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    Rebecca Zlotowski
    Rebecca Zlotowski
    || Críticas | Estrenos | ★★★★☆
    Los hijos de otros
    Rebecca Zlotowski
    Rachel siempre fue madre


    Borja Hernández Máñez
    Los Ángeles |

    ficha técnica:
    Francia, 2022. Dirección: Rebecca Zlotowski. Guion: Rebecca Zlotowski. Producción: Les Films Velvet/ France 3 Cinema/ Centre National du Cinema/ Canal +/ Cine+/CineCap5/ IndéFilms10. Fotografía: George Lechaptois. Montaje: Géraldine Mangenot. Música: Rouben Coubert/ Gael Rakotondrabe. Diseño de producción: Katia Wyszkop. Decorados: Amaury Arseguet, Alexandre Cottin, Clement Debeve, Eric Gandois, Victor Prunier. Vestuario: Bénédicte Mouret. Reparto: Virginie Efira, Roschdy Zem, Chiara Mastroianni, Callie Ferreira-Goncalves, Yamée Couture. Duración: 1h 43 minutos.

    La maternidad es un misterio. Incluso la situaría junto a los más altos conceptos filosóficos. La belleza, la felicidad, la verdad y —¿por qué no? — ser madre. A priori, la cuestión está clara: se es madre cuando se tiene un hijo. O quizá no tanto. ¿Se es madre solo por el mero hecho de dar a luz? Hay mujeres con hijos que no ejercen precisamente una actitud maternal; y hay mujeres sin hijos que se entregan desmesuradamente, tanto como una madre. En este sentido, no caben las respuestas maniqueas. Resulta casi imposible escoger un calificativo absoluto y pretender hacer justicia a la realidad. Si se hace, es para invocar aquello que se manifiesta ante nosotros, aunque siempre nos quedemos cortos. En otras palabras, ser madre no cabe en la palabra «madre». Por eso resulta más conveniente acudir a una parte del todo, a una de las variables de la ecuación, quizá más objetiva. Una cosa es ser madre, y otra cosa es tener un hijo. Esto ya es algo más palpable, algo que requiere de una decisión privada, de una decisión adscrita a un momento concreto de la vida. Es decir, se puede llegar tarde a tener hijos, pero ¿se puede llegar tarde a ser madre? Esto es lo que explora magistralmente Rebecca Zlotowski en su quinto largometraje Los hijos de otros. La directora francesa se zambulle en este «misterio», y desmenuza con mimo cada una de sus implicaciones. Para ello concibe la progresión dramática como un collage episódico, hilvanado por una pregunta que no deja de reverberar en el subtexto: ¿qué hacer cuando el deseo personal se da de bruces con una realidad inexorable? ¿Qué hacer cuando se quiere ser madre, pero ya es demasiado tarde?

    El pasado de Rachel Friedmann está marcado por la ausencia materna y un matrimonio fallido. Pero todo eso ha quedado atrás. Ahora la protagonista acaba de cumplir cuarenta y cinco años. Le va mejor que nunca. Incluso podría decirse que tiene la vida solucionada. Da clases de literatura en un instituto, y suscita verdadera admiración entre sus alumnos. Zlotowski abre el filme apuntando directamente al núcleo temático. Rachel proyecta una película en el aula: Las relaciones peligrosas, de Roger Vadim. De fondo, entre el murmullo de la clase, pasa inadvertida una frase que condensa todo el primer acto de Los hijos de otro: «En el amor solo se busca el placer, hasta que el placer se vuelve triste […] La única regla es no caer en la trampa del amor». Como una quinceañera más, Rachel guasapea desde la última fila. Esboza una sonrisa tierna, como si hubiese recibido un emoticono gracioso, o quizá un meme. La cierto es que Rachel ha caído de lleno en la trampa del amor, y Ali es el culpable de su mueca adolescente. Un hombre que también tiene la vida encarrilada. Sin embargo, ambos han decidido complicársela. Entrelazar sus pasados en una relación apasionada, llena de ese placer que inevitablemente se torna triste. Una situación que recuerda a esa maravillosa frase con la que Garci cierra Volver a empezar: «Cuando somos jóvenes todos pensamos que las personas mayores no se aman […] que no sienten pasión […] En verdad solo se envejece cuando no se ama». Pero Zlotowski no es Garci, e introduce ese factor que cataliza la frustración de la protagonista. Casi a cuentagotas, por medio de una habitación vacía, un dibujo hecho con ceras, Rachel descubre a la pequeña Leïla. Esa parcela del pasado de Ali que subraya la imposibilidad de una entrega mutua. La relación amorosa entre ambos le hace caer en la cuenta: «Quiero un hijo», es decir, quiere ser partícipe de esa decisión compartida que diluye las fronteras que separan lo «nuestro» y lo de los «otros». No obstante, todo a su alrededor le recuerda que siempre estará destinada a ser una «madre vicaria», una mera figurante.

