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    Cannes 2013
    Cannes 2013
    Sin ley (Lawless)

    Luchar contra sí mismo

    crítica de Sin ley (Lawless, John Hillcoat, 2012)

    El western es un género en desuso, pues lejos quedan sus películas más representativas, aquellas dirigidas por nombres de la talla de John Ford o Howard Hawks. Llegado también el ocaso de quien quizás lo reformuló con más éxito, Clint Eastwood, lo cierto es que sus pautas a duras penas se ajustan a los nuevos cánones de la industria cinematográfica. Las historias de deteriorados y polvorientos ranchos, hombres de gatillo fácil y mujeres de pata quebrada, en el marco de un territorio yermo en vías de conquista fronteriza, no parecen las más atractivas para el espectador de hoy en día. Son pues cada vez más escasos los ejemplos de calidad que retratan el panorama de esta gente obligada a vivir en un contexto salvaje, como si de una vuelta al estado de naturaleza se tratase. Pero precisamente por corresponderse con una condición esencial y primitiva del ser humano, dicho marco permite múltiples derivaciones. Sus elementos básicos seguirán pues presentes aunque su interpretación pueda ser diversa. En este sentido ha discurrido la filmografía del australiano John Hillcoat, que en sus tres películas más conocidas recoloca en tiempo y lugar la topografía característica del lejano oeste, sorteando el riesgo de anacronismo gracias a ese punto de partida original que resulta inevitable olvidar. En La propuesta (The Proposition, 2005), sitúa en su Australia natal, ambientada a finales del siglo XIX, el retrato de un hombre de ley y un forajido destinados a entenderse. En La carretera (The Road, 2009), se sirve, en cambio, de un desierto postapocalíptico para comprobar que, efectivamente, la historia puede ser cíclica, y que el futuro puede volver a depender de los instintos más crudos de supervivencia. Y en la recién estrenada Sin ley (Lawless), tras su presentación hace casi dos años en el festival de Cannes, vuelve al escenario norteamericano, esta vez enmarcado en la era de la depresión y la prohibición, propicia también para hacer renacer rasgos casi animalescos en medio de las dificultades económicas y sociales.

    Estas tres películas tienen además en común la colaboración del polifacético artista Nick Cave, encargado siempre de la música junto a Warren Ellis, y en el caso de La propuesta y Sin ley, también del guion. En esta última adapta la novela de Matt Bondurant, que narra la historia de su abuelo y sus dos tíos abuelos, en la Virginia de la citada época de los años 20. Los tres hermanos mantienen un negocio de producción y venta ilegal de alcohol, que trasladan desde la montaña hasta el pueblo, al tiempo que sobreviven regentando una aislada gasolinera que más bien hace las veces de cafetería. En realidad, el metraje se inicia cuando los tres son unos críos, mostrándonos cómo el más joven, Jack (interpretado luego por Shia LaBeouf), es incapaz de dispararle a un cerdo, de manera que es su hermano mayor, Forrest (después Tom Hardy), quien ejecuta la matanza sin pensárselo dos veces. Este breve prólogo anticipa la naturaleza opuesta de ambos hermanos protagonistas, mientras el tercero (a cargo de Jason Clarke), queda algo más desdibujado. Pero también es fácil adivinar que ello sirve de premisa inicial para, a lo largo del desarrollo narrativo, darle la vuelta, y así lograr la imprescindible evolución de sendos personajes. No se descubre nada nuevo desvelando esta simetría, pues precisamente responde a una estructura muy clásica y por ende muy reconocible. Es más, el relato transcurre por tres actos claramente identificables, dejando de lado un epílogo que se antoja, por romper esa progresión meridiana, algo innecesario.

