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    Jessica Jones

    Antiheroínas, villanos y otras criaturas dañadas

    crítica de Jessica Jones (2015).

    Netflix | EE.UU, 2015. Directores: S.J. Clarkson, David Petrarca, Stephen Surjik, Uta Briesewitz, Bill Gierhart, Rosemary Rodriguez. Guión: Melissa Rosenberg, Liz Friedman, Jamie King, Scott Reynolds, Micah Shraft (basado en la obra de Brian Michael Bendis y Michael Gaydos). Reparto: Krysten Ritter, Mike Colter, David Tennant, Rachael Taylor, Carrie-Anne Moss, Wil Traval, Eka Darville, Erin Moriarty, Susie Abromeit, Robin Weigert, Colby Minifie, Rebecca De Mornay. Fotografía: Manuel Billeter. Música: Sean Callery.

    Siete años, doce películas y tres series de televisión después, Marvel se ha dignado a presentarnos a su primera superheroína por derecho propio, la primera que no aparece como un interés romántico que se ha ganado un ascenso, o como un personaje secundario relegado a ser comparsa del “club de los chicos”. Y para ello ha escogido un personaje a priori poco conocido para el gran público —hasta ahora—, con una vida y unos problemas mucho más mundanos que los de Tony Stark y su pandilla. Creada por Brian Michael Bendis y Michael Gaydos en 2001, Jessica Jones debutó en los cómics de la mano de Alias, serie que inauguró la línea MAX de Marvel, destinada a un público adulto y que incluye historias mucho más violentas, sexuales y oscuras que las de las colecciones regulares de la Casa de las Ideas. Quizá por eso era inevitable que apareciese en las producciones que Marvel ha reservado para Netflix, que, si no son una línea MAX televisiva, están muy cerca de serlo. Y la elección y puesta en escena, como sucedió con Daredevil, no pueden ser más brillantes. Alias es la base argumental de Jessica Jones, aunque la serie sigue su propio camino. Jessica es una mujer poco común, al menos para los estándares de los universos superheroicos; sí, tiene súper fuerza, es bastante más resistente de lo que es normal —aunque no invulnerable—, y casi se diría que puede volar. Pero también bebe como un cosaco, se acuesta con quien quiere y es un desastre en casi todo lo que hace; posiblemente, si el tabaco no estuviese tan mal visto en los productos audiovisuales americanos de hoy día, también fumaría como un carretero. Jessica está a años luz de las siempre pluscuamperfectas damiselas de los universos comiqueros, capaces de pasearse entre explosiones subidas a tacones de vértigo, de enamorar a semidioses alienígenas atropellándolos con su “encantadora torpeza” o de cargarse todo un pasillo lleno de matones literalmente sin despeinarse. Jessica Jones suda, sangra, se ensucia, no se cambia de ropa en días y huele mal. Jessica Jones es el personaje más humano jamás visto en una pantalla en la que aparezca gente que puede parar coches con las manos.

    A diferencia también de sus mayores cinematográficos, y en cierta medida también de su serie hermana, Jessica Jones nos cuenta una historia más pequeña, menos centrada en salvar el mundo y más en que su protagonista se salve a sí misma y a los suyos. Cuando la conocemos, Jessica está lidiando con un trastorno por estrés postraumático, resultado de haber pasado meses bajo el control mental de alguien llamado Kilgrave, que la llevó a sufrir, y a perpetrar, todo tipo de abusos imaginables. Un buen (mal) día, Jessica descubre que Kilgrave, a quien creía muerto, sigue vivo y ejerciendo su terrorífica influencia sobre la gente. La maldad de Kilgrave, como veremos después, no radica tanto en sus habilidades como en su propio ser. Y frente a la muy humana maldad de Kilgrave, se alza la no menos humana fuerza de voluntad de nuestra protagonista. Jessica es una superviviente: ha atravesado un infierno de abusos y ha vivido para contarlo; y, aunque dañada, puede que de forma irreparable, es capaz de plantarse frente a su torturador y escupirle su desprecio a la cara, de pararle los pies para evitar que dañe a otros como la ha dañado a ella. Jessica no es sólo alguien que puede atravesar paredes de un puñetazo o cargar con tipos del doble de su tamaño como quien lleva una mochila; también es alguien capaz de enfrentarse a un trauma muy real, a un miedo que puede llegar a paralizar, para evitar que éste siga definiendo su existencia. Con su aspecto menudo y casi frágil, y su expresión a la vez sarcástica y triste, Krysten Ritter resulta perfecta como Jessica, consiguiendo no sólo llevar la serie a sus espaldas, sino construir un personaje con el que el espectador puede empatizar sin caer en los estereotipos de marysue que resultan tan tentadores para el mundo audiovisual a la hora de lidiar con personajes femeninos. Jessica es una mujer, pero eso no significa que tenga que comportarse de acuerdo a unos “estándares” por el hecho de serlo. Los estándares y las opiniones de la gente, en realidad, se la traen bastante al pairo, como deja claro en más de una ocasión, a amigos, enemigos y desconocidos por igual.

