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    Jeff Nichols
    Jeff Nichols
    Loving

    The White Negro

    crítica ★★★★ de Loving (Jeff Nichols, Estados Unidos, 2016).

    El 5 de abril de 1614, John Rolfe, un aventurero y comerciante inglés, contrajo matrimonio con la joven Rebecca, hija del gran jefe Powhatan, que reinaba sobre 30 pueblos en el territorio que hoy ocupa el estado de Virginia. Un rey que, por la estrecha relación comercial que tenía con el explorador, accedió, no sólo a casar a su hija, sino también a que ésta renunciara voluntariamente a su nombre original con el propósito de anglicanizarlo y evitar problemas de integración. Por supuesto nos referimos a Pocahnontas, cuyo enlace supuso la primera boda interracial registrada, mucho antes de que el mestizaje comenzara a ser un problema social ineludible. Virginia pudo ser, por tanto, la cuna de una américa heterógama. Por desgracia, otro tipo de prejuicios se impusieron a la lógica romántica y, a consecuencia de las suspicacias levantadas en las clases altas por el manifiesto rechazo a que un plebeyo como Rolfe tuviera el atrevimiento de casarse con una mujer perteneciente a la nobleza, tras el fallecimiento de Rebecca, el hermano de Powhatan asaltó la plantación de Rolfe acabando así con su vida. Desde entonces, cualquier intento de casamiento entre personas de diferente raza ha sido considerado como algo excepcional, y visto con especial recelo en este mismo estado, al que nos traslada Jeff Nichols en su película Loving, para retomar un debate arcaico situado, no obstante, en el violento discurso de la modernidad más intransigente.

    El propio apellido del protagonista, epónimo del filme, ya tiene una función narrativa inicial de carácter ironizante, pues representa de forma metafórica la opresión sufrida por dos amantes que han sido privados de la razón fundamental de su existencia: el amor. Mildred Delores Jeter es una ciudadana estadounidense de ascendencia africana que, con 18 años, queda embarazada de Richard Loving, también ciudadano americano aunque de antepasados europeos. La trama transcurre en 1958, cuando los matrimonios interraciales estaban prohibidos en Virginia. Por este motivo, la pareja se traslada a Washington con propósitos nupciales, a fin de legitimar su relación y evitar que su hijo se convirtiera en un estigmatizado bastardo. Es la sencillez de la pareja lo que consigue atraparnos por completo y arrastrarnos al entramado de frustración y decepción construido por Nichols. Dos personas con la única ambición de pasar desapercibidas y poder educar a su hijo bajo las directrices culturales que consideren apropiadas. Y aquí es donde surge la gran premisa de la película, porque al margen del anecdótico título y el indiscutible aporte sentimental de la historia de Mildred y Richard, ésta gira en torno a los derechos civiles. El cineasta retoma su inquietud por el complicado sistema de vida del ciudadano marginal, si bien, en este caso se aleja de los parámetros de la ilegalidad para adentrarse en la rectitud bucólica, con ciudadanos honrados que pagan sus impuestos y tratan de ganarse el sustento con el sudor de su frente. Obreros y campesinos que han optado facultativamente por permanecer al margen del progreso, representado por medio de la frenética sociedad urbanita, en beneficio de un estilo de vida mucho más cercano y personal, fundamentado en la preocupación por los valores familiares y las recompensas obtenidas a base de trabajo duro. El problema vendrá cuando los personajes traten de regresar a su hogar, ya convertidos en los Loving, y se den cuenta de que, aunque que hayan ganado la batalla contra la burocracia institucional, todavía tienen que plantar cara a un enemigo irreductible, cuya fuerza se alimenta del odio irracional que ha condenado a tantos hombres y mujeres inocentes. Arrestados, más por despecho que por justicia, serán condenados y obligados a elegir entre permanecer en Washington durante los próximos 25 años, donde la ley les ampara, o quedarse con su familia y su ansiada vida rural y enfrentarse a una pena de cárcel.

    Loving

    «El cineasta retoma su inquietud por el complicado sistema de vida del ciudadano marginal, si bien, en este caso se aleja de los parámetros de la ilegalidad para adentrarse en la rectitud bucólica, con ciudadanos honrados que pagan sus impuestos y tratan de ganarse el sustento con el sudor de su frente».


