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    Kiyoshi Kurosawa
    Kiyoshi Kurosawa
    || Críticas | Cannes 2026 | ★★★☆☆ ½
    Kokurojo:
    The Samurai
    and the Prisoner
    Kiyoshi Kurosawa
    El antes y el después


    Rubén Téllez Brotons
    Cannes (Francia) |

    ficha técnica:
    Japón, 2026. Título original: 黒牢城. Dirección: Kiyoshi Kurosawa. Guion: Kiyoshi Kurosawa. Novela: Honobu Yonezawa. Música: Yoshihiro Hanno. Fotografía: Sasaki Yasuyuki. Compañías: Sochiku, Tokyo Broadcasting System. Distribuidora: Sochiku. Reparto: Masahiro Motoki, Mataki Suda. Duración: 147 min.

    Hace unos días hablábamos del modo en que Hope convertía el montaje en una herramienta de violencia retórica. Las imágenes devenían gesto agresivo debido, por un lado, a la velocidad con la que se sucedían, y, por otro, a la estetización que hacían del asesinato. La destrucción se volvía norma, permitiendo que los personajes fuesen utilizados como carnaza que golpear, aplastar, acribillar o apuñalar. Justo lo contrario sucede en Kokurojo: the samurai and the prisoner. Siendo una película de samuráis filmada en pleno 2026, la posibilidad de que convirtiese la lucha a muerte en una coreografía sensual o en el pretexto para un bombardeo audiovisual sostenido sobre la velocidad del montaje eran múltiples. Sin embargo, si por algo destaca la nueva película de Kiyoshi Kurosawa es por su uso del plano largo y por la rigurosidad de su acercamiento a la muerte. De hecho, la primera sucede fuera de campo. Un niño es asesinado en el palacio del protagonista y el único acercamiento posible a él es a través de su cadáver. Kurosawa mantiene durante unos segundos la cámara sobre el cuerpo sin vida del pequeño, pero no para regodearse en lo truculento de la situación, sino para permitir que los espectadores asuman la realidad de su desaparición a través del estatismo de lo que queda de él.

    Cada segundo que la cámara sigue filmando constituye una evidencia del materialismo de la mirada de Kurosawa y del carácter trágico de la muerte: el niño es sólo un cuerpo inerte que no se va a levantar por mucho que la cámara le siga mirando. Asesinar, en la película, no es algo banal: los personajes son mucho más que instrumentos irrelevantes a través de cuya desaparición se puedan filmar imágenes “lúdicas”. En alguna ocasión no hay un “antes” del asesinato, pero siempre hay un “después”. De hecho, la forma en que Kurosawa filma las demás muertes demuestra un completo desinterés por la truculencia del cuerpo ensangrentado. Durante la batalla de mayor magnitud que tiene lugar en la cinta, el cineasta opta por distanciarse lo máximo posible de las acciones de la guerra para filmarlas desde una lejanía que no tiene más propósito discursivo que evidenciar su rechazo de cuanto está sucediendo en escena. La estrategia es similar a la que utilizaba Visconti durante las batallas de El gatopardo; antes que decir nada sobre la batalla, dejar en claro que su interés es otro. ¿Es un posicionamiento frívolo? No, porque Kurosawa no evita mirar la realidad del tiempo que narra, sino que se interesa por las consecuencias (humanas) antes que por el hecho de la guerra en sí.

    El propósito bien puede ser descrito como el intento de revalorizar una vida en un contexto que únicamente es capaz de producir muerte y de banalizarla. Así lo dice el protagonista: “puedo enviar a miles de personas a morir”. Como ni sus palabras ni su tono reflejan la magnitud de la realidad que están expresando, Kurosawa decide ofrecer un contrapunto. No son mil muertes las que presenta, pero sí las suficientes como para poner en valor las implicaciones de un asesinato. Al inicio de otra contienda, cuando unos soldados disparan a otros con escopetas, el director elude el contraplano de los cuerpos que reciben las balas. El estallido del arma y su correspondiente impacto sonoro tiene un peso fundamental en el plano: la banalidad del gesto mínimo que se requiere para quitarle la vida a alguien —apretar un gatillo— viene acompañado por un estruendo. Luego el silencio; es decir, la ausencia de una imagen que muestre las consecuencias de ese acto, para algunos intrascendente en el marco temporal en que sucede la película. La tiranía de los poderosos durante el feudalismo convertía la vida de sus súbditos en una cifra que se pronunciaba con orgullo (en caso de victoria) o frustración (en caso de derrota), pero que jamás llegaba a tener una existencia real para los señores de la guerra. La muerte no se hacía imagen (mental); de ahí la negación del contraplano que hace Kurosawa en algunos momentos.

    Existen, por tanto, el “antes” y el “después” del asesinato, pero rara vez el “durante”, el acto en sí: el cuerpo del niño del inicio siendo atravesado por una flecha o el de los soldados siendo derribados por las balas. Sólo en las batallas cuerpo a cuerpo se atisba la explicitud de la violencia. Sin embargo, el distanciamiento de la cámara y su posición tienden a acentuar los gestos agónicos del personaje que muere. Tienen más importancia los movimientos realizados durante un enfrentamiento que el propio golpe de gracia, porque Kurosawa no los entiende como una mera coreografía esteticista, sino como el único lenguaje capaz de expresar la desesperación y el miedo que sienten los implicados. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    octubre 23, 2026

    Crítica | El samurái y el prisionero (黒牢城)

    por Rubén Téllez Brotons | octubre 23, 2026

    Fantasmas japoneses de ayer y de hoy: Historia de fantasmas de Yotsuya (1959) + Pulse (2001)

    Podcast especial de Halloween

    Japón siempre ha sido un país infestado de fantasmas. Están presentes en su iconografía desde hace siglos, aunque gozaron de especial popularidad a comienzos del siglo XIX, cuando se convirtieron en uno de los temas favoritos del teatro kabuki y el ukiyo-e. De ese sustrato surgió uno de los relatos espectrales más queridos por el público: la historia de fantasmas de Yotsuya, en su origen una obra de kabuki y poco después motivo predilecto de los pintores. Oiwa, su protagonista, da cuerpo al yurei prototípico: una figura femenina torturada, llena de rabia vengativa, con quimono blanco y el pelo negro largo y suelto.

    A mediados de los años cincuenta del siglo XX, el kaidan (historias del más allá) volvió a ponerse de moda. Una circunstancia que el cineasta Nobuo Nakagawa, el rey del género, aprovechó para filmar la hasta hoy adaptación más popular de la historia de Yotsuya, que solo en cine cuenta con más de treinta versiones. Nakagawa siguió fielmente el argumento original, añadiéndole modernidad en su uso de colores intensos y composiciones intrincadas.

