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    Sally Potter
    Sally Potter

    Velada (im)previsible

    Crítica ★★★ de The Party (Sally Potter, 2017).

    Reunir a un puñado de personajes en una misma localización e introducir el conflicto mediante sus revelaciones o confesiones constituye una premisa muy empleada por el cine, en este caso por herencia directa del teatro. El mismo se presta por naturaleza a la limitación espacial y al enfrentamiento verbal, y en su salto a la gran pantalla mantiene estos elementos aunque con la puesta en escena o los cortes y elipsis que exige el lenguaje cinematográfico. En todo caso estamos ante apuestas decididamente teatrales, además de provechosas en cuanto a la escasez de presupuesto y recursos que necesitan. De ahí también la frecuencia de su uso, por lo que podemos encontrar muestras suyas desde el cine clásico, por aquel entonces realizadas con decorados artificiales y una planificación más circunscrita. Contra ello reaccionaría especialmente el movimiento Dogma, buscando en los escenarios naturales y en la cámara al hombro una mayor espontaneidad, librándose de las ataduras propios de la industria y el estudio. Esto también lo haría antes el cine de finales de los años 60 y principios de los 70, una vez superada la censura anterior y con el precedente de la Nouvelle Vague, saliéndose igualmente de los marcos preestablecidos. Cabe recordar así por ejemplo las cintas de John Cassavetes y luego la pionera de Thomas Vinterberg, Celebración (Festen, 1998). A estos distintos referentes rinde homenaje con su nueva película Sally Potter, conocida anteriormente por historias más personales o marginales, tales como Orlando (1992) o Ginger & Rosa (2012).

    Ahora en The Party, presentada el año pasado en la Berlinale, cambia un tanto de estilo y temática para hablarnos de la fiesta a la que alude el título y organiza una tal Janet (Kristin Scott Thomas) para celebrar su nombramiento nada menos que como ministra. Sin embargo la satisfacción no es compartida por su marido Bill (Timothy Spall), recluido de forma taciturna en el sillón central del salón con una copa de vino y el tocadiscos como todo impulso para levantarse y cambiar de canción, mientras su mujer lo prepara todo en la cocina y va recibiendo a las visitas en el vestíbulo. Además del baño y el jardín, estas son las cinco piezas a las que se ciñe todo el metraje, destacando en particular el mentado salón por su mayor espacio y atrezo, lo cual permite localizar en él la mayor parte de la acción, aparte de la constante ambientación musical que emana. En ella predominan las melodías de jazz, que nos recuerdan a los anteriores referentes, además de una fotografía en blanco y negro que por un lado realza la austeridad escénica de la propuesta y por otro refleja el homenaje estilístico desde un punto de vista puramente cinéfilo. De hecho estas consideraciones consiguen esquivar la con frecuencia odiosa comparación teatral, al diversificar la planificación de tal forma que por ejemplo en el baño predominan los ángulos aberrantes (en este caso sobre todo en concordancia con el agobio que siente un personaje) mientras que en el salón se alternan a menudo los planos generales con los primerísimos primeros planos sin apenas intermedio de escala.

    por Ignacio Navarro
    febrero 17, 2018

    Crítica | The Party

    por Ignacio Navarro | febrero 17, 2018

    Curva praxiteliana

    Crónica de la quinta jornada de la 67ª edición del Festival de Berlín.