    Nichols presenta la ciudad moderna como la creciente amenaza del marginado, incapaz de adaptarse a un cambio tan radical dentro de un entorno de frialdad y hostilidad inaguantable, sobre todo para Mildred, cuya faceta de madre preocupada la lleva a ansiar, todavía más si cabe, la inalcanzable (casi utópica) libertad y el amparo familiar. Esta intranquilidad no será tan notable en el hombre, puesto que su rol de líder le obliga a centrarse en la manutención de su mujer e hijo, y destinar sus desasosiegos anímicos al fracaso en su empresa de hacer feliz a su esposa por culpa de una ley contra la que están dispuestos a luchar. Vemos que el realizador construye desde el comienzo a sus personajes como fieles representantes de los papeles fundamentales y las posiciones atávicas del sistema patriarcal estadounidense. Pese a que ambos evidencian un carácter notablemente afectuoso y cordial, se establece una clara posición de dominio jerárquico, del hombre frente a la mujer, asumido de forma casi inconsciente y maquinal por los miembros de la familia, un claro ejemplo de los reaccionarios valores de convivencia norteamericanos. Por supuesto, si la finalidad del director era mostrar la índole introvertida y reservada de la pareja, su necesidad de intimidad y la aparición de la gran urbe como elemento desestabilizador de su existencia, era de esperar que, eventualmente en el marco de esa lucha legal contra el segregacionismo de Virginia, los Loving se vieran envueltos en un circo mediático disfrazado de humanismo demagógico. A pesar de que los medios de comunicación incrementan sus opciones de ganar el caso Loving vs Virginia gracias a la presión popular, los introduce sin miramientos en todo aquello de lo que siempre habían huido, al tiempo que los obliga a traicionar sus principios por el bien de su futuro. Esta técnica alberga una sagaz crítica a la falta de empatía del sensacionalismo, que esconde bajo esa falaz preocupación por el prójimo, un palmario carácter lucrativo.

    por Alberto Sáez Villarino
    diciembre 18, 2016

    Crítica | Loving

    por Alberto Sáez Villarino | diciembre 18, 2016
    Midnight Special

    Épica de la nostalgia

    crítica de Midnight Special (Jeff Nichols, EE.UU., 2016).

    El acto primigenio de contemplar el fuego, o bien escuchar la épica de Homero en la plaza pública, allá en la antigüedad clásica, no distan mucho del principio rector de la gran revolución cultural del siglo XX. El tiempo, ese gran juez, ha demostrado que el Cine es un lenguaje capaz de enormes proezas, más allá de causar pánico y escepticismo a los cautos espectadores de finales del XIX. Lo que parecía acaso una moda pasajera, una excentricidad de la era Industrial acabó por convertirse en un espectáculo total y un vehículo de proyección de las pulsiones y angustias humanas con un potencial sin precedentes, generando además —claro está— un determinado modelo de negocio muy próspero, en su vertiente más corporativa. El mar de posibilidades parecía ilimitado. ¿Cómo atraer al espectador? ¿Recreando el esplendor y la voluptuosidad de civilizaciones pasadas? Hecho. ¿Especulando sobre sucesos paranormales? Servido. ¿Proyectando la vida humana dentro de 100 ó 200 años? Claro que sí ¿Y la existencia de vida extraterrestre? También. La grandilocuencia de Cecil B. De Mille o William Wyler, el clasicismo de John Huston y el perfeccionismo neurótico de Kubrick representaron ejemplos notables en la expresión más depurada de la maquinaria cinematografía del Hollywood frívolamente llamado —pero no falto de razón— “la fábrica de sueños”. A su manera, el estadounidense Jeff Nichols (1978) es hijo de su tiempo. Antes del cineasta consolidado, se encontró también al otro lado de la pantalla. Su educación audiovisual muy probablemente se habrá visto marcada por la obra maestra del mencionado Kubrick 2001: A space Odyssey. Aquella obsesión ancestral, tan humana, de mirar hacia las estrellas, hecha celuloide, despertó en los estudios y directores de la segunda mitad del XX una revelación casi epifánica: todo era posible. Y mientras George Lucas mezclaba habilidosamente el western de los 50 con la ópera espacial —cuyo resultado sería un icono de la cultura pop digno del mismísimo Andy Warhol—, Steven Spielberg se especializaba en la espectacularidad de un posible encuentro extraterrestre en el presente de aquel entonces. El impacto en una sociedad estimulada por la ligera decepción de la Carrera Espacial y la amenaza más o menos constante de Guerra Fría fue tremendo. La curiosidad por un universo desconocido, entorpecida previamente por el miedo a un enemigo todavía oculto —como bien se expresó en la anticomunista La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956)— de repente recobró fuerzas inesperadas. Y más de tres décadas después de aquellos años de eclosión de las posibilidades del cine fantástico, un Nichols ya conocido y respetado se daría el lujo de construir algo así como un homenaje, no solo a lo puramente plástico, la materia tangible y cinematográfica, sino al propio estado emocional de la época.