    En el cambio entre siglos, el furor japonés por los fantasmas regresó, y esta vez incluso atravesó fronteras de todo el mundo con sagas como The Ring o La maldición. Dentro de esta nueva oleada, Kiyoshi Kurosawa lanzó el planteamiento más radical con Pulse (2001), que sacó a sus espectros de la iconografía tradicional e imaginó un mundo en el que internet permite que los fantasmas viralicen su eterna soledad.

    Proponemos, así, un viaje entre dos historias japonesas de fantasmas de signo tan opuesto. Con este episodio, cerramos nuestro especial de Halloween de 2025. En él pueden escuchar las voces venidas del más allá de Miguel Muñoz Garnica, José Luis Forte y Lourdes Esqueda.

    | Además de en iVoox, pueden escucharlo en Spotify | Apple Podcasts | Pocket Cast |

    por EAM
    octubre 31, 2025

    Podcast | Fantasmas japoneses de ayer y de hoy: «Historia de fantasmas de Yotsuya» (1959) + «Pulse» (2001)

    por EAM | octubre 31, 2025
    || Críticas | Streaming | ★★★★★
    Cloud
    Kiyoshi kurosawa
    En el infierno podrás ser tu propio jefe


    Miguel Muñoz Garnica
    Córdoba |

    ficha técnica:
    Japón, 2024. Título original: ((クラウド, Kuraudo). Dirección: Kiyoshi Kurosawa. Guion: Kiyoshi Kurosawa. Producción: Yuki Nishimiya, Nobuhiro Iizuka, Yumi Arakawa. Productoras: Nikkatsu, Django Film, Tokyo Theatres Company, Cloud Production Committee. Fotografía: Yasuyuki Sasaki. Música: Takuma Watanabe. Montaje: Kôichi Takahashi. Sonido: Shinji Watanabe. Reparto: Masaki Suda, Kotone Furukawa, Daiken Okudaira, Amane Okayama, Yoshiyoshi Arakawa, Masataka Kubota, Masaaki Akahori, Mutsuo Yoshioka, Yugo Mikawa, Maho Yamada, Toshihiro Yashiba, Yoshiyuki Morishita, Tetsuya Chiba, Yutaka Matsushige. Duración: 124 minutos.

    Aviso: Este texto desvela detalles argumentales de la película. Conocerlos puede arruinar la experiencia de una historia que, entre otras cosas, recomendamos porque nunca deja de ser imprevisible.


    Piensen en un momento típico de thriller. Un personaje corriente, que ha visto abruptamente violentada su rutina, acaba de salir de una situación de vida o muerte. Por fin puede respirar y darse cuenta de que ha sobrevivido contra todo pronóstico. ¿Qué es lo primero que hace? La respuesta que se nos ocurra dirá mucho de nuestra educación como espectadores. En el caso del protagonista de Cloud, Ryosuke, lo primero que se le ocurre es desbloquear su móvil, abrir su perfil en una tienda online y revisar cómo van sus ventas.

    Esto es, que Kiyoshi Kurosawa no solo nos planta de protagonista a un revendedor de productos adusto, ensimismado y consumido por sus dudosos negocios. Es que, llegada la presunta catarsis, solo es capaz de persistir en su deshumanización. Tenemos, así, a un tipo que encarna todas las asperezas del ya tópico emprendedor digital —si este término no basta para provocarles urticaria, me temo que no estamos hablando el mismo idioma—. Es más, la primera parte de la película se dedica, básicamente, a detallar esa aspereza, a recopilar las pequeñas afrentas que Ryosuke va dejando a su paso. Primeros vendedores a los que compra a subprecio, compradores a los que estafa con productos falsos, frikis a los que hace pagar cantidades desproporcionadas por merchandising exclusivo que compra en lote, colegas a los que se niega a prestar dinero…

    Si en esta primera parte Ryosuke no sale peor parado es porque problematiza algo que va más allá de lo individual. Algo así como un capitalismo digital que propaga la figura del intermediario parásito, la descentraliza y la convierte en perpetradora y a la vez víctima de la precariedad generalizada. Pero tratemos de concretar:
    Aquí tenemos una composición típica de Kurosawa: interior, luces bajas, profundidad de campo, distancia entre el sujeto y el fondo. Si estuviésemos en Pulse (2001), cualquiera de las zonas en sombra o de recovecos ocultos sería una excelente opción para que apareciera un fantasma. Pero lo que vemos es el estado de la cuestión que trazaba Pulse dos décadas después: el mundo digital ya no es una novedad tecnológica por la que pueden entrar visitantes del más allá; es un paradigma que ha viralizado y transformado al mundo real. Lo que vemos aquí es un Ryosuke insomne en plena madrugada, rodeado de productos embalados — nadie lo diría a simple vista, pero el escenario es su casa— y magnetizado por la pantalla del ordenador que muestra sus ventas en tiempo real. La conexión permanente que lo mantiene despierto y alerta.

    La imagen grita precariedad por los cuatro costados, y no solo económica. Dentro de esta atmósfera, el posterior plano-contraplano que inserta Kurosawa es hasta devastador:


    El primer plano de Ryosuke, al que llegamos tras un acercamiento de la cámara, lo enlaza con la pantalla con las ventas. Esto es, un recurso de diálogo como el plano-contraplano solo sirve para ratificar cuál es la única relación significativa de nuestro protagonista, cuál es la que consume sus tiempos y sus espacios. Es devastador, sobre todo, si lo comparamos con el plano en el que Kurosawa nos introduce a su novia:
    Un gesto afectivo no recibido, dos miradas que no se encuentran —y en perfecta concomitancia, en esta escena no hay primeros planos y contraplanos—, y la misma línea de fuerza del plano anterior que permanece intacta: la pantalla que atrae la mirada, el cuerpo y organiza el espacio doméstico.

    Ryosuke rechaza por principio todo lo que tiene que ver con la típica cultura laboral japonesa. Rechaza los ascensos que le ofrece su paternalista jefe y acaba por dejar su trabajo como asalariado en una tintorería industrial. Con ello, huye de uno de los escenarios quintaesenciales de la explotación capitalista tradicional —en The Mangler (1995), Tobe Hooper usaba precisamente una tintorería manufacturera para elaborar una afiladísima metáfora, en clave de terror, sobre la explotación capitalista—. Huye, podríamos aventurar que con la mente llena de consignas como escalar el negocio, ser tu propio jefe o hackear el sistema, de un modelo de capitalismo industrial a otro de capitalismo digital que, como aquel, tiene la capacidad de transformar el mundo que habita. Solo que este otro modelo ya no crea máquinas inquietantes y grandes naves industriales —uno de los escenarios favoritos de Kurosawa, y que aparecerá al final como ruina del viejo capitalismo— sino en apartamentos impersonales y apenas iluminados por la pantalla del ordenador.

