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    Bong Joon-ho
    Bong Joon-ho
    || Críticas | Berlinale 2025 | ★★☆☆☆
    Mickey 17
    Bong Joon-ho
    Un teatro de explosiones y nieve


    Rubén Téllez Brotons
    Berlín |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, Corea del Sur, 2025. Título original: Mickey 17. Dirección: Bong Joon-ho. Guion: Bong Joon-ho, basado en el libro de Edward Ashton. Compañías: Plan B Entertainment, Offscreen, Kate Street Picture Company, Warner Bros. Pictures. Festival de presentación: Festival Internacional de Cine de Berlín. Distribución en España: Warner Bros. Pictures España. Fotografía: Darius Khondji. Música: Jung Jae-il. Reparto: Robert Pattinson, Naomi Ackie, Steven Yeun, Toni Collette, Mark Ruffalo. Duración: 137 minutos.

    La nieve está presente en casi todo momento en Mickey 17; desde su plano inicial, en el que se acumula sobre el rostro de un Robert Pattinson inconsciente, hasta su grandilocuente escena final, la pantalla se convierte en una superficie helada por la que humanos, extraterrestres y naves espaciales se mueven a trompicones tensando poco a poco la cuerda de la violencia. Si el cine de Bong Joon-ho opera siempre en un plano realista y en otro metafórico —los diferentes pisos de las casas de Parásitos con sus correspondientes escaleras es el ejemplo más paradigmático—, aquí la nieve y el contexto espacial bien pueden servir como analogía del lugar que la propia cinta ocupa dentro de la filmografía del director: uno frío y completamente alejado tanto de sus anteriores trabajos como de muchos de sus rasgos de estilo. El abandono de unos preceptos estéticos no es algo negativo siempre y cuando se emprenda una búsqueda de otros nuevos, cosa que aquí no sucede. La voluntad de indagación y denuncia de la realidad social que caracterizaba las obras del director no está ausente, pero sí encorsetada dentro de un barroco y distópico teatro de efectos especiales.

    El primer problema de Mickey 17 surge de la imposible combinación de su línea argumental y de las intenciones políticas que –de forma loable— el director nunca rechaza incluir en sus películas. Cualquier obra de ciencia ficción —y esta lo es— funciona en un plano abstracto que elimina la precisión material del relato para trabajar sobre bocetos generalistas: es decir, si Parásitos fotografiaba la realidad capitalista de la Corea del Sur de 2019, con sus abismales desigualdades sociales y los elementos que marcaban la distinción entre los de arriba y de los abajo, Mickey 17 habla del capitalismo a secas, en general y en mayúsculas. O, mejor dicho, utiliza el capitalismo como parte del escenario de su narración, en vez de adentrarse en el escenario de la narración para comprender el funcionamiento de los mecanismos del capitalismo dentro de una realidad concreta. Así, la película no puede aspirar sino a ser una sátira política que juega con arquetipos y sombras, con figuras representativas que carecen de vida y vitalidad si se las abstrae de las formas —ya de por sí— abstractas que las permiten funcionar.

    El capitán de la nave dentro de la que se desarrolla parte del grueso del metraje es un claro ejemplo de ello: el personaje, interpretado por Mark Ruffalo, es una abierta —y por momentos divertida— parodia de Donald Trump; la hipérbole es el eje que sostiene cada uno de los gags en los que interviene; sus gestos son ridículos, también su despótica forma de hablar y las decisiones que toma. El particular humor de Bong —mezcla de cruel incisión y bondad humanista— sobrevive a su brusco giro formal, pero su efecto se ve muy reducido debido a la opacidad de los sujetos sobre los que lo aplica. El personaje de Ruffalo es grotesco, sí, como grotesco es la persona de la que se burla el director, pero más allá de eso, del chiste fácil alargado en el tiempo, no hay nada: tampoco puede haberlo, porque el contexto general no permite que haya una indagación real sobre los motivos por los que alguien así llega al poder, ni sobre el funcionamiento de las estructuras que lo sostienen, etc. El resto de criaturas de la película no alcanzan a proyectar una dimensión humana que permita establecer fuertes vínculos emocionales con ellas: se podría decir que Bong las trata de la misma forma que busca denunciar en la película: mercantilizándolas, convirtiéndolas en objetos funcionales que aprovecha o desecha según las conveniencias de la trama.