    En una entrevista, se le preguntó al director, con cierto morbo periodístico, por el origen de la idea creativa de este, su proyecto más reciente—algo, por otra parte, tan difícil de responder por el artista—. Nichols contó dos anécdotas en paralelo: por una parte, en términos personales, la paternidad despertó en él una serie de miedos, de sensaciones hasta entonces desconocidas que lo llevaron a pensar en la vulnerabilidad de los seres amados. Alguna pequeña complicación médica en su hijo pequeño generó un instinto protector más allá de la lógica y la comprensión racional; por otra, ya en un plano estético, la evocación de una historia mínima que se le había ocurrido por allá en el año 2013, y la había comentado con su otra mitad, indisoluble de su propia filmografía, Michael Shannon. No era siquiera una historia completa, sino más bien un fresco, una imagen: un automóvil antiguo recorriendo a toda velocidad la autopista, con las luces apagadas. ¿El título? Eso sí estaba claro: Midnight Special. El director, hasta entonces, se había labrado una justa y merecida reputación con tres brillantes películas a sus espaldas. Ya en Take Shelter (2011) había probado un acercamiento al género de la Ciencia Ficción desde una perspectiva psicosocial, atendiendo menos al fenómeno mismo que a los efectos sintomáticos que provocaban en su sufrido protagonista el cuestionamiento —propio y de su comunidad— de su salud mental, planteándose la posibilidad de estar enloqueciendo o acaso, recibiendo mensajes proféticos. Aquella fue una película contenida, medida con enorme atención a las buenas enseñanzas del maestro Hitchcock en cuanto a la tensión se refiere, y muy parca en despliegues visuales y efectos especiales; no hacía ninguna falta. Y en el centro discursivo se encontraba, al igual que en Shotgun Stories (2007) y Mud (2012), la familia como concepto, como unidad operativa básica en cualquier tipo de interacción social; la familia como patrimonio indivisible, inalienable y merecedor de protección cotidiana y extraordinaria. Son estas señas de identidad, sólidas, las que sirvieron como sustrato para la construcción de su filme más ambicioso y megalómano.

    por Luis Enrique Forero Varela
    mayo 29, 2016

    Crítica | Midnight Special

    por Luis Enrique Forero Varela | mayo 29, 2016
    Joel Edgerton en Cannes

    El Western gana el sexto duelo

    Crónica de la sexta jornada de la 69ª edición del Festival de Cannes.

    Llegamos al ecuador del festival en un día que será recordado como una de las decepciones más sonadas desde The See of Trees. Comenzábamos con Loving, en la que no apareció el mejor Jeff Nichols pero pudimos ser testigos de una cinta muy bien filmada y con un argumento de una calidad incontestable. Posteriormente nos lanzábamos a la piscina con Apprentice, de la que poco esperábamos y salimos con un buen sabor de boca al presenciar la desenvoltura de su director, Boo Junfeng, para crear una sensación asfixiante de tensión contenida en un escenario rodeado de muerte e identidades perdidas. A continuación llegaba lo mejor del día, un fantástico western modernizado provisto de un endiablado ritmo narrativo, un montaje audiovisual impecable, una banda sonora acertadísima y unas interpretaciones estelares: Hell or High Water, de David Mackenzie, lograba la ovación unánime del respetable que agradecía su dinamismo. Cerraba la noche todo un fracaso que destrozaba las grandes aspiraciones que teníamos por conocer lo nuevo de Olivier Assayas. Personal Shopper partía de una gran idea y terminaba como una de las cintas más fallidas del año. Poco destacable en una película que, sin duda, desaprovechaba una idea original y la llevaba a un terreno de clichés desidiosos.