    De ahí lo fascinante de algunos planos como los que he citado: sin renunciar a uno solo de sus rasgos de estilo, ni al marco envolvente del terror, Kurosawa consigue poner en escena cómo es, físicamente, el mundo que ha creado este nuevo paradigma de deshumanización digital.

    Decía, además, que a Ryosuke no le sirven ni varias situaciones al límite de la muerte para sacarlo de su alienación con las pantallas. La historia, con ello, nos lo estanca en este infierno aséptico. Le niega toda posibilidad de cambio o redención. No le deja otra salida que el reconocimiento, expresado sin sorpresa, de que se estaba zambullendo desde el principio en un proceso típico de los protagonistas de Kurosawa: el darse cuenta de que el Apocalipsis no es el fin del mundo, sino el fin de su conexión con el mundo.

    Pero hay más. Siendo una película de atmósfera existencial y de protagonista estancado, Cloud se las apaña para ser en todo momento imprevisible y sorprendente. Kurosawa va transitando, a veces de forma gradual, a veces de golpe, y siempre con maestría, entre el vago terror atmosférico, el drama de pareja, el thriller de acción, la comedia negra o el absurdo. Y lo consigue no a pesar, sino gracias a la alienación radical de su protagonista. Gracias a su inconsciencia de los rencores que va amontonando con sus prácticas como revendedor.

    En la primera parte de la película, estos rencores se manifiestan en pequeños detalles como una rata muerta en la entrada de su apartamento, o una trampa para provocarle una caída de la moto. Pero quedan como poco más que manifestaciones de una noción de amenaza muy vaga, muy abstracta, que tan bien se la da construir al cineasta. Y que, sin que seamos conscientes, nos pone en el mismo estado de desconexión con lo que le rodea que tiene entumecido a Ryosuke.

    En la segunda parte, cuando esta amenaza gana una concreción absoluta, Cloud se transforma en otra cosa. La aspereza de un protagonista como Ryosuke queda en nada ante la ira desproporcionada que se le vuelve en contra. Surge la pregunta inevitable: ¿cómo es posible que un emprendedor digital de poca monta haya inspirado una escalada vengadora tan brutal?

    La respuesta la va deslizando el recurso que Kurosawa emplea para transitar de la primera a la segunda parte. Un personaje que aparece de la nada, estafado por unos bolsos falsos que le ha vendido Ryosuke. Un personaje que se nos presenta así:


    Arrastrándose, humillado, entre los pasillos lúgubres de un manga-café en uno de cuyos cubículos ha improvisado algo a lo que, con mucha generosidad, podríamos llamar su hogar. Enseguida sabremos que es uno de los haters que Ryosuke ha ido acumulando y que han empezado a organizarse para dar con él. Pero, con estos planos, sabemos algo más importante: que ese cubículo del manga-café es la versión degenerada del apartamento de Ryosuke, igualmente precario, pero al menos de una precariedad más higiénica.

    Con este matiz, podemos entender qué es lo que pasa en la segunda parte de Cloud, la maniobra que la convierte de golpe y porrazo en un thriller de acción. No se trata solo de la ira mal canalizada. Se trata de que esa ira estalla de una manera tan desmedida porque los agresores comparten con Ryosuke la misma desconexión de la realidad. La misma condición de «perdedores», con el pequeño matiz de que el tipo del manga-café y sus compinches son perdedores evidentes, los únicos para los que un perdedor mejor disimulado como Ryosuke puede pasar por «ganador».

    Esto es lo que permite a Kurosawa jugar, en la segunda parte, con un componente de comedia negra que viene del choque brutal entre la conspiración digital y la violencia real. Entre el anonimato de las amenazas de muerte por chat y la realidad de un puñado de inadaptados que apenas saben manejar una pistola —con la excepción del único representante del capitalismo tradicional, que, al ver mermada su capacidad de influencia, desenmascara una absoluta psicopatía—. Más allá de la comedia negra, tenemos también una visión certera de cómo funciona la rabia en un sistema capitalista descentralizado. La rabia que hay que drenar, contra lo que sea, contra quien sea, contra quien parezca nuestro problema porque no somos capaces de reconocer como nuestro igual en la precariedad.

    De ahí podemos volver al gesto que planteaba como definitorio de Ryosuke: mirar el móvil como primer gesto tras la supuesta catarsis. Pero, ¿qué otra cosa le queda? Si levanta la vista de la falsa interacción de esa pantalla —la pantalla que nos vendieron como la posibilidad infinita de conectar con los demás—, si levanta la vista de esa página de ventas que le proclama «ganador», ¿en qué puede posarla? Ateniendo a los planos finales, lo que el mundo real le ofrece no es más que la evidencia de su ruptura total con él. El paisaje de desconexión que deja un sistema de conexión permanente. ♦

    por Miguel Muñoz Garnica
    julio 11, 2025

    Crítica | Cloud (クラウド)

    por Miguel Muñoz Garnica | julio 11, 2025
    || Críticas | Cobertura SSIFF 2024 | ★★★☆☆
    Serpent's Path
    Kiyoshi Kurosawa
    Cuando todo ha terminado


    Rubén Téllez Brotons
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Francia, Japón, Bélgica, 2024. Título original: Le chemin du serpent/ 蛇の道 / Hebi no michi. Duración: 113 min. Dirección: Kiyoshi Kurosawa. Guion: Kiyowshi Kurosawa, Hiroshi Takahashi. Música: Nicolas Erréra. Fotografía: Alexis Kavyrchine. Compañías: Cinéfrance Studios, Kadokawa Pictures, Kadokawa- Reparto: Kou Shibasaki, Damien Bonnard, Mathieu Amalric, Munetaka Aoki, Gregoire Colin, Slimane Dazi.

    Las películas de venganza constituyen todo un subgénero cinematográfico en sí mismo: autores como Ingmar Bergman, Sam Peckinpah o Quentin Tarantino han utilizado su esquema narrativo y dramático como base sobre la que sostener reflexiones sobre sus particulares obsesiones. Así, de entre todas las cintas que hablan sobre la venganza, puede que sea Irreversible, de Gaspar Noé, la que con más fuerza y más radicalidad haya, precisamente, ahondado en las verdaderas implicaciones del ojo por ojo, la que con más firmeza haya empleado unos códigos que, mayormente, han servido para introducir la agresión dentro de unos marcos expositivos que, si bien no la normalizaban, sí que afirmaban sus supuestas propiedades catárticas, para cuestionar dicho discurso. La segunda cinta de Noé era una refutación taxativa de la venganza, puesto que giraba en bucle por la pantalla, negando cualquier atisbo de satisfacción que esta pudiese provocar en quienes la llevasen a cabo. Si bien es cierto que la película se estructuraba alrededor del lema “el tiempo lo destruye todo”, lo que verdaderamente importaba era lo que latía bajo sus imágenes teñidas de rojo y negro; es decir, la idea de que la violencia sólo genera más violencia, de que la muerte se solapa con la muerte y de que el sinsentido lo invade todo después de un derramamiento de sangre.