    Aunque posiblemente el mayor problema de Mickey 17 no sea otro que el funcionalismo que mueve el motor de sus imágenes. El director ordena la puesta en escena alrededor de este concepto, sacrificando el detallado trabajo de construcción de sentido que había detrás de cada plano en sus anteriores cintas. Aquí un travelling ya no es una cuestión moral —que diría Godard—, sino un movimiento de cámara más; uno que utilizar para mostrar de la forma más transparente, clara y frontal posible las acciones de los personajes. La unión de dos planos no es una forma de crear sentidos y sugerir ideas: las posibilidades dialécticas de las imágenes son pura extravagancia y el cine como forma de conocimiento no vale nada al lado de la literalidad de las grandes superproducciones de Hollywood; esa es la tesis que palpita debajo de cada escena. El descuido estético no tarda en devenir ético: el uso de planos contrapicados para retratar al totalitario capitán de la nave, la alternancia de planos y contraplanos de víctimas y verdugos que equilibran el peso moral durante las secuencias violentas… Bong Joon-ho se pierde en el espectáculo de las explosiones, los doppelganger y los golpes y se olvida del sustrato crítico que le había insuflado vida a sus imágenes hasta el momento. Mickey 17 termina así convertida en un ampuloso despliegue técnico tan helado como la nieve que copa la mayoría de sus planos. ♦


    por Rubén Téllez Brotons
    marzo 07, 2025

    Crítica | Mickey 17

    por Rubén Téllez Brotons | marzo 07, 2025

    Investigaciones de investigaciones

    «Memorias de un asesino», de Bong Joon-ho.

    Corea del Sur, 2003. Título original: 살인의 추억 | Salinui chueok. Director: Bong Joon-ho. Guión: Bong Joon-ho, Shim Sung-bo. Compañía productora: CJ Entertainment / Sidus. Productores: Seoung-Jae Cha, Moo-Ryoung Kim, Jong-yun No. Fotografía: Kim Hyeong-Gyu. Montaje: Sun-min Kim. Sonido: Byung-Ha Lee. Reparto: Song Kang-ho, Kim Sang-Kyung, Kim Roe-ha, Song Jae-ho, Byeon Hie-bong, Koh Seo-hee, Park No-Sik, Park Hae-Il, Choi Jong-ryol, Jeon Mi-seon. Duración: 130 minutos.

    Memories of murder es cautivante por el modo en que Bong Joon-ho trabaja con los géneros cinematográficos. Pasa por muchos de ellos sin abandonar la consistencia formal y narrativa general, y, de hecho, cada transición a un género distinto abre nuevas puertas en un pasillo que crece cuanto más avanzas. Este procedimiento tiene que ver con un manejo virtuoso de la gramática, pero sobre todo con una concepción de los géneros como un punto de partida antes que uno de llegada; como sistemas abiertos antes que cerrados. Bong los interroga y los plantea a su vez como preguntas que suelen proveer una mirada sociológica muy detallada, como si cada género desprendiera la posibilidad de una amplitud inédita para explorar las complejidades del campo social, cultural y político que, en este caso, van desde una escala macro hasta una completamente situada —casi corporal—, sin la necesidad de apelar a los subrayados ni al énfasis; al contrario, es una película de una estructura aparentemente clásica, que aprovecha los intersticios que proveen los códigos habituales para ensayar una mirada crítica y desplazada de los relatos oficiales (tanto del Estado como del espectáculo, o en todo caso de su correlación), que aparecen evidenciados en distintos momentos: la película no se alinea a la perspectiva de los medios de comunicación, pero los muestra buscando producir su mirada, del mismo modo que las prácticas policiacas desvelan sus mecanismos de fabricación y confección de verdades a través de la tortura. De ahí que los géneros, en Memories of murder, son siempre esquemas para poner a prueba la producción y circulación de ficciones que emanan de las diferentes instancias del poder.

