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    Crítica: Habitación 212

    Revelaciones nocturnas

    Crítica ★★★★★ de «Habitación 212», de Christophe Honoré.

    Francia, Bélgica, Luxemburgo, 2019. Título original: Chambre 212. Dirección y guión: Christophe Honoré. Productores delegados: Philippe Martin, David Thion. Director de fotografía: Rémy Chevrin. Asistente de cámara: Olivier Servais. Sonido: Valérie Deloof, Angelo Dos Santos, Nicolas Leroy, Agnès Ravez. Escenógrafo:Stéphane Taillasson.Vestuarista: Olivier Bériot. Ingeniero de sonido: Carlo Thoss. Directora de producción: Pauline Seigland. Montadora: Chantal Hymans. Reparto: Chiara Mastroianni, Benjamin Biolay, Vincent Lacoste, Camille Gottin. Producción delegada: Les Films Pelléas. Coproductoras:Bidibul Productions, Scope Pictures. Coproducción: France 2 Cinéma. Presentación Cannes 2019. Película inaugural Festival D'A 2020. Duración: 86 minutos.

    En Fragmentos de un discurso amoroso Roland Barthes transita por la manifestación romántica como ante un fenómeno múltiple y nunca aprehensible, dependiendo de la entidad del ser amado, de la capacidad de fascinación generada o de las expectativas íntimamente esperadas. En Habitación 212, la última y sensacional película de Christophe Honoré, su personaje principal es claro y transparente en su forma de amar, o así lo entiende ella, encarnada por la espléndida Chiara Mastroianni, aunque ella construye su visión de la relación desde un erróneo sobreentendido mutuo del amor no compartido por el esposo, diferenciando matrimonio de sexo, costumbre del placer. Por seguir dentro del reciente cine francés, Un bello sol interior jugaba con el relato de Barthes para mostrarnos al personaje opuesto. Aquí la no menos espléndida Juliette Binoche concebía el amor como pasión perdurable e inextinguible, una sublimación romántica del concepto amoroso que provocaba más desilusión que placer, teniendo que ser un tercero, un extraño, Gerard Depardieu, quien, en un final prodigioso, discurseaba sobre el sentido de la pulsión amorosa y la innecesariedad de buscar como objetivo un ideal de perfección. Ambas películas, la de Honoré y la de Denis, se dan la mano en un diálogo metafórico que enriquece a ambas, pues en lo que Denis transita alrededor del drama y la insatisfacción, Honoré lo hace mediante el tono ligero de una supuesta comedia que encierra enormes dosis de cinismo propio de los adultos.

    Si a otra distancia, en otra dimensión del lenguaje cinematográfico, Elogio del amor de Godard, también se refería, a su manera, al discurso de Barthes, y adaptaba su estilo a las tres edades del amor, Honoré juega con esas tres edades encarnadas en tres personajes, fundamentalmente dos, que, a lo largo de una noche más mágica que real, se terminan conociendo realmente a fuerza de dialogar aunque sus edades no coincidan con las reales. Ese encuentro sucesivo que va teniendo lugar a modo de sueño burlesco, magníficamente diseñado como una aventura nocturna digna del sentido escénico de, digamos, Paul Vecchiali, pero desprovisto del tono fúnebre o depresivo que cualquier historia de supuesto desamor suele acompañar, envuelve al espectador en una experiencia gozosa, sutil, irónica, pero también dolorosa, en la que el personaje central de María (Mastroianni) termina dudando de sus elecciones vitales; porque en el fondo, plantearse las relaciones como algo eterno e inmutable conduce a la pareja protagonista a esa costumbre exenta de la complicidad y deseo inicial, a un ritual acomodaticio de convivencia un tanto falsificada; y para sobrevivir a la rutina ella ha optado por soluciones de desahogo aunque las opciones escogidas durante su vida matrimonial lo hayan sido sin contar con las reacciones que puedan generar en su compañero.

