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    Cine USA 2012
    Cine USA 2012
    Doble o nada, de Stephen Frears

    Bancarrota artística.

    crítica a Doble o nada (Lay the favorite, Stephen Frears, 2012)

    Existen raras ocasiones en que una película reúne todos los requisitos sobre el papel para convertirse en algo grande y, de forma inexplicable, termina tirando por la borda todo su potencial para convertirse en una decepción mayúscula. Doble o nada (2012), cinta que llega a las carteleras de España con tres años de retraso –algo que tras su visionado podemos llegar a entender–, sería un ejemplo perfecto de cómo hundir un proyecto que parte de un material interesante y cuenta con un equipo artístico de comprobado prestigio. Beth Raymer, escritora y periodista del New York Times, plasmó en la novela autobiográfica Lay the favorite, Memorias de una jugadora, sus pinitos en el turbio mundo de las apuestas deportivas ilegales en Nevada tras dejar atrás una juventud en la que tuvo que ejercer de bailarina de striptease para sobrevivir. Una típica historia de superación personal a lo Erin Brockovich (Steven Soderbergh, 2000), de esas que tanto gustan a los norteamericanos, que tiene como protagonista, en esta ocasión, a una ambiciosa pueblerina de la América profunda metida en el vertiginoso negocio de los corredores de apuestas con el siempre atractivo escenario de Las Vegas como telón de fondo. Desde luego, la idea tiene su miga y solo requería de un director competente y unos buenos actores para llevar la adaptación cinematográfica a buen puerto.

    Nos empezamos a frotar las manos cuando vemos que el hombre que se sienta en la silla del director no es otro que el versátil Stephen Frears, igual de brillante cuando tiene que lidiar con el drama de época –Las amistades peligrosas (1988)–, el cine negro de hechuras clásicas –Los timadores (1990)– o la comedia –Alta fidelidad (2000)–. También son prometedores los nombres de Bruce Willis, Catherine Zeta Jones, Vince Vaughn y, muy especialmente, Rebecca Hall entre el reparto. Ésta última ha demostrado ser capaz de salir indemne incluso de desastres como el de la reciente Transcendence (Wally Pfister, 2014) y aquí se encarga de interpretar a Beth, a simple vista, todo un bombón de personaje. Hay una oportunidad de oro de sumergirse en la trastienda de estos negocios que mueven tantos millones de dólares al margen de la legalidad y mostrar cómo avispados tipos con una visión única para reconocer las fuentes de ingresos se enriquecen a costa de los jugadores empedernidos. También de reflejar el lado menos glamuroso y superficial de la ciudad del pecado por antonomasia. Demasiadas expectativas para un filme que, tristemente, empieza a hacer aguas desde unas primeras escenas que parecen sacadas de los descartes de Showgirls (Paul Verhoeven, 1995) –denostado título maldito con el que Doble o nada guarda bastantes similitudes en la construcción de su protagonista femenina, pero sin su envoltorio deliberadamente kitsch y su, en aquel momento, incomprendida mala baba–, mostrando a una desubicada Rebecca Hall ejerciendo de chica sexy y boba contoneándose ante sus clientes por dinero. Posiblemente estemos ante su peor actuación hasta la fecha y no se sabe hasta qué punto es culpa de la actriz o de lo mal desarrollado que está su personaje, una mujer que no se cansa de decir que es muy buena para los números pero que lo único que demuestra durante toda la película es una facilidad pasmosa para enamorarse de todo hombre que la rodea. Bruce Willis, por su parte, tampoco da la talla en el rol de Dick, el mentor de Beth en los chanchullos de las apuestas que, como todos los demás, está contagiado de una insoportable ingenuidad que no casa nada bien con la mafia que debe representar. Peor suerte corre aún una decadente Catherine Zeta Jones, cuyo personaje de esposa celosa y posesiva de Dick pasa a convertirse en amiga y consejera de su rival sin apenas algún conflicto que explique de manera lógica su evolución.

    por José Martín León
    marzo 10, 2015

    Crítica | Doble o nada, de Stephen Frears

    por José Martín León | marzo 10, 2015
    Electrick Children

    La Inmaculada Rockcepción

    crítica de Electrick Children (Rebecca Thomas, Estados Unidos, 2012).