    El relato de un grupo de investigadores de la provincia surcoreana de Gyeonggi —acompañados por Seo, un sofisticado detective llegado de Seúl—, que buscan al responsable de una serie de feminicidios (el primer caso mediático de este tipo en dicho país), es la situación desde la que se indaga en los distintos matices y direcciones de la violencia. Como decía en el párrafo anterior, Memories of murder parece «el otro lado de la moneda»: muestra medios, policías, detectives, sospechosos, víctimas, pero nunca cede estos perfiles a sus clichés, y sin embargo juega con ellos. La acción parece suceder a la intemperie, como si nadie estuviera enterado de lo que ocurre, algo que genera un efecto de extrañamiento entre lo mostrado en primer plano y lo que aparece de fondo. Por ejemplo, los trabajadores de la mina, los personajes de la radio, los niños jugando al lado de un cuerpo muerto o los hombres del bar, muy pocos reaccionan con el mismo apuro que el de los detectives. Esta situación es poco común, pues en pantalla suelen mostrarse los asesinatos acompañados de la mirada morbosa que los determina. Incluso en la secuencia donde recrean uno de los supuestos crímenes representado por el presunto asesino, la cámara se concentra más en los nervios de los agentes que en los mirones y noticieros que cubren la escena desde el segundo plano. El ambiente se tensa cuando irrumpe el padre del sospechoso para gritar a los cuatro vientos la inocencia de su hijo, ridiculizando la puesta en escena con la que los policías pretendían sembrar una versión creíble de los hechos.

    por Rafael Guilhem
    marzo 11, 2020

    Memories of murder (Bong Joon-ho, 2003)

    por Rafael Guilhem | marzo 11, 2020

    La revuelta de los miserables

    Crítica ★★★★☆ de «Parásitos», de Bong Joon Ho.

    Corea del Sur, 2019. Título original: 기생충 / Gisaengchung. Presentación: Festival de Cannes 2019. Dirección: Bong Joon Ho. Guion: Jin Won Han y Bong Joon Ho. Productoras: Barunson E&A / CJ E&M Film Financing & Investment Entertainment & Comics / CJ Entertainment / TMS Comics / TMS Entertainment. Fotografía: Kyung-pyo Hong. Montaje: Jinmo Yang. Música: Jaeil Jung. Diseño de producción: Ha-jun Lee. Vestuario: Se-yeon Choi. Reparto: Kang-ho Song, Yeo-jeong Jo, So-dam Park, Woo-sik Choi, Sun-kyun Lee, Seo-joon Park, Ji-so Jung, Jeong-eun Lee, Hye-jin Jang, Hyun-jun Jung. Duración: 132 minutos.

    Sin haber conocido la miseria es imposible valorar el lujo. La frase es de Charles Chaplin y la pronunció pensando en la vida real, aunque resultaba especialmente afortunada al enunciarse por el desde un punto de vista exclusivamente cinematográfico. Y es que el famoso cineasta sería conocido sobre todo por su personaje de Charlot, o el Vagabundo, que como su propio nombre indica pertenecía a lo más bajo de la estratificación social, pero se relacionaba casualmente con las altas esferas. Por seguir con las citas históricas, recurriendo cómo no a Marx, siempre ha habido ricos y pobres, o en la interpretación del autor alemán, opresores y oprimidos, y por ello es natural que desde sus inicios el cine haya plasmado este contraste. El propio interior de El acorazado Potemkin (Sergei M. Eisenstein, 1925) sería un ejemplo idóneo, con esos marineros hambrientos que se rebelan contra sus nobles oficiales. Y la fecha de esta cinta tan mítica como las de Chaplin en el cine temprano revela igualmente que el mismo corría casi parejo a los acontecimientos históricos. Pero no nos desviemos demasiado, porque la revolución bolchevique buscaba la igualdad material, las mismas condiciones para todos, mientras que la frase con la que iniciábamos esta reseña asume la desigualdad, la dualidad social, aunque indicando que se puede pasar de un nivel a otro. Y en verdad la riqueza se puede heredar pero también se puede construir, algo cada vez más frecuente en el mundo moderno, el de los pelotazos, las startups y los premios a la ordinariez. Esas películas que inciden en la precariedad contemporánea siguen pues una tradición lejana, pero todo ahora se mueve con más velocidad, uno puede volverse rico de la noche a la mañana, y al estar menos definidas las fronteras también es más fácil traspasarlas, aunque los medios de cada uno no hayan variado. Hay pobres que parecen ricos e incluso ricos que parecen pobres, del mismo modo que hay sabios que ocultan su conocimiento e ignorantes que exhiben sus ocurrencias. Ese premio a la ordinariez al que nos referíamos deriva igualmente en un elogio de la mediocridad.