    por Unknown
    diciembre 05, 2015

    Crítica en serie | Jessica Jones

    por Unknown | diciembre 05, 2015
    Sin City: Una dama por la que matar

    Back to Black

    crítica de Sin City: Una dama por la que matar | Sin City: A Dame to Kill For, dirigida por Robert Rodríguez, 2014.

    Según la teoría de la cultura de masas, explicada y analizada en profundidad por Ortega y Gasset en su libro La rebelión de las masas (1929), el éxito en cualquier empeño de atraer a una gran cantidad de población hacia un fin concreto —concepto hombre-masa—, residiría en la adaptación de un producto minoritario (desconocido por la mayoría) en función de las bases sociales establecidas —Hollywood—. Así nació Sin City como concepto, trasponiendo a la gran pantalla un producto cultural, en este caso una novela gráfica, con una presentación visual muy semejante a la fuente original aunque aferrándose a una serie de necesarias modificaciones condicionantes del éxito masificado. Esta fórmula fue descrita muy acertadamente por la Dra. Cascajosa Virino: “grandes dosis de acción, fuerte presencia de elementos fantásticos, personajes más caracterizados por sus acciones que por su psicología y un elaborado estilo estético en el que el diseño de producción y el cromatismo intentan rememorar al cómic original”[1]. Una vez se alcanzó el impacto deseado, sólo quedaba sacar el mayor beneficio posible, y aquí es donde entra en escena Sin City: Una dama por la que matar (Sin City: A Dame to Kill For), pasando de la trasposición a la transficción, o el reciclaje de esa obra genuina en el mayor número de formatos y variantes posibles —secuela—.

    La película sigue la misma concepción narrativa que su predecesora, una estructura episódica cuyas diferentes historias se relacionan de manera anecdótica gracias a un nexo común: el Kadie’s Saloon, un antro libidinoso donde se dan cita los personajes más perversos del lugar. Con la oscuridad dramática del Neo-Noir estadounidense y la contundencia explícita del Hard-Boiled policíaco, Robert Rodríguez y Frank Miller vuelven a situarnos en la degenerada Basin City. Una ciudad donde el delito es asumido con resignación por los justos (los pocos que quedan), quienes se empeñan, ya no en resolver el crimen en sí, sino en restaurar el orden e impartir la justicia a su manera, sin hacer distinción alguna entre ley y venganza, por lo que resulta imposible diferenciar entre detective y criminal. Los delincuentes no nacen en (Ba)Sin City, sino que se hacen en medio de esta sociedad depravada y corrupta que les conduce a la autodestrucción, son personajes peligrosos y derrotados, movidos por el deterioro ético que gobierna su mundo. Encontramos aquí a Marv, protagonista del prólogo de la película, Just Another Saturday Night, y eterno parroquiano, o prisionero semi-involuntario, de esa pecaminosa cárcel que conforma la mencionada taberna de Kadie, estatus que le convierte de manera ineludible en el vínculo personificado de todas las historias.

    por Alberto Sáez Villarino
    septiembre 10, 2014

    Crítica | Sin City: Una dama por la que matar

    por Alberto Sáez Villarino | septiembre 10, 2014
    Guardianes de la galaxia

    Los comienzos de una banda muy singular

    crítica de los Guardianes de la galaxia | Guardians of the Galaxy, dirigida por James Gunn, 2014