    La idea del amor romántico salta por los aires en los primeros diez minutos de película, momentos tan bien diseñados, tan bien planificados, tan bien escritos que, una vez aceptado el reto, deshacerse de la película resulta imposible. El dibujo del personaje de María se transforma en una antítesis del personaje femenino en el cine mayoritario porque Honoré la coloca en una posición tradicionalmente reservada para el hombre maduro y atractivo. María ha eliminado el concepto de fidelidad de su relación marital para que ésta pueda subsistir, y lo ha hecho no como consecuencia del paso del tiempo sino como un antídoto personal contra el aburrimiento y la agonía del placer conyugal que entiende efímero. Por eso su presentación, su puesta en escena es rotunda, de seguridad aplastante. ¿Cuántas veces se habrá visto pasear con tanta elegancia y dominio del espacio a una actriz por las calles de París? Aquí Mastroianni domina la escena y el escenario, una depredadora que no deja pasar la ocasión de buscar la belleza de la juventud en el sexo opuesto ejecutando actos de una incorrección política absoluta pero que dan en la línea de flotación del espejo masculino, acostumbrado a que el rol sea el contrario. Como contrapartida el papel masculino adopta la posición típica de la mujer engañada, sumiso pero decepcionado, defraudado, pero serenamente contenido en su reacción. El amor para que sobreviva frente al amor romántico, lo perdurable frente a lo ideal. El diálogo entre ellos será breve en su domicilio, es la constatación de un fracaso mutuo porque han llegado a no reconocerse a base de silencios. Cuando María se refugia en el hotel desde cuya ventana puede ver las habitaciones de su casa la película entra en el terreno juguetón del «si se pudiera».

    Habitación 212, Christophe Honoré.
    Película inaugural del D'A Film Festival de Barcelona.



    «Todo gira alrededor de Francia y su «charmant» manera de reflejar una manera de vivir en el cine. Todo tan civilizado, tan moderadamente pasional, tan reflexivo que elimina lo espontáneo (para ello ya está la herencia de Pialat o de Brisseau), por eso este personaje de María resulta tan fascinante, tan arrebatadoramente bello como la presencia de estas mujeres del cine francés que han sabido cumplir años sin renunciar a ser ellas mismas, bellas y libres».


    A partir de entonces la noche se enloquece pero en una dimensión onírica que parece tangible. Todo lo que no ha hablado con el Richard interpretado por Benjamin Biolay, María lo hablará con el Richard de veinte años antes interpretado (milagrosamente creíble y ajustado en el tono cómico) por Vincent Lacoste, que se aparece en esa suite de hotel para intentar encontrar ese punto de acuerdo o de ruptura definitivo, hablando de sus respectivos amantes y amores y retomando esa actividad sexual muerta que les hacía pasar ya como una pareja de hermanos. Si lo usual hubiera sido el flashback constante, el ir y venir en el tiempo de esta pareja, Honoré lo transforma en una mezcla de etapas en el mismo tiempo. María no cambia durante la película, es el mismo personaje y la misma actriz porque, consciente o no, es ella la que está repasando su pasado y sus perspectivas de futuro, mientras Richard aparece encarnado por tres actores diferentes durante esa misma noche, el adolescente, el joven y el maduro. Lo que en María ha sido una prolífica sucesión de amantes en busca del efímero placer sexual, en Richard ha sido el constante recuerdo de un amor de juventud previo a María que, igualmente, reaparece en la noche de Richard imaginada por María para entablarse ese duelo definitivo entre pasado, presente y futuro, entre el si en vez de esto hubiera hecho aquello, si pudiera dar marcha atrás, si pudiera detener el tiempo y compartir el amor con dos mujeres al mismo tiempo, si, si... condicionales imposibles que solo reflejan la eterna insatisfacción humana.

    La noche, entre lisérgica, reveladora, sexual y sorprendente, dará lugar al día. La vuelta a la realidad y el fin de las imaginaciones y ensoñaciones interesadas. Expulsados los amantes y los amores cuya reminiscencia continúa batiendo en el interior del recuerdo, lo que queda son dos adultos en esa frontera cercana a los 50 donde la invisibilidad se acerca, cuando no ha llegado hace tiempo, y en la que, frente a frente, no queda sino sincerarse aunque sea de manera pospuesta, o simplemente aceptar las cosas como han ido llegando a esa relación, sin estridencias, sin sobresaltos, pero quizás también con una mortecina progresión hacia la irrelevancia. El plano final de la película es igual de acertado y espléndido como las escenas de apertura, porque, en el fondo, todo es redondo en la apuesta, desde el tono hasta el uso musical que recuerda, salvo porque aquí los actores no cantan (pese a la presencia de Biolay), a aquellas últimas incursiones de Resnais en el musical para contarnos historias muy cercanas a las que se ha inventado Honoré. En el fondo, como han podido leer, todo gira alrededor de Francia y su «charmant» manera de reflejar una manera de vivir en el cine. Todo tan civilizado, tan moderadamente pasional, tan reflexivo que elimina lo espontáneo (para ello ya está la herencia de Pialat o de Brisseau), por eso este personaje de María resulta tan fascinante, tan arrebatadoramente bello como la presencia de estas mujeres del cine francés que han sabido cumplir años sin renunciar a ser ellas mismas, bellas y libres | ★★★★★


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid





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