    por Ignacio Navarro
    marzo 07, 2015

    Crítica | Sin ley (Lawless)

    por Ignacio Navarro | marzo 07, 2015

    Apocalipsis desde las Antípodas

    crítica a Las últimas horas (These Final Hours, Zak Hilditch, 2013) | ★★★ |

    La hipotética llegada del fin del mundo es una temática que ha sido abordada en multitud de ocasiones en el cine, haciendo especial hincapié en la vertiente catastrofista del asunto. Grandes blockbusters hollywoodienses han plasmado, con la ayuda de efectos digitales de última generación, cuál sería el alcance destructor de un asteroide al colisionar con nuestro planeta –Deep Impact (Mimi Leder, 1998), Armageddon (Michael Bay, 1998)–, los efectos devastadores de una posible nueva era glacial –El día de mañana (Roland Emmerich, 2004)– o la llegada del apocalipsis pronosticada por el fin del calendario maya –2012 (Roland Emmerich, 2009). Estos títulos funcionaron a la perfección como fantasiosas aventuras más cercanas a la ciencia ficción que al drama humano, donde estrellas del calibre de Bruce Willis, Dennis Quaid o John Cusack se convertían, prácticamente, en héroes salvadores de la humanidad. Sin embargo, en contadas ocasiones, pequeñas producciones han sabido desmarcarse del adocenamiento para acercarse al lado más intimista del asunto. Sin ir más lejos, la española 3 días (F. Javier Gutiérrez, 2008) mostró las últimas horas de vida de un grupo de personas ante la inminente colisión de un meteorito contra la Tierra sin necesidad de adornar la trama con imposibles operaciones espaciales con las que intentar detener lo inevitable. En esta misma línea se encuadraría Las últimas horas, el sorprendente segundo largometraje de Zak Hilditch tras la premiada Plum Role (2007).

    El mundo se acaba. Es lo que hay. La vida sobre el planeta se extinguirá en menos de un día y el protagonista de la película lo tiene completamente asumido. No es tiempo para increíbles actos de heroicidad. Ni siquiera para intentar arreglar su vida en esas últimas horas para irse de este mundo con la conciencia tranquila. James, al igual que la mayoría de nosotros, elige pasar el tiempo que le queda de vida borracho, colocado y dándolo todo en una fiesta de fin del mundo en donde sus participantes se entregan a una orgía de sexo desenfrenado. Esa era su elección antes de encontrarse con una pequeña niña a la que salva de ser violada por unos desalmados. Es entonces cuando la película entra verdaderamente en materia y nos habla de lo que realmente importa: la supervivencia, no física, sino de los valores que diferencian a los seres humanos del resto de los animales: la conciencia que empuja al hombre a realizar lo que cree correcto ante cada situación, despertando el lado heroico que todos podemos llegar a tener, la fuerza de los lazos familiares aun cuando los miembros de la familia no hayan tenido una relación precisamente idílica, y, sobre todo, la búsqueda del amor verdadero. Porque Las últimas horas es, ante todo, una historia romántica camuflada bajo las formas de uno de esos filmes apocalípticos que tanto les gusta a los australianos. La tierra desde donde nos han llegado memorables fábulas como La última ola (Peter Weir, 1977) o la trilogía de Mad Max, es ahora el escenario de una carrera a contrarreloj en donde James tiene los minutos contados para llevar a la pequeña junto a su padre, reconciliarse con una madre hastiada de los excesos de su hijo y elegir entre morir al lado de su inestable novia o correr a los brazos de una amante que le ha demostrado unos sentimientos más puros. El filme presenta, dentro de la modestia de sus planteamientos, una atractiva atmósfera de caos y destrucción, con delincuentes campando a sus anchas por las calles, asesinando a diestro y siniestro, mientras el resto de ciudadanos colapsan las líneas telefónicas con emotivas llamadas de despedida de sus seres queridos. Cuenta con una acertada fotografía de Bonnie Elliott en la que las tonalidades amarillas se adueñan de las imágenes, logrando la deseada sensación de sofoco y angustia por el inminente desenlace. Del mismo modo, la espectacular partitura musical de Cornel Wilczek acompaña con acierto a las escenas más vibrantes de la cinta. Técnicamente, y a pesar de ser un producto en el que la acción ocupa un lugar bastante secundario, Las últimas horas aprueba con buena nota.

