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    Cannes 2019 (VIII) | Críticas: Parasite, Oh Mercy!, The climb, Evge

    Oh la la

    Octavo capítulo de la crónica de la 72ª edición del Festival de Cannes.

    Aunque la película francófona protagonista del día –y puede que del festival— sea la canadiense Matthias et Maxime, de Xavier Dolan, a la que le dedicaremos una crítica de mayor amplitud, aprovechamos que se acerca el final de esta edición para hablar de la cosecha gala en Competición. Ni que decir tiene que estamos ante una de las entregas con más producciones y coproducciones francesas que compiten por la Palma de Oro. Un detalle bastante llamativo, sobre todo, porque la calidad de estas no ha sido demasiado alta. La ficción local este año ha estado abanderada por sospechosos habituales como Arnaud Desplechin, Elia Suleiman o Abdellatif Kechiche; miembros de una segunda línea como Ladj Ly, Mati Diop o Justine Triet; o promesas devenidas realidad como Céline Sciamma. A falta de conocer los trabajos de Suleiman y Kechiche –en este caso nos tememos lo peor, siendo sinceros—, y dejando a un lado el soberbio largometraje de Sciamma, que claramente está ubicado en otro nivel, el resto de propuestas han destacado por un aparato formal bastante cuestionable y unas narrativas demasiado pedestres. Sorprende sobremanera el último filme de Desplechin, Oh Mercy!, un drama policial con hechuras televisivas que narra la investigación de un asesinato en el extrarradio de la ciudad francesa que titula al largometraje. Una puesta en escena teatral dominada por una música omnipresente que, según palabras del director, homenajea al cine de Alfred Hitchcock. Forzando la memoria, podemos encontrar cierta justificación en sus referencias pero no tanto en su ejecución, donde la perspectiva engulle claramente el relato. Es una lástima, ya que Desplechin es uno de los autores más personales y estimulantes del país vecino. Creemos, no obstante, que lo mejor de su filmografía está por venir. Los casos de Ly y Diop, por otro lado, parecen más asociados a completar una serie de cuotas. Sus películas tienen momentos de inspiración pero su irregularidad, ante todo de su libreto, las desgasta y llegan a su final sin demasiada fuerza. En esta competición de claro color bleue –hay que recordar que también participan la belga Le jeune Ahmed y la afrancesada Frankie, de Ira Sachs— uno se pregunta si es excesiva tamaña representación. En Berlín, Venecia o San Sebastián sería impensable. E.L.

    PARASITE

    기생충, Bong Joon-hoo, Corea del Sur. | COMPETICIÓN.

    El cineasta Bong Joon-ho ha logrado integrar en su cine la tradición identitaria de Corea del Sur y la espectacularidad transcultural posmoderna como si quisiera reescribir la dinámica del thriller, solemne y sobrio por naturaleza, con un trazo deliberadamente descuidado, errático y cómico en sus fundamentos más básicos. A pesar de todo lo dicho, no es sencillo, y mucho menos necesario, catalogar ninguna de las películas de este realizador que se ha mostrado contrario a cualquier etiqueta genérica a la que se le ha enfrentado hasta la fecha. Parasite, por supuesto, no es una excepción, y en su lóbrega narrativa no dejamos de encontrar innumerables desvíos y subterfugios retóricos utilizados con el fin de evitar caer en la simplicidad o la previsibilidad. La yuxtaposición es una constante en el proceso de andamiaje al que somete su película, y mediante ella introduce sin miramientos todo tipo de referencias populares y ficciones asombrosas, pues sabe que el espectador se alimenta de ellas, las necesita como un buen thriller necesita una escena lluviosa, como la que sirve de detonante para la introducción del salvaje desenlace. Pero esa lluvia, ahora estará precedida de una escena que nos desconcierta, a pleno sol y con unos aspersores que astutamente nos distraen por un segundo, tratando de ocultar ese salto hiperrealista hacia una dimensión onírica, delirante, casi en la misma línea expresionista que el anime, pero con un inexorable tono satírico envuelto en la quejumbrosa cadencia locutora de una narración espasmódica y renqueante.