    Si pensamos en las grandes aportaciones que ha hecho al cine el movimiento indie estadounidense desde que estalló en los ochenta, está claro que una de ellas es su capacidad para retratar la adolescencia moderna en toda su hiperestimulación, sus extremos emocionales y su anarquía psicológica. Aunque este logro ya viene en el ADN del indie, en su propia actitud adolescente de rechazo hacia el cine de los “adultos” (los grandes estudios), en su voluntad por acercarse a otras realidades y contarlas de nuevas maneras. Sumado, además, al caldo de cultivo generacional que lo acompañó: rock de garito, monopatines y alcohol barato como expresión de una juventud más rupturista que nunca, pretendidamente sometida a los dictados del puro presente. “Fuck the future”, y demás. Toda esa Generación X cuyo aroma espiritual, además de Kurt Cobain, supieron captar con maestría las primeras películas de Jim Jarmusch, Richard Linklater o Kevin Smith. Autores que, en su adolescencia artística, contaron como nadie la adolescencia real.

    En plena comunión con este “teen spirit” de forma y fondo, que pese a las inclemencias aún sigue prendiendo las antorchas del indie norteamericano, una directora llamada Rebecca Thomas firmó hace dos años su debut en el largometraje. Electrick Children, una cinta que queda ahora rescatada para las salas españolas, estrenándose de forma muy oportuna durante el puente de la Inmaculada Concepción. Dicha oportunidad viene de que, precisamente, la cinta se inspira en aquel episodio bíblico. Una Julia Garner llena de candidez en su piel blanca y su cabello rubio descuidadamente rizado da vida a Rachel, una chica criada (al igual que la propia directora) en una comunidad mormona de Utah. Cumpliendo a la perfección su rol de “niña buena”, obediente y piadosa, que le exige su pequeña sociedad. Hasta que, tras su decimoquinto cumpleaños, escucha en una grabadora portátil (que, por cierto, sirve también como recurso para introducir la narración de la protagonista en voice over) una cinta de cassette escondida, donde suena una canción de rock and roll (una versión en clave sesentera del Hanging on the Telephone de Blondie) que la cautiva. Y que, según Rachel, provoca el embarazo que pocas semanas después descubre en ella misma. Del mismo modo que el ángel del Señor dejó encinta de forma pura a la Virgen María en aquella historia que ha oído tantas veces en misa, Rachel muestra el convencimiento de que el rock obró en ella un milagro similar, mediante la voz del vocalista desconocido en lugar de la del arcángel Gabriel.

    Thomas hace avanzar esta exótica trama empujando a Rachel a la clásica huida adolescente, que la hace abandonar su rutina entre praderas de hierba verde brillante y ovejas de blanco inmaculado para recalar en Las Vegas, la ciudad del pecado y el vicio, en busca del músico que grabó aquella cassette que supuestamente la ha embarazado. Es justo en este momento, superada su primera composición de lugar, cuando Electrick Children muestra su principal apuesta estilística: frente a la manera “adulta” de contar las historias como una sucesión de causas y consecuencias, Thomas parece hacer flotar a sus personajes en un estado de exploración errática, donde las relaciones y los avances de la trama se van erigiendo de forma caprichosa, deslavazada. Es decir, contagiándose del mismo estado mental de una Rachel que se deja llevar por el afán de experimentar constantes estímulos nuevos que le ofrece tanto el escenario exterior de la ciudad del pecado como sus propias pulsiones interiores de chica que, por muy mormona que haya crecido, no deja de ser una quinceañera en ebullición.