    Guardianes de la galaxia ratifica hoy una tendencia contra pronóstico: este verano de 2014 está haciendo felices incluso a los siempre escépticos del blockbuster, producciones multimillonarias que aterrizan con el firme propósito no sólo de amortizar presupuesto y sumar ganancias sino de doblar la apuesta, digamos, en el último segundo. Más o menos igual que Christopher Walken en El cazador, aunque sin medidas drásticas. (No se aconseja preparar un speech revólver en mano, ni siquiera teniendo enfrente al dueño de los estudios, o la productora interesada.) Ya no basta con tener una gran idea y un mejor guión; ahora también hay que regalarle al productor la posibilidad de abrir franquicia, de poder sumar ceros a su(s) cuenta(s) bancaria(s) mediante ostentosas y estruendosas aventuras para, en última instancia, alienar un poco más a sus devotos en Pekín, en Skopje o en Honolulú. Quizá los ejemplos indeseables recientes sean Piratas del Caribe y Transformers, dos productos que definen a la perfección la codicia y la estupidez hollywoodienses, y cómo éstas nublan a veces el juicio del espectador más incauto: no por nada el mismo personaje que catapultó al excéntrico Johnny Depp a categoría de icono rock, ha acabado por sepultarle en la simple mueca; en tanto que los Optimus Prime y Galvatron de Michael Bay siguen a lo suyo, imponiendo su mandanga —con efectos no del todo saludables— a golpe de hostias. Y disculpen la redundancia, pero es revisar nuevamente lo ya visto. Una verbena donde el Tren Chu-Chu es regentado por la misma bruja José Javier desde 2007.

    Hablaba al comienzo sobre la felicidad, o la euforia que se hace pasar por ésta, de quienes demonizan aleatoriamente, por afición, la cartelera en verano. Que la temporada estival es una época idónea (hace calor, la gente se va de vacaciones, las expectativas se despeñan como kamikazes sin airbags ni eyector alguno, y se restauran como por arte de cine) para colarnos saldos no es ningún secreto, como tampoco lo es que entre la supuesta morralla surgen de vez en cuando historias apasionantes, incandescentes; sin ínfulas dramáticas ni artísticas más allá de querer erizarte los vellos del culo o arrancarte una sonrisa tonta, quedándose a vivir contigo primero por tres meses y después por seis o diez años. O a perpetuidad, es decir hasta que la muerte (o un spin-off) os separe: esa compañía no tiene coste alguno y suele provocar mucha satisfacción. Y mucha satisfacción esconde a plena vista Guardianes de la galaxia, acaso la mejor película de antihéroes venidos forzosamente a superhéroes (con el permiso de Watchmen) que pasa por ser el reverso luminoso, una versión rocker y working-class de Los Vengadores, sin lugar a dudas el culmen narrativo y la élite del nombre propio hecho grupo del universo Marvel. Filme que rebajó sustancialmente la tensión que poco después traería consigo un minuto de silencio tras el final de The Dark Knight Rises de Christopher Nolan, cuya guinda a más de uno se le indigestó. Una película, Los Vengadores, que interpuso sarcasmo entre toneladas de cemento, donde la oscuridad gravitaba como fuerte axioma sin recorrido, vibrante y lejano en el espacio y, si me permiten jugar con la semántica, también en el tiempo. Así, Disney/Marvel puso contra las cuerdas a la hasta entonces muy subversiva Warner Bros/DC, y de repente los fans de esta segunda empezaron a tener dudas a propósito del futuro comercial —cinematográfico, no farmacéutico— de la depresión, de la tinieblas ahogadas, del huir de uno mismo a ninguna parte, de impostar la voz y la existencia misma, de soñar grises azulados con destellos rojos, de convertir a Superman en Sa(n)dman o, mejor aún, en Grant Morrison; y a Batman en Frank Miller con un traje que no, ¡última nueva!, no es de goma espuma. Pequeños detalles que podrían no gustar a los felices-de-la-vida, igualmente enfermos clínicos.

    por Anónimo
    agosto 14, 2014

    Crítica | Guardianes de la galaxia

    por Anónimo | agosto 14, 2014
    X-Men: Días del futuro pasado

    Lobezno: viajero en el tiempo

    crítica de X-Men: Días del futuro pasado |
    X-Men: Days of Future Past, Bryan Singer, 2014

