Memoria histórica
Crónica de la octava jornada de la 73ª edición de la Mostra de Venecia.
Abordar figuras trágicas no suele ser fácil. Y cuando estas arrastran tras de sí una leyenda maldita el peligro de pervertir una visión íntima y desprejuiciada con la perspectiva consciente del tiempo puede llevar al traste las buenas intenciones. Era uno de los temores primordiales previos a Jackie (80/100). La última cinta de Pablo Larraín se ha presentado esta mañana en la Mostra con mucha expectación tras el exitoso paso de Neruda por la Croisette y con el importante añadido de tener como productor a otra fuerza creativa notable: Darren Aronofsky. Él mismo fue el que le ofreció al chileno encargarse de este proyecto, con la única condición de Natalie Portman fuera la protagonista. La decisión no podía ser más acertada, y la simbiosis que la actriz experimentó en Cisne negro ha vuelto a producirse. La mirada introspectiva con la que se estudia a Jackie Kennedy refleja la complejidad de una mujer a la que el mundo calificó de fría. Larraín, poco amigo de sentimentalismos, evoca una sensación incómoda muy subrayada por la compositora Mica Levi (autora también de la sonoridad de Under the Skin de Jonathan Glazer), que aquí sigue apostando por tracks donde la extrañeza y el misterio enrarezcan todos los sentimientos extrapolados. A través de Portman, uno puede atisbar parte de la inmensa desesperanza del personaje, de la tristeza contenida y agotamiento que el rostro de la actriz contiene siempre en el límite y que, a veces, lleva a una suerte de exageración teatral cuando las cámaras entran en las estancias de la Casa Blanca para presentarle al mundo aquello que hasta hace poco perteneció a su difunto marido. Larraín, traicionado en ocasiones por la morbosidad, contrapone una cara pública y falsamente complaciente a otra resentida y cínica que se mueve ebria por las habitaciones mientras en el tocadiscos suena la canción preferida de su esposo, el final del musical Camelot. Es la imagen de una mujer que ha perdido la ilusión. Jackie es un retrato crepuscular imbuido de nostalgia y anhelo sobre la pérdida dolorosa de un tiempo en el que los ideales todavía eran algo tangible y que hombres como John Fitzgerald encarnaron a la perfección, erigiéndose a su muerte los recuerdos de promesas que nunca llegarían a cumplirse. En ellos quedará materializada para siempre la memoria de ese Camelot que moriría con Mrs. Kennedy.
El conmovedor retrato de Larraín ha tenido su réplica con The Journey (60/100), la cómica especulación de Nick Hamm sobre la conversación que llevó a los dos archienemigos de la política irlandesa, Martin McGuinness e Iain Paisley, a terminar forjando un trato de paz aparentemente imposible y una amistad por la que se les acabaría conociendo como The Chuckle Brothers. Sin ser un alarde de dirección, la película se beneficia de un tema y unas figuras que a los anglosajones les toca de cerca y que ha definido su Historia de manera imborrable; pero, sobre todo, se ve elevada por un casting impecable donde Timothy Spall borda la terquedad del veterano Paisley. Hamm, más conocido por ser artífice de aquella entretenida tontería que era The Hole con Thora Birch, ha recurrido aquí a unos mañas teatrales bastante caricaturescas que, en sus evidentes metáforas, restan bastante eficacia a un guion por otro lado bastante interesante, que apela a una percepción muy vigente sobre esos políticos incapaces de dar su brazo a torcer (eso los españoles lo sabemos bien) aunque eso conlleve perjuicios para la propia población que gobiernan. Ese concepto que tan bien retrata The Journey, habla de algo en lo que uno desea creer desesperadamente. Que dos políticos, por muy distintos que sean, por mucha animadversión que se tengan, deben ser capaces de limar asperezas para tomar decisiones por un bien común que trascienda orgullos personales. Es un optimismo mediocremente plasmado pero estamos tan faltos de él que es harto difícil no dejarse conquistar por el mismo, aunque sea un poco.