    En todo este discurso se inscribe el último trabajo del coreano Bong Joon Ho, Parásitos, ganador de la Palma de Oro este año en el festival de Cannes. Así, lejos de suscitar rechazo por su título el mismo ha atraído a (casi) todo los espectadores que lo han visto, pero no solo por su talento intrínseco, sino también por el de sus personajes principales, una familia en paro (lo cual matiza su “pobreza”, pues no son incultos sino más bien desdichados) que malvive en un hogar cochambroso hasta que de repente pasa a convivir con una familia muy adinerada. Esos pobres desgraciados no son como decíamos ignorantes, sino todo lo contrario: demuestran de hecho más ingenio que el de la otra familia que los acoge, cuya opulencia física va pareja a su carencia intelectual (caso de la madre) o emocional (caso del padre). La premisa parte del amigo de uno de los protagonistas que se va a vivir fuera y le encarga sustituirle en las clases de inglés que da a una chica en su casa, a la que entonces aquel acude. Supuestamente había una relación amorosa, al menos potencial, entre esa chica y ese amigo, pero nuestro joven héroe toma el lugar de este último no solo en la enseñanza sino también en la seducción. Y de paso, al entablar conversación con la madre de la chica, y deducir que el hijo pequeño necesita otro profesor, esta vez de dibujo, el joven recomienda para ello a su hermana. Solo faltan luego el padre y la madre para terminar de introducir en poco tiempo a los cuatro miembros de la primera familia entre las paredes de la segunda familia, formada también por cuatro sujetos equiparables en lo anterior. Dentro del paralelismo general, de la familia rica y la pobre, hay entonces otros múltiples paralelismos, pues vemos cómo una persona puede sustituir a otra sin obstáculos ni recelos en todo tipo de conducta, ya sea laboral o sentimental o incluso en determinados comportamientos. Si consideramos esta posibilidad, junto al discurso que esbozábamos al principio, el filme padecería de cierta deshumanización o despersonalización: porque estas personas no son sino títeres de una visión histórica y social más amplia y porque sus propios rasgos identificativos no son tales, ya que pueden pasar de un sujeto a otro sin problema.

    기생충, Bong Joon-ho.
    Palma de Oro del Festival de Cannes que distribuye en España La Aventura.

    por Ignacio Navarro
    octubre 25, 2019

    Crítica | Parásitos

    por Ignacio Navarro | octubre 25, 2019

    Oh la la

    Octavo capítulo de la crónica de la 72ª edición del Festival de Cannes.

    Aunque la película francófona protagonista del día –y puede que del festival— sea la canadiense Matthias et Maxime, de Xavier Dolan, a la que le dedicaremos una crítica de mayor amplitud, aprovechamos que se acerca el final de esta edición para hablar de la cosecha gala en Competición. Ni que decir tiene que estamos ante una de las entregas con más producciones y coproducciones francesas que compiten por la Palma de Oro. Un detalle bastante llamativo, sobre todo, porque la calidad de estas no ha sido demasiado alta. La ficción local este año ha estado abanderada por sospechosos habituales como Arnaud Desplechin, Elia Suleiman o Abdellatif Kechiche; miembros de una segunda línea como Ladj Ly, Mati Diop o Justine Triet; o promesas devenidas realidad como Céline Sciamma. A falta de conocer los trabajos de Suleiman y Kechiche –en este caso nos tememos lo peor, siendo sinceros—, y dejando a un lado el soberbio largometraje de Sciamma, que claramente está ubicado en otro nivel, el resto de propuestas han destacado por un aparato formal bastante cuestionable y unas narrativas demasiado pedestres. Sorprende sobremanera el último filme de Desplechin, Oh Mercy!, un drama policial con hechuras televisivas que narra la investigación de un asesinato en el extrarradio de la ciudad francesa que titula al largometraje. Una puesta en escena teatral dominada por una música omnipresente que, según palabras del director, homenajea al cine de Alfred Hitchcock. Forzando la memoria, podemos encontrar cierta justificación en sus referencias pero no tanto en su ejecución, donde la perspectiva engulle claramente el relato. Es una lástima, ya que Desplechin es uno de los autores más personales y estimulantes del país vecino. Creemos, no obstante, que lo mejor de su filmografía está por venir. Los casos de Ly y Diop, por otro lado, parecen más asociados a completar una serie de cuotas. Sus películas tienen momentos de inspiración pero su irregularidad, ante todo de su libreto, las desgasta y llegan a su final sin demasiada fuerza. En esta competición de claro color bleue –hay que recordar que también participan la belga Le jeune Ahmed y la afrancesada Frankie, de Ira Sachs— uno se pregunta si es excesiva tamaña representación. En Berlín, Venecia o San Sebastián sería impensable. E.L.

    por EAM
    mayo 23, 2019

    Cannes 2019 (VIII) | Críticas: Parasite, Oh Mercy!, The climb, Evge

    por EAM | mayo 23, 2019

    Antimadurez

    Crítica ★★★★ de Okja (Bong Joon-ho, Corea del Sur, 2017).

