Introduce tu búsqueda

Seminci 2026
FICX Imatge Permanent
  • Cine Alemán Siglo XXI
    Mostrando entradas con la etiqueta Festival de San Sebastián 2013. Mostrar todas las entradas
    Festival de San Sebastián 2013
    Festival de San Sebastián 2013
    El árbol magnético

    El principio del final abierto

    crítica de El árbol magnético | dirigida por Isabel de Ayguavives, 2013

    Así es: con el ir y venir a prisa y corriendo, con el paso de los años, uno se vuelve remiso a recuperar determinadas gestas ocurridas en lugares felizmente reconocibles tiempo atrás; situaciones que, vistas desde la presunta quietud que aporta la madurez, avergonzarían al mismísimo Errol Flynn. Al fin y al cabo por muchas generaciones que nazcan y pasen y más o menos vivan sus vidas, nadie conseguirá librarnos nunca del pudor más atávico. Esa autoindulgencia que institucionaliza el olvido o, en su (peor) defecto, el miedo a recomponer tormentas no tan pasadas. De ahí que la memoria, a petición del usuario que aún conserva un poco, escanee de vez en cuando sus miles y miles de episodios y seleccione antiguos traumas como quien edita —auriculares en oídos y tijeras en software— un medley biográfico, un remix con sus mejores demonios adolescentes y un buen puñado de alegrías hipertrofiadas, que permanecerán escondidos en los más profundo del armario. A buen recaudo, se supone. Y en tributo a la familia, o lo que quede de ella: aquí, ya en Chile, un grupo de viejos conocidos desconocidos que se reúne por última vez en la casa de campo que recién ahora deciden poner a la venta porque maquillar la distancia, física y emocional, ya no es óbice para reconocer sus miserias personales. La abuela se hizo mayor; su lucidez, intermitente. Ya casi dejó de hablar, ya dijo tanto que hoy le basta con una caricia. Los nietos también pegaron el estirón y aun pudiendo hablar a gusto, a veces piensan que no, que mejor callar o tirarse al río, a ver si pescan un pez o un resfriado. A uno, del segmento medio, o sea ni joven ni viejo, su mujer le dice que está muy gordo. Y él le echa la culpa a la genética. Y qué va, no no, le responde su cariñosa mujer con el beneplácito de su hija, la muy protagonista Marianela (Manuela Martelli), no es genética si te comes los bollos a pares, estilo Antonio Cassano, que cuando jugaba en el Real Madrid se comía hasta los banderines. A saber: croissants y donuts y galletas bañadas en tazones de Nesquik. Tiene un cuñado que es un Sherlock Holmes de la vida en general, un sabelotodo inofensivo que podría argumentar incluso sobre la "enigmática" procedencia de los tomates cherry de las ensaladas de McDonald's.

    Con todo, los niños se aburren y han de pasar un día al aire libre (sin videoconsolas ni pataletas narcisistas), entre moscas y paredes desconchadas, retratos en sepia y pies de cama que amanecen fuera del redondel dibujado con tiza en el suelo: aquel lugar recóndito, en Chile, es una zona magnética donde todo es movido por algo, quizá una fuerza insondable y telúrica, que trasciende las leyes de la gravedad, o al menos las reformula con toques de realismo mágico. Cada uno sufre lo suyo, a mi manera. No está la vida para bromas. Pero aquí lo verdaderamente importante es el primo que aterriza por vacaciones, cuya experiencia en mudanzas —estuvo viviendo en Alemania, desde donde emigró a Madrid, su actual residencia, y ya planea irse a Irlanda a beber pintas de Guinness y a leer el Ulises de Joyce mientras toma notas y lo subraya obsesiva y compulsivamente, a lo David Foster Wallace, poseído por el espíritu del Trinity College— no admite discusión. (Esto último es mentira: Bruno [Andrés Gertrudix] es técnico de placas solares y en ningún momento dice nada que invite a pensar en fanatismo bibliófilo. Cabe mencionar, si acaso, su pintoresca visión de la meteorología. ¿Qué lugar sino Dublín, principal destino turístico de los que buscan sol, donde por cada rayo que incide en la superficie se cuentan seis chaparrones, elegiría un ingeniero en Energía Solar para vivir unos meses y quién sabe si toda una media vida larga?)