    por Miguel Muñoz Garnica
    diciembre 09, 2014

    Crítica | Electrick Children

    por Miguel Muñoz Garnica | diciembre 09, 2014
    Outtakes from the Life of a Happy Man

    Outtakes from the Life of a Happy Man, de Jonas Mekas (Estados Unidos, 2012)
    Che strano chiamarse Federico!, de Ettore Scola (Italia, 2013)

    Cómo disociar el recuerdo —fantasía— para asociar una verdad —realismo— que gira y gira como un carrusel de espejos fragmentados. Cómo ensamblar las volutas de humo que circulan por nuestra mente primero a ritmo de vals y después a golpe de música hardcore con el volumen al 11+1. Cómo trascender las estaciones, los años, las décadas, medio siglo o media vida o ni siquiera eso: sólo tomas descartadas de un instante que ya pasó y no volverá nunca y, aun transformado en la más ruin mentira sin pruebas fehacientes (borren, censuren, editen la h intercalada), posee magia y un plus de rabiosa anormalidad. Una especie de vehículo espacio-temporal cuyos engranajes se avistan —más o menos rigurosamente— con el tono virado de una voz anciana y a la vez joven en su imperfecta locura. Patos, gatos, Central Park; primavera-verano-otoño-invierno y una cafetería y un estanque con barcas; transeúntes sospechosamente acelerados y más agua y más pathos y un —como diría Piolín— lindo gatito lanzando crochets al aire para cazar una madeja invisible, y el autor y su familia; luego, también, música religiosa con ecos de una abadía con muchas consonantes; y, sí, hola, Allen Ginsberg alienando a sus ya de por sí alienadas ovejas neoyorquinas, y ciclistas, dos ciclistas y una bici junto a un bebé que camina y se tropieza sólo por el gusto de volver a caminar para tropezar y dar con las rodillas en el suelo; y una taza de café haciendo señales de humo y frases seudopoéticas que no dicen nada porque en la Gran Ciudad no es necesario decir sino callar en el momento preciso. Su propósito, asegura Jonas Mekas, es filmar el "ritmo de la verdad" mediante la unión de fotogramas (le vemos en su "taller" cortando y pegando, es decir, editando linealmente su Outtakes from the Life of a Happy Man) sin ningún propósito narrativo ortodoxo. Es genuino, es real. "It is the truth". No se trata de recordar sino de atrapar en el tiempo. Para siempre. Y, sin embargo, he aquí una paradoja: si las imágenes no son recuerdos, nada se recuerda y nadie se olvida de recordar. Todo está ahí, contigo, en un presente inmutable. Un tiempo, para mí, al que no volveré nunca. Por salud mental y esas cosas.

    No hay en el puzle de Jonas Mekas un sólo atisbo de lucidez cinematográfica. El director lituano sueña aquí con su Howl particular. Aunque su poética niega el sudor y la enfermedad visionaria, casi jazzística en su desquiciado fraseo, de Allen Ginsberg. Más aún: su gusto por el éxtasis turista made in Japan —grabar hasta la última mierda que pulula delante de sus narices— convierte la película en un vulgar simulacro de arte efímero. Que no por incoherente es menos valioso, no. El problema reside en su pretenciosidad, en la perpetua sensación de que estoy asistiendo a un rito contracultural ejecutado de forma chabacana y sin interés. Así, finalmente, el ritmo de la verdad del que hablaba Mekas resulta ritmo de la desidia.

