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    El malvado Zaroff (Ernest B. Schoedsack, 1932)

    FAY WRAY ENTRE LA JUNGLA

    El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, Ernest B. Schoedsack e Irving Pichel, 1932).

    El primer lustro de los años 30 del siglo pasado fue generoso en películas de terror con el cine norteamericano. Estados Unidos acababa de sufrir el crack del 29, la gran debacle económica del gigante, King Kong derribado desde su alta torre, y el cine mostraba la situación en la que se encontraban los ciudadanos y la sociedad en la que vivían. Monstruos ficticios que reflejaban horrores reales. Una pantalla espectral que alojaba entre sombras expresionistas los miedos que todos dejaban por un momento en las salas de cine liberando así sus vidas de pesar. Por supuesto no fue solo el cine de terror el que reflejó la grave crisis sufrida: el cine de gángsters o, de manera especial y quizá la más virulenta, el cine musical también dejaron para nosotros clarísimas claves de ello. En verdad, cualquier película norteamericana de la época, sea cual sea el género al que se adscriba, reflejará, aunque sea de forma no premeditada, pistas sobre la sociedad en la que se gestó. Pero sí que algunos géneros fueron más explícitos en mostrar la realidad. Y, cómo no, fueron los géneros más alejados de ella los que mejor lo hicieron.

    De aquellos años, cualquier amante del cine recordará las películas de terror de la productora Universal como obras de arte míticas y de profundo calado en la imaginería popular: Drácula, Frankenstein, el hombre lobo, la momia… Todos los monstruos que en el cine después nos han aterrado tuvieron allí su visión canónica (que no primera, pero sí la fundacional para un género: el Frankenstein de Searle Dawley es del año 1910, por poner un ejemplo, pero no creó mucha escuela que digamos), refinada esta por el filtro de las obras maestras del expresionismo alemán. El éxito de las películas de la Universal llevó a otras productoras a atreverse con el cine de terror. Y así la modesta RKO produjo y realizó en el año 1932 la prodigiosa y siempre sorprendente El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game). La primera sorpresa de esta película genial es que no nos ofrece un monstruo como en las otras, o al menos no un monstruo como tal en su aspecto físico: aquí el monstruo adquiere rasgos humanos, es un hombre elegante, educado y refinado, de modales exquisitos y un definido gusto por el arte. El actor inglés Leslie Banks dio vida de forma magistral a este conde ruso, Zaroff, del que enseguida comenzaremos a sospechar que oculta demasiados secretos. Pero intentaré no adelantarme. Y en la medida de lo posible, evitaré en todo momento desvelar demasiado de la trama de la película. Está un tanto difícil comentar sin decir nada de la historia que nos cuenta, pero creedme que me limitaré a lo más general. Por esto mismo no queráis saber hasta verla por qué el famoso cazador Bob Rainsford ha ido a parar a la fortaleza portuguesa transformada en la mansión gótica de nuestro conde favorito. Un cazador interpretado por Joel McCrea, con esa fuerza impregnada de delicadeza tan propia de él, al que hemos oído hablar de su trabajo, la caza, la cual defiende como deporte en una discusión con un doctor que le increpa con respeto pero sin sensiblerías: “A la bestia de la jungla, que solo mata para comer, la llaman salvaje. Y al hombre, que caza por deporte, lo llaman civilizado.” Rainsford es un cazador, y como él mismo afirma, “jamás va a cambiar.” Todos estos apuntes magistralmente instalados al principio de la película ayudan no solo a conocer de manera rápida a cada uno de los personajes, sino que nos muestran de manera directa el problema moral al cual deberá enfrentarse Rainsford. El guionista James Ashmore, basándose en un relato de Richard Connell, da ejemplos de su maestría a lo largo de toda la película, pero empieza ya desde los primeros minutos preparando la ironía dramática posterior y la consecuente evolución del protagonista.

