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    Ben Affleck
    Ben Affleck
    || Críticas | ★★★★☆
    AIR
    Ben Affleck
    Crónica del negocio del siglo


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: «AIR». Dirección: Ben Affleck. Guion: Alex Convery, Ben Affleck, Matt Damon. Producción: Ben Affleck, Madison Ainley, Jason Michael Berman, David Ellison, Matt Damon, Peter Guber, Jeff Robinov, Jesse Sisgold, Jon Weinbach. Productoras: Amazon Studios, Skydance Productions, Mandalay Pictures. Distribuidora: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), Warner Bros, Amazon Studios. Fotografía: Robert Richardson. Montaje: William Goldenberg. Reparto: Matt Damon, Ben Affleck, Viola Davis, Jason Bateman, Chris Messina, Julius Tennon, Chris Tucker, Marlon Wayans, Jay Mohr. Duración: 112 minutos.

    DLa de Matt Damon y Ben Affleck es una historia de amistad verdadera, que se ha mantenido a lo largo de cuatro décadas, desde que ambos se conocieran siendo niños de diez y ocho años, respectivamente. Coincidieron como actores, realizando sus primeros pinitos, en títulos como Private School (Robert Mandel, 1992) o Días de gloria (Rich Wilkes, 1995), mientras se dedicaban a escribir el guion por el que serían premiados con el Oscar y que les convertiría en las estrellas del cine que son hoy, el de El indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997), Desde ahí, ambos intérpretes han llevado exitosas carreras paralelas, coincidiendo como actores, puntualmente, en diferentes trabajos de Kevin Smith. Mientras que Damon siempre fue considerado uno de los mejores intérpretes de su generación, Affleck ha tenido que luchar mucho más para librarse de la etiqueta de actor mediocre que, no obstante, se revelaría como un director más que interesante con su ópera prima Adiós pequeña, adiós (2007). The Town (2010) y Argo (2012) –ganadora del Oscar a la mejor película, pese a que Affleck ni llegó a estar nominado en dirección–, confirmaron su talento para dirigir actores. Sufrió un ligero tropezón crítico con la nada desdeñable Vivir de noche (2016), algo que, tal vez, le hizo esperar 7 años para volver a ponerse detrás de las cámaras. En este tiempo, Affleck ha visto cómo, al mismo tiempo que se mantenía como estrella taquillera –esencialmente, por su labor como Batman en las cintas de DC–, su figura como actor se revalorizaba, gracias a buenos trabajos en dramas independientes como The Way Back (Gavin O´Connor, 2020) o The Tender Bar (George Clooney, 2021), y a una nueva reunión con su amigo Matt Damon en la notable El último duelo (Ridley Scott, 2021), en cuyo guion ambos colaboraron. AIR (2023) supone el esperadísimo regreso de Affleck a la dirección, y lo hace con el aval de contar como protagonista con Damon en un papel protagonista que parece hecho a medida y con un guion coescrito por ambos colegas, en colaboración con Alex Convery.

    Al igual que en Argo, su mejor obra hasta la fecha, Affleck lleva a la gran pantalla una historia real, esta vez ambientada en los años 80, dentro del (a priori, no demasiado sugerente) mundo de las industrias de calzados deportivos. La acción se enclava en 1984, con Nike sufriendo una sus peores crisis en las dos décadas desde su fundación. Sus ventas eran poco espectaculares y sus productos tenían escasa visibilidad en los eventos deportivos, ya que eran Adidas y Converse –con mayor presencia en la NBA y la estrella del baloncesto Magic Johnson como principal imagen de la marca– quienes se repartían los mayores trozos del pastel. La película cuenta cómo se fraguó el decisivo contrato que acabaría con los malos tiempos de Nike, el fichaje de una joven promesa de 21 años, proveniente de la Universidad de Carolina del Norte, que aún no había jugado un solo partido como profesional, pero por quien el visionario Sonny Vaccaro apostó para ser el reclamo con el que se relanzaría la marca. Su nombre: Michael Jordan. AIR no podría catalogarse como la típica historia biográfica, ya que no es un biopic del que, con los años, ha sido considerado el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos. Su nombre se pronuncia continuamente durante toda la película, pero su presencia física queda reducida a un par de apariciones en las que no se le ve el rostro y apenas pronuncia palabra alguna. Affleck no lo ha creído necesario, ya que la leyenda de Jordan es tan poderosa que sobrevuela cada fotograma de la cinta sin que tenga que aparecer, siendo sus padres, quienes dan la cara en las negociaciones con los hombres de Nike. Concretamente, es Deloris Jordan, la madre del jugador, quien asume todo el protagonismo como parte esencial de uno de los acuerdos económicos más rentables (tanto para la marca contratante como para el astro del deporte) que ha conocido el marketing deportivo. 250000 dólares, una línea de zapatos propia (los emblemáticos Air Jordan) y un porcentaje de las ventas conseguidas en todo el mundo, algo que sentó un precedente para otros deportistas que vinieron después. AIR muestra, básicamente, cómo se consiguió llegar a la celebrada asociación de Nike con Michael Jordan, por lo que tampoco se podría enclavar la historia en el género deportivo, ya que las únicas escenas de baloncesto que aparecen se corresponden con grabaciones de VHS que Vaccaro visiona en su búsqueda del nuevo rostro de la empresa.