    Era de imaginar que Bryan Singer se arrepentiría rápidamente de haber abandonado su silla de director tras las dos primeras cintas de X-Men para embarcarse en un proyecto bastante más ambicioso, aunque finalmente fallido, aquel Superman Returns (2006) totalmente reivindicable que fue unánimemente masacrado por su excesivo apego y cariño a las películas protagonizadas por Christopher Reeve –especialmente, las dos primeras–. Tras una efectiva y resultona primera entrega en 2000, Singer tocó techo con la magnífica X-Men 2 (2003), mucho más robusta argumentalmente y con una habilidad pasmosa para manejar una galería tan nutrida de superhéroes. Aquella secuela rompe el mito que asegura que segundas partes nunca fueron buenas, dejando para la posteridad uno de los mejores momentos de toda la serie: el asalto de Rondador Nocturno a la Casa Blanca. Con la marcha de Singer, las labores de dirección de X-Men: La decisión final (2006) recayeron sobre los hombros de Brett Ratner, un tipo con comprobado oficio para el cine de entretenimiento pero sin la calidad de su antecesor. Los resultados se hicieron notar en pantalla y la crítica dio de lado a una tercera entrega, por otra parte, bastante entretenida y con alguna escena brillante –el enfrentamiento Jean Grey/Xavier–. Para compensar las malas opiniones, aquella cinta se convirtió en la más taquillera de la saga hasta aquel momento con 460 millones de dólares recaudados en todo el mundo. La entrada en la franquicia del interesante Matthew Vaughn con la precuela X-Men: Primera Generación (2011) reconcilió a los mutantes con la crítica, a la vez que el público recibía con los brazos abiertos a las nuevas caras que interpretarían a los mismos personajes en sus años jóvenes durante la década de los 60, en plena Guerra Fría. Bryan Singer fue el encargado de escribir aquel guión, siendo antesala de su regreso como director en esta X-Men: Días del futuro pasado (2014) que ya desde el tráiler prometía ser la entrega más ambiciosa –el argumento con viajes en el tiempo propicia la reunión del reparto en pleno de las tres primeras cintas con los actores relevo de Primera Generación–, oscura y espectacular de las cinco rodadas hasta la fecha.

    por José Martín León
    junio 11, 2014

    Crítica (II) | X-Men: Días del futuro pasado

    por José Martín León | junio 11, 2014
    X-Men: Días del futuro pasado

    Mercurio bajo cero

    crítica de X-Men: Días del futuro pasado |
    X-Men: Days of Future Past, Bryan Singer, 2014

    Wish You Were Here. Ojalá estuvieses aquí, piensa y/o reproduce Charles Xavier en el futuro que ya pasó y que está a punto de volar por los aires, cielos que trasuntan borrascas en el presente que hubiera podido ser y que, quizá —ligeras variaciones de última hora, esta vez sí, un buen pronóstico—, se materialice aun con leves modificaciones. Nada importante, cosas de éste, el otro mundo. Porque "eran otros tiempos" en los que los tiempos mismos "están cambiando" y los tiempos verbales se confundirán una vez reescritos aquel día por vivir. La respuesta no estaba en el viento, sino en el ADN (y no, no hay ticket: ni se devuelve ni se cambia, es un regalo y te jodes y, por si acaso alguien pregunta, no hemos mantenido esta conversación). En la enfermedad y en los breves periodos de salud, hasta que el tabaco o la bicicleta elíptica os separe. Con sus extrañas modificaciones, espacio y tiempo son flexibles cuando se proyectan a todo volumen en pantalla XL. Welcome my son, welcome to the machine... Wolverine. Buen viaje: abróchate las neuronas. Todo lo que hagas allí resonará física y cronológicamente aquí, sin remisión. Recuerda siempre a Marty McFly en el baile de fin de curso, aquella foto cada vez más vacía, con menos personas que ya nunca existirán. Tu familia, entera, devorada por el efecto mariposa que podrían desatar tus acciones: olvida los besos, los golpes sobrantes y, también, al presunto demócrata que —¡bang!— se esfumó como por arte de soplar velas. Así, ni tan solo el consuelo de un capitalismo sin auxilio, sin que lo sintamos, ahí te mueres Wall Street, sin llamar demasiado la atención, cerrándote de par en par antes de que sea demasiado tarde para todos los allí presentes, incluidos los que jamás han visitado tus tripas, tu corazón, tus verdes pulmones etéreos, números y cifras y letras tan pequeñas que resultan ilegibles. Después, Guerra Fría hirviendo a través de las comunicaciones entre rusos y norteamericanos en la costa de Miami; una guerra que de tanto contarla pierde su frescor y pasa a llamarse Guerra Del Tiempo, o sea ni fría ni caliente, a la temperatura que haga donde bebes todas esos temas "de rabiosa actualidad" y tendencias más o menos hot (no me miren, es simple sarcasmo terapéutico) que hoy aseguran no-sé-qué sobre un Muro y unos padres que nunca se llegaron a conocer, una canción que jamás fue compuesta y, por ende, no será escuchada en ningún radiocassette ni walkman ni discman ni iPod del mundo hiperespacial. Shine On Your Crazy Diamond. Todos locos y brillando aún con más fuerza en la oscuridad ya instalada. Ya se sueñan los elegantes punteos de guitarra que gravitarán alrededor, subterráneamente, del Pentágono; allí donde permanece recluido un hombre-imán con el rencor entre ceja y ceja y las ambiciones supremacistas, tras un perpetuo mohín de capullo egomaníaco. Magneto, sí. Un malo a duras penas malísimo, pues los hay peores y él arrastra una deuda moral con su viejo amigo-enemigo, el Profesor X. Una equis no como intriga o anonimato sino más bien ideada con fines mercadotécnicos, pues a nadie intriga esa equis mayúscula, de Xavier, de cabeza antes/ahora muy greñuda y ahora/antes calva de familia en una escuela para "gente especial" y todo eso.