    El malvado Zaroff (Ernest B. Schoedsack, 1932)

    «El subyugante tramo final, que se ve con el corazón en un puño, es un prodigio absoluto. La música de Max Steiner acompaña a las imágenes de forma trepidante. El enfrentamiento a vida o muerte entre los protagonistas es de una fuerza arrolladora, entremezclando inteligencia y los más salvajes instintos primarios en un todo convulso».


    Enfrentado Rainsford a Zaroff, otro cazador por naturaleza, pronto observaremos las diferencias que hay entre ambos. El temible Zaroff mantiene como invitados forzosos en su fortaleza, sita en una isla perdida como está mandado, a dos hermanos: el borrachín Martin (Robert Armstrong) y a la hermosa e inteligente Eve (Fay Wray). Enseguida Zaroff dará muestras de su personalidad desequilibrada, de su sexualidad enfermiza y de su verdadera pasión. Porque sí, su pasión es la caza, pero no la aburrida caza normal: su pasión es la caza humana, y sus invitados son presas que pronto serán liberadas para su disfrute personal. Una cacería humana que, teniendo como rival a un cazador con el prestigio y las probadas capacidades de Rainsford, será una auténtica “partida de ajedrez” en la mente degenerada pero culta de Zaroff. Tras media hora (la mitad de la película: su corta duración no solo se debe a que no era algo anormal en aquella época, sino a que una secuencia que transcurría en el siniestro “salón de los trofeos” de Zaroff fue eliminada tras ser considerada en exceso macabra), lo que hasta entonces ha sido de verdad una partida de ajedrez se convierte en una película de acción trepidante donde el horror se da la mano con la aventura misteriosa. La belleza de los planos de la isla y la huida de nuestros héroes a través de ella perseguidos por el enloquecido Zaroff resultan inolvidables. ¡Tanta belleza para mostrarnos todo el horror del que es capaz la crueldad humana! La jungla a través de la cual nuestros héroes intentarán escapar del pérfido conde recuerda en muchos momentos a la de la película King Kong, estrenada un año después. No es extraño pues Ernest B. Schoedsack la estaba rodando al tiempo que El malvado Zaroff, utilizando esos mismos escenarios, casi los mismos actores (repetían Robert Armstrong y la fascinante Fay Wray) y acompañado en la dirección no por Irving Pichel sino por el productor asociado de esta y afamado director de documentales exóticos Merian C. Cooper.

    El subyugante tramo final, que se ve con el corazón en un puño, es un prodigio absoluto. La música de Max Steiner acompaña a las imágenes de forma trepidante. El enfrentamiento a vida o muerte entre los protagonistas es de una fuerza arrolladora, entremezclando inteligencia y los más salvajes instintos primarios en un todo convulso. Furiosos travellings entre la espesura transmiten toda la locura homicida de la caza, el horror de ser perseguido hasta la muerte. Y Rainsford, que sintiéndose acosado, aún encontrará tiempo para razonar: “Esos animales que yo cacé, ahora sé cómo se sentían.” La jungla, los pantanos, el enfrentamiento entre el noble Rainsford y el enfermo Zaroff, este acariciándose la cicatriz que tiene en la sien cada vez que está excitado, la inteligencia de Eve que se muestra siempre valiente e intrépida, los esclavos cosacos de Zaroff… Todo se une en esta película fantástica para arraigar de manera indeleble en nuestra mente. De lo más grande, de cómo la civilización y el salvajismo son fáciles de confundir, de cómo nuestra percepción de la verdad es solo una cuestión de puntos de vista, a lo más pequeño, a Eve mirando a Rainsford con una expresión que lo dice todo acerca de su terrible situación bajo el dominio de Zaroff. Pero claro, son los ojos de Fay Wray. Por ellos un año después un simio gigante luchará hasta la muerte enfrentado a la civilización. Una civilización que, una vez más, demostrará ser más salvaje que la bestia.