    Además, la directora francesa incluye otra variable que acentúa más esa imposibilidad. El deseo se topa con el tiempo —el llamado reloj biológico—, y la protagonista no deja de preguntarse: «¿Cuánto tiempo me queda?». La decisión brota tarde, y su resolución es inexorable. Zlotowski presenta esta cuenta atrás haciendo uso de todos los elementos de los que dispone: la dinámica entre los personajes, la dimensión simbólica, los motivos recurrentes… Por un lado, introduce al personaje de Madame Roucheray, una de las madres de la clase de Leïla que sufre un cáncer terminal. Su presencia casi fantasmal contrasta con la vitalidad de los niños que la rodean, como un recordatorio de esa caducidad, de ese reloj biológico que tarde o temprano se quedará sin cuerda. Junto con esto, el guion hace uso del subtexto para solidificar una trama aparentemente fragmentada. Se ayuda de símbolos para sacar lo implícito a la superficie, como las constantes visitas al cementerio por parte de los Friedmann, el súbito embarazo de la hermana de Rachel, el aborto espontáneo de la protagonista, y el motivo que explica su inclinación a darse maternalmente: la muerte de su propia madre. Este detalle se siembra al comienzo de la película, en una fugaz línea de diálogo: «La perdí en un accidente de coche. Yo tenía nueve años». Más tarde, Zlotowski recoge esta idea al final del segundo acto, y establece un paralelismo con Rachel y Leïla. Sin duda, una forma brillante de introducir la historia en su desenlace. De esta manera, la protagonista comprende que su papel de figurante excluye esa entrega mutua, pero no la entrega personal. En otras palabras, puede que nunca pueda llamar «nuestra» a la relación con Ali y su hija, pero Rachel amará y sufrirá como si lo fuera. Tal y como lo hace una madre.

    Junto a la minuciosa trabazón del guion, Los hijos de otros brilla también por sus decisiones formales. En apariencia, la película mantiene una línea de estilo constante, sin demasiados fuegos artificiales. En este sentido, comulga con el carácter íntimo y cercano a la realidad, un tono que puede hacer que la dimensión estética pase desapercibida. Sin embargo, Zlotowski, de la mano de su director de fotografía predilecto George Lechaptois, dispone todas las herramientas visuales en favor de la historia. El filme comienza con una gama cromática que recuerda a la comedia romántica. Los colores cálidos —incluso pastel— otorgan ese aire ligero y desenfadado. Las decisiones estéticas van al compás de la relación amorosa de los protagonistas, y conforme ese placer se va tornando triste, también los colores se atenúan. Lechaptois prescinde de llamativos movimientos de cámara —como la grúa que utiliza para abrir la cinta—, para pasar a planos más rígidos y cortos. Es justo en el midpoint cuando se produce ese quiebre en el tono de la película; precisamente cuando Rachel materializa su deseo: «Quiero un hijo». Entonces la paleta de color adquiere un cariz azulado, y en donde antes había predominado una gran profundidad de campo, ahora aparece un fondo desenfocado que compacta el espacio. Esta paulatina variación culmina en la trágica escena de la ruptura, donde todo rezuma un potente tono azul oscuro. Por primera vez, vemos a los personajes siendo vulnerables, algo que se nos muestra con planos picados cortos, como si los estuviésemos viendo desde arriba, casi a un palmo de sus caras. De esta forma, Zlotowski podría haber terminado la película, pero todavía se reserva un quiebre más.

    En la última escena se aglutinan las decisiones estéticas tomadas en ambos quiebres. Por un lado, todo aparece enfocado, pero la temperatura de color sigue siendo fría. La cámara se sitúa a la altura de los ojos, incluso se introduce un travelling para cerrar el filme, pero los planos siguen siendo cerrados. Lo último que vemos es un día nublado en un restaurante parisino. Rachel corrige unos exámenes cuando uno de sus antiguos alumnos advierte en ella. Sin pensarlo dos veces, acude a toda prisa para encontrarse con su profesora. La conversación es breve. El muchacho le agradece la enorme paciencia que tuvo con él, y termina diciendo: «Quería verla estos años pasados para darle las gracias. Quería decirle que me marcó, que no la he olvidado». Al final, parece ser que no todas las formas de amor son una trampa; que no todas las entregas son fútiles. Parece ser que su deseo se ha cumplido; que Rachel siempre fue madre.

    por Borja Hernández Máñez
    febrero 09, 2023

    Crítica | Los hijos de otros

    por Borja Hernández Máñez | febrero 09, 2023
    Natalie Portman

    Memoria histórica

    Crónica de la octava jornada de la 73ª edición de la Mostra de Venecia.