    por Anónimo
    junio 06, 2014

    Crítica | X-Men: Días del futuro pasado

    por Anónimo | junio 06, 2014
    The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro

    (Im)pulso 'gamer' en La Gran Manzana

    crítica de The Amazing Spider-Man 2: El poder de electro | The Amazing Spider-Man 2: Rise of Electro, de Marc Webb, 2014

    Una vez más, nada extraño, Muerte ha ido a manifestarse en mitad de la noche. La muerte, a su modo ancestral y traidor, vigila entre sombras donde siempre hay cobertura, luego —diré, apunten en sus libretas— no hay sombras en la oscuridad misma. Es contradictorio, es inexplicable: cerrar los ojos y sumergirse a duras penas en un mantra que hiede a senectud pop y que dice así: "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad". Otra vez. De nuevo, el no poco laxante déjà vu dicho por un hombre seguramente íntegro e integral. Lo que se dice un trozo de pan. Y, sin embargo, aquí —demos la bienvenida a Mark Webb— no hay cita célebre ni regresiones memorables. Valga la paradoja. Ahí se las apañen ustedes, espectadores/lectores sin más poder que el de poder situar un pie delante del otro y así caminar hasta el cuarto de baño y, luego, ya en su interior, lanzar una muy adhesiva telaraña con superávit de incertidumbre. Y mucosa linfática. Y así, medio abatido por no reconocerse tras la picadura de una araña radiactiva más el siempre latente recuerdo de sus padres fallecidos a una edad muy temprana y el marcial rapapolvo por no recoger a Tía May del trabajo o lo que fuere (tal vez un cursillo que se antoja hobby. O no, qué más da. Congélese de nuevo la imagen y ensanchen el formato para descubrir esa tierna sonrisa, la sonrisa maternal del cine. Copyright: Sally Field), Peter se adentra en oscuros vértices arquitectónicos y, quizá por aquello de que el estrés con azúcar se diluye, entra a un 24 horas para comprarse un batido y justo ahí se cruza con la Parca oxigenada (y tatuada) que le guiña el ojo o, mejor dicho, el pómulo, pues ésta viste gafas de sol y resulta imposible admirar su escáner ocular aun con los fluorescentes lamiendo cogotes. Chúpate esa, ja, empleado barrigudo. Se malicia el superhero in progress. Y Muerte, disfrazada de amenazador ratero lumpen con pistola, le regala a Peter un llamémoslo nada espiritoso refrigerio antes de la medianoche. Y así parten ambos, vencedores sedientos, y así se hace injusticia: un interruptor estallido cuyo trágico final revela que sí había otro modus operandi aunque Peter no quiso descolgar el teléfono, y que en las sombras ya por siempre sin cobertura, Tío Ben no responde. Y un gran poder conlleva una gran responsabilidad, de acuerdo; pero dónde está la salida que yo me bajo de la atracción, ¿me entienden? Me quedé sin cartuchos mientras la luz se perdía rayando el cenit art déco del edificio Chrysler. Me quedé en suspenso, modo pause en cámara súper lenta, mirando venir mi caída. Hundiéndome sin gárgolas ni spider-cam, las cristaleras repitiendo líneas en fuga como una mala, pero absorbente, reposición con risas no ya enlatadas sino telúricas en bucle. Raindrops Keep Fallin' on My Head versión dodecafónica a 312 metros de altura. Un nuevo amanecer, Spidey, todos simbiontes anónimos en la ciudad con más rodajes por metro cuadrado del mundo.