    por Anónimo
    mayo 06, 2014

    DocumentaMadrid 2014 (II) | La verdad de una fantasía

    por Anónimo | mayo 06, 2014

    Los sexoadictos

    crítica de Amor sin control | Thanks for Sharing, Stuart Blumberg, 2012

    En 2011, el polémico director Steve McQueen sorprendió a todo el mundo con Shame, el brutal y descarnado retrato de un adicto al sexo, magistralmente interpretado por Michael Fassbender. Guste más o menos, es imposible negarle a aquella película su valentía a la hora de tratar una problemática tan delicada con semejante honestidad y realismo, algo que la convirtieron en un título de referencia obligada en su género. Tan solo un año después de este éxito, el cineasta independiente Stuart Blumberg elige esta misma adicción como eje central del argumento de su debut como director, Amor sin control, pero lo hace desde una perspectiva mucho más ligera y accesible, capaz de llegar a un público más amplio que no guste de experiencias tan impresionables. De hecho, si obviamos el leitmotiv del sexo, nos encontramos con una típica comedia dramática de aires indies y protagonismo coral a cargo de un puñado de estrellas de Hollywood que se toman unas vacaciones de los habituales blockbusters en los que se suelen mover. Tim Robbins, Mark Ruffalo y Gwyneth Paltrow son los rostros más conocidos del reparto, sobre quienes descansan los personajes más dramáticos y torturados de la historia, mientras que los gags hilarantes corren a cargo de la revelación cómica de la cinta, un Josh Gad que roba todas las escenas en las que aparece. La nota exótica de la función la pone Alecia Moore –verdadero nombre de la cantante Pink– en su debut como actriz, un reto que la artista solventa con inusitada frescura y desparpajo, sin achantarse ante sus experimentados compañeros.

    Amor sin control narra las desventuras cotidianas de un grupo de adictos al sexo que asisten a una terapia de grupo para vencer esta enfermedad. Dirigidos por Mike (Tim Robbins), un padre de familia que lleva bastantes años “sobrio”, tienen que evitar día tras día las tentaciones de la carne que parecen amenazarles en cada esquina de la ciudad de Nueva York. Entre estos compañeros de charlas están Adam (Mark Ruffalo), que lleva 5 años con esta conducta sofocada, pero que ve como su mundo se pone del revés cuando se enamora de Phoebe (Gwyneth Paltrow), una mujer muy ardiente; Neil (Josh Gad), un joven médico que pierde su empleo por no saber contener su ansiedad lujuriosa y Dede (Pink), una alegre peluquera que arrastra un currículum sexual de lo más nutrido desde que acosara a su primo con sólo 5 años. Los conflictos sentimentales y familiares, así como las alianzas que se establecen entre estos personajes, apoyándose unos en otros para vencer sus momentos de debilidad (incluso recaídas), son la base sobre la que se sostiene un filme en el que predomina un tono amable y divertido, donde queda patente el cariño que el director profesa hacia sus criaturas. Personas de carne y hueso, antítesis de la perfección, cargadas de inseguridades y con serios problemas para llevar una vida ordenada y estable, pero que consiguen llegar al espectador gracias al buen trabajo de todos sus actores, sin excepción. Aun cuando caigan en más de un arquetipo y no pocos lugares comunes.

    por José Martín León
    enero 18, 2014

    Crítica | Amor sin control

    por José Martín León | enero 18, 2014
    The Unspeakable Act, de Dan Sallitt

    El último tabú

    crítica de The Unspeakable Act | de Dan Sallitt, 2012

    La sexualidad humana constituye un aspecto central de la vida y un complejo fenómeno que trasciende con creces la mera función orgánica animal. Enraizada en componentes culturale,s abarca el sexo, las identidades y papeles de género, el erotismo y el placer, la intimidad, la reproducción y la orientación sexual; y en cada sociedad cuenta con sus propios cánones y convenciones cambiantes. En la sexualidad confluyen muchos factores relativos a la biología, la psicología, la economía, la ética, la historia, la espiritualidad y la religión. Pese a ello, en todas las etnias y culturas la prohibición y la condena del incesto han sido una de las pocas constantes que perduran inamovibles hasta nuestros días; penada legalmente, estigmatizada socialmente y considerada una tipología de parafilia. La atracción, práctica o relación incestuosa de carácter consentido, es decir, el amor carnal entre miembros de una misma sangre (sin incluir por tanto, abusos o violaciones) encuentra así escasa proyección en la ficción actual, sea literatura, cine o productos teatrales o televisivos, tal vez por lo peliagudo o moralmente irritante de su temática, por la carencia de ejemplos mundanos a los que aferrarse como referente, o bien por el tabú y la censura que existen a la hora de narrar una historia de trasfondo incestuoso.