    José Luis Forte
    © Revista EAM / Cáceres

    Ficha técnica
    USA, 1932. Título original: The Most Dangerous Game. Directores: Ernest B. Schoedsack e Irving Pichel. Guion: James Ashmore Creelman, basado en el relato de Richard Connell. Productora: RKO Radio Pictures. Productor ejecutivo: David O. Selznick. Productor asociado: Merian C. Cooper. Estreno: 16 de septiembre de 1932. Fotografía: Henry W. Gerrard. Música: Max Steiner. Montaje: Archie Marshek. Dirección artística: Carroll Clark. Decorados: Thomas Little. Fotografía efectos especiales: Lloyd Knechtel y Vernon L. Walker. Efectos especiales: Harry Redmond Jr. Intérpretes: Joel McCrea, Fay Wray, Leslie Banks, Robert Armstrong, Noble Johnson, Steve Clemente, William B. Davidson, Buster Crabbe (y doble de McCrea).

    Póster: El malvado Zaroff (Ernest B. Schoedsack, 1932)
    por José Luis Forte
    agosto 31, 2015

    Cineclub | El malvado Zaroff (Ernest B. Schoedsack, 1932)

    por José Luis Forte | agosto 31, 2015
    El imperio del sol (1987)

    La guerra, a través de los ojos de un niño

    cine club | El imperio del sol, de Steven Spielberg (Empire of the Sun, 1987)

    A estas alturas de la vida, pocas son las voces que se atreven a alzarse en contra de las aptitudes de Steven Spielberg como excelente realizador dramático. Los siete Oscars obtenidos en 1993 con la tremenda La lista de Schindler (incluidos los de mejor película y director) supusieron el definitivo reconocimiento de la crítica, para la que hasta ese momento era básicamente el rey Midas de Hollywood, capaz de facturar un estupendo cine de entretenimiento con el que arrasaba en las taquillas de manera casi infalible. Luego vendrían Salvar al soldado Ryan (1998) –que le otorgó su segunda estatuilla como director–, Munich (2005) o Lincoln (2012), filmes “serios” que Spielberg compaginó sabiamente con sus habituales espectáculos de siempre. Sin embargo, hay que recordar que no le fue precisamente fácil lograr este equilibrio entre cineasta “de prestigio” y facturador de cine comercial. En la década de los 80, Spielberg era sinónimo de éxito y dinero. Con Tiburón (1975), Encuentros en la tercera fase (1977), En busca del arca perdida (1981), E.T., el extraterrestre (1982) e Indiana Jones y el templo maldito (1984), logró encabezar año tras año las listas de filmes más taquilleros. Únicamente su incomprendida sátira bélica 1941 (1979) le dio un pequeño disgusto. En 1985 llegó un momento decisivo en la carrera de Spielberg, rodando la adaptación de la novela de Alice Walker El color púrpura, su primera incursión en el drama. Pese a que con los años, la cinta se ha convertido en todo un clásico de los 80, las críticas se ensañaron con ella tildándola de excesivamente sentimental, traduciéndose en un estrepitoso fracaso durante la ceremonia de los Óscars donde optaba a 11 premios y se fue de vacío. El director, lejos de achantarse, decidió probar suerte dos años después con un nuevo proyecto de similares ambiciones artísticas, la adaptación al cine de la autobiografía de J.G. Ballard El imperio del sol.

    La historia arranca en 1941, durante la II Guerra Mundial en un Shanghai ocupado casi íntegramente por los japoneses. Únicamente ha sido respetada, gracias a la protección diplomática, la denominada zona de asentamiento internacional, algo así como un país dentro de otro, donde europeos y americanos continúan normalmente sus vidas de lujo, sin verse afectados por la pobreza que existe al otro lado de las alambradas. Jim Graham es un niño inglés de clase alta que vive felizmente junto a sus padres en su elegante mansión, asistiendo a fiestas de disfraces de la alta sociedad y disfrutando de su pasión por los aviones. Vive en una burbuja, sobreprotegido, ajeno a la guerra que asola el país. Pero esta inocencia se verá violentamente destruida cuando el mismo día del ataque a Pearl Harbor, Jim y su familia se vean obligados a dejar atrás sus posesiones materiales para tratar de escapar de China, con tan mala fortuna que el pequeño se separa de sus padres en medio de la multitud que huye desesperada por las calles. Jim va a parar a un campo de concentración situado junto a un aeropuerto militar chino. Durante sus largos cuatro años de cautiverio, pasará de ser un miedoso niño a convertirse en un precoz hombre, ingeniándoselas para sobrevivir en condiciones infrahumanas (de su amigo, el maleante Basie, aprenderá que se puede ser capaz de cualquier cosa por una patata, aunque esté infestada de gorgojos) sin perder un ápice de su talante alegre y altruista, ya que también se dedica a hacer la vida más llevadera al resto de los prisioneros, entre ellos el matrimonio Victor, que suple de alguna manera la ausencia de los auténticos padres del muchacho.