    LOVING

    Jeff Nichols, Estados Unidos, 2016 / COMPETICIÓN.

    "Virginia hasn't always been for lovers.” En efecto, como bien escribió —y tituló— Phyl Newbeck en su novela publicada en 2005, hubo un tiempo en el que el estado de Virginia no era el lugar idóneo para presumir de un idilio amoroso, sobre todo si existía una discrepancia racial —o relación interracial— entre los enamorados. Jeff Nichols recupera en su nueva película, Loving, algunas de las obsesiones más recurrentes que han definido su línea filmográfica a lo largo de la última década. El director, muy concienciado con el estatus social de los excluidos en su país, siempre se ha mostrado bastante susceptible a los mecanismos marginales de una Norteamérica asombrosamente diligente en sus tareas de categorización y etiquetado de la ciudadanía. Su denuncia al desamparo político sufrido por los desfavorecidos y su insistencia para evidenciar la necesidad de la clase alta de establecer una polaridad topográfica constante, alcanza ahora un grado de significación absoluto al incluir, en ese escenario segregacionista, el componente etnográfico y discriminatorio que forjó el odio institucional estadounidense por antonomasia y desde sus pilares fundacionales. No podía pasar por alto para un realizador como Nichols la historia del señor y la señora Loving: una narración llena de prejuicios, dolor, sufrimiento y, sobre todo, un sentimiento genuino de amor y perseverancia; más aún si tenemos en cuenta que dicho suceso, aunque algo más al norte de lo acostumbrado, ocurrió en ese espectro sureño por el que este cineasta siente tanta predilección.

    Si en su anterior película, Midnight Special, el director llevó su analogía del marginado a un contexto de extremismo ficcional, al comparar a un niño inadaptado con un extraterrestre de poderes sobrenaturales, en esta ocasión Nichols no necesita de más artefactos discriminatorios que la propia pigmentación de la piel de su afroamericana protagonista: Mildred Loving. Existe un poso de ingenua incomprensión y de incontrolable rencor durante todo el metraje, movido por esa denuncia inicial que desencadena la persecución del amor entre dos ciudadanos; un concepto que pierde deliberadamente romanticismo en pro de un significado mucho más cercano al de libertad. El espectador es incapaz de comprender por qué, en una sociedad que comparte los mismos estigmas sociales, se produce ese malsano comportamiento irracional de destruir a cualquiera que evidencie la más mínima estabilidad. El amor no es concebible en las familias de marginados, pues les han dicho que su comportamiento ha de responder a una ilógica perversa y execrable. Porque lo importante de esta historia no radica tanto en el término amor, un cliché demasiado manido por el melodrama caucásico, como en el de prohibición, esa lacra tan arraigada a las minorías oprimidas por una privación absoluta del libre albedrío. Al igual que ocurría en Mud, el castigo del marginado se presenta en forma de civilización forzada, es obligado a emigrar hacia territorios no rurales y aprender a convivir bajo unas normas sociales muy diferentes. Nichols juega bien sus cartas en cuanto a que no trata de buscar venganzas ni cerrar pequeñas rencillas, como hacía en Shotgun Stories, sino que pretende certificar que lo único que prevalece frente al odio inherente al ser humano, viene explícitamente representado desde su título: Loving. (70 de 100)

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 17, 2016

    Festival de Cannes 2016 | Día 6. Críticas: Loving / Personal shopper / Hell or high water / Apprentice

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 17, 2016

    La sombra de Starman

    Crónica de la segunda jornada de la 66ª edición de la Berlinale.

