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    Gareth Edwards
    Gareth Edwards
    || Críticas | ★★★☆☆
    Jurassic World: El renacer
    Gareth Edwards
    Por fin una aventura, no una misión


    Raúl Álvarez
    Madrid |

    ficha técnica:
    EE.UU. 2025. Título original: Jurassic World: Rebirth. Director: Gareth Edwards. Guion: David Koepp. Productores: Steven Spielberg, Frank Marshall, Winston Azzopardi, Patrick Crowley, Janine Modder, Jim Spencer, Denis L. Stewart. Productoras: Universal Pictures, Amblin Entertainment, India Take One Productions, Latina Pictures, The Kennedy/Marshall Company. Fotografía: John Mathieson. Música: Alexandre Desplat. Montaje: Jabez Olssen. Reparto: Scarlett Johansson, Jonathan Bailey, Rupert Friend, Mahershala Ali, Manuel García-Rulfo, Luna Blaise, David Iacono, Audrina Miranda, Ed Skrein.

    Entre las celebraciones del 50 aniversario de Tiburón (Jaws, 1975) se ha colado, y no de manera casual, la séptima entrega de Parque Jurásico –lo de Jurassic World sigue sin convencer y sin calar–, a las órdenes de un Gareth Edwards que en la primera hora de metraje se dedica a «rebootear» la obra maestra de Spielberg. Y no es casual porque la mano que mece la cuna de los dinos sigue siendo la de Spielberg, desde la producción ejecutiva, que tira del T-Rex y de los velociraptores cada vez que tiene que recuperarse del batacazo económico de sus propios filmes. El viejo zorro ha debido pensar que si Dominion (2022) fue la excusa para recordar el treinta aniversario del primer Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993), reestreno en cines incluido, este Jurassic World: El renacer podría servirle para acompañar los fastos por el medio siglo de Tiburón. A lo mejor no es así y yo soy un malpensado, pero es que además el guion lleva la firma de David Koepp, autor de las dos primeras entregas de Parque Jurásico y colaborador habitual de Spielberg, lo que invita a sospechar que este «renacer» es un «recordar» marketiniano en toda regla. Está el producto que se quiere vender ahora, la película, y el valor añadido de marca, Spielberg y su escualo.

    Dicho esto, lo que vemos en pantalla no es el horror cósmico que podría esperarse de una película rodada y postproducida a marchas forzadas para coincidir con el evento que realmente importa, salpicada por un reparto con trampa (Mahershala Ali se come a Scarlett Johansson; bueno, y a todos los demás) y sometida a una historia que cuando deja de ser Tiburón se convierte en un remake de dos cintas del propio Edwards: Monsters (2010) y Godzilla (2014). Sorprendentemente, pese a tantos lastres y deudas, este Jurassic World es una aventura muy bien rodada, mejor fotografiada (John Mathieson se ha quitado la espina de Gladiator II) y, por fin, dotada del pulso y la tensión narrativa de la que carecía la saga desde la salida de Spielberg. Porque ni Joe Johnston (a quien le recortaron presupuesto hasta del catering), ni Colin Trevorrow (¡en dos ocasiones!), ni Bayona fueron capaces de armar no ya unas secuelas dignas, sino un cine de aventuras con las ideas claras. Y si habláramos de imágenes o de secuencias memorables, los tres nos arrojaron al abismo de Nietzsche.