    Cinco son ya las jornadas en la edición número 67 del Festival Internacional de Cine de Berlín. Desde el pasado jueves, la Sección Oficial y las distintas secciones paralelas están demostrando un carácter variado, ecléctico en cuanto a sus propuestas, temas y procedencia de los filmes exhibidos. Al contrario que en otros certámenes, en Berlín es complicado intuir una línea definida en su programación; nombrar cuatro o cinco autores habituales que lo doten de una identidad concreta. Inmersos en este punto de la agenda, tal impredecibilidad puede ser interpretada como un rasgo no muy halagüeño. Vistas ya algunas películas dignas de mención, como la notable Una mujer fantástica, del chileno Sebastián Lelio, El mar la mar, de Joshua Bonnetta (joya de la sección Forum) o la interesante On body and soul, de Ildikó Enyedi —mención aparte para Trainspotting 2—, lo cierto es que esta edición de la Berlinale está ofreciendo pocos y más bien discretos resultados . El nivel de calidad general, en términos estadísticos, está preocupantemente por debajo de las expectativas. Podemos ilustrar esta situación poniendo como ejemplo el filme de la mañana de ayer. Abría la cuota de sección competitiva Bright nights, del turco-alemán Thomas Arslan; una mirada sobria y lacónica sobre el duelo de un hombre recién caído en la orfandad y su esfuerzo por evitar repetir con su hijo los errores de su fallecido padre. Con un planteamiento narrativo no especialmente original ni elementos destacables, no podríamos afirmar que se trata una mala película. Tiene algunos aciertos, como el buen uso de la contención y la sentimentalidad anticatártica, así unas actuaciones simplemente correctas. Sin embargo, como experiencia artística no cumple el objetivo de mantenerse en la memoria del espectador, no trasciende. Esto mismo parece observarse en el conjunto del festival: pocos destellos. Por lo tanto, el encuentro con gratas sorpresas provoca gran entusiasmo. Encuentros inesperados como el retorno a la dirección de Sally Potter. Cinco años después de Ginger & Rosa, la estadounidense ha reivindicado su permanencia en el panorama cinematográfico con The party, una cautivadora y cínica comedia negra con estructurada casi como pieza teatral, con una fotografía un montaje excelentes, en la que sus personajes —grandes actuaciones de Cillian Murphy, Patricia Clarkson o Kristen Scott Thomas, que podrían ser reconocidas en el palmarés— colisionan unos con otros, rayando el delirio, durante la celebración de una a priori tranquila reunión de antiguas amistades. El japonés Sabu también ofreció un ligero aumento en la calidad y el entusiasmo generales con su Mr. Long. Por otra parte, el neoyorquino James Gray ha presentado fuera de competición The lost city of Z, proyecto de tormentoso recorrido que finalmente hemos podido valorar. Las dudas generadas, las cuales no restaron ni un ápice de la elevada expectación en la crítica, se han despejado. La propuesta épica sobre el incansable explorador Fawcett en su búsqueda de una ciudad en el corazón de la Amazonía ha confirmado una vez más el talento de su director. Con un planteamiento clasicista y estilizado, cercano a Aguirre, la cólera de Dios o Apocalypse now, no desmerece ni ridiculiza sus fuentes de inspiración, aportando una lección de buena ejecución. Veremos qué nos deparan los próximos trabajos de Aki Kaurismäki y, sobre todo, Hong San-Soo.

    por EAM
    febrero 14, 2017

    Berlinale 2017 | Día 5. Críticas: Call me by your name, Bright nights, The party, Mr. Long, The Lost City of Z

    por EAM | febrero 14, 2017
    Ginger & Rosa

    ADIÓS A LA INOCENCIA

    crítica de Ginger & Rosa | Sally Potter, 2012

    La adolescencia es una de las etapas más difíciles que todo ser humano debemos pasar. Dejar atrás la inocencia propia de la niñez para descubrir la cara menos amable de la vida, puede llegar a generar trastornos o traumas que marcarán nuestra conducta de adulto. Sally Potter, la interesante realizadora británica de la laureada Orlando (1992), nos trae con esta Ginger & Rosa, una interesante mirada al universo femenino, muy en la línea de los trabajos de Sofía Coppola, especialmente de su ópera prima, Las vírgenes suicidas (1999). Ambas películas comparten un gusto exquisito –bordeando peligrosamente la frontera de la pedantería– a la hora de mostrar la amistad entre las jóvenes protagonistas. Sus emociones más íntimas, sus miedos y sueños, son retratadas a través de una elaborada puesta en escena, donde la ensoñadora fotografía saca el máximo esplendor de la belleza de estas delicadas ninfas. En este caso, el protagonismo recae sobre los hombros de la canadiense Alice Englert y Elle Fanning, que luce en esta ocasión una llamativa melena pelirroja, tan encendida como la personalidad de su personaje.

    por José Martín León
    mayo 04, 2013

    Crítica | Ginger & Rosa

    por José Martín León | mayo 04, 2013

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