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    Jean-Marc Vallée
    Jean-Marc Vallée

    De la rivalidad a la solidaridad femenina

    crítica ★★★★★ de Big Little Lies.

    HBO | EE.UU., 2017. 1 temporada / 7 episodios. Creador: David E. Kelley. Director: Jean-Marc Vallée. Guion: David E. Kelley. Fotografía: Yves Bélanger. Montaje: David Berman, Maxime Lahaie-Denis, Sylvain Lebel, Justin Lachance, Véronique Barbe y Jim Vega. Música: Susan Jacobs. Reparto: Reese Witherspoon, Nicole Kidman, Shailene Woodley, Alexander Skarsgård, Laura Dern, Zoë Kravitz, Adam Scott, James Tupper, Iain Armitage, Ivy George, Darby Camp, Chloe Coleman, Cameron Crovetti, Nicholas Crovetti, Santiago Cabrera, Jeffrey Nordling, Kelen Coleman, Kathryn Newton, Larry Bates, Kathreen Khavari, David Monahan y Larry Sullivan.

    El primer capítulo de Big Little Lies nos presenta la anodina existencia de cinco madres del norte de California, así como la de los hombres que forman parte —o no— de sus vidas y la de los acomodados hijos nacidos de tales lazos. La cuidada fotografía de Yves Bélanger y la reposada música de Susan Jacobs nos sumergen en un universo apacible, de forma que nos dejamos envolver por el aroma del mar y sentimos la brisa acariciar nuestra piel. Pero la paz dura poco, porque un acontecimiento de apariencia banal, una simple rencilla escolar, pone patas arriba el espejismo idílico que la suma de los elegantes parajes burgueses californianos y la mimada puesta en escena nos ha hecho experimentar, aunque sólo fuera por unos minutos, como un regalo con ticket de forzada devolución. Así, una acusación exenta de pruebas apoyada por esa mentira de que «los niños siempre dicen la verdad» lastra de golpe y porrazo las esperanzas de los recién llegados —Jane y su hijo Ziggy Chapman, o sea, la cada vez más popular Shailene Woodley y el pequeño Iain Armitage— por empezar de cero, confirmando cuán difícil resulta rehuir el pasado. Sin demasiado convencimiento, la pequeña Annabella Klein (Ivy George) acusa al joven Ziggy de haberla atacado bajo la atenta mirada de su progenitora, la altiva Renata (Laura Dern), quien emprende entonces una cruzada en contra de la madre soltera y su aparentemente inocente hijo. Suerte que nada más llegar al pueblo estos habían hecho buenas migas con Madeline Martha Mackenzie (Reese Witherspoon), para quien toda excusa es buena para plantar cara a Renata, aun cuando haya de hacer uso de la popularidad de su propia hija Chloe (Darby Camp) para lograr sus propósitos (cuando se posee el dinero suficiente, tan fácil es organizar la mejor fiesta de cumpleaños imaginable como aguarla). El quinteto de madres se completa con la admirada Celeste Wright (Nicole Kidman), madre de los gemelos Josh y Max (Cameron y Nicholas Crovetti), y la nueva pareja del exmarido de Madeline, Bonnie Carlson (Zoe Kravitz), madre a su vez de Skye (Chloe Coleman). Entre mujeres y niños —sí, el sector de la sociedad al que anticuadamente se insta a poner a salvo primero en casos de emergencia— se fragua el conflicto, con los hombres sirviendo de inútiles complementos cuando no constituyen ellos mismos el problema.