    por José Martín León
    octubre 14, 2013

    Cine Club | El imperio del sol (1987)

    por José Martín León | octubre 14, 2013
    El llanero solitario

    DOS ESTRELLAS DEL ROCK EN EL OESTE

    crítica de El llanero solitario | The Lone Ranger, Gore Verbinski, 2013

    Antiguamente fue una voz sin rasgos, narrador que narra sin ilustraciones, solitario frente al micrófono de una “pecera” que a continuación tomaría cuerpo televisivo, donde ya sí dispondría de su caballo blanco y su título de Ranger y su antifaz sempiterno. The Lone Ranger invocaba viejas aventuras del Far West, ese meridiano de sangre que George W. Trendle convirtió en útil patio de recreo sin más pretensiones que las de alimentar el espíritu mismo de la muchachada. Historias accesibles hechas para el consumo de aquellos primeros espectadores que se repantingaban frente al televisor como si este fuera la bola de cristal de un talento sublime. Por entonces, los publicistas apenas habían descifrado el verdadero alcance del tubo de rayos catódicos, futura caja tonta que nos convirtió en dóciles tontos. Y Tonto era también el nombre del escudero que acompañaba al Ranger, aunque en primera instancia recibiera el apelativo de Toro para su desembarco en los países hispanohablantes. Nada sorprendente, menos aún cuando se trata de traducir nombres y títulos de obras tanto literarias como audiovisuales. Ochenta años después de su nacimiento, pocos sentían nostalgia de una serie —bastante longeva, por cierto— que no pasó a la historia por sus guiones pulidos ni por su acabado visual, sino más bien por cuestiones que entroncan con la infancia, donde se forjan las fantasías más apasionantes. Lentamente se distorsiona el recuerdo y, llegado un punto, conviene no recordar. Esta sencilla máxima resulta inentendible para los productores más boyantes de Hollywood, quienes trabajan —sin remordimientos, ojo— reciclando sueños e ideas del Paleolítico. Así, era cuestión de logística que volviéramos a ver en pantalla (grande) al Llanero solitario, vengador por reacción y amigo de la justicia menos heterodoxa, como buen abogado en mitad de una conjura ferroviaria.

    Pero ¿quién debía ser el cerebro del negocio, es decir, el valiente cineasta dispuesto a llevar a cabo tal empresa? Fácil decisión, supongo, para Disney, tenedora de los derechos cinematográficos. Desde hacía tiempo contaban con la dupla Bruckheimer-Verbinski, la unión más efectiva —productor y director, respectivamente— de la última década en términos económicos. A ellos corresponde gran parte del mérito de una saga triunfadora, Piratas del Caribe, responsable también de ese icono pop llamado Jack Sparrow, que ha reducido a Johnny Depp a la categoría de guiñol. Oriundo de Owensboro, ciudad situada al noroeste de Kentucky, el actor se ha hecho multimillonario gracias a ese pirata amanerado y drogota, cuyo principal referente es el rollingstone Keith Richards. Casi nada. Y sin embargo, cinco entregas después de su primera aventura como el entrañable —y muy cargante— bucanero del Mar Caribe, Depp no logra desprenderse de su propia caricatura: muecas que lo identifican bajo cualquier pátina de maquillaje, gestos de freak fumador de opio, y un largo etcétera de detalles que no definen el talento de un actor más que notable. Aquí resucita al mencionado Tonto, y no es casual que la personalidad de ese potawatomi se identifique con el arquetipo de outsider excéntrico. Es Jack Sparrow disfrazado de indio y con un cuervo muerto (o no) en la cabeza. Nadie iba a decirle que se relajara, pues tampoco había razones: aun evidenciando su nula capacidad para componer algo nuevo, no desmerece el conjunto. Una película que, armada desde la perspectiva de un zapador como Gore Verbinski, resulta electrizante de principio a fin. Imposible no regresar a ese otro proyecto que unió por vez primera a director y a intérprete en un western o spaghetti de animación. Lo protagonizaba un reptil inolvidable: Rango. Aquel tributo desértico a Hunter S. Thompson de un camaleón que anhelaba triunfar sobre las tablas interpretando las tragedias de Shakespeare no sólo era una fábula de primer nivel, un divertimento tan mordaz como extático, sino la señal más palpable de que la tecnología CGI había rebasado nuevas cotas de excelencia.