    Mija, la niña de diez años que protagoniza Okja, es probablemente el carácter heroico más intachable al que ha dado cabida el cine de Bong Joon-ho. Una excepción dentro de la tendencia de un director que nos ha acostumbrado a personajes más bien antiheroicos, que suelen combinar ambigüedad en sus motivaciones con una torpeza notoria para ejecutarlas. Pensemos, por ejemplo, en la relación maternofilial tan viciada que impulsa a la protagonista de Mother, o en la amoralidad y la inutilidad manifiesta de los protagonistas de Memories of Murder y The Host. Frente a ellos, la pequeña Mija (Ahn Seo-hyeon) es un personaje transparente respecto al motivo que impulsa sus acciones, y capaz de avanzar con decisión y sin vacilaciones. Aparte de la carga de ironía que hay en que el personaje de Bong con más fuerza interior sea el más indefenso a primera vista, lo relevante del detalle hay que buscarlo en el impulso concreto que mueve a la niña a iniciar su peripecia para rescatar a su amiga Okja, esa cerda gigante que desde ya tiene un lugar especial guardado en la categoría de criaturas adorables de la historia del cine. A priori, la decisión de Mija de dejar su granja en Corea y lanzarse a la aventura tras Okja nos puede remitir a la retórica del coming of age. La historia de la muchacha que abandona su zona de confort y se enfrenta a un mundo caótico, infinito y a menudo injusto en el que buscar su propio lugar. Así lo parecen indicar las oposiciones espaciales que va disponiendo Bong entre lo rural y lo urbano, significantes respectivos de lo idílico y lo cínico. El primer plano en el que aparece la ciudad de Seúl es una amplia vista cenital de las escaleras del metro en el que la figura de Mija casi se ve engullida por el hormigueo de viajeros. La media hora anterior, por el contrario, nos ha dejado ir habitando el verdor y la paz de su vida en las montañas, sola con su abuelo y Okja. La ruptura de este plano, por tanto, nos habla del paso repentino para la pequeña de habitar en un mundo a su medida a desenvolverse en otro en el que su existencia es insignificante.

    Ahora bien, la estructura narrativa que propone Bong es precisamente lo opuesto al coming of age. La aventura de Mija no persigue la conquista de un lugar en el gran mundo, sino la reconquista de su micromundo infantil y natural (la asociación de ambos conceptos es muy significativa). Mija encuentra esa fuerza interior que la caracteriza precisamente en la negación vehemente de la idea de madurez. Es muy elocuente la escena en la que brota por primera vez el empuje heroico de la pequeña. Cuando su abuelo le revela que la ha engañado para que la corporación estadounidense se lleve a su amiga Okja a Nueva York, el hombre justifica su proceder en una normatividad adulta. Ya era demasiado mayor para pasarse los días jugando con su mascota, el destino de ésta era ser comida, ni siquiera era de su propiedad, más bien debería ir pensando en un futuro esposo, etc. Incluso, a modo de consuelo, el abuelo le regala un cerdo de oro que ha adquirido con el dinero que supuestamente iba a emplear en comprar a Okja. Es decir, que Bong plantea una madurez fuertemente ideologizada que se proyecta sobre Mija, basada en la aceptación de un mundo materialista, funcional y patriarcal. La firmeza con la que Mija rechaza esa idea de madurez nos habla de un carácter forjado precisamente en las antípodas de ese universo. Y del resultado de ese proceso de «antimadurez», nada tan revelador como el uso final que termina teniendo ese cerdo de oro para forjar la relación que Mija sella entre ambos mundos: la vida al margen de la falsedad del mundo capitalista, parece deslizar Bong en un desenlace tan sombrío, solo es posible mediante el aislamiento total y poco más que la resignación ante sus injusticias. Que el propio director se pone del lado de su pequeña heroína es evidente en escenas como la huida de Okja por las galerías del metro de Seúl. Con tono festivo (podríamos decir que hasta sanferminero), la cámara se va recreando en cómo la criatura arrasa a su paso con ciudadanos que tratan de hacerse selfies corriendo delante de ella y tiendas con estanterías repletas de productos. Dedica, pues, unos minutos a la simple diversión (contagiosa) de destrozar un pedazo de la sociedad consumista.

    por Miguel Muñoz Garnica
    junio 30, 2017

    Crítica | Okja

    por Miguel Muñoz Garnica | junio 30, 2017

    Teoría y práctica

    Crónica de la tercera jornada de la 70ª edición del Festival de Cannes.