    Pues bien, en Serpent's Path, Kiyoshi Kurosawa propone una relectura del subgénero en cuestión, protagonizada por unos seres esquinados por su propia paranoia, que caminan sobre el filo oxidado de la ira intentando ordenar y dar sentido a unas existencias, las suyas, ensombrecidas desde hace tiempo por los tonos oscuros de la desesperación. El realizador japonés, tomando como punto de partida su propia película de 1998, configura, primero, un andamiaje estilizado, distante y orgullosamente calculado al milímetro, que pueda sostener el telón blanco sobre el que, después, va a escribir, a veces con una caligrafía que de puro absurda terminará resultando cómica, a veces con una cuya sordidez no hará sino delatar su tristeza reprimida, un ensayo sobre el vacío que precede a la venganza. Los códigos formales que emplea el autor de La mujer del espía tienen como finalidad retratar con un distanciamiento innegociable una amalgama de estallidos, disparos, gemidos, confesiones erosionadas por la punta de la duda, y miradas de hielo e inexpresividad, que se extiende a lo largo y ancho de la pantalla, impidiendo que haya unos marcos estructurales que contengan las constantes derivas de una narración que termina convertida en una concatenación de quiebros y rupturas.

    Es Serpent's Path, por tanto, una obra mutante que no tiene miedo de cambiar la piel cada pocas secuencias, y que busca, a través de la redundante extensión de su metraje, ofrecer argumentos que fortalezcan su núcleo conceptual para demostrar que su tesis es correcta. Porque sí, Kurosawa deja claro desde la gelidez del plano inicial que esta es una película de tesis: al igual que en Irreversible, aquí la violencia no genera sino más violencia, pero, en este caso, el bucle de secuestros, torturas y asesinatos tiene como finalidad última ocultar el vacío ilógico que lo envuelve todo. Los protagonistas, conscientes de que lo que están haciendo no les va a devolver a sus seres queridos, ni va a aliviar el dolor que les corroe, ni va a darle sentido a unas vidas que carecen de él, continúan matando para no aceptar que su plan inicial era un completo despropósito que nada bueno les iba a traer. La venganza se consuma sin que haya una catarsis emocional, una epifanía que arroje algo de sentido a lo narrado, ni un sólo fulgor catártico. Entremedias, el director confecciona unas escenas que se mueven entre lo hilarante —risas nerviosas— y lo terrorífico: resulta brillante la forma en que Kurosawa utiliza la profundidad de campo y los planos generales para encuadrar al mismo tiempo a unos cuantos personajes, retratando desde una perspectiva ridícula —la posición de sus cuerpos y los códigos gestuales dentro de los que pueden moverse según su carácter de dominador o dominado son un elemento fundamental para conseguir que la atmósfera, además de turbia, resulte absurda— la violencia a la que se someten entre ellos. El carácter hermético de los protagonistas impide que los espectadores puedan generar vínculos emocionales con ellos, y las interpretaciones desdramatizadas que ofrecen los actores los convierten en extrañas máquinas de matar que, pese a que llegan a expresar verbalmente la aflicción a la que se enfrentan cada día, nunca llegan a despertar un mínimo de empatía. Así, cuando todo ha terminado, cuando los cadáveres no se pueden contar ni con los dedos de diez manos y el escenario está lleno de sangre, la única certeza que se aprecia desde la platea es la de un vacío insoslayable. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    octubre 03, 2024

    Crítica | Serpent's Path (蛇の道)

    por Rubén Téllez Brotons | octubre 03, 2024
    || Críticas | ★★★★☆
    Chime
    Kiyoshi Kurosawa
    Vuelven los fantasmas


    Miguel Martín Maestro
    Valladolid |

    ficha técnica:
    Japón, 2024. Titulo original: スパイの妻. Dirección y guion: Kiyoshi Kurosawa. Música: Takuma Watanabe. Fotografía: Koichi Furuya. Intérpretes: Mutsuo Yoshioka, Tomoko Tabata, Ilkkei Watanabe. Productor: Misaki Kawamura, Hideyuki Okamoto. Sonido: Norihito Sorimachi. Diseño de producción: Hidetoshi Ando. Edición: Azusa Yamazaki. Compañías productoras: Roadstead, Sunborn. Duración: 45 minutos.

    Con Chime, Kurosawa regresa al cine que le hizo conocido mundialmente: al cine de Charisma, Cure o Kairo o a las no menos perturbadoras pero menos sutiles Creepy o Le secret de la chambre noire, películas todas ellas, como Chime en las que la tensión creciente se transforma en marca propia; tensión enlazada con lo sobrenatural e inexplicable. La película se ambienta exclusivamente en dos espacios y un tercero residual pero igualmente trascendente para explorar la mente del protagonista. Una escuela de cocina, el domicilio del profesor y una cafetería donde Matsuoka (Mutsuo Yoshioka) intenta convencer a un inversor que es la persona adecuada para asumir la cocina de un restaurante de cocina francesa en Tokio. Si la puesta en escena es esencial para dar calidad a una obra cinematográfica en Chime resulta primordial para dejarnos atrapar por las incontables incógnitas y sorpresas con las que Kurosawa infecta la mente del espectador.

    Infección porque siempre rodea algo malsano a la persona del protagonista, algo amenazador que nos cuesta determinar si le acosa o proviene de él mismo. En apenas 45 minutos sentimos el desasosiego creciente que nos provoca un personaje que asumimos inicialmente como víctima pero que, poco a poco, se transforma en verdugo. El sonido, inevitable recurso efectista y, no siempre efectivo, cuando de películas de terror psicológico se trata, condiciona al espectador para interpretar que lo que está viendo viene lastrado por algo oscuro que, más pronto o más tarde, surgirá sin posibilidad de escape, pero en el caso de esta obra resulta esencial para identificar los mecanismos insanos que condicionan a Matsuoka. Pequeños elementos delatan la anormalidad de ciertos personajes, pero ¿son personajes dañados de antemano o son daños que provoca el propio Matsuoka? ¿Es la maligna influencia del profesor la que provoca reacciones incomprensibles en sus alumnos? ¿y en su familia? ¿y en quien comparte con él el espacio mientras sufre la mayor humillación imaginable en público? ¿Y si todo fuera producto de la locura y nada fuera lo que parece?