    por Anónimo
    agosto 07, 2013

    Crítica | El llanero solitario

    por Anónimo | agosto 07, 2013
    Jack el caza gigantes, de Bryan Singer

    HABÍA UNA VEZ…

    crítica de Jack el caza gigante | Jack the Giant Slayer, Bryan Singer, 2013

    En los últimos años, parece que se ha creado una rentable corriente entre los grandes estudios de Hollywood de rescatar cuentos clásicos de toda la vida para ofrecer espectaculares versiones, repletas de efectos especiales de última generación y protagonizadas por las grandes estrellas del celuloide. Blancanieves, por ejemplo, fue objeto de tres visiones completamente distintas entre sí, el pasado 2012. Julia Roberts, Maribel Verdú y Charlize Theron compitieron por ser la madrastra más malvada de la temporada y, en el caso de la versión protagonizada por la última, las recaudaciones en taquilla fueron lo suficientemente generosas como para asegurar el rodaje de una secuela. Este 2013, los hermanos Grimm fueron víctima de hasta cuatro terribles adaptaciones diferentes de su Hansel y Gretel y la precuela Oz, un mundo de fantasía arrasaba en las taquillas sin necesidad de recuperar a Dorothy, Totó y compañía. Si algo tenían en común la mayoría de estos títulos, era la falta de fidelidad a las obras que adaptaron, apuntándose al derroche de magia digital impuesto por las películas de El señor de los anillos, cuyas formas visuales copiaron sin disimulo, además de poseer unas buenas dosis de mala baba, impropias del cine familiar de otros tiempos. Se agradece, por lo tanto, la blancura y sencillez narrativa de esta visión del cuento Jack y las habichuelas mágicas de Hans Christian Andersen.

    Lo que llama la atención, en primer lugar, es el hombre que se encuentra en la dirección de la película, Bryan Singer. Se ganó el respeto de la crítica con la soberbia Sospechosos habituales (1995) y el favor del público con las dos primeras (y estupendas) entregas de X-Men. Rodó una de las cintas más vapuleadas de los últimos tiempos, la siempre reivindicable Superman Returns (2006) y se puso al frente de uno de los vehículos más ambiciosos para lucimiento de Tom Cruise, la interesante Valkiria (2008). Jack el caza gigantes podría considerarse, a priori, un paso atrás en su filmografía, pero nada más lejos de la realidad. La historia de esta nueva relectura del popular cuento nos presenta una atractiva mitología donde seres humanos y gigantes se encontraban en guerra, hasta el momento en que éstos últimos fueron desterrados a vivir en una ciudad más arriba de las nubes. Tras siglos de paz, un joven granjero volverá a poner a la humanidad en peligro por error, cuando de unas habichuelas mágicas que le dieron a cambio de su caballo, crezca una enorme planta que llegue hasta el reino de los gigantes. Estos, sedientos de venganza, raptarán a la bella princesa del reino, de la que Jack se ha enamorado, y el rey le enviará junto a sus mejores soldados a recuperar a su hija. El gran acierto de la película es que, pese a tratarse de una versión adulta del cuento, se mantiene en unos márgenes de violencia y oscuridad aceptables para gustar a toda la familia. Pese a que cuenta con unos efectos digitales realmente apabullantes, capaces de crear los mágicos reinos donde tiene lugar la acción en todo su esplendor –las tomas aéreas y planos cenitales también son deudoras de las películas de Peter Jackson–,