    These Final Hours

    En el apartado interpretativo, cabe destacar que su protagonista masculino, Nathan Phillips, se hizo con el premio al mejor actor en el Festival de Sitges. Ciertamente, su esforzada interpretación va bastante más allá de la típica pose de chico duro y de vuelta de todo y Phillips sabe dotar a su personaje de diferentes matices que le alejan de la linealidad. De hecho, su papel de James entronca directamente con aquel memorable héroe romántico que fue el Lenny interpretado por Ralph Fiennes en Días extraños (Kathryn Bigelow, 1995), que también se debatía entre la mujer a la que amaba y la que de verdad le amaba a él, en los últimos compases del siglo XX, cuando la amenaza del fin del mundo también flotaba en el ambiente. Hilditch le imprime a su obra un ritmo vertiginoso que atrapa al espectador desde una espectacular escena de apertura que más bien parece un videoclip que resume todo lo que vamos a ver a continuación. Hay momentos para la tensión –ese incómodo personaje de la mujer perturbada de la fiesta que acecha a la niña– y para el calado emocional –el mejor, el breve pasaje en casa de la madre de James, en donde los silencios dicen mucho más que las palabras–, pero sobre todo, la película se sostiene gracias a la química que se establece entre Nathan Phillips y la pequeña Angourie Rice, ya que ambos forman una pareja que logra enternecer en medio de un panorama de infernal deshumanización, manteniendo la esperanza en que el ser humano aún pueda conservar intactos sus principios antes de que el mundo se desintegre bajo sus pies. En definitiva, Los últimos días es una más que interesante propuesta de cine catastrofista de la era The Walking Dead que aboga más pos los personajes y los conflictos dramáticos que por la espectacularidad o la acción. Algo muy de agradecer para los fanáticos del género que busquen algo diferente a lo mil veces visto pero que, tristemente, la perjudica a la hora de tener una más amplia proyección comercial. Por ello, resulta vergonzoso que haya llegado a España directamente al mercado doméstico, cuando las salas de cine se llenan de productos de presupuestos más elevados pero con ideas mucho más pobres. | |

    José Antonio Martín
    Redacción Las Palmas de Gran Canaria


    Ficha técnica
    Australia, 2013. Título original: These Final Hours. Director: Zak Hilditch. Guión: Zak Hilditch. Productora: 8th In Line / XYZ Films. Fotografía: Bonnie Elliott. Música: Cornel Wilczek. Montaje: Nick Meyers. Intérpretes: Nathan Phillips, Angourie Rice, Jessica De Gouw, Kathryn Beck, Daniel Henshall, Lynette Curran, Sarah Snook. Presentación oficial: Cannes 2013.


    póster These Final Hours
    por José Martín León
    marzo 04, 2015

    Crítica | Las últimas horas

    por José Martín León | marzo 04, 2015

    Los pecados del amor o la inevitable desorientación vital

    crítica a Grand Central (Rebecca Zlotowski, 2013)