    Una posible explicación de esta decadencia podría ser que desde 2001, cuando se estrenó Parque Jurásico III, la franquicia se ha limitado a proponer misiones de extracción, es decir, historias más o menos convencionales de acción en las que un grupo de individuos tenían que entrar y salir de un recinto científico o de una reserva de dinosaurios para rescatar a alguien o para evitar un desastre. A la fuerza, el fruto de esta decisión argumental ha sido una serie de películas clónicas que en ningún momento han superado el impacto y la sorpresa de la original, por no hablar, en cuanto a subtexto, de la temeridad que ha supuesto olvidar las tesis originales de las novelas de Michael Crichton, que vio en los saurios la oportunidad idónea para reflexionar sobre el peligro de convertir la ciencia en una nueva religión, en concreto, la experimentación genética, que fue, gracias a él, uno de los grandes temas del fantástico durante la década de los años noventa. Koepp ha hecho lo mismo, ojo, sin embargo su oficio o su sentido de la vergüenza han logrado un pequeño gran milagro. Su misión es una aventura, porque a los personajes les ocurren cosas que nos permiten conocer su pasado y sus traumas. Y si alguien quiere rascar temas, ahí están las ideas de Crichton actualizadas con una crítica diáfana contra las grandes farmacéuticas.

    Para algunos quizá esto no sea mucho, pero recordemos que la franquicia viene de vender nostalgia a granel con una trilogía de remakes encubiertos, análoga a la perpetrada por J.J. Abrams con Star Wars. Koepp evita este precipicio, si bien es cierto que la buscada sombra de Tiburón deriva la añoranza hacia otras aguas tan o más peligrosas, pero por otro motivo: ¿es que nadie sabe hacer un blockbuster sin repetir las fórmulas de los Lucas, Spielberg, Donner, Cameron y compañía? A la espera de tiempos más amables, Edwards y Koepp intentan ventilar la saga jurásica con secuencias, y hasta un cierto sentido de la maravilla, que beben de las fuentes literarias de Burroughs, Conrad, Lovelace y Conan-Doyle, en la línea de lo que propuso Peter Jackson en su maravillosa y reivindicable versión de King Kong (2005). Tras años, décadas de pobreza visual, Edwards ha pensado su película a partir de las dimensiones y el hábitat de sus criaturas (humanas y antediluvianas), lo que ha propiciado una entretenida aventura por tierra, mar y aire que no parece diseñada por un software o una IA. Además, se trata de un cineasta que no tiene miedo de matar personajes (salvo, ay, al final), que tiene sentido de la composición vertical y que planifica pensando en el fuera de campo, algo hoy inexistente en el cine comercial de Hollywood.

    Encajada entre F1. La película, el ¿nuevo? Superman de James Gunn y Los 4 Fantásticos de Disney-Marvel, es posible que Jurassic World: El renacer se estrelle en la taquilla, por lo que todas estas virtudes no tendrán la mínima importancia. Ojalá en el futuro se recuerde, al menos, que una película suele salir bien cuando se juntan profesionales que saben lo que hacen. O lo intentan. ♦


    por Raúl Álvarez
    julio 05, 2025

    Crítica | Jurassic World: El renacer

    por Raúl Álvarez | julio 05, 2025
    || Críticas | ★★★★☆
    The Creator
    Gareth Edwards
    Nueva Asia: refugio de IA


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2023. Título original: The Creator. Dirección: Gareth Edwards. Guion: Gareth Edwards, Chris Weitz. Producción: Gareth Edwards, Kiri Hart, Arnon Milchan, Jim Spencer. Productoras: 20th Century Fox, Regency Television, Entertainment One. Distribuidora: Walt Disney Pictures. Fotografía: Greig Fraser, Oren Soffer. Música: Hans Zimmer. Montaje: Hank Corwin, Scott Morris, Joe Walker. Reparto: John David Washington, Madeleine Yuna Voyles, Gemma Chan, Allison Janney, Ken Watanabe, Sturgill Simpson, Amar Chadha-Patel, Marc Menchaca, Robbie Tann, Veronica Ngo.