    Pese a desarrollarse casi íntegramente en el interior de despachos donde los personajes discuten sobre finanzas, trapichean y negocian el susodicho contrato, la solidez de un guion generoso en diálogos afilados, y el buen hacer de sus actores, todos y cada uno de ellos, perfectamente escogidos para sus personajes, hacen que AIR sea una experiencia sorprendentemente viva. Matt Damon está genial como el soñador Vaccaro, el hombre que supo ver el potencial de Jordan para sacar adelante Nike, defendiendo con uñas y dientes un fichaje en el que pocos depositaban pocas esperanzas, en principio. Ben Affleck, como el magnate y fundador de Nike; Jason Bateman, en la piel de Rob Strasser, quien apoyó a Vaccaro para conseguir que se invirtiera tanto dinero en la contratación del joven baloncestista; el divertido Chris Tucker, como el director de marketing Howard White, y Matthew Maher dando vida a Peter Moore, el diseñador de las zapatillas Air Jordan, están estupendos en cada intervención, derrochando carisma, simpatía y una química que hace de esta una visión, eso sí, un tanto edulcorada del capitalismo y del mecanismo interno de las grandes compañías. Por su parte, Viola Davis vuelve a regalarnos una lección magistral de interpretación, dotando a su papel de matriarca empeñada en ayudar a su hijo a lograr el mejor porvenir, de gran fuerza y humanidad, al mismo tiempo que Chris Messina dibuja a su David Falk como un auténtico tiburón de los negocios, el agresivo y malhablado mánager deportivo de Jordan, que, en alguna escena al teléfono con el personaje de Damon, nos remite al personaje que inmortalizara Tom Cruise en Jerry Maguire (Cameron Crowe, 1996). La convincente ambientación ochentera y una banda sonora repleta de éxitos de aquellos años –desde el Born in the U.S.A., de Bruce Springsteen, al mítico Axel F, de Harold Faltermeyer, de Superdetective en Hollywood (Martin Brest, 1984)–, contribuyen a redondear una película de lo más interesante y sólida, que recupera el mejor pulso, el rigor histórico y la sencillez narrativa de Affleck como cineasta –exactamente, todo aquello que hizo de Argo un triunfo–. Así las cosas, y aunque suene demasiado aventurado, AIR se posicionaría, desde ya, como una de las posibles contendientes a batir en la carrera de premios del próximo año.


    por José Martín León
    abril 05, 2023

    Crítica | AIR

    por José Martín León | abril 05, 2023
    Live By Night

    El caro precio de la ambición

    crítica ★★★ de Vivir de noche (Live By Night, Ben Affleck, Estados Unidos, 2016).

    El Óscar al mejor guion original alcanzado al alimón junto a su colega y amigo Matt Damon por El indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997) ya nos dio las primeras pistas sobre el carácter inquieto de Ben Affleck como artista. Consciente de que como actor nunca estará a la altura de los más grandes, en su faceta como realizador ha demostrado que sí puede alcanzar grandes triunfos. Después de sorprender muy gratamente a propios y extraños con su ópera prima Adiós pequeña, adiós (2007), un incómodo thriller policial en el que adaptó, por primera vez, a Dennis Lehane, Affleck continuó acertando en la diana con su incursión en el cine negro de modalidad “atracos” en The Town (2010) y, sobre todo, aquella sobresaliente Argo (2012) que se alzó con el Oscar a la mejor película, convirtiendo al director en uno de los más codiciados del Hollywood actual. Era difícil (por no decir imposible) mantener tan alto nivel durante mucho tiempo más, y, en su cuarto trabajo tras las cámaras, Vivir de noche (2016), las cosas no le han salido tan redondas. La explicación a este leve traspiés artístico habría que buscarla en la desmedida ambición del proyecto, la adaptación de una novela de Dennis Lehane sobre la figura, entre romántica y violenta, del gángster, plagada de subtramas y personajes secundarios que el guion del propio Affleck se vio obligado a condensar para no exceder un metraje de 129 minutos que, por una vez, se antoja demasiado exiguo para todo lo que necesita contar. Sin embargo, hay que ser honestos y reconocer que la decepción es más fruto de las altísimas expectativas creadas alrededor de cada nueva empresa del director que de los resultados de Vivir de noche en sí, ya que estamos ante un buen producto que, de haber llegado firmado por cualquier otra persona, no habría suscitado tanta controversia.