    Al festival de Cineuropa de Santiago de Compostela ha llegado The unspeakable act, un filme estadounidense independiente del pasado 2012, que desde el género dramático y con pinceladas de sarcástico humor negro y un formato estético realista, aborda el tema del incesto, esa palabra que resulta un tabú común para todos, hasta para titular una película. La premisa básica que sustenta el largometraje es sencilla: Jackie Kimball es una adolescente común, de unos 16 años, introvertida, aguda y mordaz, de hobbies normales, que lleva toda la vida enamorada de su hermano mayor Matthew, tan solo un año mayor que ella. Jackie y Matthew tienen una relación estrecha y absolutamente dependiente desde niños, plasmada en la convulsión emocional y las dificultades sociales que acarrea la llegada de la adolescencia, sobre todo para Jackie, que idolatra y adora su figura. Ambos viven en el seno de una familia americana corriente; su madre pasa el día leyendo y escribiendo, viven del subsidio gubernamental a raíz de la muerte del padre hace muchos años, Will, el mayor de los hermanos, ultima sus estudios europeos en París, y Jessie, la restante, pasa el día entretenida en su cuarto. La cinta da comienzo con una escena corriente, cuando Matthew lleva a cenar a su casa a su nueva novia, una joven dulce, alegre y charlatana que agrada a todos los miembros de la familia. A excepción de Jackie, por supuesto, la cual se encuentra absolutamente desolada ante la idea de que su hermano tenga pareja, a causa del vínculo “indestructible”, de esos cimientos secretos de “lo que no debe ser nombrado” que la atan a él de manera irremediable y enfermiza.

    por Anónimo
    noviembre 27, 2013

    Crítica | The Unspeakable Act

    por Anónimo | noviembre 27, 2013
    La huida

    Hermanos de sangre

    crítica de La huida | Deadfall, de Stefan Ruzowitzky, 2012

    Lo primero que se puede decir de La huida, la primera película norteamericana del austriaco Stefan Ruzowitzky es que significa, a priori, una auténtica incógnita sobre el camino que ha elegido seguir para su salto a Hollywood. Poseedor de una filmografía desigual, capaz de alternar títulos comerciales como las dos entregas de Anatomía o Kika Superbruja (2009), la adaptación del superventas de la literatura juvenil alemana, con obras más ambiciosas artísticamente como Los herederos –Espiga de Plata en la Seminci del Festival de Valladolid– o la ganadora del Oscar a la mejor película de habla no inglesa Los falsificadores (2007), era imposible pronosticar si su thriller se decantaría por el convencionalismo en el que suelen caer la mayoría de productos de este tipo o si, por el contrario, nos sorprendería con algo más ambicioso y de autor. Finalmente tengo que decir que La huida se queda un poco en tierra de nadie.