    ¿Sabes cómo nacen los niños? ¿Cómo se hacen?, pregunta, micrófono y cámara en mano, Pier Paolo Pasolini a un grupo de niños. Así se inicia Encuesta sobre el amor (Comizi d’Amore, 1965), un viaje sociológico por la Italia de los ’60. Donde, sin ataduras y crítico a los tiempos que le tocaron vivir, Pasolini lucha por la verdad y la utopía del amor, la sexualidad y los aspectos identitarios que tales manifestaciones promueven. En una Italia marcada por la divergencia sociocultural de clases, la masiva ignorancia y el miedo, consecuencia de la desinformación y el Catolicismo. Una Italia, donde Roberto Rossellini proponía diez años antes, con Te querré siempre (Viaggio in Italia, 1954), una incisiva disección de los sentimientos humanos, coherentemente relacionados con su contexto social y cultural. Imagen del vacío que anida en el interior de sus protagonistas, interpretados por Ingrid Bergman y George Sanders. Y del deterioro progresivo de su relación. Poética meditación sobre como compartimos nuestros sueños y cómo estos se desvanecen con el tiempo, en contraposición a un prólogo casi insoportablemente emotivo: el desentierro de una pareja de amantes, abrazados, bajo las ruinas de Pompeya. Comprendemos, entonces, que el amor, la verdadera pasión amorosa, es la imposibilidad de aceptar la ausencia de la persona a la que amamos, de resignarnos a su inexistencia, y que sólo borrándonos en la nada conjuramos el temor a ese vacío. Hay una sabiduría aquí con la que tiembla toda la metafísica, como en algunas de las más inquietantes tragedias clásicas: podemos elegir, pese a las adversidades, la libertad de mantener ese amor y esa pasión para toda la eternidad.

    Hermosa en su estética y romántica en su esencia, con una apuesta sonora y visual muy pensada que acompaña al discurso emocional de la película, Grand Central consigue retratar a la perfección esta mirada neorrealista del amor: las historias personales de un triángulo amoroso que componen Gary Manda, Karole y Toni –interpretados por Tahar Rahim, Léa Seydoux y Denis Ménochet, respectivamente-, tres personajes cuyos respectivos sentimientos mutuos parecen agotados; con la problemática del mundo como telón de fondo. Que, como en las películas de Rossellini, presenta un espacio en ruinas en perfecta harmonía a unos personajes desconcertados, deprimidos, ensimismados, incomunicados. Grand Central supone el segundo largometraje de la realizadora francesa Rebecca Zlotowski (París, 1980). Quien, con su ópera prima, Belle Épine, presentada en la 49ª edición de la Semana de la Critica del Festival de Cannes, brilló con luz propia, revelándose como uno de los auténticos descubrimientos del festival. Hecho que demostró escribiendo y dirigiendo, con mucho realismo, una obra casi abstracta. Donde el paso del tiempo no es cronológico, sino una continua acumulación de actos, escenas o sucesos que consiguen crear una atmósfera inconsolable, sofocante, que refleja perfectamente el duro camino, y poco optimista, del aprendizaje vital, moral y material de la protagonista, Prudence Friedmann —interpretada también por la bellísima Léa Seydoux—. Su segunda obra pudiera ser un apéndice de ese discurso. Donde el desequilibrio ya no es cuestión de experiencias, sino un estado cuasi eterno con el que combatir en plena madurez.

    por EAM
    enero 28, 2015

    Crítica | Grand Central

    por EAM | enero 28, 2015
    Un toque de violencia | Tian Zhu Ding (天注定), Jia Zhangke, 2013