    Que Gareth Edwards proviniera del campo de los efectos especiales fue decisivo para que una película tan pequeña e indie como Monsters (2010), hecha con tan solo medio millón de dólares, luciera como una mucho más costosa. Sin embargo, fue el intimismo de su historia de amor y su perfecta metáfora sobre la migración, los elementos que cautivaron a la crítica, más allá de la espectacularidad de aquellas gigantescas criaturas de origen extraterrestre que se paseaban (también se cortejaban y apareaban, en su escena más recordada) por la frontera entre México y Estados Unidos. Hollywood supo reconocer el potencial del novel realizador y le regaló una gran oportunidad con el blockbuster Godzilla (2014), donde manejó 160 millones de dólares para poner en pie una más que digna primera piedra del mastodóntico megaproyecto MonsterVerse, que cruzaría el camino del kaiju más famoso de la Historia del Cine con el del no menos icónico King Kong. Pero sería con su tercera obra, Rogue One: Una historia de Star Wars (2016), cuando alcanzaría su definitiva consolidación como uno de los nombres a seguir dentro del reciente cine de ciencia ficción. Aquel spin-off fue la mejor aportación al universo creado por George Lucas desde su trilogía clásica, una emocionante fantasía bélica, repleta de apabullantes batallas, cuya historia se situaba en el tiempo entre La venganza de los Sith (George Lucas, 2005) y Una nueva esperanza (George Lucas, 1977). Por fortuna, estas dos últimas inmersiones en sagas, ya por todos conocidas, no han hecho que Gareth Edwards olvidara esa calidad de autor que aplaudimos en su ópera prima, Monsters, y, con The Creator vuelve a entregar otra historia original, coescrita junto a Chris Waitz, con quien ya había trabajado en Rogue One. Este como otro imponente espectáculo de ciencia ficción que sorprende por lo ajustado de su presupuesto (80 millones de dólares), en contraposición con su formidable acabado técnico, gracias a un hiperrealista CGI que en nada tiene que envidiar al de la mucho más costosa Avatar: El sentido del agua (James Cameron, 2022).

    Es imposible hablar de este filme sin mencionar los múltiples elementos de muchos títulos emblemáticos (y no solo del género fantástico) que Edwards hace suyos en una historia que produce una constante sensación de déjà vu. El relato nos lleva hasta 2065, a un planeta Tierra dividido a causa de un dilema ético y moral, el de acabar con cualquier rastro de IA después de que Los Ángeles fuese aniquilada en un ataque militar, supuestamente provocado por estas máquinas, al rebelarse contra los humanos. Hay que tener en cuenta que, para entonces, los avances en tecnología han sido tales que a una inteligencia artificial se le podrían atribuir sentimientos tan humanos como el amor o el odio, y que, en principio, estas están diseñadas para que nunca puedan dañar a las personas. The Creator muestra cómo el gobierno de los Estados Unidos ha declarado la guerra a unos androides que encuentran refugio en Nueva Asia, donde la IA no está prohibida y continúa la convivencia entre máquinas, humanos y simuladores, por lo que ha desarrollado una gigantesca nave nodriza, la NOMAD, con la que se les rastrea y destruye, al mismo tiempo que un antiguo agente de las fuerzas especiales, Joshua –John David Washington, consolidado, tras la infravalorada Tenet (Christopher Nolan, 2020), como carismática estrella, capaz de liderar el reparto de cualquier superproducción–, se ha infiltrado en la resistencia, con el fin de localizar a Nimata, el arquitecto de la IA más avanzada que, presumiblemente, ha construido un arma que podría acabar con el mundo. Los conflictos dramáticos con los que se encontrará este antihéroe herido (sufre la amputación de un brazo, el cual ha sido sustituido por tecnología robótica) serán la pérdida de Maya, su esposa embarazada, durante un ataque militar estadounidense en tierra asiática, y el hecho de que el “arma” a desactivar tenga la forma de una pequeña niña de unos seis años (todo un descubrimiento, Madeleine Yuna Voyles) a la que bautizará con el nombre de Alphie. La relación, cada vez más estrecha, que se irá estableciendo entre ese cazador en busca de la redención y su presa, una niña a la que todos persiguen, por diferentes intereses, recuerda a la de Joel y Ellie en The Last of Us, tan cercana en el tiempo, siendo esta solo la primera de tantas inspiraciones de un guion que, tristemente, no brilla por su originalidad. Y digo tristemente porque, de haberse trabajado un poco más la historia para que estuviese al nivel de su impoluto diseño de producción, habríamos estado ante una nueva obra maestra de la ciencia ficción.