    por Anónimo
    julio 31, 2014

    Crítica | El árbol magnético

    por Anónimo | julio 31, 2014
    Condenados, de Atom Egoyan

    El incierto porvenir

    crítica de Condenados | Devil’s Knot, Atom Egoyan, 2013

    La cobertura mediática que actualmente se lleva a cabo sobre los más trágicos y escabrosos sucesos de nuestra chismosa sociedad, es el resultado de un interés atávico y malsano por las desgracias ajenas. El ser humano, morbosamente entrometido e indiscreto por naturaleza, ha buscado saciar esa curiosidad obsesiva hacia el dolor por medio de, no sólo el simple conocimiento de los trágicos hechos —horrible enfermedad, crimen espantoso, brutal venganza—, sino también de las reacciones y la forma de afrontar el período de duelo experimentado por los seres allegados a la víctima. Thomas De Quincey lo denominó como El asesinato considerado como una de las bellas artes (On Murder Considered as one of the Fine Arts, 1827), y su oscura temática ha estado presente en nuestra sociedad desde que el arte es considerado como tal —desde el clasicismo mitológico de Miguel Angel y su Pietá, hasta las tétricas pinturas de Caravaggio, pasando por los oscuros versos románticos de Rubén Darío—. Pero lo que antes era una representación profunda, fundamentada y estéticamente sublime del dolor, hoy no es más que un circo hediondo que se lucra de las peores desgracias por medio del embrutecimiento cultural. Casos como el de los crímenes de Alcácer, Madeleine McCann o West Memphis Three, en el que se basa Condenados (Devil’s Knot), son fieles representantes de esta degeneración demagógica que no hace más que exaltar la ira del pueblo por medio de falsas acusaciones y ningún tipo de documentación.

    Atom Egoyan se olvida de las cuatro etapas restantes del duelo descritas por la doctora Elisabeth Kübler-Ross, para centrarse en esa segunda (ira) como motor principal de su película. Para ello, el armenio nacionalizado canadiense, nos traslada a la “redneck” América con el objetivo de relatar los hechos sucedidos en un pequeño pueblo de Arkansas en 1993, donde 3 niños fueron asesinados, y torturados a manos de tres adolescentes —supuestamente—. La cinta sorprende por el ingenuo y redundante punto de vista escogido por un director que normalmente gusta de buscar nuevas formas de expresión, focalizando sus historias en aquellos que han renunciado a su identidad para encontrar la verdad existencial, incluso en esas ocasiones en las que la propia verdad es la que miente (Where the Thruth Lies, 2005). Un realizador cuya perspectiva hermética y distante siempre había buscado la originalidad, la controversia en los temas tabú y el naturalismo de unos personajes con una vida marcada por el sufrimiento resultante del inexorable egoísmo del ser humano, como el mostrado en La vida en video (Family Viewing, 1987). Coincidiendo con su primera producción estadounidense, presenta ahora un ejercicio banal, condescendiente y narrativamente mediocre que recurre a los clichés sentimentaloides como medio para llegar a un público fácilmente engañadizo.

    por Alberto Sáez Villarino
    junio 17, 2014

    Crítica | Condenados

    por Alberto Sáez Villarino | junio 17, 2014

    La bomba de relojería social

    crítica de Luton | Michalis Konstantatos, 2013

    En paralelo a la brutal crisis que golpea Grecia se ha ido creando un cine diferente en cuyo núcleo subyace el hartazgo y la desesperación de una sociedad desestructurada que se tambalea. Cine de visionado difícil, que juega con los límites soportables por el espectador y los estira hasta producir un cúmulo de imágenes y situaciones incómodas que en su conjunto trasmiten un mensaje crítico. Estamos hablando de películas como Canino, de Yorgos Lanthimos, o Boy Eating the Bird’s Food, de Ektoras Lygizos. Puede que la conclusión a la que llega Luton, la primera película de Michalis Konstantatos, se presente de modo mucho más latente y directo tras el visionado completo de la cinta, pero su desarrollo argumentativo sigue los mismos patrones presentes en este nuevo cine griego.

