | noviembre 26, 2014
    Blue Heron
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