    Edwards se esfuerza en dotar de alma a su película, haciendo especial hincapié en la historia de amor rota entre Joshua y Maya –se abusa un tanto de flashbacks para recordarla– y en el creciente afecto que el hombre desarrolla hacia la entrañable Alphie, pero la visión de esos militares estadounidenses villanos, ansiosos de aniquilar robots, recuerda excesivamente a la mostrada por James Cameron en Avatar (2009), aunque la veterana Allison Janney construye una maligna antagonista más que convincente. La guerra entre humanos y androides en Nueva Asia también parece rememorar la ambientación del Vietnam que vimos en Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), con esos soldados invadiendo aldeas en medio de enormes campos de arroz o templos budistas en los que se refugian los robots. La búsqueda de Alphie de un sentido a su existencia también tiene ecos de A.I. Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001), mientras que el eterno dilema alrededor de los peligros que estos seres supondrían contra la humanidad ya han sido tratados en clásicos como Terminator 2: el juicio final (James Cameron, 1991), donde también se desataba una guerra entre máquinas y humanos, después de otra catástrofe nuclear, o Blade Runner (Ridley Scott, 1982), donde los replicantes eran perseguidos sin tregua por cazadores como el Joshua de la película de Edwards. Podría seguir enumerando referentes que llegan a la memoria durante el visionado de The Creator, pero sería injusto desvirtuar los muchos aciertos de una película que, si bien resulta algo esquemática y previsible en su desarrollo, sí que está rodada con una brillantez poco habitual, tanto en sus magníficas secuencias de acción –el director aprendió mucho en Rogue One y, visualmente, tiene mucho de ella también–, como sus momentos más intimistas, presentando a una agradable galería de secundarios que arropan con efectividad a la pareja protagonista, destacando el personaje del siempre excelente Ken Watanabe, el fiel íder del ejército de inteligencias artificiales Harun. Gareth Edwards nos ha regalado una aventura futurista de primer orden, repleta de imágenes potentes (la fotografía de Greig Fraser y Oren Soffer es portentosa), más engrandecidas, si cabe, gracias al épico acompañamiento musical de un Hans Zimmer en estado de gracia. Lo que queda es una notable propuesta de cine fantástico, en la línea de los mejores trabajos del otrora prometedor Neill Blomkamp –aunque esté más cercana a la ampulosidad de Elysium (2013) que de la valentía de la verdaderamente innovadora District 9 (2009)– que sacrifica en el camino la ambición por un guion más novedoso, a favor de una historia tan carente de sorpresas como fuertemente emocional, diseñada para tratar de tocar la fibra sensible del espectador. No está nada mal si lo que se buscan son 130 minutos de vibrante evasión en pantalla grande. Cuanto más grande, mejor.


    por José Martín León
    octubre 01, 2023

    Crítica | The Creator

    por José Martín León | octubre 01, 2023
    Rogue One

    Edwards & Gilroy, la intendencia a su servicio

    crítica ★★★ de Rogue One: Una historia de Star Wars (Rogue One: A Star Wars Story, Gareth Edwards, Estados Unidos, 2016).