    Empieza la película con una escena cargada de garra y rodada con gran virtuosismo técnico, donde los dos hermanos protagonistas, Addison y Liza (Eric Bana y Olivia Wilde), tras atracar un casino, tienen un espectacular accidente de coche que acaba con la vida de su cómplice. Un modo efectista de agarrar al público del cuello desde el minuto uno para no soltarlo durante la hora y media de viaje. Los primeros temores, no obstante, aparecen con la descripción de los personajes. Cuantos más detalles vamos conociendo sobre sus personalidades y sus historias pasadas, más sensación de déjà vu se va apoderando del espectador. Vayamos por partes: Addison y Liza han tenido una infancia complicada, víctimas de los abusos de un padre monstruoso, por lo que él, como hermano mayor, ha crecido sobreprotegiendo a Liza hasta el punto de no aceptar que otro hombre ponga los ojos en ella. Esta relación fraternal ambigua y casi incestuosa, ya me hace rememorar a los personajes de Michael Fassbender y Carey Mulligan en Shame (2011), aunque llevados a los terrenos del thriller criminal a lo Bonnie & Clyde (1967). A continuación hace entrada el tercer vértice del triángulo, Jay (Charlie Hunnam), un boxeador que acaba de salir de la cárcel y busca recuperar el afecto de su familia y volver a los cuadriláteros donde fue un auténtico campeón en el pasado. Es entonces cuando, inevitablemente, me vuelve a azotar esa sensación estar ante situaciones antes vistas–los ecos de la sobresaliente Warrior (2011) y la entregada interpretación de Tom Hardy son más que evidentes–. Aunque para personaje típico, el que le ha caído a Kate Mara como una joven agente de policía que no se siente valorada por su padre, el sheriff del lugar, por el hecho de ser mujer.

    por José Martín León
    noviembre 15, 2013

    Crítica | La huida

    por José Martín León | noviembre 15, 2013

    Masacre en el Hotel Argento

    crítica de The Collection | de Marcus Dunstan, 2012

    Dentro de la nueva hornada de directores especializados en cine de terror (una lista en la que podríamos meter a gente como Alexandre Aja, Rob Zombie, Ti West o James Wan), el nombre de Marcus Dunstan puede resultar menos conocido para la mayoría. Es probable que carezca de las aspiraciones autorales, renovadoras o incluso comerciales de algunos de ellos, pero Dunstan lleva años haciendo méritos para ser tenido en cuenta por cualquier fan del gore más desprejuiciado y peleón. Primero, por ser una de las cabezas pensantes detrás de esa loquísima trilogía iniciada con Atrapados (Feast, John Gulager, 2005), llena de monstruos y humor, y continuada con las aquí inéditas Feast II: Floppy seconds (John Gulager, 2008) y Feast III: The Happy Finish (John Gulager, 2009). Segundo, por afrontar junto a su compinche habitual, Patrick Melton, la difícil tarea de dar algo de coherencia a las entregas cuatro, cinco, seis y siete de la franquicia Saw, así como a Piraña 3DD (Piranha 3DD, John Gulager, 2012). Y tercero, y sobre todo, por haber dirigido una de las cintas de terror más estimulantes de los últimos años: The Collector (The Collector, 2009). Dunstan eligió para debutar como director una historia que, si bien poseía ciertos agujeros evidentes en su guión y estaba inevitablemente contaminada por la fiebre del torture porn, tenía también una capacidad notable para inquietar y para sorprender al espectador. Como era de prever, a tenor de la carrera previa del director, The Collector mantenía algunas de las constantes visuales de la saga Saw pero, de manera inesperada, se acercaba también por momentos al giallo en su manera de dosificar el suspense y hacerlo estallar en brutales explosiones de violencia. Siguiendo en esa misma línea, la conexión con el cine de terror italiano se hace incluso explícita en esta secuela, The Collection: la mayor parte del metraje transcurre en desvencijado hotel llamado Argento, en el que el sanguinario psicópata guarda su colección de trofeos humanos y se dedica al arte posmoderno... a su manera.