    Luton está construida en dos partes diferentes a distintos niveles pero que no se entienden una sin la otra. Durante la mayor parte del filme, que se correspondería con la primera parte de este díptico, Konstantatos nos muestra a la sociedad filtrada a través de los tres personajes protagonistas en apariencia independientes, a los que se acerca de distintas maneras: ya sea desde el plano fijo que dilata el tiempo hasta hacerlo insoportable, como en el post-cumpleaños de Makis, un cincuentón abatido por el tedio a quien su mujer solo es capaz de regalarle un polvo rápido mientras retira la mesa; o a través de un zoom imposible que acaba por meterse literalmente entre el beso de Jimmy, un adolescente aburrido de la vida sin ningún tipo de aliciente, y su nuevo ligue de instituto; o bien desde un punto de vista más cercano y pegado al personaje, como cuando Mary, una treintañera con problemas para establecer una relación sana con todo lo que le rodea, consigue su momento más íntimo en el probador de una tienda de ropa interior. Sea cual sea la elección del director para acercarse a su trío protagonista, hay dos elementos en común: un ensañamiento en la escena y una cierta ridiculización del personaje y la situación. Ensañamiento porque Konstantatos nos obliga a mirar más allá de donde quisiéramos (de ahí la incomodidad que puede provocar Luton en el espectador). Ridiculización porque esta ausencia de límites se explora en algunos de los momentos más bajos y rutinarios de la vida de sus protagonistas. El director griego trata de convencernos de que la verdadera violencia subyace en la cotidianeidad de una sociedad enferma en la que germina el odio más primario. Parece que la única forma de darnos cuenta de ello sea obligarnos a apartar la mirada de una realidad insoportable para poder conocer su existencia.

    De este modo, Luton se va construyendo desde la extrañeza, el hastío y, hasta cierto punto, el fastidio del espectador. ¿No es, al fin y al cabo, una buena definición de cómo nos encontramos ahora? Los primeros de minutos de la película se construyen como el reflejo de la sensación de los protagonistas y, por extensión, de su entorno. Pero justo cuando el tono de la película está empezando a trillarse, Luton explota y su onda expansiva resulta demoledora (lo que se correspondería con la segunda parte del filme). Al igual que el huevo con la yema rota que ilustra a la película en su cartel, los tres personajes confluyen y revientan en una catarsis violenta a ritmo de planos incisivos y un montaje rápido que rompe con la estructura anterior. Makis, Jimmy y Mary se desprenden de su rutina para dar rienda suelta a sus instintos y señalar a los supuestos culpables de sus desgracias. Es en este momento cuando la película cobra significado y se coloca en un nivel mucho más crítico y analítico del que a priori se podría pensar. Konstantatos logra mostrar como el germen del estallido social se encuentra en el día a día de la persona de a pie y logra que esta idea traspase la propia trama y se instale en la forma de la cinta. Sin duda, Luton es una película que requiere de varios visionados para entender hasta dónde puede llegar el nivel de detalle y de precisión formal y temática que encierra la propuesta de Konstantatos. Y es por ello que la reflexión final que nos deja no es otra que la del miedo a nosotros mismos. El viaje desde el comentario políticamente incorrecto a media voz y en privado a la acción violenta y primaria puede que sea mucho más corto de lo que nos pensamos: del mismo modo que la mecha va prendiendo poco a poco a través de escenas largas con planos estáticos casi interminables, puede que estemos ante una sociedad cuya tranquilidad cotidiana encierra una verdadera bomba de relojería. | ★★★★★ |

    Víctor Blanes Picó
    redacción Barcelona

    2013, Grecia, Luton. Dirección: Michalis Konstantatos. Guión: Michalis Konstantatos, Stelios Likouresis. Reparto: Nicholas Vlachakis, Eleftheria Komi, Christos Sapountzis. Productora: Horsefly Productions / Faliro House Productions / Greek Film Center. Fotografía: Yiannis Fotou. Presentación Oficial: San Sebastián 2013.

    por EAM
    junio 12, 2014

    Crítica | Luton, de Michalis Konstantatos

    por EAM | junio 12, 2014
    Un toque de violencia | Tian Zhu Ding (天注定), Jia Zhangke, 2013