    Conviene advertirle de primeras al potencial espectador de Rogue One: Una historia de Star Wars, no sólo al fan histórico de la perdurable saga que alumbró George Lucas en 1977, de la cortedad de miras con que cierto sector del periodismo cultural ha saludado y recibirá durante las próximas semanas esta nueva incursión en el universo de La guerra de las galaxias. Ya hubo quienes ondearon, y no sin razones, la bandera blanca en tanto leían casi transidos los créditos finales del Episodio VII, a buen seguro (y así lo señalé en estas mismas páginas) la más inútil devaluación de un mito popular. Y los hay, ahora, que no admiten siquiera el mínimo esbozo de crítica rigurosa a propósito de esta franquicia interminable, pues de alguna manera viven su militancia como un acto de fe susceptible, eso sí, de ser negado por tal o cual divulgador de la gramática parda hollywoodense. Es el comentario que sigue, a continuación, un ejercicio de funambulismo entre dos sensibilidades unidas por una bocanada de aire turbio; que intentan separar en primer término el recuerdo (es decir, lo que permanece atrás en el cable, justo donde visionamos por vez primera unos rótulos que anunciaban: «Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana...») de la realidad aquí y ahora (esto es, la higiénica y tal vez pormenorizada revisión que merece el conjunto enfrentándolo a éste, su séptimo vástago por orden de estreno). Así, retorna la polémica a nuestros cines y, con suerte, habrá quien no haya tenido noticia de que la producción —como casi todas las que llegan con el prefijo súper— atravesó momentos de gran efervescencia. Es notorio que el inglés Gareth Edwards (Monsters) fue sometido al equivalente cinematográfico del tormento de la maroma en su adaptación más industrial; de suerte que nadie sabrá a quién transmitir los halagos o, cuando menos, una cierta gratitud por haber rebasado sutilmente los contornos de la plantilla tipo que imponen los estudios, y que lastró hace ahora un año las aspiraciones revisionistas y no poco cicateras de J. J. Abrams.

    Se nota a veces el corte, inelegante, aun cuando las secuencias pedían una inspiración dramática; pero nadie advertirá desagravio alguno en el brío con que la cámara y su metrónomo solventan por lo general el baile de la flota de cazas rebeldes intercambiando flechas fosforescentes con los murciélagos orejudos del Imperio. Edwards nutre con estilo las tripas de una historia-bisagra que, si bien no refunda ciencias ya pretéritas, al menos logra recuperar algo de crédito con aciertos tales como el reparto, con Felicity Jones y Forest Whitaker y Diego Luna en vanguardia, y el buen atavío de los estereotipos clásicos (véase el monótono pero necesario androide K-2SO; o algunos secundarios catalizadores de la acción, en donde sobresale la excéntrica dupla que forman un ciego visionario de la Fuerza y su lazarillo con rifle de rayos iónicos; o ese inicio en el que Mads Mikkelsen, aquí Galen Erso, a la sazón un prófugo al que intenta dar caza el advenedizo Orson Krennic, en cuerpo y timbre del siempre ligeramente húmedo Ben Mendelsohn, queda enmarcado en un fastuoso plano general a ras del verde mientras los soldados imperiales caminan hacia él mecidos por la ventisca, barruntando un duelo al sol) en combinación con una herencia a menudo inelástica, pero francamente útil, cuya línea argumental zurce los episodios III y IV. El ínterin que sirve a la Alianza para robar los planos de la Estrella de la Muerte y estirar sin disimulo la alfombra ante la inminente llegada de Leia, Hank Solo, Chewie y Luke Skywalker. No el Luke crepuscular, devastado por las cicatrices, al que vimos fugazmente en El despertar de la fuerza; sino el joven que repara máquinas en Tatooine.

