Seis fragmentos
Crónica de la quinta jornada de la 70ª edición del Festival de Cannes.
Un aire desconcertante ha invadido esta quinta jornada de festival. El nerviosismo era, si cabe, más evidente que en cualquier otro de los días pasados. Las colas en la sala Buñuel no dejan de aumentar al tiempo que una extraña melodía de guimbarda marcaba una imprecisa cadencia temporal que contagiaba el ánimo del personal. Gotas de sudor resbalando por la frente de los escépticos parroquianos que se retaban en silencio lanzándose miradas esquivas. Un despiadado reloj marcaba las cuatro menos cuarto en el momento en el que los diligentes revisores de seguridad descorrían la cinta que separaba al público de su objetivo: la butaca más cercana al escenario. 15 minutos más tarde, entre una nube de aplausos y una neblina artificial de cuya procedencia nadie estaba seguro, se personaba ante nosotros la leyenda viva más importante de la cinematografía mundial: Clint Eastwood llegaba a Cannes para una clase magistral de proporciones históricas. Después de semejante revelación, esta jornada estaba pidiendo a gritos un merecido Happy End(ing). Michael Haneke demuestra de forma sobrada que está a otro nivel de la producción narrativa. Además, hemos podido disfrutar de grandes trabajos como la primera de las dos películas que Hong Sangsoo nos regalará este año:
Claire’s Camara, y el sensacional filme de Eric Caravaca:
Carré 35. Por suerte, el día terminó con una energía y vitalidad muy diferentes a cómo empezó. Lo nuevo de Noah Baumbach,
The Meyerowitz Stories, se iniciaba con un humor norteamericano muy apetecible, y grandes actuaciones, pero terminó por rendirse a la monotonía jocosa en un desenlace demasiado manido.