    por Unknown
    noviembre 14, 2013

    Crítica | The Collection

    por Unknown | noviembre 14, 2013
    Gimme the Loot

    Guerra fría de graffitis

    crítica de Gimme the Loot | de Adam Leon, 2012

    Desde el minuto uno de esta película nos situamos al otro lado de la ley y eso nos gusta. Comenzamos acompañando a sus dos protagonistas igual que nos pasaremos todo el filme: corriendo de un lado para otro con botes de graffiti en los bolsillos y la idea de realizar una gran pintada en la cabeza. Pero siempre corriendo, inyectándonos una sobredosis de la realidad de color negro reinante en las calles del Bronx de Nueva York. Allí donde nada es gratuito, y donde la rivalidad entre bandas junto al pillaje más rudimentario, se encuentran a la orden del día. Gimme the Loot supone el debut cinematográfico del estadounidense Adam Leon, presentada el año pasado en el Festival de Gijón y en la sección Un Certain Regard del festival de Cannes, se alza como una pequeña gran obra fiel representante del cine underground e independiente de los EE.UU. Ese cine amateur que, como en este caso, tanto puede enseñar a su gemelo hollywoodiense sobre cómo hacer películas con un presupuesto muy bajo y sin perder para nada su innegable atractivo. Así, con una estética pretendidamente descuidada en ese afán hitchcockiano de que tanto la forma como el fondo contribuyan al mensaje final, somos testigos alienígenas del día a día de dos jóvenes graffiteros, Sofia y Malcolm, quienes desean llevar a cabo su obra allí donde ninguna otra banda callejera ha sido capaz de hacerlo: en la manzana gigante que aparece en el estadio de béisbol de los Mets cada vez que estos consiguen anotar una carrera. Un sueño que esconde la necesidad básica de ganarse el respeto y despertar la admiración de todos aquellos que les hacen la vida imposible en las áreas más marginales de Nueva York.

    Como digo, testigos alienígenas pues sin duda desconocemos las leyes de supervivencia de la calle a las que tanto Sofia (Tashiana Washington) como Malcolm (Ty Hichkson) intentan agarrarse con uñas y dientes. Personajes encarnados por actores no profesionales que, sin embargo, realizan un papel excepcional y terriblemente verosímil. En un tono semidocumental, repleto de camisas anchas, partidos de baloncesto con canastas sin red y hurtos de todo tipo, los dos protagonistas querrán hacerse por las buenas o por las malas con los 500 dólares que necesitan para culminar su plan. Esto les conducirá a querer robar todas las joyas a una chica neoyorquina adinerada a la que Malcolm vende marihuana, y de la que cree enamorarse hasta que conoce su verdadera forma de ser. Una de las escenas más cómicas en este drama con cuerpo de comedia ocurre cuando, buscando la casa de la joven rica para forzar la cerradura, Malcolm y su compañero deciden bajar todas las escaleras de nuevo, desde la séptima planta, porque no están seguros de encontrarse frente a la puerta correcta. El tiempo apremia pero ellos comienzan de nuevo, escaño por escaño, escalando.

    por Unknown
    noviembre 09, 2013

    Crítica | Gimme the Loot

    por Unknown | noviembre 09, 2013
    Stories We Tell

    YO, MI, ME, CONTIGO... SARAH

    crítica de Stories We Tell | Sarah Polley, 2012

    La familia, ese concepto que resbala y nadie sabe definir con precisión. La familia son hilos de sangre que, también, resbalan (y mucho) como un cubito de hielo entre las manos. La familia es lo que está sin saber por qué; una forma atávica de menospreciar la esclerosis y sus consecuencias en el espacio-tiempo. La familia puede ser monótona y fugaz y reconfortante y molesta e invisible e inhóspita. Hay quien tras varias décadas de convivencia con la misma familia, decide que ésa no es la suya, o que se la cambiaron al nacer. No se reconocen en el espejo que ha enlazado generación tras generación rostros y caracteres que a duras penas si convergen en Navidad, cuando llega el mazapán y la Zambomba Juancarlista y el turrón con su absurda mofa del "Vuelve a casa vuelve / vuelve a tu hogar". Pero el hogar nunca ha existido porque es una hipoteca. La familia, también. Y hay que pagar por ello(s). Por la familia y por el hogar. Que te han elegido a ti, y no al contrario. De alguna manera, la familia es fruto del azar (que no azarosa). Una bonoloto que premia sin que nadie haya jugado: te cae y te jodes para siempre. Y es igual aun con sus mínimos cambios imperceptibles. Es azar, pues, sin arbitrariedad. Cuando se presenta ante ti, no hay giro posible. Ni se vende, ni se alquila, ni se descambia, ni siquiera se cuestiona el Matrix adherido a tan etéreo cálculo. Desgraciadamente, el capitalismo no triunfó en esa parcela de la economía doméstica. La familia nos comprende ("yo soy yo y mi circunstancia"), aunque más pronto que tarde nos daremos cuenta de que el núcleo sólo tiene tres patas cojas. El gato se convierte en tu celestina, el perro te da cariño y tu hermana a lo peor no es tu hermana, o sí, pero a medias, lo cual hace medio hermano por un error en la conexión; y el pez, que no tiene memoria, hace glup. Y es feliz.