    A cuchilladas con la China contemporánea

    crítica de Un toque de violencia | Tian Zhu Ding (天注定), Jia Zhangke, 2013

    China ha superado, en este 2014, a Estados Unidos como primera potencia económica mundial. El gigante asiático ha desplegado sus alas. El mundo tiembla. Se mira a China con miedo, eso que algunos confunden con el respeto. Mientras Europa y Estados Unidos lidian con una economía que ha hecho estragos su supremacía, China ha mantenido sus niveles de crecimiento. Lógicamente, no todo es color de rosa, este poder económico, por desgracia, no viene acompañado de una mejora en la calidad de vida de sus habitantes. Es más, con la progresión han eclosionado otro tipo de problemáticas sociales casi ausentes hasta ahora. La desigualdad económica, antiguamente reducida, se ha hecho visible para la mayoría de la población. Antes apenas había diferencia entre los trabajadores urbanos y los rurales, en la actualidad los primeros triplican en ingresos a los segundos. Hay más datos que avalan la divergencia. Por ejemplo, el país que más adinerados coloca cada año en la lista de los más ricos del mundo es China. Esta cantinela viene acompañada de la corrupción. Van de la mano. Esta está in crescendo, o al menos se ha hecho más perceptible. Los esfuerzos del gobierno –con juicios sumarios a funcionarios públicos, incluida la condena a muerte del ministro de ferrocarriles– han sido infructuosos y han erosionado el poder del Partido Comunista. Casi nada queda en nuestros días del legado ideológico y las teorías de Mao. Desde la ascensión al poder de Deng Xiaoping –1976–, China se embarcó en un proceso de apertura y reformas que no ha tenido fin. El discurso de Mao Tse-Tung –bañado de masacres– resuena nostálgico en una generación que empieza a demostrar su inconformismo. A pesar de los esfuerzos del gobierno del PCCh por cubrir con un (es)tupido velo la disidencia, ésta se manifiesta, aprovechando los resquicios de tolerancia, de muchas formas. Incluso de la mano de artistas consagrados como el cineasta Jia Zhang Ke.

    por Anónimo
    junio 04, 2014

    Crítica | Un toque de violencia

    por Anónimo | junio 04, 2014
    Un largo viaje

    El ferrocarril de la muerte

    crítica de Un largo viaje | The Railway Man, Jonathan Teplitzky, 2013

    Corría el año 1942. Faltaba poco para el ecuador de la II Guerra mundial cuando Japón ocupó Birmania tras una imprevista victoria sobre los británicos. Se instauró un gobierno nacionalista encabezado por Ba Maw –mero títere de Japón y Tailandia– que pasó a ser aliado del Eje. El principal objetivo en esa zona era la construcción de un ferrocarril entre Tailandia y la capital birmana –Rangún–. Para la titánica empresa los nipones utilizaron a reos (no solo) británicos y chinos. Unos 400.000 prisioneros de guerra, pico y pala en mano, fueron empleados. El precio humano de la obra es incalculable, sobre todo una vez que la línea de ferrocarril alcanzó la inhóspita selva birmana. La bochornosa humedad, las infinitas jornadas de trabajo, la propagación de enfermedades, las plagas de insectos así como los barracones donde estaban hacinados componían las notas de una partitura que sonaba a pesadilla. Los índices de mortandad alcanzaron cotas pirenaicas. Aspectos que rinden honores al sobrenombre con el que fue bautizada la obra: “el ferrocarril de la muerte”. Las condiciones infrahumanas de trabajo se vieron, además, agravadas por las terribles torturas con las que eran castigados los presos. No eran extrañas las palizas, las ejecuciones sumarias o la reclusión, durante semanas, en estrechísimas jaulas de bambú. Las cifras oscilan entre los 200.000 y las 300.000 víctimas mortales. Este escalofriante dato convierte al ferrocarril de Birmania en el campo de concentración más grande de la II Guerra Mundial y el segundo con más víctimas, después de Auschwitz-Birkenau. El gran David Lean popularizó estos tenebrosos hechos con su magnífica El puente sobre el río Kwai (1957), galardonada en su día con siete premios de la Academia. Casi medio siglo después el director australiano, Jonathan Teplitzky, vuelve a desempolvar la barbarie con Un largo viaje (The Railway Man, 2013).