    por José Martín León
    julio 23, 2013

    Crítica | Jack el caza gigantes

    por José Martín León | julio 23, 2013
    Capitanes intrépidos (1937)

    crítica de Capitanes intrépidos | Captains Courageous, Victor Fleming, 1937

    Todo héroe, es bien sabido, emprende con sus aventuras un viaje que supone un aprendizaje: comienza conociendo poco de la vida y del mundo por el que discurrirá su camino y llega a su final siendo más sabio. La experiencia lo ha hecho crecer y comprender tanto a quienes le rodean como, a veces más importante aún, a sí mismo. Es una senda iniciática o de iluminación que cuando el relato de aventuras olvida revierte en una sucesión mecánica de peripecias que igual hasta nos pueden entretener, pero difícilmente emocionar de una manera profunda. Este es el tipo de viaje que nos narra Rudyard Kipling en su novela Capitanes intrépidos (Captains Courageous, 1897): el de un niño rico y malcriado que cae al mar durante un viaje en barco y al ser recogido por unos rudos pescadores deberá compartir con ellos su quehacer diario. Esto le hará recapacitar y aprender en qué consiste de verdad el trabajo duro y el esfuerzo en común. Ese niño egoísta y algo tiránico se transformará en un ciudadano de bien. Y esta idea básica es la que pervivirá en el emocionante filme dirigido por Victor Fleming en 1937 Capitanes intrépidos (Captains Courageous). Un relato que en manos de los tres guionistas que lo adaptaron se convirtió en una de las películas más hermosas y conmovedoras del cine de aventuras. John Lee Mahin y Dale Van Every, acompañados por el sólido Marc Connelly, pusieron en pie un libreto en el cual la trama se centraba en el mar y en la vida de los pescadores, pero de manera especial en la camaradería que surge del trabajo duro, la nobleza que impregna cada acto de quien lucha con denuedo contra un enemigo tan imposible como es el mismo océano y la amistad inquebrantable que nace de compartir cada día con compañeros infatigables el sostenerle un pulso a la muerte.

    Mahin había trabajado anteriormente con Fleming en su magnífica adaptación de La isla del tesoro (Treasure Island, 1934), donde ya pudimos ver una historia de amistad emocionante e intensa entre un niño y un hombre, una amistad que nunca deja de ser la de un hijo en busca de su padre, protagonizada por los grandes Wallace Beery en el papel de nuestro pirata favorito de todos los tiempos Long John Silver y Jackie Cooper en de Jim Hawkins, el niño que todos alguna vez hemos querido ser. Estos papeles tendrían en Capitanes intrépidos sus respectivos reflejos en el pescador portugués Manuel, interpretado por un inolvidable Spencer Tracy, y el niño Harvey, con las facciones de Freddie Bartholomew, el joven actor prodigio que llegó a competir en éxito con la misma Shirley Temple pero al que los años acabaron apartando de las pantallas. Sus rasgos angelicales no duraron, como en el cine, para siempre. Compartiendo protagonismo con ellos tenemos al impresionante Lionel Barrymore, el cual también interpretaba a Billy Bones en la adaptación de Stevenson, y que aquí será el rocoso capitán Disko Troop, un auténtico lobo de mar, como suele decirse, de libro. Y un puñado de secundarios de aquellos que eran capaces de llenar de vida cualquier escena y de verdad cada cuadro, destacando un John Carradine sensacional, un Mickey Rooney a dos pasos de convertirse en una gran estrella, el gran Charley Grapewin o un actor de primera fila como era Melvyn Douglas haciendo de padre multimillonario del díscolo Harvey. En una película en la que los sentimientos juegan una baza tan importante, es fundamental que sus actores sepan transmitirlas y nos lleguen al corazón. Fleming tuvo un buen puñado de los mejores.

    por José Luis Forte
    julio 11, 2013

    Cine Club | Capitanes intrépidos (1937)

    por José Luis Forte | julio 11, 2013
    Infierno blanco

    EN TIERRA DE LOBOS

    crítica de Infierno blanco | The Grey, Joe Carnahan, 2011

    "Una vez más en la lucha. En el último combate que conoceré. Vivir y morir en este día, vivir y morir en este día".