    Hay esquinas, dobleces, imágenes, presencias, frases que permiten seguir cualquiera de estos caminos; hay guiños, incluso, a películas anteriores del propio director como ese final que parece el anticipo del brutal colofón de Kairo, pero lo realmente interesante es apreciar la incomodidad del egoísmo, del egocentrismo de un personaje ensimismado en sus delirios y sus inseguridades que va proyectando en todos con quienes se cruzan en su camino parte de su propia putrefacción. Cabría pensar si no estaremos con Chime, traslación anglófila al japonés de la palabra “crime” en un episodio de epidemia psicótica, donde se recibe y transmite un virus capaz de desembocar en la violencia inesperada. Las opciones se multiplican cuanto más tiempo pasa y se pasa cerca del protagonista, sólo el personaje del inspector del policía parece resistir el influjo nocivo de este profesor de cocina desvencijado, pusilánime, derrotado pero imprevisible.

    Todos los espacios frecuentados por Matsuoka parecen cobrar vida a través de la banda sonora, transmitir ondas a un cerebro perturbado que necesita muy poco para desbarrar hacia el título de la película. Los lugares se transforman en penetrantes sensaciones de opresión, incomodidad e incomunicación. Si el cine de Kurosawa había emprendido una senda de ligero optimismo o confianza en las relaciones humanas (Before we vanish Viaje hacia la orilla El fin de cada tiempo, el principio del mundo) salvando el patinazo de La mujer del espía, película en la que la narrativa del director nunca se encuentra cómoda en ese academicismo pseudotelevisivo; con Chime retoma sus ambigüedades y temores del pasado. La incertidumbre mundial, una pandemia que ha aumentado la soledad y la neurastenia generalizada han confluido, quizás, en el retroceso del director hacia territorios más conocidos y donde ha de encontrarse más cómodo. En Kurosawa el hogar familiar termina siendo fuente de conflicto en su cine de horror fantástico y en Chime no podía ser de otra manera con ese hijo y esa esposa que parecen sacados de las montañas de la locura. Con una filmografía de más de 60 obras volver la mirada hacia atrás no significa, en este caso, retroceder sino afianzarse en lo conocido para regresar a nuestro imaginario cinéfilo a la espera de su remake de The serpent path. ♦


    por Miguel Martín Maestro
    junio 05, 2024

    Crítica | Chime (スパイの妻. Kiyoshi Kurosawa, 2024)

    por Miguel Martín Maestro | junio 05, 2024

    La luz y la verdad

    Crítica ★★★★★ de «La mujer del espía», de Kiyoshi Kurosawa.

    Japón, 2020. Título original: スパイの妻 [Supai no tsuma]. Dirección: Kiyoshi Kurosawa. Guion: Ryusuke Hamaguchi, Kiyoshi Kurosawa, Tadashi Nohara. Compañías productoras: C&I Entertainment, Incline, NHK. Fotografía: Tatsunosuke Sasaki. Montaje: Hidemi Lee. Música: Ryosuke Nagaoka. Reparto: Yu Aoi, Issei Takahashi, Ryota Bando, Chuck Johnson, Yuri Tsunematsu, Minosuke Hyunri, Masahiro Higashide, Takashi Sasano. Duración: 115 minutos. Disponible en el catálogo de Filmin.

    Este artículo es fruto de una reescritura de la crítica original,
    publicada en esta revista durante la edición de 2020 del Festival de San Sebastián.
    Texto creado y revisado por Miguel Muñoz Garnica (Madrid).

    En 1944, Keisuke Kinoshita estrenó El adiós de un hijo (陸軍 / Rikugun). Una obra abiertamente propagandística sobre la lealtad al emperador, la renuncia a la felicidad individual y demás consignas acordes al belicismo reinante. En 1946, el mismo Kinoshita estrenó Morning for the Osone Family (大曽根家の朝 / Ōsone-ke no ashita), obra inaugural del revisionismo japonés sobre los años de imperialismo que llevaron a la debacle de la Guerra del Pacífico. En apenas un par de años y en ambas ocasiones con un pathos igual de rotundo, el cineasta pasó de la celebración al vituperio de los valores militaristas. En Morning for the Osone Family, Kinoshita encierra a la familia protagonista entre las cuatro paredes de su hogar y traba una estructura con múltiples saltos temporales entre 1943 y 1945, que da cuenta de la caída en desgracia del clan a causa de las tendencias antinacionalistas de algunos de sus miembros. Los militares cercanos al poder, los mismos que un año antes dominaban el país y su cine, aparecen representados como tipos despreciables frente a una familia Osone que encarna las bondades del talante democrático. La escena de cierre coincide con el anuncio de la rendición. En ella, la madre sale al fin del confinamiento. Por primera vez, la cámara se planta en el exterior de la casa para registrar esta toma de aire nuevo, libre. Vemos a la madre, de frente y en reverencial contrapicado, abrir la puerta y mirar al sol recién salido. El resto de personajes la siguen. Un contraplano nos devuelve la imagen del astro rey. Uno de los miembros exclama: «¡Mirad! El amanecer de Japón»:


    Huelga decir que la «conversión» de Kinoshita, como la de otros tantos directores coetáneos, tiene mucho que ver con quién dictaba las películas. Una ley del cine que lo consideraba un instrumento para prender el sentimiento belicista dio paso a otra que, promulgada por el gobierno de ocupación estadounidense tras la derrota, promovió las críticas al anterior régimen. La necesidad apremiante de dejar atrás la guerra y reconstruir un país en ruinas no entendía de términos medios. Japón necesitaba ese nuevo amanecer lleno de esperanza tras el horror, que el plano final de la película de Kinoshita nos sirve en bandeja. Pero esa necesidad apremiante dejó en el camino algunas imágenes reprimidas.

    En el desenlace de La mujer del espía, nos situamos en los últimos bandazos de una guerra cuya derrota Japón no hace más que postergar: la rendición es cuestión de días, puede que horas. Satoko (Yu Aoi) lleva años internada en un sanatorio hasta que los bombardeos llegan allí. Las alarmas antiaéreas estallan, las internas evacúan precipitadamente, y Satoko es la última en salir del edificio. Como la protagonista de Morning for the Osone Family, va a respirar el aire del exterior tras años de encierro. Solo que, en esta ocasión, el plano de su salida se queda a espaldas de Satoko, mientras ella avanza para descubrir el paisaje del fin de la guerra:


    Aquí ya no encontramos el amanecer, sino la noche en llamas. Desde la perspectiva mucho más distante de Kurosawa, la (inminente) capitulación japonesa no da paso a un mundo que empieza de nuevo, sino a uno que acaba. Si hay que entender la cinta de Kinoshita en los parámetros del revisionismo urgente de la posguerra, La mujer del espía es indisociable de la visión de Kurosawa sobre el Japón posmoderno. Ese paisaje extraño y completamente disociado de sus habitantes, que muchos de sus planos finales convierten en estampas apocalípticas: una formalización extrema del interior de sus personajes. La última imagen de Carisma (カリスマ, 1999), por ejemplo, guarda un notable parecido con el plano citado. Su protagonista se vuelve hacia Tokio en la lejanía para descubrirlo en llamas. Para descubrir que lo que solía ser su mundo arde hasta los cimientos.