    La proyección ayer de Hail, Caesar!, de los hermanos Coen, puso en movimiento los engranajes de la 66ª edición del Festival Internacional de Cine de Berlín. Pero no ha sido hasta hoy, 12 de febrero, cuando los organizadores han optado por comenzar con los filmes de la Sección Oficial, cuyo ganador recibirá el ansiado Oso de Oro. Dieciocho títulos entre los que se encuentran varios autores consagrados, como Thomas Vinterberg, pero también los noveles, por ejemplo Mohamed Ben Attia. Es precisamente este último quien ha inaugurado la proyección del máximo apartado. Hedi, primer largometraje del tunecino, ha regalado el primer gran sobresalto del día. Una trama sencilla en la que brilla lo hermoso y trágico entre la cotidianidad, sin llegar a lo convencional o manido. Del mismo modo, hemos asistido a la presentación de Boris sans Béatrice, del siempre interesante director canadiense Denis Côté —premiado en anteriores ediciones del certamen—. Sin embargo, el momento que más concentró la atención por parte de los asistentes fue la exhibición de la muy esperada Midnight special, lo más reciente del estadounidense Jeff Nichols (Take shelter, Mud). Las elevadas expectativas conllevan, como suele ocurrir, polémica y división de opiniones. Los que esperaban el minimalismo de Take shelter no han acabado de congeniar con esta historia de ciencia ficción muy inspirada en el cine de Spielberg de los 70 y 80 —eso sí, con su impronta propia—. Además, contamos con el estreno de El rey del once, nuevo trabajo del argentino Daniel Burman donde revisita y profundiza los temas conocidos en su filmografía, así como War on everyone, obra poco original de John Michael McDonagh (El irlandés, Calvary). A ritmo muy medido, la Berlinale va destapando sus cartas con intención de mantener firme y constante el interés tanto del numeroso público —quien demuestra por el festival sincero afecto, agradecido y constante— como de la crítica especializada y los profesionales de la industria. Hasta el 21 de febrero, el tema protagonista, lo más comentado por toda la ciudad será, cómo no, el buen cine.

    por EAM
    febrero 13, 2016

    Berlinale 2016 | Día 2. Críticas: Midnight Special, Hedi, War on Everyone, Boris sans Béatrice, El rey del Once, Yarden & Creepy

    por EAM | febrero 13, 2016
    Shotgun Stories

    Mata por dolor, por aflicción o por tribulación, asesina con odio, encono o inquina: venga. El hombre es vengador. Naturaleza corrompida por el odio; tormento, evocación, impotencia, rencor. Memoria perniciosa, cicatriz lacerante, mácula que quema… Venganza: odio incubado, cuerpo paralizado por el recuerdo, violencia salvaje custodiada por un espíritu desgarrado, vehemencia gamberra del odio ciego. Si la cifra inexorable del hombre es el tiempo, su condena es la memoria y su cruz es la venganza. El vengador es un hombre esclavizado, sometido al recuerdo: masoquismo de la consciencia; el hombre que venga ve en su víctima al redentor de su alma en pena; él ve en el otro el doble del Yo y entiende al Yo como una fracción de los otros; de este modo, la venganza invoca una suerte de juego axiológico de correspondencias contradictorias —que se confirman y se anulan para después, otra vez, confirmarse-, sólo así, se puede abrazar el sentido de la venganza— brutal y sutil misterio que transgrede la ley general del cosmos (la conservación de la vida) en modo cruel y triunfal; ironía psíquica: ¡nos salvamos, vivimos!, en el otro (aún sea en su muerte).