    por Anónimo
    octubre 03, 2013

    Crítica | Stories We Tell

    por Anónimo | octubre 03, 2013
    911. Llamada mortal (The Call)

    NO CUELGUES EL TELÉFONO

    crítica de La última llamada (911. Llamada mortal) (The Call) | The Call, Brad Anderson, 2012

    Brad Anderson se ha labrado en la última década una más que interesante carrera como director de angustiosos thrillers psicológicos, rodados a espaldas de la industria de Hollywood, que se han ganado un lugar de honor entre los aficionados al cine fantástico “con sustancia”. Especialmente Session 9 (2002) y El maquinista (2004), aquella inclasificable pesadilla para la que Christian Bale tuvo que quedarse prácticamente en los huesos. Con 911. Llamada mortal (The Call), su nuevo trabajo, Anderson nos devuelve ese cine de asesinos en serie que pusiera de moda durante los 90 David Fincher con su triunfal Seven (1995) y que tendría una rentable continuación en títulos menores como El coleccionista de amantes (1997) o El coleccionista de huesos (1999). Con unos ajustados 13 millones de dólares, el realizador vuelve a demostrar un absoluto dominio en el manejo de los resortes del suspense y un excelente ritmo que hace que el que su obra sea infaliblemente dinámica durante sus 95 minutos de metraje. También supone una buena oportunidad para que la estupenda Halle Berry vuelva a lucirse interpretativamente tras una larga racha de proyectos mal elegidos –aún intento borrar de mi mente Marea letal (2012), de la que únicamente sacó bueno su relación sentimental con su compañero de reparto Olivier Martínez–.

    911. Llamada mortal (The Call) narra la historia de Jordan, una operadora de la línea de emergencias 911 que se ve obligada a retirarse de su trabajo tras una traumática experiencia con una de las llamadas que atendió, durante la cual fue asesinada una adolescente. Por caprichos del destino, varios meses más tarde se volverá a encontrar en la misma situación cuando recibe la angustiosa llamada de Casey, otra joven que ha sido secuestrada por un asesino en serie y va encerrada en el maletero de un coche rumbo a una muerte segura. Jordan, saltándose todas las normas sobre no involucrarse emocionalmente con las personas que están al otro lado del teléfono, comenzará una carrera a contrarreloj por salvar a la muchacha. El arranque del filme no puede ser más prometedor. Tras una rápida presentación del personaje de Jordan dentro de su entorno laboral, con todas esas incesantes llamadas que buscan ayuda policial o médica, el director entra inmediatamente en materia con la intensa escena del asesinato de la primera víctima del psicópata de turno. Halle Berry está espléndida como pocas veces en los últimos años –muy lejos quedó el Oscar por Monster´s Ball (2001)–, otorgándole al personaje de Jordan una lograda mezcla de fuerza y vulnerabilidad que hace que el espectador se identifique totalmente con su sufrimiento.

    por José Martín León
    octubre 01, 2013

    Crítica | La última llamada (911. Llamada mortal)

    por José Martín León | octubre 01, 2013

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