    En este sentido, La mujer del espía —primera producción de época de Kurosawa— relee el final de la guerra como una génesis del Japón posmoderno. De la esperanza en el futuro cantada en el cierre de Morning for the Osone Family a la soledad que invoca el plano de cierre de la película que nos ocupa hay, si atendemos al tiempo histórico, un proceso aceleradísimo que Japón transita de las ruinas, el «milagro económico», la conversión al neoliberalismo y el estallido de la burbuja financiera hasta desembocar en una crisis identitaria nacional que ha marcado al cine de Kurosawa desde sus producciones para vídeo de los noventa. La mujer del espía, como sus relatos contemporáneos, parte de la alienación entre individuo y entorno. Solo que este último se transforma para la ambientación de época: en lugar de los no-lugares del Tokio posmoderno, Kurosawa encuentra la hostilidad del entorno —de aquellos polvos, estos lodos— en los significantes nacionalistas que invaden los planos: banderas, uniformes militares, quimonos, etc. En un plano de lo más llamativo, la película conecta estos significantes con algo mucho más abstracto como la luz:


    Aquí vemos a Satoko tras su primera visita a comisaría. Un amigo de su infancia, ahora convertido en jefe de unidad de la policía militar, ha declarado a ella y a su marido sospechosos de un caso de asesinato. Antes, ha expresado su desconfianza hacia ciertas costumbres del matrimonio, como que se relacionen con americanos, beban whisky extranjero o ella no vista quimono. La visita se cierra con una frase de claridad meridiana: «Estaremos vigilando». Justo después, Kurosawa corta al plano sobre estas líneas. Si atendemos a su lectura simbólica, esta es tan poco sutil que casi puede parecer un desajuste. Satoko atraviesa la calle y el contraluz sobreexpone la imagen con violencia, difuminando su figura. Las numerosas banderas de Japón invaden el encuadre, con esos puntos rojos que crean los principales focos de atención cromática. Y, claro, el «sol naciente» —o, lo que es lo mismo, el Japón— al que esos puntos aluden por iconicidad queda equiparado al auténtico sol que se come la imagen con el reflejo de su redondez. El sol naciente, ya sea en su sentido figurado o literal, queda así definido como una fuerza opresora sobre nuestra protagonista.

    Lo más interesante de este plano está en que no establece una lectura simbólica momentánea, sino que ratifica una convención extensible a toda la película. Tomemos su segunda secuencia, que nos presenta a Yasuharu (Masahiro Higashide), el amigo de infancia de Satoko convertido en policía militar, irrumpiendo en las oficinas de Yusaku (Issey Takahashi), el marido de la protagonista. Aquí tenemos dos fotogramas de un mismo plano, con reencuadres sucesivos:


    En el primero, Yusaku aparece comprimido entre dos fuerzas adyacentes. Ante él la figura de Yusaku, de un carácter amenazante sugerido por efecto de la perspectiva y el que su rostro quede cortado; tras él, la luz que entra por la ventana. Esta última vuelve al efecto de sobreexposición, muy recurrente a lo largo de la película, y que intertextualiza uno de los estilemas más conocidos del cine negro: las «persianas venecianas». Pero aquí, en lugar de oscurecer los interiores y crear líneas de sombras muy marcadas, inundan los planos hasta el punto de difuminar a los personajes. Hay que buscar las causas del recurso en las cámaras 8K que emplea Kurosawa, hipersensibles a la luz natural. Estas fueron la única condición creativa que le impuso la productora del filme —NHK, que tiene un canal televisivo de emisiones en este formato—, pero, más allá de la demanda tecnológica, el resultado da unas cualidades únicas en el hiperrealismo de la imagen, que cambia por completo nuestra forma de procesar la ambientación de época: la hace plenamente presente. También, y a ello vamos, da esas cualidades particulares en el empleo de iluminaciones tan poco ortodoxas. Por lo pronto, en los planos citados de Satoko en la calle y Yusaku en la oficina, tenemos una idea rotunda de lo que es el nacionalismo: una fuerza que se presenta como iluminadora, pero que lo que hace es cegarnos, quitar el mundo de nuestra vista.

    A posteriori, la luz toma el rol opuesto en una escena determinante: cuando Satoko descubre la verdad que ocultan los viajes de su marido a Manchuria. Esto es, cuando proyecta la película en 8 mm que Yusaku ha rodado allí, mostrando las atrocidades cometidas por el ejército japonés. Lo primero que la mujer hace, y a lo que Kurosawa presta plena atención con la cámara, es correr las planchas de la ventana:


    Es decir, cierra la entrada de la luz solar al plano, porque por primera vez Satoko va a ver las cosas a una luz distinta: la del proyector de cine, esa verdad a 24 fotogramas por segundo que decía Godard. Sin cortar el plano, Kurosawa desplaza un paneo de seguimiento que desemboca en un primer plano de Satoko, en el que sucede algo poco común en la película. Que la luz tiene un efecto dramático sobre su rostro:
    El efecto es poco común porque, por lo general, el rostro de Satoko aparece muy poco destacado a causa de la autolimitación a la luz motivada y la homogeneidad tenue que impone Kurosawa a la fotografía. Ahora, una de las pocas veces que rompe ese patrón, la fuente lumínica es el haz del proyector y su reflejo. Lo que devuelve a Satoko la imagen que la luz cegadora del sol naciente filtrado por las ventanas le difuminaba. La verdad a 24 fotogramas por segundo de la injusticia. Kurosawa, además, nos niega el contraplano, nos niega la imagen del horror que ve Satoko. Porque aquí no importa la imagen sino la mirada que ilumina a pesar de la oscuridad circundante.