    Protagonizada por Colin Firth y la recauchutada Nicole Kidman. El guion hilvana la historia de un veterano británico de la II Guerra Mundial –Eric Lomax– incapaz de superar las traumáticas cicatrices mentales del conflicto. El eco de las torturas le persiguió allende de los lustros. Al punto que ni siquiera su pasión por los trenes mitiga la amargura. Una herencia a la que intentará poner fin cuando descubre que su torturador –Nagase Takeshi– sigue con vida. Un argumento respaldado por la legitimidad de haberse basado en hechos reales. Pasó por la pasada edición del Festival de San Sebastián sin pena ni gloria. Su acogida fue más bien negativa. Si se analiza fríamente el argumento solo se puede sacar la conclusión de que la cinta tenía todos los ingredientes para ser un pelotazo. Goza de los componentes necesarios para ser un gran éxito de público –a expensas de su improbable estreno en España–. Pero falla. La película no funciona. Es demasiado autoconsciente de su potencial emocional, el papel de Nicole Kidman –como esposa de Lomax– no aporta nada bueno al conjunto y su ambición por llegar a todo bicho viviente le resta verismo. Este último apunte es sin duda, para mí, la razón de su fiasco. El director comete un error “mortal” con la naturaleza del relato, al hilar una obra depurada, correcta, académica cuando lo que imploraba el libreto que tenía entre manos era perversión, brutalidad y decadencia. La vida de Lomax resulta inverosímil, por más que al principio y al final se haga oportuno énfasis en sus bases factuales. Resulta difícil de creer. Sobre todo si a base de elegantes pero inoportunas elipsis te comes la barbarie, el salvajismo que justifica el estado mental del protagonista. Muchos criticaron a la ganadora del Oscar a la mejor película Doce años de esclavitud (2013) por lo opuesto. Ni tanto ni tan poco. Ni por exceso ni por defecto. Decía Aristóteles que la virtud se encontraba el término medio. Pues eso. Máxime si tratas de compensar la balanza abusando de una música empalagosamente dramática. La crudeza está en la realidad diaria, es auténtica. Un traspié prescindir de ella.

    por Anónimo
    mayo 27, 2014

    Crítica | Un largo viaje

    por Anónimo | mayo 27, 2014
    El extraordinario viaje de T.S. Spivet

    La magia de manual de Jean-Pierre Jeunet

    crítica de El extraordinario viaje de T.S. Spivet |
    L'extravagant voyage du jeune et prodigieux T. S. Spivet, de Jean-Pierre Jeunet, 2013

    Jean-Pierre Jeunet tuvo su momento, eso es innegable. A todos nos fascinaron sus trabajos con Marc Caro, Delicatessen (1991) y La isla de los niños perdidos (La cité des enfants perdus, 1995), delicias audiovisuales con las que ambos directores crearon escuela. Cuando Jeunet emprendió su carrera en solitario, algunos defendimos Alien Resurrección (Alien Resurrection, 1997) con fervor, al entender que se trataba de la más festiva de la saga y que, aunque no era tan buena como las dos primeras entregas, sí que resultaba mucho más estimulante que la tercera dirigida por David Fincher. Muchos nos dejamos arrastrar en su momento por la fiebre de Amelie (Le fabuleux destin d'Amélie Poulain, 2001)… pero la sobreexposición de Audrey Tatou y su cacareado (y publicitario) poso hizo que, de alguna manera, acabáramos hartos de Jeunet. O, mejor dicho, de lo que había quedado impregnado del estilo de Jeunet en el imaginario colectivo: los colorines, los montajes sonoros, los personajes rarunos… Tal fue el hartazgo que algunos pasamos de ver Largo domingo de noviazgo (Un long dimanche de fiançailles, 2004), quizá de manera algo injusta. Y nos dio una pereza absoluta darle una oportunidad a Micmacs (Micmacs à tire-larigot, 2009). Ahora, tomando como base una novela de Reif Larsen titulada Las obras escogidas de T.S. Spivet (Seix Barral, 2010), Jeunet vuelve con la que se supone que es su mejor película en años, esa que le devolverá el prestigio perdido y que le redimirá de los traspiés críticos y comerciales que ha sufrido en los últimos años. Hablamos de El extraordinario viaje de T.S. Spivet, una película visualmente impecable, llena de bellos paisajes, de encuadres trabajadísimos y de una utilización de las tres dimensiones como se supone que nunca antes se ha visto (gracias al uso de las cámaras recién estrenadas Arri Alexa M 3D).