    ¿Cuántas crónicas empezarán hoy con el infame suceso del pase de prensa de Bong Joon-ho? Justo en el momento cuando parecía que la polémica Netflix-Cannes podía ir apagándose, una cortina del Gran Theatre Lumiere que no acaba de subir lo suficiente echa más leña al fuego. El pase empezó con parte de la proyección fuera de la pantalla. De todas las películas en las que un fallo técnico de este calibre podría pasar más o menos por alto, puede que Okja sea la única en la que nunca debería haber sucedido. Las teorías conspiranoicas no tardaron en florecer; otros hablaron de justicia poética. Lo cierto es que el suceso, más allá de la anécdota que ya queda escrita en los anales del festival, fue la puntilla perfecta para caldear una rueda de prensa posterior en la que Tilda Swinton estuvo muy acertada en sus reflexiones. Como apuntó la actriz inglesa, «siendo honestos, hay cientos de películas hermosas que pasan por Cannes que la gente nunca llegará a ver en el cine». Y es que hay sitio para todos. Y más cuando comprobamos la inabarcable variedad del cine que propone la cita francesa. Por un lado, la sección oficial sigue mostrando un pulso estupendo con el discurso animalista de Joon-Ho bajo el filtro paródico de este mundo de corporaciones y Ruben Östlund compone en The Square un retrato de la absurda artificialidad del poder y el perdón. Por otro, en Un certain regard, ha sido el turno de Lerd, que sigue la línea del cine de Farhadi en la denuncia de una sociedad corrompida partiendo de un problema doméstico, y de la tunecina Beauty and the Beast, de Kaouther Ben Hania, que muestra de manera cronológica pero fragmentada el periplo de una joven para denunciar la violación de la que ha sido víctima por parte de la policía. En la Quinzaine des Realisateurs, Claire Denis deslumbra con un diálogo refrescante e irónico sobre el discurso filosófico del amor, y de la Semaine de la Critique destacamos hoy Ava, la historia de una joven adolescente en plena huida hacia su libertad.

    por EAM
    mayo 20, 2017

    Festival de Cannes 2017 | Día 3. Críticas: Okja / The Square / Un beau soleil intérieur / Lerd / Beauty and the dogs / Ava

    por EAM | mayo 20, 2017
    Bon Joon-ho

    «Creo que tanto a nivel de sociedad como de individuos los coreanos somos muy extremistas».


    Pocos cineastas hoy en día tienen la capacidad de conciliar el cine de autor de impronta más personal con el éxito comercial de público como lo hace el cineasta surcoreano Bong Joon-ho (1969). Uno de los estandartes de toda una generación que está disparando a nivel mundial lo que tradicionalmente había sido un cine desapercibido. Autor de obras como Memories of Murder (2003), The Host (2006) o Mother (2009), dio el año pasado el salto a las Hollywood con la impactante Rompenieves (2013), polémica incluida con los hermanos Weinstein por su distribución. Lo entrevistamos en el marco de la 59 SEMINCI, de la cual es protagonista absoluto al haber recibido la Espiga de Honor, ser miembro del jurado de la Sección Oficial y tener ciclo propio dedicado.

    La SEMINCI, festival de cuyo jurado has formado parte está especializada en cine de autor, pues bien, yo quería empezar preguntándote qué tipo de concepto tienes del cine de autor, si más cercano al cine de arte de ensayo, un cine más de creador dónde entra algo del producido en Hollywood.

    Las películas en un genero amplio, tanto las de Hollywood como cualquiera, las podemos ver como cine independiente. Personalmente pienso que todas mis películas, hasta la última de Rompenieves aunque ha sido de gran presupuesto, son de autor, yo me considero como un cineasta independiente, considero mi cine como cine de autor. La verdad es que a veces se habla de las películas por su presupuesto o por su tipo de género, yo creo que eso no es lo más importante, sino la visión del director, es esta la que hace el cine de autor, aparte de que pueda el director crear sin la presión de distribuidoras o demás, de una forma independiente.