    Presentada de este modo, la trama (o, mejor dicho, la suma de subtramas) puede antojarse espinosa, pero lo cierto es que los numerosos personajes son introducidos con suma elegancia por el guion de David E. Kelley, quien, manteniéndose fiel a la novela de Liane Moriarty, aprovecha las siete horas que le granjea la miniserie para sumir al espectador en los universos particulares de las cinco mujeres involucradas, de modo que, al término del primer capítulo, ya sintamos un fuerte aprecio por todas y cada una de ellas, así como máxima curiosidad por sus prometedores secretos. Además, la intriga es amplificada por la “crónica de una muerte anunciada” que envuelve toda la obra, al presentarse esta como un flashback explicativo de un crimen que sólo conoceremos al final (¡y qué final!). Las rencillas de Madeline y compañía se alternan así con las declaraciones de los testigos, presentadas en forma de pequeñas cápsulas que, más que aportar información, dotan a la serie de un perenne carácter enigmático a la vez que la envuelven en ingeniosa hilaridad. Tal y como aprendimos con Mujeres desesperadas (2004-2012), nada hay más divertido y empático que las desventuras cotidianas del día a día de las mujeres burguesas, y eso es algo que guionista, director y reparto saben bien cómo explotar. De hecho, pese a la oscuridad que alberga, Big Little Lies jamás deja de lado el humor, presente especialmente en la lucha de egos entre Renata y Madeline, la cual resulta curiosa al recordar la relación materno-filial que unía hace nada a Dern y Witherspoon en Alma salvaje (2014), donde ambas fueron fantásticamente dirigidas —tanto, que renacieron de sus cenizas y optaron a sendos Oscars— por el canadiense Jean-Marc Vallée, quien, por deseo expreso de Witherspoon (que, al igual que Kidman, es productora del show) no es otro que el realizador de los siete episodios de la obra que nos ocupa. El que también es director de las aclamadas C.R.A.Z.Y. (2005) y Dallas Buyers Club (2013) abordó la miniserie como si de un largometraje se tratase, dedicando un día de rodaje por cada cuatro páginas de guion, lo que resulta clave del deslumbrante resultado obtenido a niveles tanto técnico como interpretativo.

    por Juan Roures
    junio 06, 2017

    Crítica | Big Little Lies

    por Juan Roures | junio 06, 2017
    Demolition

    Role Models

    crítica de Demolición (Demolition, Jean-Marc Vallée, Estados Unidos, 2015).

    Partiendo de una base nosográfica, alejada de todos los patrones de estigmatización y exclusión populares, una de las constantes preocupaciones comunes a todos los estudios e investigaciones psiquiátricas sobre el trastorno de estrés postraumático, es la de las reacciones disociativas del sujeto frente a su entorno. Esta pérdida de la noción de realidad y de la propia identidad suele manifestarse de manera metafórica en las representaciones cinematográficas que, con mayor o menor acierto, han abordado esta temática ya sea con fines comerciales, didácticos, terapéuticos o comunicativos, ofreciendo siempre una perspectiva alegórica de la ruptura psicosomática encarnada en catástrofes naturales, apariciones espectrales, un inminente apocalipsis o, como ocurre en el presente caso, un proceso de destrucción total o, por usar el término enunciativo del presente título fílmico: Demolición. Jean-Marc Vallée, un director que nunca se ha dejado seducir por la tradición mercantil propia del cine norteamericano, retoma las riendas de su característica autoría para elaborar otro alegato figurativo de la soledad del sufridor en un mundo que ya no le pertenece. Es la alienación del enfermo imaginario de Molière, con la diferencia de que Davis, al contrario del hipocondríaco señor Argán, no es consciente de su “falsa” afección, es más, trata de buscar una normalidad que, por momentos, resulta tan histérica como su comportamiento.

    La película comienza con el hecho desencadenante del proceso traumático originario, del que se nutrirá la cinta para configurar los mecanismos de cohesión entre acción y reacción por los que discurrirá la narración durante la totalidad del metraje. Un trágico accidente de tráfico —la similitud fonética da qué pensar… — mediante el cual el protagonista perderá a su esposa y entrará en esa fase de desligazón destructiva de todas las ataduras convencionales. La presentación del personaje resulta completamente categórica; un incidente incontrolable rompe con la dilatada rutina marital de una joven pareja y deja al marido en el abismo de la agónica depresión. No se aprecia nada anormal, dentro de ese estado de shock por la pérdida de un ser querido, que nos revele que algo extraordinario está todavía por llegar. Sin embargo, la entereza inicial de Davis, que achacamos a una imagen de empresario de éxito muy condicionado por las apariencias, comienza a desvelar una alteración del comportamiento mucho más delicada y compleja cuando atendemos a su reacción frente al fallo de una máquina expendedora. Será gracias a esa insólita actuación por lo que empezaremos a conocer en profundidad a Davis y su historia prefílmica por medio de una carta de reclamación, demasiado personal, a la compañía de la máquina que le ha estafado un dólar y cuarto. La primera parte de la narración se desarrollará de manera epistolar gracias a esas confidencias que el protagonista cuenta en su queja escrita. Desde ese momento, Vallée plantea un efectivo juego de enigmas y misterios que nos irá guiando, de una incógnita a otra, a través de las diferentes fases anímicas del personaje principal.