    por Anónimo
    diciembre 14, 2016

    Crítica | Rogue One: Una historia de Star Wars

    por Anónimo | diciembre 14, 2016
    Godzilla, de Gareth Edwards

    Godzilla 'no' es Gojira

    crítica de Godzilla | Gareth Edwards, 2014

    El fin no siempre justifica los medios. Pero todo vale a la hora de inaugurar trincheras. Y si no me creen, consulten a los japoneses, quienes la mañana del 7 de diciembre de 1941 bombardearon de improviso la base naval de Pearl Harbor, en Hawái. Allí, el ejército estadounidense mantenía en standby decenas y decenas de navíos con sus respectivos marines y soldados en general. Y allí se hundieron para después emerger, danza frenética y telúrica en el vibrato de un violín, como en una película granulada a ritmo de Shostakovich; ya sin ficción pero no sin happy end. La respuesta, se ha dicho muchas veces, fue inmediata: el presidente Franklin D. Roosevelt declaró la guerra a Japón y, por tanto, al Eje Roma-Tokio-Berlín. Así, como echar una moneda en una recreativa desde la Casa Blanca: "Bienvenido a la Segunda Guerra Mundial". Ya ven que, a veces (eran otros tiempos, semejantes a los de ahora), ni siquiera es necesario recurrir a las coartadas de turno. Alcance con una foto, y tan amigos. La estupidez es mortal. De repente, no me pregunten por qué, se les encapricha matar como en un arcade en primera y/o tercera persona; y quién sino tú —enemigo a las puertas, rival que no está nunca, que no coge el teléfono, que sólo comparece para decir "hola y adiós y me gustó verte, ya te mataré"— para oficiar de blanco perfecto. Porque la mayor diplomacia, se malician ellos, es un rifle cuya música no suena/ no se oye en ningún sitio, o sólo en tu ya irreparable cabezota. "Bienvenidos a mi humilde morada, les presento a mi amigo recién muerto". Y a continuación, ya se dijo al revés: el fin justifica los medios. Aunque esos dos "medios" sean aquí sendos proyectiles Little Boy y Fat Man a y en nombre de los Estados Unidos de América. Un par de bombas atómicas que se llevaron por delante a 230.000 japoneses —incluidas dos o tres generaciones—, quienes habían de pagar las consecuencias del espíritu kamikaze aquel infausto mes duodécimo, en 1941. Es entonces (ahora, mientras escribo estas líneas que se dilatan en el continuo espacio-tiempo) cuando me digo que la radiactividad nunca podrá justificar el fin, ya sea por el tan venenoso como populista "bien común" o en nombre de la justicia universalmente ciega. No así en la ficción, donde la experiencia vital se antoja inútil.

    por Anónimo
    mayo 15, 2014

    Crítica | Godzilla

    por Anónimo | mayo 15, 2014

    Vuelve el Kaiju japonés más famoso del mundo, vuelve el monstruo que ha aterrorizado a la humanidad en incontables ocasiones. Hollywood quiere sacarse la espina que se quedó clavada tras la primera y fallida adaptación que hicieron sobre la temible bestia, allá por 1998 de la mano de Roland Emmerich. Y lo hace con su artillería pesada, con un puñado de los rostros más cotizados de la escena hollywoodiense actual, entre los que se encuentran: Aaron Taylor Jonhson (Salvajes), Elizabeth Olsen (Oldboy), Juliette Binoche (Camille Claudel 1915), David Strathairn (Lincoln), Sally Hawkins (Blue Jasmine), el actor del momento Bryan Cranston (Breaking Bad) y la aportación nipona, Ken Watanabe (Origen). El realizador Gareth Edwards (Héroes y Villanos) intentará darle un giro original a la, más que conocida, historia, tratando de hacer la ciencia-ficción lo más creíble posible, introduciendo el gigante monstruo en un mundo que no resulte tan artificial. El filme contará con un guion de Max Borenstein (Swordswallowers and Thin Men). La película será estrenada el 14 de mayo.

    Fuente| The Film Stage
    Texto| Alberto Sáez

    por EAM
    diciembre 08, 2013

    Avances | Godzilla, de Gareth Edwards

    por EAM | diciembre 08, 2013
    "Monsters", de Gareth Edwards
    UN BESO A MEDIANOCHE
    Monsters, de Gareth Edwards

    "Modesto e interesante drama romántico en plena infección alienígena, repleto de tensión y momentos brillantes en una de las propuestas más originales de la temporada."