    por Unknown
    mayo 12, 2014

    Crítica | El extraordinario viaje de T.S. Spivet

    por Unknown | mayo 12, 2014
    Family Tour

    La familia, esa gran desconocida

    crítica de Family Tour, de Liliana Torres, 2013

    Liliana Torres comparte con Mar Coll varios aspectos. Por un lado, ambas son catalanas y compañeras de promoción de la ESCAC, esa escuela que tantas alegrías nos está dando y que se ha convertido en un sello de calidad. De Mar Coll conocemos su gusto por las historias familiares y los lazos que nos unen y nos alejan en las relaciones cotidianas con los «nuestros», como pudimos ver en Tres dies amb la familia. Desde una visión totalmente pesimista, triste, pero con un punto socarrón y con espacio para el humor más sutil, Coll siempre consigue penetrar en la esencia de las relaciones humanas (sobre todo en su última película, la infravalorada Tots volem el millor per a ella). De Liliana Torres descubrimos ahora que también se interesa por esta visión de la familia en su primer largo, Family Tour. La directora se acerca, al igual que Coll, con la voluntad de analizar los cimientos de la desafección familiar, los pequeños detalles que nos separan y, a la vez, nos obligan a permanecer juntos a aquellos que nos lo han dado todo. Family Tour nos propone un análisis sobre la distancia con nuestras raíces y lo difícil que es enfrentarse a ellas a través de la historia autobiográfica de su directora, afincada en México. Liliana vuela a España para pasar unos días con su familia durante los que su madre la obliga a visitar a todos sus familiares: tíos, sobrinos, primos, abuelos… Gente con la que nos une un vínculo establecido que nos obliga a crear un vínculo emocional.

    por EAM
    abril 16, 2014

    Crítica | Family Tour

    por EAM | abril 16, 2014
    9 meses... de condena

    Lío embarazoso

    crítica de 9 meses… de condena | 9 mois ferme, de Albert Dupontel, 2013

    En la reciente ceremonia de los César, la comidilla parecía ser la presencia (o falta de ella) de Julie Gayet. La actriz francesa, nominada entonces por su papel secundario en Quai d’Orsay (Bertrand Tavernier, 2013), ha venido copando las portadas de la prensa más o menos sensacionalista en los últimos meses por su lío de faldas con el presidente de la república gala. Pero, desafortunadamente, este tema, aún sin menospreciar su pertinencia y trascendencia, ofuscó un tanto la calidad de las demás películas que concurrían a la gala anual de la cinematografía de nuestro país vecino. E incluso había presencias en ella más ilustres que la de la amante del mandatario, como las de Quentin Tarantino o Scarlett Johansson, nada menos. Algo que seguramente ha llenado de envidia a la organización de los Goya, la ceremonia equivalente dentro de nuestras fronteras… Pero volviendo al apartado de los filmes nominados, como decíamos la calidad era alta, pues al margen de la propia cinta de Tavernier estaban representadas (y fueron galardonadas) propuestas triunfantes en Cannes como La vida de Adèle (La vie d’Adèle, Abdellatif Kechiche, 2013), El desconocido del lago (L’inconnu du lac, Alain Guiraudie, 2013) o Guillaume y los chicos, ¡A la mesa! (Les garçons et Guillaume, à table!, Guillaume Gallienne, 2013). Y también 9 mois ferme (2013), presentada no en la Croisette sino en San Sebastián, festival que también queda a la sombra de su homólogo de la Costa Azul, pero que, en esta ocasión, se apunta un gran tanto al proyectar una cinta tan notable como la de Dupontel.

    Éste es también autor del guion, justamente premiado en los citados César, y coprotagonista junto a Sandrine Kiberlain, igualmente premiada allí y con igual justicia. Y es que ésta última encarna precisamente a una jueza, de nombre Ariane Felder. Hablamos para más señas de una mujer en apariencia estricta e inflexible, pero que bajo los efectos del alcohol da rienda suelta a su naturaleza más irreflexiva y desinhibida. Concretamente, la trama se inicia con los sucesos de una nochevieja en la que la aludida magistrada se enrolla con un delincuente en la calle, después de emborracharse en la fiesta de rigor. Luego damos un salto en el tiempo de seis meses y descubrimos que está embarazada, estado que le cuesta poco rastrear a esa noche fatídica. Atributo justificado porque ella vive orgullosamente sin familia y en solitario, inmersa en sus expedientes y sus sentencias, por lo que la noticia le trastorna por completo sus planes de carrera y bienestar… Impedimento que será acentuado por la entrada en escena del supuesto padre, un tal Bob Nolan, acusado ahora de un crimen tan horrendo como inverosímil, que se refugiará en el apartamento de la jueza para pedirle resguardo humanitario y ayuda legal. Sin desvelar más acontecimientos, cabe añadir que este hecho supondrá un evidente conflicto de intereses para la protagonista, debatiéndose entre su futuro profesional y el maternal, encaminando sus peripecias hacia un desenlace que pueda unir estos dos frentes abiertos de la narrativa.