    A cuchilladas con la China contemporánea

    crítica de Un toque de violencia | Tian Zhu Ding (天注定), Jia Zhangke, 2013

    China ha superado, en este 2014, a Estados Unidos como primera potencia económica mundial. El gigante asiático ha desplegado sus alas. El mundo tiembla. Se mira a China con miedo, eso que algunos confunden con el respeto. Mientras Europa y Estados Unidos lidian con una economía que ha hecho estragos su supremacía, China ha mantenido sus niveles de crecimiento. Lógicamente, no todo es color de rosa, este poder económico, por desgracia, no viene acompañado de una mejora en la calidad de vida de sus habitantes. Es más, con la progresión han eclosionado otro tipo de problemáticas sociales casi ausentes hasta ahora. La desigualdad económica, antiguamente reducida, se ha hecho visible para la mayoría de la población. Antes apenas había diferencia entre los trabajadores urbanos y los rurales, en la actualidad los primeros triplican en ingresos a los segundos. Hay más datos que avalan la divergencia. Por ejemplo, el país que más adinerados coloca cada año en la lista de los más ricos del mundo es China. Esta cantinela viene acompañada de la corrupción. Van de la mano. Esta está in crescendo, o al menos se ha hecho más perceptible. Los esfuerzos del gobierno –con juicios sumarios a funcionarios públicos, incluida la condena a muerte del ministro de ferrocarriles– han sido infructuosos y han erosionado el poder del Partido Comunista. Casi nada queda en nuestros días del legado ideológico y las teorías de Mao. Desde la ascensión al poder de Deng Xiaoping –1976–, China se embarcó en un proceso de apertura y reformas que no ha tenido fin. El discurso de Mao Tse-Tung –bañado de masacres– resuena nostálgico en una generación que empieza a demostrar su inconformismo. A pesar de los esfuerzos del gobierno del PCCh por cubrir con un (es)tupido velo la disidencia, ésta se manifiesta, aprovechando los resquicios de tolerancia, de muchas formas. Incluso de la mano de artistas consagrados como el cineasta Jia Zhang Ke.

    por Anónimo
    junio 04, 2014

    Crítica | Un toque de violencia

    por Anónimo | junio 04, 2014
    Sarah préfère la course

    Zancadas como sueños

    crítica de Sarah préfère la course | Chloé Robichaud, 2013

    Sarah Lepage (Sophie Desmarais) es una joven tímida, inocente y retraída cuyo mayor y prácticamente único hobby en la vida es el atletismo. No puede imaginar su vida sin el impulso de salir a correr cada día, y aspira como mediofondista a dedicarse a ello en un futuro. Mientras otros post-adolescentes sueñan con la toga universitaria, viajes a lugares remotos o sueldos inmediatos, Sarah sólo se encuentra a sí misma corriendo sin aliento y entrenando con ahínco en la pista. Su vida experimenta un giro vibrante cuando le llega una oferta para formar parte del mejor club de atletismo de la provincia de Montreal, lejos de la periferia natal de Quebec en la que reside. Desafortunadamente, Sarah no cuenta con el apoyo financiero de su madre para lanzarse a volar en busca de su progresión personal. Así da comienzo la ópera prima de la directora canadiense Chloé Robichaud titulada Sarah préfère la course, que el año pasado experimentaba una buena acogida en la sección Una cierta mirada del festival de Cannes. Una especie de antítesis de la comedia romántica (que finalmente ni excede en dosis altas de humor ni despilfarra secuencias amorosas, empleando espacios nada prototípicos del género y enarbolando la ironía en la mayoría de los diálogos) con pretensión de descubrirnos las inquietudes y ansias de superación de su protagonista, a veces gris y reprimida en sus actos, pero brillante y fuerte en la consecución de sus deseos. Sarah, completamente convencida de sus aspiraciones, decide ignorar las advertencias maternas y partir a Montreal acompañada por su amigo Antoine Breton (Pierre-Luc Lafontaine) con un plan preconcebido: Casarse aprovechando su cariño mutuo y la facilidad de su convivencia para para conseguir subvenciones y becas estatales que les permitan desarrollar sus aptitudes físicas. Lógicamente, este extraño matrimonio a sus veinte años dista mucho de lo que podían haber imaginado, pero Sarah antepone su carrera y su sueño de poder competir algún día en el Campeonato Nacional a cualquier otra cosa, puesto que el atletismo parece la única luz que resplandece en una existencia por el resto plana y monótona.

