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    Daniel Burman
    Daniel Burman

    La sombra de Starman

    Crónica de la segunda jornada de la 66ª edición de la Berlinale.

    La proyección ayer de Hail, Caesar!, de los hermanos Coen, puso en movimiento los engranajes de la 66ª edición del Festival Internacional de Cine de Berlín. Pero no ha sido hasta hoy, 12 de febrero, cuando los organizadores han optado por comenzar con los filmes de la Sección Oficial, cuyo ganador recibirá el ansiado Oso de Oro. Dieciocho títulos entre los que se encuentran varios autores consagrados, como Thomas Vinterberg, pero también los noveles, por ejemplo Mohamed Ben Attia. Es precisamente este último quien ha inaugurado la proyección del máximo apartado. Hedi, primer largometraje del tunecino, ha regalado el primer gran sobresalto del día. Una trama sencilla en la que brilla lo hermoso y trágico entre la cotidianidad, sin llegar a lo convencional o manido. Del mismo modo, hemos asistido a la presentación de Boris sans Béatrice, del siempre interesante director canadiense Denis Côté —premiado en anteriores ediciones del certamen—. Sin embargo, el momento que más concentró la atención por parte de los asistentes fue la exhibición de la muy esperada Midnight special, lo más reciente del estadounidense Jeff Nichols (Take shelter, Mud). Las elevadas expectativas conllevan, como suele ocurrir, polémica y división de opiniones. Los que esperaban el minimalismo de Take shelter no han acabado de congeniar con esta historia de ciencia ficción muy inspirada en el cine de Spielberg de los 70 y 80 —eso sí, con su impronta propia—. Además, contamos con el estreno de El rey del once, nuevo trabajo del argentino Daniel Burman donde revisita y profundiza los temas conocidos en su filmografía, así como War on everyone, obra poco original de John Michael McDonagh (El irlandés, Calvary). A ritmo muy medido, la Berlinale va destapando sus cartas con intención de mantener firme y constante el interés tanto del numeroso público —quien demuestra por el festival sincero afecto, agradecido y constante— como de la crítica especializada y los profesionales de la industria. Hasta el 21 de febrero, el tema protagonista, lo más comentado por toda la ciudad será, cómo no, el buen cine.

    por EAM
    febrero 13, 2016

    Berlinale 2016 | Día 2. Críticas: Midnight Special, Hedi, War on Everyone, Boris sans Béatrice, El rey del Once, Yarden & Creepy

    por EAM | febrero 13, 2016

    Tras la pista del ausente

    crítica de El misterio de la felicidad | dirigida por Daniel Burman, 2013 | ★★★

    Definitivamente, el dinero no trae la felicidad. Esta podría ser una de las varias moralejas que se podrían extraer de la historia que nos ocupa. A Santiago y Eugenio les une mucho más que su relación de socios en un próspero negocio de electrodomésticos, ya que han sido amigos íntimos desde los tiempos de la secundaria. La simbiosis entre ambos, casi sin palabras, es tal, que pudiera parecer que la vida diaria de uno sin el otro no tendría el mismo sentido. Esta idílica rutina se rompe cuando, de la noche a la mañana, Eugenio desaparece sin dejar rastro. Santiago ni se plantea que su media naranja laboral y amistosa se haya podido largar por su propia voluntad, ya que, a su parecer, tenían todo en la vida para ser plenamente felices. En el caso de Eugenio, incluso, compartía matrimonio con Laura, una bella mujer que renunció a sus estudios e independencia económica por vivir a su sombra. Santiago y Laura no saben cómo continuar sus existencias tras esta ausencia, por lo que se unen en una búsqueda de respuestas que les lleva a romper, poco a poco, el cordón umbilical de dependencia que les amarraba a Santiago. Esta es la idea argumental sobre la que se edifica El misterio de la felicidad (2013), todo un fenómeno comercial en Argentina, donde fue la película más taquillera durante los seis primeros meses del año. Viene abalada por la buena mano de su director, Daniel Burman, para retratar sentimientos con un tono de humor, a veces, cercano a la psicología del mismísimo Woody Allen. Fue el caso de su obra más laureada, El abrazo partido (2003) –que también hablaba de un hombre que abandonaba a su familia, anteponiendo sus ideales– o de El nido vacío, en donde encontramos otra historia de redescubrimiento del amor en la madurez. El misterio de la felicidad vuelve sobre temas y caminos ya transitados por el realizador para ofrecernos una tierna y, a ratos, divertida reflexión sobre la necesidad que cada individuo tiene de encontrar la felicidad en la vida, aun cuando tenga que renunciar a todo lo que tiene por empezar de cero.

    La secuencia inicial de la película, estupenda en su exageración, muestran el día a día cotidiano de la pareja Santiago-Eugenio, cómo llegan por la mañana al trabajo en sus coches idénticos, van a comer al mismo restaurante –pagando la cuenta a medias–, comparten partido de paddle junto a otros amigos o acuden a la hípica a apostar en las carreras de caballos. Cada movimiento y gesto de ambos hombres está simétricamente coordinado –hasta el punto de ir al baño al mismo tiempo–, lo que hace sospechar que nos vamos a encontrar con una comedia con su punto disparatado. Falsa alarma. La inmediata salida de la ecuación del personaje de Eugenio, en cuya mirada de atisbaba un aire de insatisfacción que sí contrastaba con la sonrisa de oreja a oreja de Santiago, facilita el choque de trenes que supone el encuentro entre éste último y Laura, ambos competidores por ser el que más conocía los entresijos de la mente y el corazón del desaparecido. La película toma unos derroteros de investigación “de andar por casa” al estilo de la inolvidable Misterioso asesinato en Manhattan (Woody Allen, 1993), donde unos formidables Diane Keaton y Woody Allen le ponían un poco de sal a su monótona vida conyugal, ejerciendo de improvisados detectives de un posible crimen. De igual modo, Santiago y Laura visitan locales de bailes o casas de masajes frecuentados por Eugenio, buscando alguna pista que les pueda conducir a su paradero, en una narración algo lineal y sin demasiado espacio para la sorpresa, únicamente sostenida por el buen hacer de sus actores. El habitualmente cómico Guillermo Francella sale más que airoso de un papel cercano al drama, ese Santiago que parece casi dibujado a la medida de alguien con la versatilidad de Ricardo Darín, pero si alguien se adueña de la pantalla, aportando los diálogos más divertidos y chispeantes de la cinta, esa sería Ines Estévez. La actriz realiza una afortunadísima creación en su papel de esposa estafada sentimentalmente, abandonada, adicta a las pastillas –que se toma por colores, sin mirar para qué van destinadas– y de verborrea incontenible. Su Laura va destapando sus capas conforme avanza la historia, transformándose en una seductora y tierna nueva mujer dispuesta a recuperar los años perdidos.

    por José Martín León
    agosto 31, 2014

    Crítica | El misterio de la felicidad

    por José Martín León | agosto 31, 2014
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