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    Crítica | Winter Boy (Le lycéen)

    || Críticas | #SSIFF70 | ★★☆☆☆
    Winter Boy (Le lycéen)
    Christophe Honoré
    Los mil y uno espejismos del trauma


    Mariona Borrull Zapata
    San Sebastián|

    ficha técnica:
    Francia, 2022. Título original: «Le lycéen». Dirección: Christophe Honoré. Guion: Christophe Honoré. Compañías productoras: Les Films Pelléas, Auvergne Rhône-Alpes Cinéma, France 2 Cinema. Música: Yoshihiro Hanno. Fotografía: Rémy Chevrin. Montaje: Chantal Hymans. Reparto: Paul Kircher, Vincent Lacoste, Juliette Binoche, Xavier Giannoli, Christophe Honoré, Wilfried Capet, Isabelle Thevenoux, Jean-Philippe Salerio. Presentación oficial: Selección Oficial Festival de San Sebastián. Duración: 122 minutos.

    Fuera de foco, expectante, removido, a veces incluso alegre. «Mi vida se ha convertido en un animal salvaje que no puedo controlar sin que me muerda», así definirá Lucas (Paul Kircher) sus mareas emocionales. Son los términos absolutistas propios de un hígado adolescente atormentado, pero Christophe Honoré (Habitación 212) los toma de forma literal para organizar (o, al contrario, desorganizar) su nueva película. Dividido en dos tramos que se miran sin saberlo, el retrato psicológico de Honoré es arremolinado y estomacal, pues digiere en sus adentros imágenes venidas de la ensoñación, la confesión íntima y el deseo.

    Puramente democrático, el diario de Lucas explica qué vivió, pensó y proyectó en los momentos que rodearon la muerte de su padre. Serán instantáneas de confusión, orquestadas por el testigo del adolescente, que habla delante de cámara con las inflexiones de quien sabe estar diciendo algo trascendente, de verdad. Nasal, oclusiva, algo nerviosa, su voz dará la vuelta al calcetín de su psique, revelando todo aquello que dijo y no pretendía, lo que nunca contó y debería, y lo que pensó y no era cierto. Lucas habla de un accidente que tuvieron en la carretera, al que asistimos impertérrites. El incidente se presenta a partir de las formas del suspense, como si se tratara de los últimos instantes en la vida del padre. Sin embargo, luego, Lucas confesará que aquello le pareció una premonición… El día anterior al accidente que acabó con su vida, su padre y él tuvieron un pequeño derrape en la carretera, que acabó solo en susto. Honoré organiza un barullo alrededor de imágenes cristalinas y espera que montemos en ellas, como ya hicimos (con mucho más atino) en la excelente Abrázame fuerte de Mathieu Amalric.

    Menos oral que nunca, pero más sensorial y más sentido, el cineasta nos pedirá que nos acerquemos al proceso de duelo de Lucas con la piel porosa y las ideas relajadas. El chico va a pasar unos primeros días de luto del todo abrumado por su familia, aliada e invasora al mismo tiempo. Incapaz de sostener la compostura entre tanto ruido, Lucas se marchará una semana con su hermano mayor, François (Vincent Lacoste), hospedado en su piso en París. Dejará atrás el dolor del hogar, donde queda una Juliette Binoche que es la viva definición de una madre-coraje (me recuerda mucho a la mía). En París, François comparte apartamento con Lilio (Erwan Kepoa Falé), un amigo tranquilo y optimista. El entorno parece idóneo para curar el caos; lejos, distraído, en calma. Sin embargo, François necesita el piso cada día hasta tarde, por lo que Lucas se ve obligado a deambular sin rumbo por una ciudad enorme y fría. Otro atino (puntual) de Honoré, buen observador teen: el chico siempre va demasiado poco abrigado, siempre vuelve a casa entumecido.

    El chico desordenará la vida de todos a su alrededor, quijotizará la tranquilidad del lugar con su estado mental, vaporoso. Molestará a su hermano, enfadará a su colega, incluso se pondrá en peligro (suponemos) para dar alguna salida a su confusión. La segunda mitad de la película se organiza en lo temático como un cuento de Rohmer, combinando las conversaciones trascendentalistas y el tanteo con la dimensión espiritual, junto con un acercamiento sensible y sin tapujos al mundo de las citas de Grinder. En lo formal, seguirá un expresionismo entre el comentario de Hong Sang-soo, a base de zooms extremos, y la espectacularidad meticulosa del cine indie, con numerosos subrayados bajo forma de cámaras lentas e interludios musicales. Es un barullo conocido, cuya mezcla resulta en una cabriola algo aleatoria.

    Podremos pensar en las mareas repentinas de sus dos partes como dos batientes que se miran y se contaminan: primero, cómo la identidad de Lucas se forma al narrar (es decir, ordenar y descartar) las caras de una ausencia; luego, cómo esa ausencia inicial (y la narrativa que de ella se ha montado) acaba determinando toda su vida posterior. No obstante, la aleatoriedad y la relectura directa de sus fuentes acaban desgastando el poco brillo de la cinta… Hasta que la película acaba resultando un tanto molesta. Frustra más, incluso, si sopesamos el último gesto de Honoré, bajo forma de epílogo: incluir a la madre, aquella que sufría siempre en segundo término, como otra voz dentro de un diario personal que se revela miasma compartida. ¿Cómo chocarían las imágenes cristalinas de ambes alrededor de una misma pérdida? ⁜


    Le lycéen, Christophe Honoré
    Competición 70ª edición del Festival de San Sebastián.

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