    por Anónimo
    mayo 31, 2014

    Crítica | Sarah préfère la course

    por Anónimo | mayo 31, 2014
    Blue Ruin, de Jeremy Saulnier

    Ashes to Ashes

    crítica de Blue Ruin | Jeremy Saulnier, 2013

    Se dice que Diógenes de Sinope —ya convertido en fiel representante del idealismo—, tras ver a un niño bebiendo agua de sus propias manos, se deshizo del cuenco que utilizaba para dicha función y que constituía el 25% de sus bienes personales (junto a un manto, un zurrón y un bastón). Este desapego material, que paradójicamente contradice los síntomas (acumulación de toda clase de trastos innecesarios) de la enfermedad mental a la que da nombre el cínico —filosóficamente hablando, se entiende— “síndrome de Diógenes”, parece ser el estilo de vida adoptado por Dwight tras el traumático asesinato de sus padres a manos de un miembro de la familia vecina. No queda del todo claro si el protagonista de Blue Ruin, al igual que su predecesor, ha dedicado todo este tiempo de ascetismo a la proliferación de la mente y al estudio minucioso de teorías existencialistas. Lo que es un hecho, viendo su caótica forma de reaccionar cuando se entera de que el asesino que arruinó su vida va a salir de prisión, es que no ha invertido ni un minuto en la planificación de un astuto método de venganza.

    A Jeremy Saulnier no le interesa el duro pasado de sufrimiento que ha debido soportar su personaje, ese periodo queda sujeto a una especulación figurativa individual aunque, teniendo en cuenta el origen de su reclusión voluntaria, no parece haber sido un camino de rosas. El director nos plantea la trama, apenas sin contexto, desde el momento en el que los fantasmas de Dwight —dormidos pero no muertos— se liberan al conocer la noticia de la excarcelación del culpable de su orfandad. Desde ese momento sentimos cómo algo se rompe en el interior de ese hombre introvertido y tranquilo, su mirada revela un oscuro e inquietante resplandor que se va materializando, de forma inaudible, en una serie de rápidos, espasmódicos e impulsivos preparativos con vistas a terminar en desgracia. Pese a que la cinta bebe de las dos corrientes más importantes del género de venganza: El brutal, seco y tosco proceder de la cinematografía asiática, y la búsqueda de la justicia poética al más puro estilo del western americano, añade algunos elementos novedosos propios del cine de autor. El guion (obra del propio Saulnier) es el primero de ellos y, pese a que en él se cuenta una clásica historia de vendetta, (una de tantas que llevamos este año: Sólo Dios perdona, Out of the Furnace, remake Oldboy…), sirve, a su vez, como principal componente diferenciador del resto de competidoras. Su diálogo es escaso, es la propia ira quien lidera las conversaciones de este grupo de fieles seguidores del código de Hammurabi —o lavar los trapos sucios dentro de casa—. Otra de las piezas clave es la veracidad de las acciones; el protagonista no se convierte repentinamente en un experto y poderoso asesino pues, pese a resolver con cierta solvencia algunos trámites truculentos, podemos observar cómo se le resisten ciertos aspectos no muy agradables de la empresa que lleva entre manos. El realizador arremete contra la ingenuidad y la falta de veracidad de cintas en las que los protagonistas son capaces de, por ejemplo, realizarse una auto-intervención quirúrgica —sin noción alguna en el campo de la cirugía— mientras se extraen una bala recibida, se desinfectan y se cosen una profunda herida realizada con una hoja de puñal de 20 centímetros, o se arrancan una flecha de ballesta del hombro como si de una astilla se tratara.