    por Anónimo
    abril 15, 2014

    Crítica | The Amazing Spider-Man 2: El poder de Electro

    por Anónimo | abril 15, 2014
    Capitán América: El soldado de invierno

    Patriotas con sabor a óxido

    crítica | Capitán América: El soldado de invierno, de Anthony y Joe Russo, 2014

    Frío, lo que se dice frío, no. Es un Invierno más bien primaveral, mercenario y amnésico, junto al gran obelisco in memoriam y la sede de S.H.I.E.L.D (acrónimo de Strategic Homeland Intervention, Enforcement and Logistics Division), en Washington. El paréntesis quizá sea irrelevante, okay, mas conviene ir asumiendo toda información desinformadora para el espectador. Ya hablé en anteriores críticas de estos productos siameses unidos por un frágil cordón argumental al Gran Progenitor y, ay, también Gran Esperanza. Es decir, Los Vengadores. Que a un año vista para el estreno de su nueva aventura, La Era de Ultrón, cargan y recargan ya los artilugios y los superpoderes con que han de maravillar al respetable. Y así no hay quien piense en paz, ni en ella. Pues la velocidad exige tomar nuevos viejos caminos: intimidación, violencia, épica 0% materia grasa, e incluso el "adoquín fascistoide" arrojado por los aires como si fuera una pelota de ping-pong. El mismo sonido metálico que emite al golpear el escudo con la estrella de cinco puntas: pink-ponk, pink-ponk. O chakín-chakín si el material se transforma en balas directas a tu cuerpo ignífugo, quizá a prueba de artillería pesada o vaya usted a saber qué tipo de artefactos. Y así no hay quien piense en ningún sol. Ni siquiera en quedarse viudo: un sueño con pantalones ajustados muy recurrente. Ya no es frío, sino una polaroid invernal atrapada en el tiempo con marmita. El Capitán América se cortó literalmente las alas, y ahora hay quien aspira a cortárselas definitivamente. A sus noventa y muchos, luego de aniquilar a medio régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, tras certificar su patriotismo sometiéndose a un proceso reconstituyente para reconstituir su lamentable constitución física: un flaco y bajito sin músculo era, y en un Apolo lo convirtió su gobierno. Ah, la patria. Ah, Tío Sam. Me resulta difícil frenar mis impulsos y no decir que no a El Capitán América: El soldado de invierno. Porque no hay más, tan sólo una vaga certidumbre a propósito del héroe en sí: una figura estólida que, mal que les pese a ciertos frikis (lectores de cómics, no freaks o monstruos), es el resultado directo de la ironía más vergonzante. Estados Unidos necesitaba un símbolo cuya potencia de fuego pudiera derrocar a los regímenes totalitarios. Por ello, decidió convertirse en lo que había denostado por una gris época, esto es, una nación-probeta que promulgaba la supremacía racial. ¿Quién sino el Capi representa el arquetipo de superhombre anhelado por Hitler? Y, para más inri, rubio. En fin. No incidiré más en ese aspecto, que a nadie interesa. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, las coreografías y los tiros. Chakín, pink-ponk. Y el termostato a veinte: ni frío ni calor. La vista y la temperatura idóneas.