    Demolition

    «Entonces llega el montaje, en paralelo, de la violencia y el odio irracional, el despecho y la incomprensión que tanto han acompañado a Vallée a lo largo de su filmografía, y han torturado a sus personajes, aparecen ahora sin piedad para dejarnos mirando impotentes a la brutalidad de la vida. Al igual que los objetos, las personas que no “funcionan” correctamente tendrán que ser sometidas a un proceso de destrucción. Sólo así logra despertar el protagonista de su ensoñación pasajera».


    La palabra “deshijado” es un término, catalogado como en desuso por la Real Academia, que describe a una persona que ha sido privada de sus hijos. Es muy posible que el término se haya visto forzado a su desaparición a consecuencia de la presión popular, que establece que un acto tan “antinatural” como es la muerte de un hijo, no debería tener denominación. Por desgracia, la muerte es tan natural como recurrente y, pese a que Phil, el padre de la difunta Julia, se empeña en describir su dolor por medio de razonamientos demagógicos tan manidos como el de la ausencia de una palabra oficial para un hecho tan dramático, lo cierto es que la abstracción de Davis y su incapacidad para empatizar o responder con misericordia a la fachada de consternación parental, funciona como un duro golpe de cinismo a la hipocresía victimista del ciudadano respetable de la alta sociedad. Es una pena que esa audaz procacidad no se haya mantenido para la consolidación de un desenlace demasiado naif que, de algún modo, empaña la feroz verosimilitud de un tortuoso relato con impostados apriorismos. A pesar de que no logra redondear la gesta por completo, es de agradecer el constante litigio ante temas como el nepotismo o la depredación laboral, siempre desde la óptica de honestidad escarmentada del protagonista quien, con ayuda de su maza, va derribando, uno a uno, cada cliché procedimental dentro de los abusos de poder y acosos jerárquicos a los que, por conveniencia o inmovilismo, hacemos la vista gorda; desde el jefe de la pequeña empresa que se beneficia de su posición para seducir a una empleada, hasta el suegro que, siendo el accionista mayoritario de una compañía multimillonaria, favorece impunemente el ascenso de su ojito derecho que, casualmente, resulta ser el marido de su hija. Entonces se produce una revelación que nos desconcierta, una confidencia susurrada en la pública intimidad de los asientos del metro a un completo desconocido que arroja más sombras sobre la incomprensible actitud de Davis. El amor es, como “deshijado”, un término en desuso o, cuando menos, una palabra cuyo significado ha ido perdiendo matices con el paso del tiempo hasta quedar prácticamente irreconocible. Y ahí es donde ahondará Vallée en esta segunda parte de metraje, en la que incidirá por completo en la metáfora primigenia de la destrucción / demolición.

    Una pérdida de agua en el frigorífico del protagonista supuso, de algún modo, el detonante que inició todo este ciclo de vida y muerte. Por ello, la frustración llevará a Davis a destrozar ese frigorífico para intentar llegar a la causa de su deficiencia. Así, todo cuanto rodea al personaje que muestra síntomas de un mal funcionamiento, será objetivo de la poderosa maza con la que éste intenta buscar soluciones por la vía de la destrucción. Ahora caemos en la cuenta de que ese síndrome postraumático que explicaba el comportamiento del protagonista, y que habíamos asumido como consecuencia de la muerte de su mujer, podría deberse, por otro lado, a la cercanía en ese mismo accidente, de su propia muerte. Para tratar de poner en orden las numerosas piezas de este rompecabezas, el director nos presenta una sub-historia de amor muy poco convencional. Gracias a este “no-romance”, Davis rememorará mediante flashbacks algunos de los episodios más significativos de su infancia y su matrimonio con el propósito de encontrar su nuevo yo, la persona que sobrevivió casi milagrosamente a ese accidente y que no consigue encontrar un hueco donde encajar fuera de su mundo de destrucción. ¿La amaba o no la amaba? He ahí la verdadera cuestión. Lo que está claro es que el personaje a quien da vida un espléndido Jake Gyllenhaal parece ser la única persona del entorno de Julia incapaz de retomar la normalidad de su vida, algo que quedará muy bien ejemplificado gracias a la onírica metáfora con la que un médico le diagnostica una peculiar afección: “Le falta una parte de su corazón”. Pero ya conocemos a este realizador y, antes de que todo quede aclarado con sus clásicos giros de perspectiva, se verá obligado a exteriorizar ese desasosiego inherente a su estilo cinematográfico, a plantear la denuncia de toda esa hipocresía que, hasta el momento, se había mantenido en un plano mucho más semiótico que visceral. Entonces llega el montaje, en paralelo, de la violencia y el odio irracional, el despecho y la incomprensión que tanto han acompañado a Vallée a lo largo de su filmografía, y han torturado a sus personajes, aparecen ahora sin piedad para dejarnos mirando impotentes a la brutalidad de la vida. Al igual que los objetos, las personas que no “funcionan” correctamente tendrán que ser sometidas a un proceso de destrucción. Sólo así logra despertar el protagonista de su ensoñación pasajera, de su imaginaria enfermedad, y vuelve a tomar las riendas de su vida, aunque éstas sean las riendas de un caballo de carrusel. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Murcia-Dublín