    El tema de la supervivencia del ser humano ante las adversidades de la naturaleza ha dado algunos títulos gloriosos a lo largo de la historia del cine. Me viene a la mente, por ejemplo, El vuelo del Fénix (1965) de Robert Aldrich, aquel clásico en el que un grupo de hombres, encabezado por el magnífico James Stewart, debía sobrevivir en medio del desierto del Sahara, después de que una tormenta de arena hiciera aterrizar forzosamente el avión de carga en el que volaban. En aquella ocasión, la insolación y la inanición suponían los mayores peligros que debían sortear. En la no menos mítica Infierno en el Pacífico (1968) de John Boorman, Lee Marvin y Toshiro Mifune eran los únicos supervivientes de una batalla naval durante la Segunda Guerra Mundial, teniendo que aprender a dejar sus diferencias a un lado para salir adelante en una isla desierta del Pacífico. Si bien no es una obra tan destacada como las ya mencionadas, ¡Viven! (1993) de Frank Marshall alcanzó una gran popularidad, más por los truculentos hechos reales que narraba que por sus cualidades rigurosamente cinematográficas. En ella, los jugadores de un equipo de rugby uruguayo vivían una auténtica odisea cuando su avión se estrellaba en medio de los Andes, llegando al extremo de comerse a los compañeros muertos para no correr la misma suerte que ellos. En la línea de estos títulos podría enmarcarse esta Infierno blanco (2011) de Joe Carnahan, una aventura de estilo clásico, muy alejada de las anteriores películas de su director.

    por José Martín León
    abril 27, 2013

    Sesión Doble | Infierno blanco (2011)

    por José Martín León | abril 27, 2013
    Tras el corazón verde | Romancing the Stone
    CUANDO INDIANA JONES ENCONTRÓ LA NOVELA ROSA
    Tras el corazón verde | Romancing the Stone, Robert Zemeckis, 1984

         De plena actualidad gracias a su regreso al cine convencional con El vuelo (2012) tras sus experimentos en el campo de la animación, Robert Zemeckis es uno de esos directores sin los que sería imposible entender la evolución del cine de entretenimiento desde los 80 hasta la actualidad. Sus obras siempre han sido sinónimo de diversión y calidad, a partes iguales. La triunfal trilogía de Regreso al futuro, ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988), La muerte os sienta tan bien (1992), Forrest Gump (1994), Contact (1997), Lo que la verdad esconde (2000) o Naúfrago (2000) son la prueba palpable de su eterna relación de amor con el gran público, que ha coronado cada trabajo suyo con un nuevo éxito de taquilla. El primer gran triunfo comercial de Zemeckis data de 1984 (tras un par de cintas perfectamente prescindibles) con este Tras el corazón verde, una hábil combinación de cine de aventuras (se intentó vender el producto como un sucedáneo de los filmes de Indiana Jones, que ese mismo año arrasaba con su segunda entrega en el templo maldito), comedia y romance.

    por José Martín León
    febrero 17, 2013

    SESIÓN DOBLE | TRAS EL CORAZÓN VERDE (1984)

    por José Martín León | febrero 17, 2013
    'Lady Halcón', de Richard Donner - LadyHawke
    SIEMPRE JUNTOS, ETERNAMENTE SEPARADOS
    Lady Halcón (Ladyhawke, Richard Donner, 1985)