    La trama sigue a una familia con apuros económicos que sobrevive con el esfuerzo de pequeños trabajos mal pagados. Un día, Ki-woo, el hijo de Ki-taek, es contratado como profesor particular de una joven de familia adinerada. Enseguida vemos como el protagonista se gana la confianza de la adolescente y de su madre, consiguiendo engañarlas para que contraten a su hermana como psicoterapeuta artística, a su padre como chófer privado, y a su madre como asistenta del hogar. El plan maquiavélico de la familia ha dado sus frutos, pues todos ellos han conseguido un puesto de trabajo cómodo y muy bien pagado, fingiendo ser los más especializados profesionales de dichas disciplinas, sin siquiera tener unas nociones mínimas de lo que están haciendo. En cualquier caso, a simple vista podríamos calificar esta estrategia como un recurso moralmente reprochable pero, a fin de cuentas, inofensivo, pues parece que pese a su nula preparación no se desenvuelven mal en el desempeño de sus tareas, con la excepción de la hermana de Ki-woo pues parece que su intervención sí podría estar dañando la estabilidad del niño pequeño a quien ofrece soporte psicológico. Sin embargo, una vez que llega la lluvia, toda la farsa será puesta a prueba y la familia tendrá que encontrar un plan alternativo que, en principio, no resultará tan inocente. La hilarante comicidad inicial dará paso a la gravedad más descarnada en un desenlace que no se anda con contemplaciones. Si bien al metraje le cuesta en los compases finales aguantar el elevadísimo ritmo con el que se presentó, es cierto que el director logra mantener la intensidad de la película en todo momento gracias a una tensión creciente que rellenará los espacios narrativos dejados un poco en segundo plano. Fantástica cinta con la que el festival nos sigue regalando momentos de indiscutible calidad artística y entretenimiento | 78/100 | Alberto Sáez Villarino.

    Corea del Sur, 2019. Título original: Gisaengchung. Director: Joon-ho Bong. Guion: Dae-hwan Kim, Joon-ho Bong, Jin Won Han (Manga: Hitoshi Iwaaki. Cómic: Hitoshi Iwaaki). Montaje: Jinmo Yang. Fotografía: Kyung-Pyo Hong. Música: Jaeil Jung. Duración: 132 minutos. Productora: Barunson / CJ Entertainment / Frontier Works Comic / CJ E&M Film Financing & Investment Entertainment & Comics. Diseño de producción: Ha-jun Lee. Diseño de vestuario: Se-yeon Choi. Intérpretes: Song Kang-ho, Lee Seon-gyun, Jang Hye-jin, Cho Yeo-jeong, Choi Woo-sik, Park So-dam, Yeo-Jeong Cho. Presentación oficial: Festival de Cannes 2019.

    OH MERCY!

    Roubaix, une lumière, Arnaud Desplechin, Francia | COMPETICIÓN.

    Terminábamos el día con Roubaix: une lumière, de Arnaud Desplechin, un amago de episodio de Ley y Orden llevado a cabo con muy poco entusiasmo y sin pretender en ningún momento promover interés alguno en el espectador con una trama vacía, falta de carisma y sin ninguna creatividad ni estilo en el desarrollo de unos personajes planos y apáticos. Desplechin se enreda en una escritura metarreferencial donde el realismo imperante en la narración termina comprometido de forma deliberada por inverosímiles giros de guion que crean ese aire confuso e irónico con el que identificamos al director, con la particularidad de que ahora, esa ironía ni siquiera parece intencionada, sino más bien producto de un pésimo momento de inspiración creativa. La sofisticación que la nueva representación dramática del cine francés nos ha mostrado en los últimos años acaba, con este filme, ridiculizada por una intriga que, en sus mejores momentos, nos hace sonreír por ese histrionismo telenovelesco tan delirante como poco agraciado. La propia verosimilitud de la historia, que sigue los pasos de diferentes criminales en una zona marginal de Francia, queda así constantemente cuestionada por la prosa divagante de Desplechin, que nos hace regresar a los esquinados contornos narrativos de mediados de los 90, pero sin la evocadora y convulsa estética de antaño ni el factor sorpresa que imperaba en aquellos dramas policiales.

    Francia, 2019. Título original: Roubaix, une lumière. Director: Arnaud Desplechin. Guion: Arnaud Desplechin. Montaje: Laurence Briaud. Fotografía: Irina Lubtchansky. Música: Grégoire Hetzel. Duración: 120 minutos. Productora: Why Not Productions / Wild Bunch. Diseño de producción: Karine Petite. Diseño de vestuario: Hélène Caperna. Intérpretes: Léa Seydoux, Roschdy Zem, Sara Forestier, Antoine Reinartz. Presentación oficial: Festival de Cannes 2019.

