Nunca entendí esa aversión casi obsesiva que suscitaba Ben Affleck. Obviamente, su carrera como actor no invitaba al festejo: asiduo de americanadas estratosféricas de la talla de
Armageddon o
Pearl Harbor, el de Berkeley era lapidado por su gesto rígido, siempre rocoso e impasible ante cualquier circunstancia sorprendente. Era esa mirada seria, antipática por encima de su tímida sonrisa. Y aunque había ganado un Oscar por el guión de
El indomable Will Hunting –una exhibición de fluidez dialéctica–, el mérito era del otro, de su colega Matt Damon. Un trabajo de semejante envergadura no podía llevar la firma intelectual del futuro Daredevil, de ese secundario que se dejaba caer –a veces literalmente, desde el cielo– en la ya mítica Saga de Jersey que dirigió Kevin Smith. No. Todo el mundo sabía (sí, los críticos también engrosan la lista de “todo el mundo”) que Affleck era un perdedor, que su paso por la gran pantalla sería tan olvidable como mediocre. Aun así, alcanzó su punto de giro particular en el año 2006, gracias a su encarnación del desaparecido George Reeves en
Hollywoodland, un interesante filme que desprendía el aroma del mejor cine negro. Reeves se había enfundado las mallas de Superman en una teleserie que triunfó en la década de los 50; y un convincente Ben Affleck recogía su testigo en lo que sería el embrión de ese cineasta llamado a vigorosas empresas. Por aquel entonces iniciaba la preproducción de su debut tras la cámara:
Adiós, pequeña, adiós. Golpe reflexivo y alguna que otra puntada en la boca del escéptico. Tal vez, pudiera ser, el tonto no lo era tanto.