    Abordar figuras trágicas no suele ser fácil. Y cuando estas arrastran tras de sí una leyenda maldita el peligro de pervertir una visión íntima y desprejuiciada con la perspectiva consciente del tiempo puede llevar al traste las buenas intenciones. Era uno de los temores primordiales previos a Jackie (80/100). La última cinta de Pablo Larraín se ha presentado esta mañana en la Mostra con mucha expectación tras el exitoso paso de Neruda por la Croisette y con el importante añadido de tener como productor a otra fuerza creativa notable: Darren Aronofsky. Él mismo fue el que le ofreció al chileno encargarse de este proyecto, con la única condición de Natalie Portman fuera la protagonista. La decisión no podía ser más acertada, y la simbiosis que la actriz experimentó en Cisne negro ha vuelto a producirse. La mirada introspectiva con la que se estudia a Jackie Kennedy refleja la complejidad de una mujer a la que el mundo calificó de fría. Larraín, poco amigo de sentimentalismos, evoca una sensación incómoda muy subrayada por la compositora Mica Levi (autora también de la sonoridad de Under the Skin de Jonathan Glazer), que aquí sigue apostando por tracks donde la extrañeza y el misterio enrarezcan todos los sentimientos extrapolados. A través de Portman, uno puede atisbar parte de la inmensa desesperanza del personaje, de la tristeza contenida y agotamiento que el rostro de la actriz contiene siempre en el límite y que, a veces, lleva a una suerte de exageración teatral cuando las cámaras entran en las estancias de la Casa Blanca para presentarle al mundo aquello que hasta hace poco perteneció a su difunto marido. Larraín, traicionado en ocasiones por la morbosidad, contrapone una cara pública y falsamente complaciente a otra resentida y cínica que se mueve ebria por las habitaciones mientras en el tocadiscos suena la canción preferida de su esposo, el final del musical Camelot. Es la imagen de una mujer que ha perdido la ilusión. Jackie es un retrato crepuscular imbuido de nostalgia y anhelo sobre la pérdida dolorosa de un tiempo en el que los ideales todavía eran algo tangible y que hombres como John Fitzgerald encarnaron a la perfección, erigiéndose a su muerte los recuerdos de promesas que nunca llegarían a cumplirse. En ellos quedará materializada para siempre la memoria de ese Camelot que moriría con Mrs. Kennedy.

    El conmovedor retrato de Larraín ha tenido su réplica con The Journey (60/100), la cómica especulación de Nick Hamm sobre la conversación que llevó a los dos archienemigos de la política irlandesa, Martin McGuinness e Iain Paisley, a terminar forjando un trato de paz aparentemente imposible y una amistad por la que se les acabaría conociendo como The Chuckle Brothers. Sin ser un alarde de dirección, la película se beneficia de un tema y unas figuras que a los anglosajones les toca de cerca y que ha definido su Historia de manera imborrable; pero, sobre todo, se ve elevada por un casting impecable donde Timothy Spall borda la terquedad del veterano Paisley. Hamm, más conocido por ser artífice de aquella entretenida tontería que era The Hole con Thora Birch, ha recurrido aquí a unos mañas teatrales bastante caricaturescas que, en sus evidentes metáforas, restan bastante eficacia a un guion por otro lado bastante interesante, que apela a una percepción muy vigente sobre esos políticos incapaces de dar su brazo a torcer (eso los españoles lo sabemos bien) aunque eso conlleve perjuicios para la propia población que gobiernan. Ese concepto que tan bien retrata The Journey, habla de algo en lo que uno desea creer desesperadamente. Que dos políticos, por muy distintos que sean, por mucha animadversión que se tengan, deben ser capaces de limar asperezas para tomar decisiones por un bien común que trascienda orgullos personales. Es un optimismo mediocremente plasmado pero estamos tan faltos de él que es harto difícil no dejarse conquistar por el mismo, aunque sea un poco.

    por Unknown
    septiembre 10, 2016

    Mostra de Venecia 2016 (VIII) | Críticas: Jackie / Austerlitz / Planetarium / Paradise / The journey

    por Unknown | septiembre 10, 2016

    Los pecados del amor o la inevitable desorientación vital

    crítica a Grand Central (Rebecca Zlotowski, 2013)