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2015. Título original: Demolition. Director: Jean-Marc Vallée. Guion: Bryan Sipe. Fotografía: Yves Bélanger. Duración: 100 minutos. Productora: Fox Searchligth / Black Label Media / Mr. Mudd / Right of Way Films. Montaje: Jay M. Glen. Diseño de producción: John Paino. Diseño de vestuario: Leah Katznelson. Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Naomi Watts, Chris Cooper, Polly Draper, Wass Stevens, Judah Lewis, Stephen Badalamenti, Zariah Singletary, Alfredo Narciso, George J. Vezina, Helen Brackel, Ben Cole, Lytle Harper. Presentación oficial: Festival de Toronto 2015.

    Póster: Demolition
    por Alberto Sáez Villarino
    junio 27, 2016

    Crítica | Demolición

    por Alberto Sáez Villarino | junio 27, 2016
    Wild

    Salvajismo L’Oréal

    crítica de Alma salvaje (Wild, Jean-Marc Vallée, Estados Unidos, 2014) / ★★

    Cómo le gustan a Hollywood las historias de autodescubrimiento/autosuperación/auto-lo-que-sea. Nada mejor para arramblar con unos cuantos premios que un buen cuento sobre gente despreciable que aprende a ser mejor persona a través del viaje iniciático de rigor, cual si una historia de Paulo Coelho se tratase. Y si la historia de marras incluye conseguir que una bella actriz se preste a aparecer asilvestrada para demostrar que es algo más que una cara bonita, mejor que mejor. Todas y cada una de estas características las presenta Alma salvaje, la nueva película del director canadiense Jean-Marc Vallée, apenas un año después de descubrirnos que Matthew McConaughey podía ser un excelente actor de la mano de Dallas Buyers Club. Desconozco el material de partida de la película, ese libro autobiográfico de Cheryl Strayed que, al parecer, es relativamente popular en Estados Unidos. Tampoco conozco demasiado a la propia Cheryl Strayed —de hecho, no había oído hablar nunca de ella hasta la aparición de la película—, con lo cual no puedo hacerme una idea de lo buena o mala que es Alma salvaje como adaptación de la historia original, o de lo fidedigna que pueda ser a la vida de Strayed. Desde luego, si la muchacha es una milésima parte de lo insoportable que refleja la cinta, no parece precisamente alguien que me interese conocer. A lo largo de las poco menos de dos horas de su metraje, Alma salvaje retrata a una persona francamente odiosa, egoísta, inconsciente y de la que no me puedo explicar cómo puede seguir teniendo amigos o gente que se preocupe por ella. Todo parece partir de ser una pobre víctima de las circunstancias, claro. A través de diversos flashbacks, se nos va contando su infancia en un hogar desestructurado, con un padre maltratador y una madre (Laura Dern, la auténtica actriz sobresaliente de la película) que intentó hacer las cosas lo mejor posible, pero falleció de cáncer con apenas 45 años.

    Eso no explica, claro, el por qué Cheryl (Reese Witherspoon) es una auténtica imbécil —a falta de palabras más apropiadas y menos correctas que se me vienen a la cabeza—, que trae por el camino de la amargura a su marido Paul (Thomas Sadoski), un tipo que, a juzgar por lo poco que vemos de él, no tiene mayor falta que la de ser incapaz de mandar a freír espárragos a semejante desgraciada. Cheryl, que trabaja como camarera, se droga con todo lo que cae en sus manos, y se tira a todo bicho viviente que se le acerca, hasta el punto de quedarse embarazada sin saber quién es el padre. Comprensiblemente, acaban divorciándose, cosa que por supuesto también la afecta psicológicamente. ¡Oh, pobrecita Cheryl! ¡Nadie la entiende! Por supuesto, porque incluso después de ser aborrecible, egoísta y estúpida sigue teniendo amigos que se preocupan por ella (¿la asociación de masoquistas del barrio, tal vez?), nuestra inefable protagonista decide que la mejor manera de purgar sus pecados y replantearse su vida es irse a recorrer los más de 4.000 kilómetros del Pacific Crest Trail ella sola, armada con un mochilón de 40 kilos y una inutilidad en el tema del senderismo que probablemente mataría a cualquiera antes de haber recorrido los primeros 50 km (en los primeros compases de su aventura se nos muestra cómo es incapaz de encender correctamente un camping-gas… eso por no hablar de la primera escena de la película, y lo que la muy espabilada hace con las botas de montaña). Por supuesto, al final de su viaje, Cheryl no sólo habrá aprendido a valerse por sí misma, sino a aceptar las cosas que no puede cambiar, redimir sus fallos y ser feliz para siempre.

