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    Crítica | Parásitos

    La revuelta de los miserables

    Crítica ★★★★☆ de «Parásitos», de Bong Joon Ho.

    Corea del Sur, 2019. Título original: 기생충 / Gisaengchung. Presentación: Festival de Cannes 2019. Dirección: Bong Joon Ho. Guion: Jin Won Han y Bong Joon Ho. Productoras: Barunson E&A / CJ E&M Film Financing & Investment Entertainment & Comics / CJ Entertainment / TMS Comics / TMS Entertainment. Fotografía: Kyung-pyo Hong. Montaje: Jinmo Yang. Música: Jaeil Jung. Diseño de producción: Ha-jun Lee. Vestuario: Se-yeon Choi. Reparto: Kang-ho Song, Yeo-jeong Jo, So-dam Park, Woo-sik Choi, Sun-kyun Lee, Seo-joon Park, Ji-so Jung, Jeong-eun Lee, Hye-jin Jang, Hyun-jun Jung. Duración: 132 minutos.

    Sin haber conocido la miseria es imposible valorar el lujo. La frase es de Charles Chaplin y la pronunció pensando en la vida real, aunque resultaba especialmente afortunada al enunciarse por el desde un punto de vista exclusivamente cinematográfico. Y es que el famoso cineasta sería conocido sobre todo por su personaje de Charlot, o el Vagabundo, que como su propio nombre indica pertenecía a lo más bajo de la estratificación social, pero se relacionaba casualmente con las altas esferas. Por seguir con las citas históricas, recurriendo cómo no a Marx, siempre ha habido ricos y pobres, o en la interpretación del autor alemán, opresores y oprimidos, y por ello es natural que desde sus inicios el cine haya plasmado este contraste. El propio interior de El acorazado Potemkin (Sergei M. Eisenstein, 1925) sería un ejemplo idóneo, con esos marineros hambrientos que se rebelan contra sus nobles oficiales. Y la fecha de esta cinta tan mítica como las de Chaplin en el cine temprano revela igualmente que el mismo corría casi parejo a los acontecimientos históricos. Pero no nos desviemos demasiado, porque la revolución bolchevique buscaba la igualdad material, las mismas condiciones para todos, mientras que la frase con la que iniciábamos esta reseña asume la desigualdad, la dualidad social, aunque indicando que se puede pasar de un nivel a otro. Y en verdad la riqueza se puede heredar pero también se puede construir, algo cada vez más frecuente en el mundo moderno, el de los pelotazos, las startups y los premios a la ordinariez. Esas películas que inciden en la precariedad contemporánea siguen pues una tradición lejana, pero todo ahora se mueve con más velocidad, uno puede volverse rico de la noche a la mañana, y al estar menos definidas las fronteras también es más fácil traspasarlas, aunque los medios de cada uno no hayan variado. Hay pobres que parecen ricos e incluso ricos que parecen pobres, del mismo modo que hay sabios que ocultan su conocimiento e ignorantes que exhiben sus ocurrencias. Ese premio a la ordinariez al que nos referíamos deriva igualmente en un elogio de la mediocridad.