    Desde ese punto de vista a día de hoy hay un montón de cineastas surcoreanos que están acumulando un éxito enorme, me refiero a cineastas como Kim Ki-duk, Kim Je-Woon, Chan-Wook Park o tú mismamente. ¿Por qué motivo crees que se debe ese éxito del cine surcoreano a nivel mundial?

    Los directores que has mencionado, cada uno de ellos, son directores que hacen películas sin pensar, sin dejarse influenciar, hacen lo que quieren con originalidad, pero la razón de por qué están teniendo tanto éxito la verdad es que no la sé ni yo.

    ¿No puede deberse a que el cine surcoreano comparta una serie de temas y características determinadas, como pueden ser el uso de la violencia, su estetización, o ciertos toques de humor negro?

    Yo estoy dentro de la industria coreana, y desde mi punto de vista al estar dentro no puedo generalizar, dentro de directores como Hong Sang-soo o Kim Ki-duk cada uno tiene películas muy diferentes. Aunque la verdad es que si que hay cosas en común, haciendo una similitud con la comida, en vez de hablar de comida sosa o salada se puede hablar en todos de comida caliente. Creo que tanto a nivel de sociedad como de individuos los coreanos somos muy extremistas.

    por Unknown
    noviembre 01, 2014

    Entrevista | Bong Joon-ho

    por Unknown | noviembre 01, 2014
    Rompenieves (Snowpiercer)

    We are of the train

    crítica de Rompenieves | Snowpiercer, de Bong Joon-ho, 2013

    Ha querido el destino que Snowpiercer haya contado con una de las batallas pre-estreno más épicas que se recuerdan en la industria norteamericana. Como si se tratase del protagonista de su propia película, el director coreano Bong Joon-ho las ha pasado canutas al enfrentarse a la todopoderosa (y millonaria) maquinaria de Hollywood, personificada en la figura de Harvey Weinstein, posiblemente lo más parecido que existe a un supervillano en la industria del cine actual. El enfrentamiento entre director y distribuidor, repleto de réplicas y reproches cruzados que se alargaron casi hasta el estreno de la película en el pasado Festival de Berlín, ha servido como irónico espejo a la historia que se nos quiere contar: la del enfrentamiento, no sólo de clases socioeconómicas, sino de formas de entender el funcionamiento del mundo, y de las masas que viven en él. Quién acabe teniendo o no la razón (si es que hay alguien que la tenga) es harina de otro costal.

    Estamos en el año 2031. Hace algo más de 18 años, un sistema diseñado para solucionar el problema del calentamiento global fracasó estrepitosamente, convirtiendo la Tierra en un páramo helado e inhabitable. Los últimos humanos que quedan recorren el planeta de forma incesante a bordo de un tren, diseñado para resistir no sólo los efectos del clima externo, sino la presión que supone una población considerable, multirracial y de muy distintos estratos sociales. El responsable del artefacto es un personaje misterioso llamado Wilford, a quien se venera como un auténtico profeta, y del que poco o nada se sabe más allá de la propaganda “institucional” que se hace llegar a la población. Es el punto de partida para que Bong Joon-ho, que parió la monster movie definitiva con la grandiosa The Host (2006), nos ofrezca la que es posiblemente una de las mejores, si no la mejor distopía de izquierdas de la ciencia-ficción moderna. Donde una propuesta similar como fue Elysium (Neill Blomkamp, 2013) fallaba por una mezcla de exceso de paternalismo, previsibilidad argumental y ganas de epatar, Snowpiercer consigue vencer al menos dos de esos tres problemas. Si hay algo que Bong Joon-ho rechaza de pleno es aleccionar al espectador en supuestos hilos de pensamiento “correctos” o “incorrectos”. A excepción hecha de un par de personajes, no hay héroes buenísimos y villanos malísimos, y aunque sí es abiertamente política (como buena distopía que es), y por supuesto que toma partido por uno de los dos bandos, no se queda en el mero blanco y negro de las cintas de acción. A fin de cuentas, el cómic en el que se basa el filme es francés, un pueblo que sabe una cosa o dos sobre revueltas del pueblo que acaban en manos de locos desatados.

    por Unknown
    abril 17, 2014

    Crítica | Rompenieves (Snowpiercer)

    por Unknown | abril 17, 2014

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