    por Anónimo
    marzo 27, 2014

    Crítica | Capitán América: El soldado de invierno

    por Anónimo | marzo 27, 2014
    Thor: El mundo oscuro

    La amenaza fantasma

    crítica de Thor: El mundo oscuro | Thor: The Dark World, de Alan Taylor, 2013

    Apuntes previos —muy anteriores— a cualquier precedente crítico: 1) Thor sonríe bien y huele a Nenuco; pero, 2) no lo sabemos porque el cine sólo huele al lugar en que se proyecta, esto es, a nada o a todo, incluso a melocotón y a patatas fritas con sabor a pollo y a Facebook, cuyo hedor se cuela a través del clink que entona el sugestivo smartphone. 3) Su ancho emocional es, cuando menos, cuestionable y, también, un desafío a la lógica del héroe maximalista que nació muy joven y generando mucho ruido, como una de esas bodas familiares que celebran la desunión prematura. Viva el vino, sin exclamaciones. Y, 4) Viva Thor, pero denle caza al Señor del Puro Marveliano. Sí, ahora resulta que el puro contamina y que el cine es una fiesta (cueste lo que cueste). Que estamos conectados no ya por seis grados de separación, sino por un router cósmico y un repetidor cuya señal rompe las leyes de la mecánica cuántica, de manera que uno puede estar en —por ejemplo— Vulcano al tiempo que habla con su familia de —por ejemplo— Burgos. Que no hay mal que por saga no venga; y que nunca es tarde si ella se llama Natalie Portman y se ríe como una nerd, o si él se apellida Hemsworth y utiliza un arcoíris tubular para viajar desde Nueva York a Asgard, portando un martillo cuyo peso no tiene medida pues es tal que se escapa a cualquier medición y tan solo obedece a su dueño: él en términos fantásticos. Es decir, Thor. A secas, pero como un témpano. Rubio y difícilmente placable. Un dios aun en su Australia natal. Cosas no del encasillamiento sino de los HECHOS fílmicos. Ya son tres —tras la primera entrega en solitario y sus vacaciones terrícolas para salvar el universo en Los Vengadores— las veces que Chris Hemsworth se ha enfundado el traje oscuro y la impoluta y desgastada, pero jamás rasgada, capa roja. De nuevo, Hollywood atrezzando la borrasca mientras el bíceps ejecuta un ERE y despide al tejido adiposo que se resiste a ser quemado en el mundo y en el cuerpo de ese hijo de Odín. Así y siempre, mola. ¿No? "Se deja ver y oír", dirán los popes; "está entretenida", juzgarán con tono amargo y una sonrisa de buzón; "Pss, va, sí, se pasa bien aunque es muy... cómo lo diría... para fans, eso. Incondicionales y tal". Traducción: funciona. Funciona el sonido y funciona la imagen. Un lujo, visto (y oído) lo visto (y lo oído). ¿Qué más podemos pedir? ¿Que se vea en 3D? Pues tiremos la casa por la ventana, o hagamos converger los Siete Mundos, qué sé yo. Una fiesta, el cine. Cueste lo que cueste.

    por Anónimo
    octubre 31, 2013

    Crítica | Thor: El mundo oscuro

    por Anónimo | octubre 31, 2013
    Kick-Ass 2

    EL REGRESO DEL PATEADOR DE CULOS

    crítica de Kick-Ass 2, con un par | Kick Ass 2, Jeff Wadlow, 2013

    En los últimos años, como respuesta al cada vez más nutrido subgénero de cine de superhéroes, han surgido algunas propuestas que intentan reírse con inteligencia de los tópicos de este tipo de filmes, la mayoría de ellas provenientes del cine independiente. Títulos como Mystery Men (1999), Special (2006), Defendor (2009) o Super (2010) nos mostraron a auténticos perdedores sin ninguna habilidad especial empeñados en vestirse con escandalosas mallas para impartir justicia en las calles. La joya de la corona de esta corriente fue, sin lugar a dudas, Kick-Ass (2010). Basada en el cómic creado por Mark Millar y John Romita Jr., la película irrumpió en las carteleras como un soplo de aire fresco. Brillantemente dirigida por Matthew Vaughn –que venía de ofrecernos aquella reivindicable fantasía de estilo ochentero llamada Stardust (2007)–, con una estética rompedora y estilosa, una hábil combinación de humor gamberro y violencia y unos actores perfectamente escogidos para los papeles protagonistas, Kick-Ass vendría a ser la obra magna de las comedias de superhéroes. La sabia utilización de conocidos temas musicales en sus espectacularmente coreografiadas secuencias de acción no tenía nada que envidiar al Tarantino de Kill Bill. Por esta razón, quienes disfrutamos como niños con las andanzas del adolescente marginado Dave Lizewski (y su alter ego Kick-Ass), el heroico Bigg Daddy y su pequeña hija, Hit-Girl (toda un arma mortífera de once años), y el aprendiz de villano Bruma Roja, esperábamos con ansias una segunda parte. Las primeras noticias de que Vaughn no se encargaría de dirigir en esta ocasión, limitándose a colaborar en el guión, ya empezaron a hacerme temer lo peor. El encargado de sustituirle tras las cámaras es el mediocre Jeff Wadlow, hasta entonces responsable tan solo de una cinta de terror olvidable –Cry Wolf (2005)– y un típico drama de artes marciales a la sombra de Karate Kid –Rompiendo las reglas (2008)–, por lo que mis miedos aumentaban a medida que se acercaba el estreno. Finalmente la sangre no ha llegado al río y, dentro de un pequeño regusto de decepción, Kick-Ass 2 (2013) atesora suficientes méritos como para ser considerada una digna secuela.