    ¿Sabes cómo nacen los niños? ¿Cómo se hacen?, pregunta, micrófono y cámara en mano, Pier Paolo Pasolini a un grupo de niños. Así se inicia Encuesta sobre el amor (Comizi d’Amore, 1965), un viaje sociológico por la Italia de los ’60. Donde, sin ataduras y crítico a los tiempos que le tocaron vivir, Pasolini lucha por la verdad y la utopía del amor, la sexualidad y los aspectos identitarios que tales manifestaciones promueven. En una Italia marcada por la divergencia sociocultural de clases, la masiva ignorancia y el miedo, consecuencia de la desinformación y el Catolicismo. Una Italia, donde Roberto Rossellini proponía diez años antes, con Te querré siempre (Viaggio in Italia, 1954), una incisiva disección de los sentimientos humanos, coherentemente relacionados con su contexto social y cultural. Imagen del vacío que anida en el interior de sus protagonistas, interpretados por Ingrid Bergman y George Sanders. Y del deterioro progresivo de su relación. Poética meditación sobre como compartimos nuestros sueños y cómo estos se desvanecen con el tiempo, en contraposición a un prólogo casi insoportablemente emotivo: el desentierro de una pareja de amantes, abrazados, bajo las ruinas de Pompeya. Comprendemos, entonces, que el amor, la verdadera pasión amorosa, es la imposibilidad de aceptar la ausencia de la persona a la que amamos, de resignarnos a su inexistencia, y que sólo borrándonos en la nada conjuramos el temor a ese vacío. Hay una sabiduría aquí con la que tiembla toda la metafísica, como en algunas de las más inquietantes tragedias clásicas: podemos elegir, pese a las adversidades, la libertad de mantener ese amor y esa pasión para toda la eternidad.

    Hermosa en su estética y romántica en su esencia, con una apuesta sonora y visual muy pensada que acompaña al discurso emocional de la película, Grand Central consigue retratar a la perfección esta mirada neorrealista del amor: las historias personales de un triángulo amoroso que componen Gary Manda, Karole y Toni –interpretados por Tahar Rahim, Léa Seydoux y Denis Ménochet, respectivamente-, tres personajes cuyos respectivos sentimientos mutuos parecen agotados; con la problemática del mundo como telón de fondo. Que, como en las películas de Rossellini, presenta un espacio en ruinas en perfecta harmonía a unos personajes desconcertados, deprimidos, ensimismados, incomunicados. Grand Central supone el segundo largometraje de la realizadora francesa Rebecca Zlotowski (París, 1980). Quien, con su ópera prima, Belle Épine, presentada en la 49ª edición de la Semana de la Critica del Festival de Cannes, brilló con luz propia, revelándose como uno de los auténticos descubrimientos del festival. Hecho que demostró escribiendo y dirigiendo, con mucho realismo, una obra casi abstracta. Donde el paso del tiempo no es cronológico, sino una continua acumulación de actos, escenas o sucesos que consiguen crear una atmósfera inconsolable, sofocante, que refleja perfectamente el duro camino, y poco optimista, del aprendizaje vital, moral y material de la protagonista, Prudence Friedmann —interpretada también por la bellísima Léa Seydoux—. Su segunda obra pudiera ser un apéndice de ese discurso. Donde el desequilibrio ya no es cuestión de experiencias, sino un estado cuasi eterno con el que combatir en plena madurez.

    por EAM
    enero 28, 2015

    Crítica | Grand Central

    por EAM | enero 28, 2015
    Grand Central

    GRAND CENTRAL | EL SENTIMIENTO MÁS CONTAMINANTE

    de Rebecca Zlotowski
    intérpretes| Léa Seydoux, Tahar Rahim, Denis Ménochet, Olivier Gourmet, Johan Libéreau.
    Francia, 2013 | Les Films Velvet.

    Su estreno en Una cierta mirada de Cannes 2013 se cosechó con buenas críticas. Algo que supuso un maravilloso complemento para la actriz protagonista, Léa Seydoux, una de las grandes triunfadoras de la 66ª edición con The Blue is the Warmest Colour. Grand Central, segunda película de Rebecca Zlotowski, retrata un amor prohibido ambientado en una central nuclear. Junto a Seydoux una baza segura: Tahar Rahim. Más que sugerente.

    Estreno| 28 de agosto en Francia.

    por Emilio M. Luna
    julio 14, 2013

    Tráiler | Grand Central, de Rebecca Zlotowski

    por Emilio M. Luna | julio 14, 2013

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