    por Ignacio Navarro
    abril 09, 2014

    Crítica | 9 meses... de condena

    por Ignacio Navarro | abril 09, 2014
    Enemy, de Denis Villeneuve

    Modelo psicofractal

    crítica de Enemy, de Denis Villeneuve, 2013

    A veces no me reconozco en mí. De cuando en cuando me descubro a mí mismo interrogándome a horas intempestivas. Sólo así, con esos tenaces dimes y diretes, con esa búsqueda mortífera de palabras, reafirmo yo al Otro. O sea a mi doble. Me cuestiono, luego existo. O quizá no. Nada se puede dar por supuesto, porque todo es nadar en supuestos. ¿Y si le dijera que es usted una mentira duplicada? Como lo lee. Como yo, por supuesto. Claro que no es personal. En serio, sí. No una verdad multiplicada, no, pues las verdades auténticas no suelen admitir copias. Sino lo que se dice una imagen corrupta, un eco reverberando en las paredes de un tórax cada vez más minúsculo y más bien fláccido donde, ay, empieza el diafragma. Como si única y fatídicamente inspiraras y espiraras para reducirte un poco más dentro de ti mismo. De tal forma que escribir "ainss" se traduzca de facto no ya en una reducción neuronal cuantitativa sino físicamente alarmante. Por ello, prueben a suspirar sólo y solos ante la hecatombe. Y si por algún casual se enfrentan al terror de verse a sí mismos deambulando por la Gran Vía de su moderna existencia, huyan calle abajo o bajo las sábanas hasta que su doppel esté tan lejos que devenga zafio déjà vu existencial. Tú, hecho una mandrágora, desnudo sin saber por qué y más solitario que la una —conociendo, o no, los excéntricos porqués— un viernes con cara de lunes, aparecido en el ángulo imposible de cualquier cama (la tuya, ¿no la reconoces?). Un vértice que te sitúa al filo y a setenta y seis centímetros insalvables de un suelo con perilla, que asciende a flashes hacia ti pidiéndote un último mimo aterciopelado. Que seguidamente te obliga a estornudar, pues tú tienes alergia al polvo y él/ella no se aspira desde hace algún tiempo. Y sí, ni duermes ni quieres soñar. La última vez fue hace una secuencia rebobinada, mientras te proyectabas consciente —por aquello de la (de)cadencia— y en segundo plano en el lobby de un lujoso hotel, vestido con un humillante sombrero de botones y con la sonrisa característica de quien ambiciona ser algo más que un secundario en una industria casi marginal, o de medio pelo. Y no, ya no es posible dormir. ¿Quién eres? ¿Quién es él? ¿Soy yo?, te preguntas. Y sí, tu novia se ha ido e intuyes no dormirás mucho, porque ahora los sueños son navajas cuyo filo transmite la enfermedad. Y sí, aturde. Es cine. Incluso historia a propósito del rumor incesante que ordena a gritos el reseteo de la especie en su expresión lógicamente finita. Que caduca ya. O, si me permiten el giro, ya caduca. Y pasa. Está pasando aquí y ahora, frente al público que no sabe si mirar o aburrirse con bostezos o suspirar por dos rubias y un barbudo. Perdón: dos barbudos. O, más sórdido aún, uno que vale por dos. Ya me entienden. Una copia cuyo ¿original?, ups, se traspapeló por razones tan esotéricas como la acidez de estómago tras aquella visita al Burger. Y sigo y sumo: ¿y si ese señor o esa señora que le sonríe desde el "lado" interior del espejo que supuestamente refleja la imagen genuina de un/ su yo al fin y al cabo nada genuino, no es usted en realidad? Vaya. Y cuanto más lo pienso, más nítida se vuelve mi certeza: el mito del Doppelgänger es un puzle para narcisistas/ paranoicos/ terroristas-emotivamente-celosos-de-su-soledad. Tan es así, que en su extrañeza se antoja sendero con múltiples puntos de fuga a seguir únicamente con ropa Gore-tex. Que disimule el pánico y, también, su propia carne. El sudor ineludible y el permanente desasosiego tras una cortina que jamás debió ser rasgada, ni siquiera entreabierta al ojo frugal del espectador que padece no sólo el sinvivir de una media vida sino el pandemónium de sentirse intrigado por esa otra entidad con moto Yamaha de 250cc y mujer y bebé "en camino" y tal vez un secreto inconfesable. Aquí, la insatisfacción de correr sin meta en el horizonte y, sin embargo, gracias a la intriga creciente que provoca el descubrimiento de ese profesor de Historia que se encuentra a sí mismo como actor secundario en una película que, curiosamente, le han recomendado quizá con la vaga intención de que le anime a cambiar ese rictus entre melancólico y aturdido, de silente propenso a la catalepsia reflexiva. El próximo obituario por ahorcamiento en el Toronto Sun.