    Pero la venganza no es solo una pulsión tanática, es, ante todo, energía erótica, transfiguración del amor, o, mejor dicho, un efecto de éste —llanto rabioso y desmesurado del amor perdido—, reproche impotente ante el albur de la existencia y la arbitrariedad de los hombres. El vengador, hombre corroído por la animadversión, sobrevive su pérdida en el acto vengativo; vida que usurpa vida para poder vivir. Pero la venganza no resucita la pérdida o reconquista el amor, al contrario, lo devasta; vengar es matar —aunque a veces signifique sobrevivir—. Como dije más arriba, la venganza es un efecto del amor; detrás de ella se esconden, obnubilados por la rabia, la nostalgia y el dolor, sentimientos que brotan del amor, no del odio. El odio no engendra nada, es por su misma índole un derivado, el peón nostálgico del amor. El odio se entiende y se vive solo en virtud del amor; odio: emoción abrasiva que anima la venganza, transmutación de un amor negado por la mano del hombre, rabia, resentimiento del amor perdido, efecto del amor. De la otra vertiente, yace, a la espera del hombre humilde que lo toque, el perdón, la respuesta positiva a la iniquidad de la existencia. El perdón y la venganza son el anverso y el reverso de una misma emoción fundamental, bifurcaciones sentimentales de un mismo centro emocional: el amor, marea que baña todos nuestros litorales, movimiento oceánico primordial… El vengador es un ángel caído, es Lucifer que elige el mal sobre el bien: extremo negativo del perdón, transgresión del precepto que funda la doctrina de Jesús: el amor. El perdón no es resignación —entonces no sería un destilado del amor—, es aceptación; para encontrarlo, para vivirlo se necesita de gracia; esa cualidad espiritual propia del hombre.

    por Anónimo
    junio 09, 2014

    Shotgun Stories y Blue Ruin: doctrina cristiana

    por Anónimo | junio 09, 2014
    Take Shelter

    UN APOCALIPSIS DEMENCIAL

    crítica de Take Shelter | Jeff Nichols, 2011

    El fin del mundo es algo que apasiona. Desata el morbo. Genera una perturbadora curiosidad. Sin duda lo que más fascina al ser humano es aquello que parece imposible y titánico. Por ello el advenimiento de una catástrofe provoca un magnetismo malsano que la literatura y el cine, a lo largo del tiempo, han aprovechado. Sobre todo tras el disparate mediático desatado con la supuesta predicción del fin del mundo, para diciembre de 2012, por parte de los mayas. El halo místico y religioso que se asocia al fin de la humanidad ha sido reformulado en favor de mundos posapocalípticos, distópicos en el que un puñado de supervivientes luchan contra las consecuencias de la hecatombe. Esta concepción tan "comercial", tan fantástica, tan inverosímil se me antoja atractiva y evasiva a partes iguales. Evasiva en tanto en cuanto los apocalipsis, relativizando su condición destructiva hasta la extinción, se han dado y se dan a lo largo de la historia. Existen los cataclismo personales y de determinados grupos sociales. Y también se han contado en películas y libros. Una simbiosis de ambas concepciones del ocaso, aderezadas con una muy personal, es la que nos encontramos en Take Shelter (2011), fenomenal película de Jeff Nichols. Un drama, mixturado con otros géneros como el thriller psicológico o, incluso, el cine de terror. Una cinta alegórica. De lo sobrenatural a lo cotidiano. De lo personal a lo comunitario.

    Tras su espléndida –e incomprensiblemente inédita en España– opera prima, Shotguns Stories (2007), y antes de su recién estrenada y también brillante Mud (2012), Jeff Nichols escribió y dirigió otra joya ambientada en la América más profunda y rural. El director nacido en Arkansas nos cuenta la historia de un obrero, llamado Curtis, que vive tranquilamente con su familia -su mujer y su hija sorda- hasta que una suerte de pesadillas premonitorias –principalmente sobre tormentas y tornados– empiezan a estropearlo todo y lo conducen hasta la obsesiva necesidad de construir un refugio como protección ante lo que supuestamente se avecina. Para llevarlo a cabo se empeña económicamente y su estabilidad familiar y mental comienzan a derrumbarse. La metáfora para muchos está clara, para aquellos que no la acaben de ver el propio director afirmó en distintas entrevistas promocionales que tuvo muy presente la crisis económica actual a la hora de confeccionar el guion. Sin duda las catástrofes naturales son la equivalencia de las calamidades económicas que asolan a Occidente. Usa lo sobrenatural para hablar de lo mundano. Es un relato en clave de ficción de algo tan real como la vida misma. Nichols quiere hacernos ver que Curtis podría ser cualquier padre de familia, naufragando en la enajenación de dilapidarlo todo. El espectador es testigo del descenso al infierno de la precariedad de la economía familiar. Por culpa de fenómenos aparentemente indomables, uno presencia las trágicas consecuencias de la solicitud de un crédito en condiciones desfavorables, un despido y la consabida pérdida del seguro médico. Todo ello al borde de una operación para que su hija recupere la audición. Un drama diario.