    En La mujer del espía, el cine sirve no solo como instrumento de verdad política, sino también íntima. O, mejor dicho, desvela el valor íntimo de esa verdad pese a que el matrimonio fracase en su uso político. Saltemos ahora a la escena, ya cerca del desenlace, en la que Satoko proyecta en comisaría la película de Manchuria. Descubre entonces el engaño al que la ha sometido Yusaku al sustituirla por la película de espías que, tal y como hemos visto al comienzo, la pareja ha rodado en lo que parecía un juego inocente. La jugarreta de Yusaku es una estrategia para protegerla, claro, y de ahí que la primera reacción de Satoko sea lanzarse a abrazar la pantalla, a abrazar la luz del cine. En esta escena no vemos un plano crucial de la película de espías proyectada, que sí se mostraba en una de las primeras escenas, pero la memoria de ese plano nos ilumina aún más el abrazo de Satoko a la pantalla. Se trata de este plano:
    En él, el rostro de la Satoko-actriz aparece irradiado de luz blanca en un primer plano que desvela cómo sería una película muy diferente a La mujer del espía, una película con iluminaciones dramáticas más clásicas y filmada en celuloide. Su recuerdo ilumina el mentado abrazo a la pantalla de Satoko porque, justo en ese último momento, la película de espías se está revelando como la carta de despedida de Yusaku. Y por tanto, la luz que ilumina el primer plano de la Satoko-actriz ya no es un recurso dramático, sino un gesto amoroso hacia su auténtico rostro. La luz que despiden los ojos tras la cámara sobre el rostro amado al que van a renunciar volver a mirar por el ideal de la justicia.

    Volvamos ahora a la génesis de la soledad. A la escena final de La mujer del espía, ese plano en el que Satoko atraviesa las puertas del sanatorio y se encuentra al mundo en llamas. Al juego de espejos que realiza con Morning for the Osone Family —por extensión, con el imaginario de la posguerra japonesa— se le une una llamativa ruptura de su patrón lumínico:
    Ahora, la luz cegadora que sobreexponía las ventanas se ha convertido en fuego. Japón arde, y nuestra protagonista lo contempla como quien ve arder el velo de las mentiras. Ahora bien, la conversión de esa luz en fuego va de la mano de una —otra más— resignificación del primer plano de su rostro en la película de espías. Una vez la trama política se ha deshecho, descubrimos que esa luz dramática también la estaba exponiendo al anuncio de su soledad. Una vez Satoko ha salido al exterior, queda sola en la playa en una escena que puede ser de amanecer o de atardecer —el sol naciente o el sol poniente: para ella, a diferencia de la familia Osone, lo mismo da—. La cámara se desplaza con ella hasta que Satoko detiene su carrera a ninguna parte y rompe a llorar. Entonces, una luz extrañísima la alumbra desde el fuera de campo:
    Por una vez, Kurosawa rompe con la iluminación motivada y emplea una fuente lumínica abiertamente artificial, que no encaja para nada con el espacio escénico ni con el desarrollo dramático. Que solo sirve para bañar de luz su cuerpo y su rostro. Fíjense, además, en que el siguiente plano —el último de la película—, el efecto deja de apreciarse:
    Satoko queda reencuadrada en una vista más amplia mientras llora desconsolada, hasta que la cámara se eleva hacia el cielo y la deja atrás con su soledad. De modo que en el plano anterior hemos podido ver a la propia película, ya no la película dentro de la película, queriendo iluminarnos a Satoko. Iluminárnosla no para recrearse en la soledad en la que queda sumida, sino para brindarle una luz afectiva de quien la ha acompañado en ella: por una vez, la luz del cine le devuelve el abrazo. Un último gesto amoroso antes de «enterrar» su tragedia entre las olas del mar y las nubes anaranjadas.


    Miguel Muñoz Garnica |
    © Revista EAM / Madrid


    por Miguel Muñoz Garnica
    noviembre 29, 2021

    Crítica | La mujer del espía | Filmin

    por Miguel Muñoz Garnica | noviembre 29, 2021

    La idol latente

    Crítica ★★★★☆ de «To the Ends of the Earth», de Kiyoshi Kurosawa.

    Japón, Catar, Uzbekistán, 2019. Título original: 旅のおわり、世界のはじまり [Tabi no owari, sekai no hajimari]. Dirección y guion: Kiyoshi Kurosawa. Compañías productoras: Uzbekkino, King Records, Loaded Films, Tokyo Theatres K.K. Música: Yusuke Hayashi. Fotografía: Akiko Ashizawa. Montaje: Koichi Takahashi. Diseño de producción: Norifumi Ataka. Producción: Jason Gray, Eiko Mizuno, Toshikazu Nishigaya. Reparto: Atsuko Maeda, Shota Sometani, Tokio Emoto, Ryo Kase, Adiz Radjabov. Duración: 120 minutos.

    La de Atsuko Maeda es una trayectoria curiosa. Antigua líder de AKB48, en su momento el grupo musical de idols más popular de Japón, su conversión en actriz pareció una ruptura brusca con ese pasado. En su primer papel principal, en How to Become Myself (2007), se puso a las órdenes de Jun Ichikawa, un director de la hornada de independientes de finales de los ochenta. Al poco, tuvo un par de colaboraciones con otro respetado independiente como Nobuhiro Yamashita: en Tamako in Moratorium (2013) interpretó el papel de una recién graduada universitaria que se pasa los días encerrada en casa de su padre, entre mangas y videojuegos, sin la menor inquietud por el futuro. No es, precisamente, la imagen que uno esperaría de una idol en el cine. Pero fue Kiyoshi Kurosawa quien mejor supo aprovechar su indeterminación entre fenómeno pop y actriz indie. No en vano, el propio Kurosawa siempre se ha movido como pez en el agua entre los géneros populares y una mirada autoral que sabe arrastrarlos hasta puntos de extrañeza únicos. De ahí la naturaleza híbrida de Seventh Code (2013), primera colaboración entre cineasta y actriz, que en una escasa hora de duración llega a ser una de espías, de romance, de amistades en el extranjero, un homenaje al primer Godard y un estallido pop con actuación musical de Maeda incluida. El protagonismo de esta última y su ambientación en Vladivostok convierten a Seventh Code en prima hermana de la cinta que nos ocupa, filmada en Uzbekistán. Más que por proximidad geográfica, lo importante es cómo Kurosawa busca su característico sentido de la extrañeza en unos personajes japoneses rodeados de códigos culturales que son incapaces de leer. Hay diferencias evidentes, claro. Además del carácter mucho más lúdico de Seventh Code, las dos protagonistas de la ex idol se enfrentan al viaje con actitudes en principio opuestas. En el primer caso, su arrojo queda caracterizado por la manera en que arrastra su maleta en carreras por las calles de la ciudad. En el segundo caso, su apocamiento se hace evidente cuando en la escena de apertura rehúye el contacto de un grupo de lugareños que tratan de ayudarla. En ambos, no obstante, Kurosawa traza el pasado de idol de Maeda como un yo fantasmal de sus personajes, una identidad alternativa que acaba por romper el cascarón en las escenas finales. Fíjense, para seguir en esta línea, en el montaje de planos de las dos películas que les proponemos a continuación.

    por Miguel Muñoz Garnica
    mayo 05, 2020

    Crítica: To the Ends of the Earth

    por Miguel Muñoz Garnica | mayo 05, 2020

    Seis fragmentos

    Crónica de la quinta jornada de la 70ª edición del Festival de Cannes.