    por Anónimo
    marzo 26, 2014

    Crítica | Enemy

    por Anónimo | marzo 26, 2014

    Más allá de Rock Hudson

    crítica de Dallas Buyers Club, Jean-Marc Vallée, 2013

    En el ecuador de los ochenta Rock Hudson anunció que tenía SIDA y se dispararon las especulaciones. En esa época la enfermedad se acababa de descubrir y era todavía marginal, no sólo por su desconocimiento sino porque se asociaba a una homosexualidad socialmente oprimida. El caso de Rock Hudson contribuyó a darle más visibilidad y a acelerar las investigaciones, pero ello no impidió que el actor falleciese meses después. Conocido sobre todo por sus intempestivos melodramas dirigidos por Douglas Sirk y sus comedias románticas coprotagonizadas con Doris Day, interpretando en ellos papeles de galán ocasionalmente ingenuo pero siempre apuesto y vigoroso, Hudson debía entonces sufrir cierta relectura de su época dorada en la gran pantalla. Para bien y para mal. Esta evocación sirve por lo demás para compararla con el caso de Matthew McConaughey, curiosamente también conocido antaño por su presencia en películas coloridas y sentimentales, aunque entonces (hace una década) ya se llamaban “romcoms” y habían perdido su tradicional gracia. Digo pues “antaño”, no porque hayan pasado muchos años, sino por lo drástico de la transformación que ha experimentado la carrera interpretativa de McConaughey… Casi tan drástica como la transformación física por la que ha pasado para meterse en la piel del protagonista de Dallas Buyers Club.

    Hablamos de Ron Woodroof, un electricista tejano diagnosticado con el VIH el mismo año que Rock Hudson, aunque en este caso las similitudes se detienen aquí. Woodroof era un anónimo trabajador mujeriego y homofóbico hasta que la noticia de su contagio dio un giro a su vida, alterando sus preocupaciones y principios. En aquel entonces el SIDA era marginal, sí, pero también letal, y si un personaje como Hudson no había podido curarse, ¿qué podía hacer un pobre diablo como Woodroof? Pues precisamente aquello que le estaba vedado al célebre actor: hacer contrabando con medicamentos aún no homologados en Estados Unidos y fundar un club privado en su provecho y en el de los demás necesitados que recurriesen a él. Una actividad ilegal que requería un desarrollo encubierto, en la clandestinidad, aunque el volumen de mercancía, dinero y clientes que llegaría a mover esta empresa desembocó en una situación en la que la FDA ya no podía mirar hacia otro lado. Pero esta lucha de David contra Goliat era verosímil en una década oportunamente retratada en la película, sustituyendo su idealizado glamour por un marco de triquiñuelas y desfases que nos puede parecer más cercano. Y esta credibilidad trae causa sobre todo del laborioso trabajo de investigación que forma el esqueleto del guion de Borten y Wallack.

    por Ignacio Navarro
    enero 28, 2014

    Crítica | Dallas Buyers Club

    por Ignacio Navarro | enero 28, 2014
    Blue Heron
    PUBLICIDAD

    Estrenos

    Mostra de Valencia
    PUBLICIDAD

    Circuito

    Diputación
    PUBLICIDAD

    Plataformas

    Cap al cel
    Suscripción