    por Anónimo
    septiembre 10, 2013

    Crítica | Take Shelter

    por Anónimo | septiembre 10, 2013
    Mud

    LA PIEL DEL COCODRILO

    crítica de Mud | Jeff Nichols, 2012

    Él fue quien descubrió la mirada más perturbadora de los últimos tiempos. A un tipo que se comunica verbalmente sin apenas mover los labios, incapaz de desenredar ese nudo de sentimientos o saliva pastosa que se acumula en su garganta, con una frente de martillo y unos ojos de pez burlón. Electricidad pura en todas sus manifestaciones. Aún sin patentar, a la espera del escultor idóneo. 2007 disponía del mejor signo para el nacimiento de una colaboración brillante entre Michael Shannon y Jeff Nichols, actor y director respectivamente, dispuestos a dejar huella dentro del circuito norteamericano: Shotgun Stories mostró con solvencia no pocas de las condiciones de un narrador que retrata con madurez a la familia y su combustible, a hombres dolidos que sienten mucho pero callan más. Espectadores en primera línea de fuego con vocación de prófugos. Siempre alarmados, cubriendo su propia retaguardia física y psicológica. Todo ello resumido finalmente en un solo plano en el que un padre de familia contempla el cielo, desde donde una oscura nube promete devastar el mundo desde aquella insignificante porción de tierra, en Ohio. Más febril que real, la visión se convertiría poco a poco en una especie de estática dramática sin paliativos. El protagonista, obrero amenazado por la herencia de la enfermedad, se decide a construir un refugio anti-hecatombes o anti-tornados, el imprescindible búnker familiar, aunque ello se traduzca en la ruina económica y en la pérdida del seguro médico que cubre el tratamiento de su hija sorda y que asegura también la bella sonrisa y, por tanto, la felicidad de esa amable mujer costurera a la que da vida Jessica Chastain. El cielo trasunta catástrofe. Sólo queda refugiarse ante el Apocalipsis: nadie sobrevivirá; y sin embargo, el “loco” sí. O no. Todo es imprevisible, áspero, depresivo, subyugante, incierto, dudas y más dudas gravitando alrededor de un satélite distópico que lanza destellos de empatía. El presagio que genera angustia y no poco desasosiego, mientras Nichols sitúa la cámara en el lugar justo. Mientras, Take Shelter se corona como la mejor de ciencia-ficción y drama que ha dado el cine del actual siglo.

    por Anónimo
    agosto 03, 2013

    Crítica | Mud

    por Anónimo | agosto 03, 2013
    Mud
    fecha de estreno | 26 de abril en Estados. En España, sin estreno confirmado. Su título será 'Barro'. Presentada en la pasada edición del festival de Cannes. Para muchos, tras 'Amour', la mejor película del certamen.

    director | Jeff Nichols.

    intérpretes | Matthew McConaughey, Jacob Lofland, Tye Sheridan, Reese Witherspoon, Michael Shannon, Sarah Paulson, Ray McKinnon, Sam Shepard, Paul Sparks, Joe Don Baker, Stuart Greer, Michael Abbott Jr.

    notas | tras el éxito de 'Take Shelter', Nichols buscará consolidar el estatus de nueva promesa del cine independiente americano. 'Mud' nos devuelve a las aventuras clásicas de Huckleberry Finn o Tom Sawyer. El primer tráiler está orientado más a la senda del thriller criminal. Matthew McConaughey podría lograr su primera nominación al Oscar tras un 2012 donde demostró un efectivo giro en su carrera. ACTUALIZACIÓN (23-04-2013): tráiler en castellano y nuevas fotos.

    por Emilio M. Luna
    abril 23, 2013

    Tráiler | Mud, de Jeff Nichols

    por Emilio M. Luna | abril 23, 2013

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