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    Crítica | Vivir deprisa, amar despacio

    El antídoto de la muerte

    Crítica ★★★★☆ de «Vivir deprisa, amar despacio», de Christophe Honoré.

    Francia, 2018. Título original: «Plaire, aimer et courir vite (Sorry Angel)». Director: Christophe Honoré. Guion: Christophe Honoré. Fotografía: Rémy Chevrin. Música: Varios artistas. Productora: Les Films Pelléas / Arte France Cinéma. Intérpretes: Vincent Lacoste, Pierre Deladonchamps, Denis Podalydès, Rio Vega, Willemijn Kressenhof. Duración: 132 minutos.

    Dice Christophe Honoré, nacido en Bretaña el 10 de abril de 1970, que la reciente proliferación de obras audiovisuales en torno a los albores del sida se debe a que quienes los vivieron han alcanzado ya la edad suficiente para reflexionar al respecto. Se trata de un periodo terrible y tristemente clave de la realidad gay, una pesadilla que todos queremos dejar atrás pero no podemos ni debemos olvidar, fuéramos o no testigos de ella. Honrar a quienes perdió a manos del aterrador virus parece la meta principal del aplaudido realizador de Las canciones de amor (2007) y Les bien-aimés (2011) en su reciente Vivir deprisa, amar despacio, que tuvo la mala suerte de estrenarse en el Festival de Cannes justo un año después que 120 pulsaciones por minuto, por la que su compatriota Robin Campillo se hizo con el Gran Premio del Jurado al ganarse las lágrimas del mismísimo presidente del mismo, Pedro Almodóvar. Las comparaciones son odiosas y, en este caso, absurdas, ya que estas películas fueron confeccionadas al unísono sin saber la una de la otra y son además muy diferentes: aquella seguía los pasos de un relativamente violento grupo de activistas de ACT UP, mientras que esta se centra en la historia de amor entre dos hombres cuyas vidas se cruzan en pleno auge tanto de la libertad como del desasosiego. Por consiguiente, podríamos encuadrar la primera en el terreno de la colectividad y la segunda en el del individualismo, sirviendo así de homenajes muy distintos: uno, a la agrupación y la lucha; el otro, a la intimidad y el amor. En ambos casos, la unión hace la fuerza. Y, claro está, no existe la realidad de una sin la de la otra: en medio de la locura activista de 120 pulsaciones por minuto brotaba el amor por doquier y muchos de los diálogos de Vivir deprisa, amar despacio están bañados de reivindicación, mencionándose incluso ACT UP, aunque desde una perspectiva mas filosófica y elitista.

    Los enamorados de Vivir deprisa, amar despacio son el Pierre Deladonchamps de la sugerente El desconocido del lago (Alain Guiraudie, 2013) y el Vincent Lacoste de la no menos evocadora Eden (Mia Hansen-Løve, 2014), que compartieron la mejor interpretación masculina del Festival de Cine Europeo de Sevilla pese a ser poco después marginados en su propio país por los rara vez acertados Premios César (particularmente cegatos ante la cinematografía LGTB, siendo justo 120 pulsaciones por minuto la excepción que confirma tan LGTBófoba regla). Separados por década y media de vida (el primero nació en 1978; el segundo, en 1993, brecha relevante para el desarrollo de la trama), ambos están sublimes: atractivos y muy carismáticos, pero plenamente naturales, de forma que los diálogos de Honoré, aunque harto cultos, se antojan siempre fluidos. Deladonchamps encarna a Jacques, un escritor al que el sida depara poco tiempo que se rodea de un exnovio igualmente moribundo, un amigo nada atractivo (en contraste al resto del elenco, modélico incluso en roles de extra) pero muy noble, su pequeño pero despierto hijo y la madre de este último, dejando el guion en manos del espectador imaginar el pasado de todos ellos. Al ser su existencia tan seria y agridulce, Jacques encuentra consuelo en amoríos jóvenes y desenfadados a los que parece entregarse gustosamente con más pasión de la que puede recibir, quizá porque en el fondo consigue a cambio algo más importante: una brisa de juventud y por tanto de vida. El último de sus intereses románticos es Arthur, el personaje al que da vida Lacoste, quien, pese a su espíritu risueño y alocado, sí parece corresponderle en la misma medida, tanto a nivel intelectual como románticamente. Esto también es una novedad para Arthur, quien siempre ha tenido relaciones sexuales con hombres y mujeres por igual pese a enamorarse tan sólo de ellas (a quienes, claro, engañaba), visión prejuiciosa pero no atípica de la bisexualidad.

