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    ARGO (BEN AFFLECK, 2012) | CRÍTICA

    Crítica de Argo, de Ben Affleck
    ASUNTOS INTERNOS (Y EXTERNOS)
    Argo (Ben Affleck, 2012)

    Nunca entendí esa aversión casi obsesiva que suscitaba Ben Affleck. Obviamente, su carrera como actor no invitaba al festejo: asiduo de americanadas estratosféricas de la talla de Armageddon o Pearl Harbor, el de Berkeley era lapidado por su gesto rígido, siempre rocoso e impasible ante cualquier circunstancia sorprendente. Era esa mirada seria, antipática por encima de su tímida sonrisa. Y aunque había ganado un Oscar por el guión de El indomable Will Hunting –una exhibición de fluidez dialéctica–, el mérito era del otro, de su colega Matt Damon. Un trabajo de semejante envergadura no podía llevar la firma intelectual del futuro Daredevil, de ese secundario que se dejaba caer –a veces literalmente, desde el cielo– en la ya mítica Saga de Jersey que dirigió Kevin Smith. No. Todo el mundo sabía (sí, los críticos también engrosan la lista de “todo el mundo”) que Affleck era un perdedor, que su paso por la gran pantalla sería tan olvidable como mediocre. Aun así, alcanzó su punto de giro particular en el año 2006, gracias a su encarnación del desaparecido George Reeves en Hollywoodland, un interesante filme que desprendía el aroma del mejor cine negro. Reeves se había enfundado las mallas de Superman en una teleserie que triunfó en la década de los 50; y un convincente Ben Affleck recogía su testigo en lo que sería el embrión de ese cineasta llamado a vigorosas empresas. Por aquel entonces iniciaba la preproducción de su debut tras la cámara: Adiós, pequeña, adiós. Golpe reflexivo y alguna que otra puntada en la boca del escéptico. Tal vez, pudiera ser, el tonto no lo era tanto.

    Argo still
    Un soberbio John Goodman junto al protagonista y director del filme, Ben Affleck
    El resto es Historia reciente. Más adelante sería bautizado como “el nuevo Clint Eastwood”, porque las etiquetas, supongo, gustan cuando son positivas. Estábamos, sin lugar a dudas, ante uno de esos extraños casos en los que el aumento de masa muscular es proporcional al cuidado y mantenimiento y supervivencia de las neuronas. The Town reafirmó la inteligencia de ese actor justo, motivo de interminables risas durante algún tiempo. Y, sin embargo, tocaba esperar interesados su próxima obra, una intriga política ambientada en el efervescente Irán previo –en la primera secuencia– y posterior –el resto de metraje– a la salida forzada del Sha de Persia. Aliados de ese supuesto guía, los Estados Unidos se convierten así en el objetivo de los revolucionarios, quienes se dirigen inmediatamente a su embajada en Teherán. De primeras, es lógico imaginar que se trata de un thriller político demasiado aburrido, anclado en ese maloliente discurso que maquilla la actuación de los servicios secretos norteamericanos. Y en parte hay motivos: Argo (2012) palidece en su análisis patriótico, en la certeza de que su protagonista (Ben Affleck) es un “buen americano”, un hombre de familia tal vez diseminada, pero honesto y valiente. Demasiado convencional. Pero ocurre que ese testimonio está poblado por personajes complejos, socarrones, humanos en su temor y en su trasfondo. El espía decide recurrir a un reputado productor hollywoodiense para idear o improvisar una película –de ciencia ficción, para más señas– que despliegue una cortina de humo y ofrezca una vía de escape a los diplomáticos que se esconden en la casa del embajador de Canadá. O sea, el staff técnico–artístico de la mencionada producción.

    Alan Arkin y John Goodman interpretan magistralmente a esos dos profesionales del cine cuyo trabajo consiste en gestionar y organizar los recursos de la pantomima. No menos destacable es el rol de Bryan Cranston, que flanquea al difícilmente franqueable californiano. Este primero es un actor irrepetible que solicita, quizá de manera inconsciente, un papel principal en la gran pantalla –aunque Breaking Bad es cine de primer nivel–. Con todo, el director conduce el relato sin estridencias formales, apoyándose –paradójicamente– en el nervio de la cámara al hombro y la inserción de algún zoom. Tono pausado y ritmo creciente para una película cuyo acto final se antoja cardíaco y efectivo. Facilón, también. Mérito del montaje. Y mérito de ese hombre del que todos desconfiaban por su expresión de nogal. Y es que, evitando las analogías con otros cineastas portadores del clasicismo, nos hallamos ante un narrador no ya admirable, sino convencido de su virtud.

    Juan José Ontiveros.

    Estados Unidos, 2012. Director: Ben Affleck. Guión: Chris Terrio. Música: Alexandre Desplat. Fotografía: Rodrigo Prieto. Reparto: Ben Affleck, John Goodman, Alan Arkin, Bryan Cranston, Taylor Schilling, Kyle Chandler, Victor Garber, Michael Cassidy, Clea DuVall, Rory Cochrane, Scoot McNairy, Christopher Denham, Kerry Bishé, Tate Donovan, Chris Messina, Adrienne Barbeau, Tom Lenk, Titus Welliver, Zeljko Ivanek, Bob Gunton, Michael Parks. Productora: Warner Bros. Pictures / GK Films / Smoke House Pictures.

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