    El filme nos sumerge en una época convulsa en la historia de América, la Gran Depresión, a un Boston dominado por diferentes clanes mafiosos que se enfrentan por obtener la supremacía en los negocios ilegales del alcohol y el juego. La historia sigue de cerca los pasos de Joe Coughlin, excombatiente de la Primera Guerra Mundial reciclado en delincuente habitual, a pesar de ser hijo de policía y tener un sentido de la justicia y unos códigos éticos que no casan con los ambientes criminales en los que se mueve. A lo largo de los años presenciaremos su ascenso meteórico en el mundo del hampa; su doble juego entre las mafias irlandesa e italiana; las mujeres que marcaron su vida y los obstáculos que se interpusieron en su camino hacia el éxito. Que Affleck dirige muy bien es algo, a estas alturas, indudable. Vivir de noche no es una excepción, ya que nos encontramos ante un trabajo muy cuidado a nivel formal, con una ambientación impecable, que recrea con todo lujo de detalles el Boston durante la Ley Seca, funcionando como atractivo fresco histórico; una extraordinaria labor fotográfica de Robert Richardson que, en ocasiones, cae en el preciosismo de postal –los momentos con la sensual Zoe Saldana paseando por la playa o el paseo en lancha por los pantanos de Florida, con esos cielos encendidos, parecen de spot publicitario– y un diseño de vestuario de Óscar, que atavía a sus actrices con los modelos más elegantes. Es una obra que enamora a los sentidos, rodada con buen sentido del ritmo, que ha sabido sacar partido del magnífico plantel de secundarios, aun cuando estos no están explotados al máximo, como sería el caso de los policías de métodos discutibles encarnados por Brendan Gleason y Chris Cooper, estupendos ambos. También en las escenas de acción da Affleck el do de pecho, insuflando gran dinamismo y espectacularidad endiablada a set pieces como la persecución automovilística del inicio o el asalto final a la mansión del capo Maso Pescatore, y sorprendiendo por la violencia de sus imágenes. En este sentido, las vendettas entre clanes están resueltas con disparos a bocajarro que no desmerecen en crudeza a los acercamientos del gran Martin Scorsese al género criminal.

    por José Martín León
    febrero 01, 2017

    Crítica | Vivir de noche

    por José Martín León | febrero 01, 2017
    Crítica de Argo, de Ben Affleck
    ASUNTOS INTERNOS (Y EXTERNOS)
    Argo (Ben Affleck, 2012)

    Nunca entendí esa aversión casi obsesiva que suscitaba Ben Affleck. Obviamente, su carrera como actor no invitaba al festejo: asiduo de americanadas estratosféricas de la talla de Armageddon o Pearl Harbor, el de Berkeley era lapidado por su gesto rígido, siempre rocoso e impasible ante cualquier circunstancia sorprendente. Era esa mirada seria, antipática por encima de su tímida sonrisa. Y aunque había ganado un Oscar por el guión de El indomable Will Hunting –una exhibición de fluidez dialéctica–, el mérito era del otro, de su colega Matt Damon. Un trabajo de semejante envergadura no podía llevar la firma intelectual del futuro Daredevil, de ese secundario que se dejaba caer –a veces literalmente, desde el cielo– en la ya mítica Saga de Jersey que dirigió Kevin Smith. No. Todo el mundo sabía (sí, los críticos también engrosan la lista de “todo el mundo”) que Affleck era un perdedor, que su paso por la gran pantalla sería tan olvidable como mediocre. Aun así, alcanzó su punto de giro particular en el año 2006, gracias a su encarnación del desaparecido George Reeves en Hollywoodland, un interesante filme que desprendía el aroma del mejor cine negro. Reeves se había enfundado las mallas de Superman en una teleserie que triunfó en la década de los 50; y un convincente Ben Affleck recogía su testigo en lo que sería el embrión de ese cineasta llamado a vigorosas empresas. Por aquel entonces iniciaba la preproducción de su debut tras la cámara: Adiós, pequeña, adiós. Golpe reflexivo y alguna que otra puntada en la boca del escéptico. Tal vez, pudiera ser, el tonto no lo era tanto.

    por Anónimo
    diciembre 10, 2012

    ARGO (BEN AFFLECK, 2012) | CRÍTICA

    por Anónimo | diciembre 10, 2012

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