    El eco de una cinta británica sobre una invasión extraterrestre llevaba varios meses errante por la red. Un eco de volumen más alto, a medida, que se va estrenando en diversos países y festivales de género (Sitges). Hablamos de Monsters (2010), una modesta ópera prima a cargo de Gareth Edwards. Una campaña silenciosa y efectiva, similar a la que tuvo District 9 de Neil Blomkamp el año pasado y que contrasta con el marketing de viral de Cloverfield (2008) de Matt Reeves, cintas con las que se ha comparado la película de Edwards. Comparaciones que se difuminan durante la proyección de Monsters, donde tan sólo el trasfondo político-social la emparentan levemente con la cinta de Blomkamp. Monsters juega con las apariencias y sorprende por su temática, su estilo y, sobre todo, su historia.

    Edwards, afamado técnico de efectos especiales en producciones británicas, se ha declarado un seguidor acérrimo del género. Con Monsters, quería llevar este tipo de temática a otro nivel. Monsters narra el encuentro de una pareja de jóvenes con vidas llenas de dudas y cuestiones, que deben afrontar la vuelta a casa en plena infección de seres extraterrestres. La acción se desarrolla en una zona entre México y Estados Unidos, plagada de grandes criaturas muy agresivas con el ser humano. Es inevitable el mensaje político y social que desprende la película de Gareth Edwards. Pero lo importante en Monsters es la historia romántica entre Andrew (Scott McNairy) y Samantha (Whitney Able). Monsters no es una cinta de acción es una tragedia amorosa, rodada y mostrada con mucha elegancia.

    Las criaturas son el fondo, el sonido y la atmósfera del film. La tensión es latente de principio a fin. Edwards aborda con maestría la narración, donde es tan importante lo que visionamos cómo lo que está oculto. Edwards juega con el espectador inyectando un halo de incertidumbre de la que Monsters jamás se desprende. Tensión y suspense contenido que acompaña el caminar de dos personas tan diferentes cómo similares en mundo devastado. Un hombre de vuelta de todo y una chica de camino incierto conectan entre la desesperanza y el dolor. Un sutil retrato romántico presentado con pausa y sensibilidad. La modestia de esta cinta independiente tiene, quizás, como gran acierto el toque intimista con el que está rodada, empático con el espectador ávido de conocer más información sobre este mágico cuento de hadas y bestias.

    Monsters posterMonsters comparada de manera errónea con cintas nombradas anteriormente, tiene un pariente más cercano, salvando la distancias, en La Guerra de los Mundos (The War of the Worlds, 2005). La epopeya familiar dirigida por Steven Spielberg, alternaba la espectacularidad con una historia sobre la paternidad que le daba credibilidad a la trama. Eliminando el gran presupuesto y las poderosas escenas de acción, Monsters se acerca al concepto de la película de Spielberg. Carente de acción, Monsters es el Lost In Translation del género. Una visión que provocará la sorpresa en el espectador predispuesto a aventuras estereotipadas. Un film donde los momentos engullen a los diálogos, donde los desconocidos protagonistas pudieran ser nosotros mismos. Una historia que remarca la significancia de los sentimientos tan poderosos cómo frágil es su mundo.

    Técnicamente el largometraje de Edwards roza el sobresaliente. La breve presencia de las criaturas está resuelto de manera excelente. Efectos elaborados por su director también creador del guión y director de fotografía. Un uso de luces espectacular que casa por completo con el aire íntimo del film, al igual que la banda sonora de Jon Hopkins. Todo cobra una básica importancia en su final, un clímax lleno de lírica que sobrecoge y aturde dando pleno significado a la trama. El lienzo final nos deja atónitos y sorprendidos ante una historia donde el amor supera las circunstancias. Un concepto eterno que fluye y permanece dando sentido a (su) nuestra existencia.
     
    Whitney Able

    Lo Mejor: La pareja protagonista. La dirección de Gareth Edwards. El planteamiento y la originalidad de la propuesta

    Lo Peor: Su falta de espectacularidad y las inevitables comparaciones pueden decepcionar a un público ávido de otro tipo de cine.

    Puntuación: 8/10

    Emilio Luna.
    crítico de cine.

    por Emilio M. Luna
    octubre 21, 2010

    MONSTERS (GARETH EDWARDS, 2010)

    por Emilio M. Luna | octubre 21, 2010

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