    por Alberto Sáez Villarino
    mayo 09, 2014

    Crítica | Blue Ruin

    por Alberto Sáez Villarino | mayo 09, 2014
    The Major, de Yuri Bykov

    Menos es más

    crítica de The Major, | Майор, de Yuri Bykov, 2013

    Hay veces que en la sencillez reside la virtud. En el caso del thriller, entiéndase este concepto como vaciar la historia de elementos superfluos, enrevesados o que intenten exponer una idea que esté por encima de la trama (elementos que se pueden identificar en una nueva hornada de series, como puede ser True Detective o The Walking Dead). La dirección opuesta, y por seguir con el referente televisivo, constituiría algo así como crear un episodio aislado autoconclusivo, con un desarrollo claro de acumulación de acontecimientos que se sostienen por un elemento interior del personaje principal que le empuja en sus actos. El director ruso Yuri Bykov, con esta última idea en la cabeza, crea un thriller sencillo, bien dirigido y que mantiene el ritmo durante sus 99 minutos. Se trata de una cinta de la acción por encima de la reflexión, directa al grano, sin dar un respiro para conclusiones o elucubraciones. En ningún caso esto último constituye algo negativo, es más, se trata de una decisión de puesta en escena: The Major se presenta como un retrato a tiempo real de un mundo corrompido en el que cada paso adelante es un avance hacia la denigración del cuerpo policial ruso en una ciudad al extrarradio de Moscú. Bykov es conciso y directo, evita dar rodeos ni coger atajos. Toma prestado lo mejor del thriller norteamericano y logra desprenderse de todo lo innecesario. Uno se pregunta qué habría hecho Hollywood en su lugar. Sin duda, la estrategia habría sido colocar a una estrella en el papel principal y habría necesitado un momento de fuga, de lucimiento y regocijo actoral, que se une a la historia de manera demasiado evidente y que resulta reiterativa. Fijémonos, por ejemplo, en Capitán Philips, un thriller notablemente dirigido pero que necesita de un resorte emocional al inicio y sobre todo al final para intentar dar empaque a la lucha del protagonista y conceder su minuto de supuesta gloria actoral a Tom Hanks (sobre todo en su epílogo, en la escena en la enfermería). En The Major, nos basta con saber que Sobolev, el capitán de la policía protagonista de la cinta, acaba de ser padre para revestir de profundidad las decisiones que toma tras atropellar a un niño en su camino al hospital para conocer a su hijo. Bykov no necesita reincidir ni subrayar en el plano personal más allá de lo necesario para elaborar un discurso sobre la honradez y la corrupción. Y menos cuando lo que pretende es crear una estampa de la realidad que, una vez digerida, nos muestre el nivel de putrefacción oficial y los límites del egoísmo personal cuando la supuesta honorabilidad está amenazada.

    por EAM
    mayo 04, 2014

    Crítica | The Major, de Yuri Bykov

    por EAM | mayo 04, 2014
    Un castillo en Italia | Un château en Italie, de Valeria Bruni-Tedeschi

    El castillo interior

    crítica de Un castillo en Italia | Un château en Italie, de Valeria Bruni-Tedeschi, 2013

    Al igual que con su anterior cinta, Actrices, la mayor fuente de inspiración de Valeria Bruni Tedeschi es ella misma, su propia vida. Echando mano de nuevo a sus temas recurrentes, la religión como último refugio desesperado y la losa de la interpretación en la vida de una actriz, Valeria vuelve a crear en Un castillo en Italia una historia con tintes autobiográficos centrada esta vez en la crisis existencial de Louise (interpretada por la propia directora), hija de una familia adinerada que intenta encontrar un rumbo en su vida mientras lidia con su madre (Marisa Borini, madre en la vida real de la directora) y con su hermano enfermo de sida (Filippo Timi). Ahogados por las deudas, necesitan actuar y obtener liquidez mediante la venta de su ingente patrimonio (como el castillo familiar en Italia que da título a la cinta). Aquí es donde empiezan las leves disputas entre la familia: los caprichos del hijo, la manifiesta inacción de la madre, Louise completamente perdida… Este juego de tiras y aflojas constituye, sin duda, la parte más interesante del universo construido por Valeria. Pero a todas estas losas familiares en la vida de Louise se une su incapacidad para el amor y su anhelo por ser madre. Su relación con Nathan (Louis Garrel), mucho más joven que ella y nada interesado en procrear, desestabiliza aún más su existencia.