    por Unknown
    enero 17, 2015

    Crítica | Alma salvaje

    por Unknown | enero 17, 2015

    Senderos recorridos

    Crónica de la quinta jornada del Festival de Toronto 2014

    Jornada centrada, principalmente, en películas que toman como referencia casos reales para contar sus historias. Wild, Escobar y Rosewater, cada una a su modo, nos han mostrado la cara (y sufrimientos) de un personaje real. Wild, la de Cheryl Strayed; una joven que en 1995 viajó durante más de 1.000 millas (1609,34 Km) a lo largo de la costa del Pacífico en una andadura de redención que la llevaría a publicar un libro con sus vivencias. Escobar, la del narcotraficante colombiano, aquí transformado en villano, en una aventura de acción dirigida con solvencia pero con muchas licencias dramáticas; y, Rosewater, la del periodista iraní Maziar Bahari, arrestado hace años por el gobierno de su país cuando Jon Stewart le sacó en su programa en el 2009, en el contexto político de las protestas por el resultado de las elecciones en el país persa.

    Junto a estas tres propuestas, la de Liv Ullmann, Miss Julie, la más valiente, estimulante y extrema del día. En este diluvio de filmes se demuestra la triste homogeneidad de todos los trabajos presentados. Un alto porcentaje resultan inofensivos y poco arriesgados, con lo que vas buscando algo diferente: un cineasta que se atreva con lo que otros no hacen, y esta Miss Julie es algo que pocos harían tal como lo ha hecho Ullmann. Wild, por su parte, sí es una película más inmediata, que llegará al público muy fácilmente y que se colará en la carrera de premios con otros como Foxcatcher o The Theory of Everything. Las cintas más oscarizables de todo el TIFF. También nos damos cuenta, conforme pasan los días, de cómo avanza la dinámica en el Festival. La fiesta para los ciudadanos de Toronto es el primer fin de semana, cuando se permiten cerrar King Street, la arteria principal urbana, prerrogativa que dura apenas un par de días. El lunes 8 de Septiembre, la carretera vuelve a estar abierta para el tráfico, y el movimiento peatonal disminuye, la gente vuelve al trabajo y la celebración se calma. Así resulta más fácil entrar en las premieres a través de rush lines, siempre que se llegue a tiempo. Colas en las que, por cierto, los torontonianos se interrelacionan muchísimo, haciendo gala de esa extroversión que no se diferencia en nada de la de los estadounidenses. Toronto posee, como ya he dicho, una organización mucho más desenfadada y su certamen es un buen reflejo del carácter de la ciudad.

    por Unknown
    septiembre 09, 2014

    Toronto 2014 | Día 5. Críticas: 'Wild', 'Rosewater' & 'Escobar: Paradise Lost'

    por Unknown | septiembre 09, 2014

    Más allá de Rock Hudson

    crítica de Dallas Buyers Club, Jean-Marc Vallée, 2013

    En el ecuador de los ochenta Rock Hudson anunció que tenía SIDA y se dispararon las especulaciones. En esa época la enfermedad se acababa de descubrir y era todavía marginal, no sólo por su desconocimiento sino porque se asociaba a una homosexualidad socialmente oprimida. El caso de Rock Hudson contribuyó a darle más visibilidad y a acelerar las investigaciones, pero ello no impidió que el actor falleciese meses después. Conocido sobre todo por sus intempestivos melodramas dirigidos por Douglas Sirk y sus comedias románticas coprotagonizadas con Doris Day, interpretando en ellos papeles de galán ocasionalmente ingenuo pero siempre apuesto y vigoroso, Hudson debía entonces sufrir cierta relectura de su época dorada en la gran pantalla. Para bien y para mal. Esta evocación sirve por lo demás para compararla con el caso de Matthew McConaughey, curiosamente también conocido antaño por su presencia en películas coloridas y sentimentales, aunque entonces (hace una década) ya se llamaban “romcoms” y habían perdido su tradicional gracia. Digo pues “antaño”, no porque hayan pasado muchos años, sino por lo drástico de la transformación que ha experimentado la carrera interpretativa de McConaughey… Casi tan drástica como la transformación física por la que ha pasado para meterse en la piel del protagonista de Dallas Buyers Club.