    «Los diálogos, muy sutiles, revelan tanto la realidad de los personajes como la del mundo que los rodea, teniendo además la inmensa mayoría lugar sólo entre dos personas, sin terceros que destruyan el poder de las confesiones más íntimas: amparados en la confianza de quien los escucha, los personajes se desnudan en cuerpo y alma a través de la palabra».


    Arthur y Jacques se conocen por azar en una sala de cine pero cuando el primero propone abandonarla el segundo le recrimina por no valorar la excelente película (la muy sensible El piano, de Jane Campion, que se estrenó en 1993 y por consiguiente confirma la fecha de los hechos) y le propone quedar más tarde, encuentro que será parcialmente lastrado por una dicharachera actriz que insistirá en acompañar a su amigo Jacques hasta casa, paseo durante el que descubrimos de forma inusitada (y al mismo tiempo que Arthur) el frágil estado de salud del protagonista. El sida se presenta por tanto sin aspavientos, incluso con humor, y así será tratado durante toda la película con la sola excepción del fallecimiento del exnovio de Jacques, tras la cual este pasa a sentirse mucho más vulnerable y es incluso incapaz de tener relaciones sexuales con uno de sus amantes habituales sin echarse a llorar (desgarradora escena que se sirve por sí sola para plasmar el horror incomparable que genera esta enfermedad). El sexo, por cierto, está muy presente pero nunca con fogosidad: en ese caso, es tristísimo; en otra (entre Arthur y un lío ocasional), frustrante y, en las dos ocasiones en que vemos a la pareja protagonista entregarse a él, elegantemente dejado fuera de campo: una de ellas se centra en el instante posterior, con ambos tumbados desnudos en la cama, bellamente encuadrados por un plano cenital; la otra da comienzo como una broma para quitar hierro al dramático tramo final... y ni siquiera sabemos cómo termina. Nada de ello es muestra de recato o cobardía por parte de Honoré, sino el mejor modo de convertir la sexualidad en un elemento narrativo sin olvidar que en ella residen los dos elementos que, como agua y fuego, conforman la película: la muerte y su antídoto, que no es otro que el amor.

    Envuelta en una melancolía resaltada por la cuidada selección de temas musicales y la estilosa predominancia del color azul, la cinta ofrece romanticismo a raudales en el marco de un contexto cuyos protagonistas temen enamorarse por razones que abarcan desde la homofobia imperante hasta el clásico miedo al compromiso, pasando, claro está, por la terrible enfermedad que acecha en cada esquina, destrozando alegrías, sueños y futuros en una Francia vigorosa y artística pero también lóbrega. Los diálogos, muy sutiles, revelan tanto la realidad de los personajes como la del mundo que los rodea, teniendo además la inmensa mayoría lugar sólo entre dos personas, sin terceros que destruyan el poder de las confesiones más íntimas: amparados en la confianza de quien los escucha, los personajes se desnudan en cuerpo y alma a través de la palabra. Pero el peso de las conversaciones no se torna en una puesta en escena estática: cada una de ellas tiene lugar en un contexto distinto, sea caminando, conduciendo, jugueteando o descansando, generándose una sensación muy acogedora. Además, hay baile, no tanto con música, que también, sino en la cadencia de los movimientos de los personajes, que dicen a menudo tanto con el cuerpo como con la voz: sentimientos tan variopintos y humanos como el nerviosismo, el miedo, el deseo o la expectación son a menudo puestos de manifiesto con la cadencia corporal aun cuando se esté hablando de algo más irreverente o por contra más intelectual. Que un aroma agonizante envuelve Vivir deprisa, amar despacio es innegable, pero Honoré logra ser respetuoso y desgarrador sin dejar nunca de lado la esperanza, la cual enfatiza con bienvenidas dosis de humor y luminosos toques de ternura. Al final, aunque las lágrimas están garantizadas, lo que perdura no es el miedo a la muerte, sino el amor por la vida. | ★★★★☆


    Juan Roures
    © Revista EAM / Festival de Sevilla


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