    por EAM
    abril 26, 2014

    Crítica | Un castillo en Italia

    por EAM | abril 26, 2014

    Entre el honor y la familia

    crítica de Lazos de sangre | Blood Ties, de Guillaume Canet, 2013

    Resulta cuanto menos curioso el origen del último trabajo como director del francés Guillaume Canet, actor reconvertido en interesantísimo realizador con obras en su haber tan notables como No se lo digas a nadie (2008) y, sobre todo, Pequeñas mentiras sin importancia (2010), que se convirtió en el mayor éxito del año en su país con más de 32 millones de euros recaudados. Blood Ties (2013) viene a ser un remake de uno de sus anteriores trabajos como actor, Les liens du sang (2008, Jacques Maillot), que a su vez fue la adaptación de una novela de Michel y Bruno Papet. Pese a tratarse de una producción francesa, Blood Ties parece, tanto en el fondo como en las formas, una película hollywoodiense, principalmente por el lujoso elenco de estrellas que configura su reparto y por la inconfundible mano de James Gray en el guión, escrito a cuatro manos junto al propio Canet. Hay que reconocer que esta historia criminal ambientada en la América de los 70 dentro del seno de una familia bastante desestructurada, posee el mismo aroma del cine que ha cultivado Gray como director –los ecos de La noche es nuestra (2007), con similares conflictos fraternales en su narración, no suenan muy lejanos–, por lo que el trabajo de dirección de Canet pretende asemejarse estéticamente al del maestro sin llegar a encontrarle el pulso como debería. Blood Ties vendría a ser la versión americanizada, extendida y bastante más ambiciosa de la mucho más modesta Les liens du sang, algo que ya se refleja en un metraje que rebasa en casi media hora al modelo original, recreándose con mucha más parsimonia en las relaciones (familiares, sentimentales y laborales) que se establecen entre sus personajes.

    por José Martín León
    abril 16, 2014

    Crítica | Lazos de sangre (Blood Ties)

    por José Martín León | abril 16, 2014
    Ilo Ilo, de Anthony Chen

    Crisis contemporáneas

    crítica de Ilo Ilo | 爸妈不在家, de Anthony Chen, 2013

    La pasada edición del Festival de Cannes –2013– dejó para el recuerdo películas como La vida de Adèle (2013), La gran belleza (2013), Nebraska (2013), A propósito de Llewyn Davis (2013) o Like Father, Like Son (2013). Una cosecha maravillosa. Un panteón fílmico interesante. Lo normal ante esta prole es que todo lo demás pase prácticamente desapercibido. Pese a tanta magnificencia hubo una pequeña sorpresa galardonada con la prestigiosa Camàra d'Or. La película en cuestión es Ilo Ilo (2013), ópera prima de Anthony Chen, que sienta las bases de lo que parece que será una carrera prometedora. Su acogida en la Croisette fue memorable, con una ovación que rondó los 15 minutos. El debut tras la cámara del director novel fue inmejorable. Ilo Ilo gira en torno a una familia de clase media situada en Singapur durante la crisis asiática de 1997. Unos padres –esclavos de la miseria mundana–, un hijo mimado y una niñera emigrada de Filipinas forman el tándem protagonista. El hilo conductor parece ser Jiale –el niño–, en torno a él gira casi toda la película; especialmente la primera mitad. No obstante sobre la individualidad del hijo emergen las individualidades del colectivo lo que implica un mayor protagonismo de la familia en su conjunto, sin jerarquías. Una madre roñosa agobiada por el trabajo, su hijo malcriado, un marido con vocación de loser y un parto inminente; un padre a la deriva, incapaz de mantener a los suyos; y por último una empleada doméstica de origen filipino que tiene que lidiar con el drama de lo desconocido, con el desprecio y con el hecho de haber dejado a su hijo en su país de origen. En el centro de todo esto o a su vera se encuentra Jiale, incordiando, emocionando, cabreando, según se tercie.

    por Anónimo
    abril 01, 2014

    Crítica | Retratos de familia (Ilo Ilo)

    por Anónimo | abril 01, 2014

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