    Un aire desconcertante ha invadido esta quinta jornada de festival. El nerviosismo era, si cabe, más evidente que en cualquier otro de los días pasados. Las colas en la sala Buñuel no dejan de aumentar al tiempo que una extraña melodía de guimbarda marcaba una imprecisa cadencia temporal que contagiaba el ánimo del personal. Gotas de sudor resbalando por la frente de los escépticos parroquianos que se retaban en silencio lanzándose miradas esquivas. Un despiadado reloj marcaba las cuatro menos cuarto en el momento en el que los diligentes revisores de seguridad descorrían la cinta que separaba al público de su objetivo: la butaca más cercana al escenario. 15 minutos más tarde, entre una nube de aplausos y una neblina artificial de cuya procedencia nadie estaba seguro, se personaba ante nosotros la leyenda viva más importante de la cinematografía mundial: Clint Eastwood llegaba a Cannes para una clase magistral de proporciones históricas. Después de semejante revelación, esta jornada estaba pidiendo a gritos un merecido Happy End(ing). Michael Haneke demuestra de forma sobrada que está a otro nivel de la producción narrativa. Además, hemos podido disfrutar de grandes trabajos como la primera de las dos películas que Hong Sangsoo nos regalará este año: Claire’s Camara, y el sensacional filme de Eric Caravaca: Carré 35. Por suerte, el día terminó con una energía y vitalidad muy diferentes a cómo empezó. Lo nuevo de Noah Baumbach, The Meyerowitz Stories, se iniciaba con un humor norteamericano muy apetecible, y grandes actuaciones, pero terminó por rendirse a la monotonía jocosa en un desenlace demasiado manido.

    por EAM
    mayo 22, 2017

    Festival de Cannes 2017 | Día 5. Críticas: Happy End / The Meyerowitz Stories / Claire's Camera / Gabriel e a Montanha / Carré 35 / Before we vanish

    por EAM | mayo 22, 2017

    Frágil

    Crónica número III del D'A 2017 por VÍCTOR BLANES PICÓ.

    En una entrevista realizada a El País, el director del D’A asegura que, de las 75 películas que se proyectarán este año en el certamen, unas 60 no conseguirán estrenarse en el circuito comercial español. «Nosotros nos dedicamos al cine más frágil, […] el que tiene más dificultades». Es una sensación que nos acecha desde que llevamos cubriendo la cita de la capital catalana. La sensación de estar ante propuestas que, por desgracia, no encuentran su hueco en la maraña de estrenos, en una industria cada vez más centrada en el blockbuster. Y entonces nos asaltan sentimientos encontrados. Por un lado, la de sentirnos afortunados de haber podido descubrir y admirar verdaderas joyas como La chambre bleue, de Mathieu Amalric, Baden Baden, de Rahel Lang o John From, de Joao Nicolau. Por otro lado, la impotencia de saber que este cine arriesgado, diferente y resistente no podrá encontrar a su público. Y así, de este modo, año tras año, ahora que el festival encara su recta final, nos asaltan diversas preguntas, casi diría que existenciales. ¿Cómo puede ser que 20th Century Women, de Mike Mills, no tenga fecha de estreno, cuando, por ejemplo, es tercera en el ranking del premio del público? ¿Tendrá más oportunidades una película tan sensible como Días color naranja, de Pablo Llorca, de emocionar a nuevos espectadores? ¿Y qué ocurrirá con O ornitólogo, de João Pedro Rodrigues? ¿Conseguirá encontrar su espacio y sorprender a los más atrevidos? Por muy esquivas que sean las respuestas, desde aquí seguiremos cuidando y poniendo el foco sobre ese cine tan frágil como necesario.

    por Anónimo
    mayo 07, 2017

    D'A 2017 (III) | Críticas: Los decentes, Le secret de la chambre noir, The levelling

    por Anónimo | mayo 07, 2017

    La sombra de Starman

    Crónica de la segunda jornada de la 66ª edición de la Berlinale.

    La proyección ayer de Hail, Caesar!, de los hermanos Coen, puso en movimiento los engranajes de la 66ª edición del Festival Internacional de Cine de Berlín. Pero no ha sido hasta hoy, 12 de febrero, cuando los organizadores han optado por comenzar con los filmes de la Sección Oficial, cuyo ganador recibirá el ansiado Oso de Oro. Dieciocho títulos entre los que se encuentran varios autores consagrados, como Thomas Vinterberg, pero también los noveles, por ejemplo Mohamed Ben Attia. Es precisamente este último quien ha inaugurado la proyección del máximo apartado. Hedi, primer largometraje del tunecino, ha regalado el primer gran sobresalto del día. Una trama sencilla en la que brilla lo hermoso y trágico entre la cotidianidad, sin llegar a lo convencional o manido. Del mismo modo, hemos asistido a la presentación de Boris sans Béatrice, del siempre interesante director canadiense Denis Côté —premiado en anteriores ediciones del certamen—. Sin embargo, el momento que más concentró la atención por parte de los asistentes fue la exhibición de la muy esperada Midnight special, lo más reciente del estadounidense Jeff Nichols (Take shelter, Mud). Las elevadas expectativas conllevan, como suele ocurrir, polémica y división de opiniones. Los que esperaban el minimalismo de Take shelter no han acabado de congeniar con esta historia de ciencia ficción muy inspirada en el cine de Spielberg de los 70 y 80 —eso sí, con su impronta propia—. Además, contamos con el estreno de El rey del once, nuevo trabajo del argentino Daniel Burman donde revisita y profundiza los temas conocidos en su filmografía, así como War on everyone, obra poco original de John Michael McDonagh (El irlandés, Calvary). A ritmo muy medido, la Berlinale va destapando sus cartas con intención de mantener firme y constante el interés tanto del numeroso público —quien demuestra por el festival sincero afecto, agradecido y constante— como de la crítica especializada y los profesionales de la industria. Hasta el 21 de febrero, el tema protagonista, lo más comentado por toda la ciudad será, cómo no, el buen cine.

    por EAM
    febrero 13, 2016

    Berlinale 2016 | Día 2. Críticas: Midnight Special, Hedi, War on Everyone, Boris sans Béatrice, El rey del Once, Yarden & Creepy

    por EAM | febrero 13, 2016
    Blue Heron
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