    He de reconocer que dentro del nutridísimo grupo de aventuras fantásticas de los 80, Lady Halcón (EE.UU., 1985) nunca ha sido de mis favoritas. Siempre he tenido debilidad por Dentro del Laberinto (1986) o Willow (1988), mientras que al filme de Richard Donner lo metería en el mismo saco que a Legend (1985), aquella fábula esteticista de Ridley Scott, como otra propuesta que, en mi opinión, podría haber dado algo más de sí. Ambos títulos comparten un impecable aspecto visual, una arrebatada historia de amor y una discutible elección de la banda sonora. Sin embargo, y siendo justos, hay que reconocer que se trata de una más que buena película que ha soportado estoicamente el paso del tiempo. En esta sesión pasaremos a desentrañar las luces y las sombras de uno de los clásicos del género por méritos propios.

    por José Martín León
    diciembre 26, 2012

    LADY HALCÓN (RICHARD DONNER, 1985)

    por José Martín León | diciembre 26, 2012
    Crítica de Ulises, 1954 - Ulisse 1954
    LA ODISEA DE HOMERO EN HORA Y MEDIA
    Ulises (Ulisse, Mario Camerini y Mario Bava, 1954)

    Hoy me complace dedicar la primera película de esta Sesión Doble a una de esas grandes estrellas del Hollywood clásico de las que, lamentablemente, ya van quedando pocas: Kirk Douglas. Que es un actor dramático enorme lo prueban sus trabajos en El loco del pelo rojo (1956) o Senderos de gloria (1957), pero nosotros nos vamos a centrar en su faceta de héroe del entretenimiento. Al igual que otros carismáticos nombres de la época, como Burt Lancaster y Charlton Heston, Douglas potenció sus excelentes cualidades físicas para el cine de aventuras en un puñado de inolvidables títulos como 20.000 leguas de viaje submarino (1954), Los Vikingos (1958) o Espartaco (1960), seguramente su papel más emblemático. A este grupo de obras que nos hicieron disfrutar de niños, demostrando que en la década de los 50 se hicieron las mejores superproducciones de este tipo, pertenece nuestro clásico a recuperar de hoy: Ulises (Ulisse, 1954).

    por José Martín León
    octubre 30, 2012

    ULISES (MARIO CAMERINI & MARIO BAVA, 1954)

    por José Martín León | octubre 30, 2012
    Crítica de Blancanieves y la leyenda del cazador - Snow White review
    BLASÓN SIN ESCUDO
    Blancanieves y la leyenda del cazador (Snow White and the Huntsman, Rupert Sanders, 2012)

    Uno de los personajes de este año es Blancanieves. Este cuento, basado aparentemente en una leyenda germana de mediados del siglo XVIII, tuvo en la versión de los hermanos Grimm – publicado por primera vez en 1812 – el trampolín hacia el imaginario popular. Como es habitual con las fábulas en la época, su propagación fue inmediata pasando del vulgo al arte en cuestión de décadas. Ya en los albores de la industria cinematográfica llegó la primera adaptación a cargo de Harry Matthews (1913) que tuvo continuidad un año después con otro corto mudo de T.O. Eltonhead titulado ‘La leyenda de Blancanieves’ y protagonizado por Marion Fairbanks – que junto a su hermana Madeline fueron las primeras gemelas famosas del celuloide –. Tras estas dos modestas piezas, arribaron casi un centenar de producciones de diversa índole encabezadas por la versión de Disney de 1937 ‘Blancanieves y los siete enanitos’ (Snow White and the Seven Dwarfs). Setenta y cinco años después de esta fantástica película que fue dirigida hasta por cinco realizadores llegan tres versiones muy diferentes del cuento – que se unen al serial de éxito ‘Erase una vez…’ ('Once Upon a Time', ABC) – y destinadas a un determinado espectro de público. Lo hacen en forma de sátira romántica (‘Mirror, Mirror’ de Tarsem Singh), arte silencioso y blanquinegro (la aplaudida ‘Blancanieves’, de Pablo Berger) y portando oscura atmósfera y aires épicos con la cinta que hoy nos ocupa, ‘Blancanieves y la leyenda del cazador’ (Snow White and the Huntsman, Rupert Sanders, 2012).

    por Emilio M. Luna
    octubre 22, 2012

    BLANCANIEVES Y LA LEYENDA DEL CAZADOR

    por Emilio M. Luna | octubre 22, 2012

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