    Hablamos de Ron Woodroof, un electricista tejano diagnosticado con el VIH el mismo año que Rock Hudson, aunque en este caso las similitudes se detienen aquí. Woodroof era un anónimo trabajador mujeriego y homofóbico hasta que la noticia de su contagio dio un giro a su vida, alterando sus preocupaciones y principios. En aquel entonces el SIDA era marginal, sí, pero también letal, y si un personaje como Hudson no había podido curarse, ¿qué podía hacer un pobre diablo como Woodroof? Pues precisamente aquello que le estaba vedado al célebre actor: hacer contrabando con medicamentos aún no homologados en Estados Unidos y fundar un club privado en su provecho y en el de los demás necesitados que recurriesen a él. Una actividad ilegal que requería un desarrollo encubierto, en la clandestinidad, aunque el volumen de mercancía, dinero y clientes que llegaría a mover esta empresa desembocó en una situación en la que la FDA ya no podía mirar hacia otro lado. Pero esta lucha de David contra Goliat era verosímil en una década oportunamente retratada en la película, sustituyendo su idealizado glamour por un marco de triquiñuelas y desfases que nos puede parecer más cercano. Y esta credibilidad trae causa sobre todo del laborioso trabajo de investigación que forma el esqueleto del guion de Borten y Wallack.

    por Ignacio Navarro
    enero 28, 2014

    Crítica | Dallas Buyers Club

    por Ignacio Navarro | enero 28, 2014
    Café de flore

    AMOR MÁS ALLÁ DEL TIEMPO Y EL ESPACIO

    crítica de Café de flore | Jean-Marc Vallée, 2011

    ¿Hay algo después de la muerte? ¿Acaba realmente nuestro periplo en La Tierra cuando morimos o es posible la reencarnación? ¿Qué hay de cierto en el término “vidas anteriores”? ¿Existen realmente las almas gemelas? Desde que el mundo es mundo, el hombre se ha planteado estas preguntas –y muchas más–, que han despertado todo tipo de teorías que rompen las normas de la lógica para adentrarse en los terrenos de lo paranormal. Se trata, sin duda, de un tema apasionante que ha servido de base para multitud de películas de diversa índole, todas enmarcadas dentro del género fantástico. En 1999, M. Night Shyamalan irrumpió con fuerza en Hollywood con la sorprendente El sexto sentido, en la que se mostraba con naturalidad la presencia de los espíritus de las personas fallecidas entre nosotros. Incluso un maestro de la talla de Clint Eastwood ha reflexionado sobre lo que puede haber al final del túnel en su irregular Más allá de la vida (2010). En ocasiones, sin embargo, algunos títulos han optado por una ambigüedad para no caer expresamente en la fantasía, dejando en el aire la verdadera naturaleza del misterio y encontrando respuestas más terrenales al mismo. Es el caso de la notable Reencarnación (2004), donde una espléndida Nicole Kidman se obsesionaba con la idea de que su difunto marido pudiera estar reencarnado en un niño. En esta liga jugaría también Café de flore (2011), la cuarta película del canadiense Jean-Marc Vallée, un realizador que había alcanzado su mayor éxito crítico y comercial con C.R.A.Z.Y. (2005). Tras el triunfo de ésta en Toronto –mejor película canadiense–, Gijón –director, guión y dirección artística– y los Genie –mejor película canadiense–, Vallée continuó su carrera con uno de esos dramas de época tan impecables como poco originales, La reina Victoria (2009), que se hizo con el Oscar al mejor vestuario. Con Café de flore, el director ofrece su trabajo más personal y ambicioso hasta la fecha, cuya idea original surgió de una conocida canción de Matthew Herbert de idéntico título. Oír esta melodía a todas horas, inspiró a Vallée las diferentes historias de amor de la cinta, a las que supo unir a través del tiempo y el espacio mediante unos lazos místicos muy especiales.

    por José Martín León
    junio 24, 2013

    Crítica | Café de flore

    por José Martín León | junio 24, 2013

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