    En todo este discurso se inscribe el último trabajo del coreano Bong Joon Ho, Parásitos, ganador de la Palma de Oro este año en el festival de Cannes. Así, lejos de suscitar rechazo por su título el mismo ha atraído a (casi) todo los espectadores que lo han visto, pero no solo por su talento intrínseco, sino también por el de sus personajes principales, una familia en paro (lo cual matiza su “pobreza”, pues no son incultos sino más bien desdichados) que malvive en un hogar cochambroso hasta que de repente pasa a convivir con una familia muy adinerada. Esos pobres desgraciados no son como decíamos ignorantes, sino todo lo contrario: demuestran de hecho más ingenio que el de la otra familia que los acoge, cuya opulencia física va pareja a su carencia intelectual (caso de la madre) o emocional (caso del padre). La premisa parte del amigo de uno de los protagonistas que se va a vivir fuera y le encarga sustituirle en las clases de inglés que da a una chica en su casa, a la que entonces aquel acude. Supuestamente había una relación amorosa, al menos potencial, entre esa chica y ese amigo, pero nuestro joven héroe toma el lugar de este último no solo en la enseñanza sino también en la seducción. Y de paso, al entablar conversación con la madre de la chica, y deducir que el hijo pequeño necesita otro profesor, esta vez de dibujo, el joven recomienda para ello a su hermana. Solo faltan luego el padre y la madre para terminar de introducir en poco tiempo a los cuatro miembros de la primera familia entre las paredes de la segunda familia, formada también por cuatro sujetos equiparables en lo anterior. Dentro del paralelismo general, de la familia rica y la pobre, hay entonces otros múltiples paralelismos, pues vemos cómo una persona puede sustituir a otra sin obstáculos ni recelos en todo tipo de conducta, ya sea laboral o sentimental o incluso en determinados comportamientos. Si consideramos esta posibilidad, junto al discurso que esbozábamos al principio, el filme padecería de cierta deshumanización o despersonalización: porque estas personas no son sino títeres de una visión histórica y social más amplia y porque sus propios rasgos identificativos no son tales, ya que pueden pasar de un sujeto a otro sin problema.

    기생충, Bong Joon-ho.
    Palma de Oro del Festival de Cannes que distribuye en España La Aventura.

    «Destacan la elegancia de la puesta en escena y la pulcritud del montaje pese al caos de la narración y la suciedad de muchos de sus elementos, todo ello armonizado con maestría por un director y coguionista que se siente en su salsa».


    Sin embargo, Bong diseña una estructura donde las apuntadas capas no son tanto el objetivo final de una trama reivindicativa o de denuncia, sino el envoltorio de una historia de intriga donde tienen más importancia los detalles de las secuencias y el ritmo con el que se suceden. El mejor ejemplo lo tenemos en la secuencia de montaje que permite la introducción del cuarto miembro de esa familia invasora, o “parásita”, la madre, donde no reaccionamos con indignación sino con hilaridad. Y esto se debe a que el carácter indignante o grotesco del suceso se presenta poniendo el acento no en la injusticia del hecho sino en su propio engranaje, en la habilidad y la falta de tapujos con que esta familia sortea sus vicisitudes. Por ello el tono de Parásitos se acerca mucho más a la comedia que al drama, pues nos lleva a centrarnos en esa pequeña escala, en escenas que funcionan casi a modo de gag o sketch, y no tanto en la gran escala, pese a que esta está omnipresente por el mensaje tan claro de la cinta. La misma entonces no es sutil pero sí ingeniosa al desplazar su foco, sabedora de que la inevitabilidad histórica y la insistencia social de dicho mensaje impondrán esa interpretación de mayor calado a una historia por lo demás circunscrita a pocos personajes y escenarios. Hay también dos principales, correspondientes a barrios opuestos en todo, y diseñados especialmente para una película muy cuidada en todos sus apartados técnicos. Destacan la elegancia de la puesta en escena y la pulcritud del montaje pese al caos de la narración y la suciedad de muchos de sus elementos, todo ello armonizado con maestría por un director y coguionista que se siente en su salsa, de vuelta a su Corea natal, con un reparto de actores locales bien dirigidos y liderados por una de sus caras habituales, la de Kang-ho Song en el papel del patriarca “parásito”. Es este el que toma la delantera en un desenlace de trazo algo más grueso que todo lo que antecede, quizá más previsible, pero esa sensación se debe sobre todo a la inventiva que recorre todo el metraje anterior, a base de diálogos con chispa, acciones inesperadas y golpes de efecto que dejan a uno boquiabierto en su butaca | ★★★★☆


    Ignacio Navarro Mejía |
    © Revista EAM / Madrid


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