    por José Martín León
    agosto 29, 2013

    Crítica | Kick-Ass 2

    por José Martín León | agosto 29, 2013
    Lobezno inmortal

    EL MÚSCULO, LA GARRA Y OTROS TÓPICOS FUTBOLEROS

    crítica de Lobezno inmortal | The Wolverine, James Mangold, 2013

    Seis entregas mutantes después, y con algo más de un decenio superheroico tras de sí, Hugh Jackman no encuentra motivos para desvincularse de la presente franquicia. Aunque existen algo más que razones de peso para decir adiós (o "sayonara", pero sin "baby") a un personaje destrozado desde todas las vertientes. Nunca había sido un imán infalible, pero ello tampoco presagiaba que su primera incursión como protagonista en pantalla gigante le supondría el harakiri cinematográfico. De manera prematura y letal. Y sin honor, que dirían los samuráis. Nada definitivo, supongo. Que no cunda el pánico: tragamos con ruedas de molino y la fiesta no ha hecho más que empezar; lo intuyen los estudios y las revistas-sucursales que se ríen de sus lectores. Que no cunda el pánico: Lobezno es mucho Lobezno. Y el actor australiano, sabedor de que su imagen viaja intrínsecamente unida al indómito icono con esqueleto de adamantium y, por tanto, a una personalidad tan impermeable como amnésica, se ha contruido en paralelo otra carrera en la que éxito económico y bagaje artístico —véase Los miserables— conviven en una canción. Además de ser guapo, elegante, atractivo y un intérprete con hechuras para alternar comedia con drama, Jackman posee la mejor virtud: o sea, la inteligencia para ganarse el necesario afecto del público. Le basta una sonrisa; le consagró al fin una ceremonia de los Oscars en donde presentó -partitura musical mediante- a los vencedores de aquel curso cinematográfico. Sin duda, Jackman irradia el brillo del galán clásico, esa clase de estrella ya desaparecida (o extemporánea) dentro de una industria que fabrica productos y, de tanto en tanto, actores con personalidad o sello propio. Sea cual sea la recepción en taquilla de Lobezno inmortal, sean cuales sean las opiniones derivadas de un filme aparatosamente rancio e insípido, Jackman quedará libre de sospechas. Entrará a formar parte de una no poco triste lista de damnificados.

    Hay quienes apuntan que "Hollywood no tiene ideas", que la moda del remake o del spin-off o de la precuela de la secuela del crossover responde exclusivamente a la carencia de historias; que el pozo se ha secado en California. Yo, en cambio, difiero de esta opinión: Hollywood no padece ninguna crisis de ideas, sino que ha absorbido y refleja arista por arista todos los males de un sistema de producción hipertrofiado. El caramelo se antoja delicioso, magnífico desde todos los ángulos, pero su relleno apesta a infección. En realidad, Hollywood nunca ha sufrido tal crisis. Incluso cuando se habla de una evidente fuga de cerebros hacia la televisión, se omite la evidencia: la idea, es decir el sustrato argumental, es potente; su desarrollo, no. Hablamos, efectivamente, de una crisis mucho más seria. Los productores no quieren ofrecer a su espectador potencial un producto ágil, novedoso —aunque sea en apariencia—, inteligente, emocionante, conmovedor y entretenido. Quieren desplumarlo, sin más. Ellos saben que están vendiendo humo, pero el humo también tiene su público de no fumadores. Y ahí Lobezno inmortal se erige en modelo ejemplarizante de un modelo industrial acabado, lleno de ideas pero sin argumentos. Y ni Christopher McQuarrie (The Tourist y Jack Reacher, guionista insospechado donde los haya) ni Mark Bomback han conseguido vacunarse contra ese virus, ofreciendo así una historia sin garantías de permanencia en la memoria colectiva friki. Aunque en contraposición a este hecho, podemos hablar del paradójico éxito de una película que supera (por poco) a su mediocre antecesora, lastrada también por unos personajes mal concebidos que apenas transmitían algo de nervio, el identificable esplendor que sí confiere la imagen secuencial. Es decir, el cómic. Con o sin grises, pero siempre lleno de puntos de fuga que desembocan en peligros, en ilusorias manifestaciones de ese mal antagónico que, tarde o temprano, responderá a los esquemas propios del folletín moderno, que funde el maniqueismo con los dilemas del héroe en cuestión.

    por Anónimo
    julio 23, 2013

    Crítica | Lobezno inmortal

    por Anónimo | julio 23, 2013

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