    THE CLIMB

    Michael Angelo Covino, EE.UU. | UN CERTAIN REGARD.

    Siempre resulta refrescante toparse en plena Riviera francesa con una película que parece destinada a pasearse por las nevadas calles de Park City. De hecho, el cortometraje en el que se basa la película que nos ocupa se presentó en Sundance el año pasado. La comedia indie norteamericana no siempre encuentra sitio en Un certain regard, y por eso nos alegra acercarnos a una ópera prima como The Climb, de Michael Angelo Covino, que escribe y protagoniza junto a Kyle Marvin. La historia está dividida en 7 piezas en las que el argumento principal está contado en un plano secuencia (acompañado en ocasiones de alguna divagación musical) y narran la relación de amistad de los dos protagonistas, que se verá puesta a prueba de todas las maneras posibles. Esta buddy movie (o exploración de una amistad tóxica masculina, más bien) se sustenta sobre dos elementos principales: por un lado, como toda buena comedia independiente, en el dibujo de personajes, situaciones y diálogos; y por otro, en la forma que adopta, un tanto inusual para el género. En el primero de los puntos The Climb cuenta a su favor con la desvergüenza del Kyle y la ingenuidad de Mike, rasgos que siempre les colocan contra las cuerdas y que van evolucionando hacia la autodestrucción del primero y la madurez del segundo. Es en el arco y la transformación de estos personajes a través de las situaciones planteadas donde The Climb encuentra sus momentos más lúcidos. Por lo que respeta a la segunda, como decíamos, no es común ver una comedia construida a través del plano secuencia, un rasgo estilístico que en demasiadas ocasiones se utiliza por directores noveles en un afán más de alarde que creativo. Y es cierto que en el debut de Covino funciona a la perfección en algunos momentos (como en la escena que abre el filme), pero en otros juega en su contra, haciendo que la película adolezca de altibajos bastante acentuados. Es el precio al que parece dispuesto a pagar en aras de una coherencia formal que no demanda la historia y que parece forzar ciertas situaciones, reduciendo el efecto cómico que se quería imprimir sobre ellas. Con todo, es en la idea de la elipsis y la fragmentación episódica del argumento en la que encuentra un inesperado aliado. Esa manera de acercarse a los personajes nos obliga a plantearnos en cada corte cómo habrán evolucionado desde el último momento que nos acercamos a ellos, produciendo una curiosidad un tanto burlona que nos engancha en cada salto temporal | 65/100 | Víctor Blanes Picó

    Estados Unidos, 2019. Título original: The Climb. Dirección: Michael Angelo Covino. Guion: Michael Angelo Covino, Kyle Marvin. Fotografía: Zach Kuperstein. Montaje: Sara Shaw. Música: Jon Natchez, Martin Mabz. Reparto: Michael Angelo Covino, Kyle Marvin, Judith Godreche, Gayle Rankin, Talia Balsam.

    EVGE

    Nariman Aliev, Ucrania | UN CERTAIN REGARD.

    En su primer acercamiento al largometraje, el director Nariman Aliev quiere mostrarnos una realidad que conoce bien: la difícil situación de los tártaros de Crimea tras la anexión en 2014 de esta península ucraniana por parte de Rusia. Para ello, cuenta la historia de un padre dispuesto a enterrar a su hijo mayor muerto en combate en la guerra que enfrenta a ambos países. Acompañado de su hijo menor, emprenderá un viaje para lograr darle sepultura en Crimea, un lugar del que su pueblo ha sido perseguido y expulsado. Evge coloca la crisis política en un segundo plano de la narración para centrarse en la relación entre el tiránico padre y su hijo a modo de paradigma de la situación de su pueblo. Aliev, en este sentido, nos habla de la sacralización de la tierra, de esa necesidad por sentirse raíz de un lugar físico que se pasa de generación en generación y que los ganadores de cualquier guerra intentan segar de los perdedores. Cuando logra colocar este conflicto en el centro de la historia, Aliev consigue darle sentido a los actos e inquietudes de sus protagonistas, y, por consiguiente, encuentra un punto sobre el que bascula la película. Sin embargo, quizás sea esa sobriedad y sequedad en la puesta en escena, que acaba resultando plomiza y que subraya el drama en todos y cada uno de los puntos narrativos, lo que hace que la cinta no acabe de calar. Pero en algunos pasajes de Evge se intuye un director capaz de transmitir el conflicto abriéndose un poco al lirismo y dejando de un lado el corsé del drama sobrio y contenido. Es en su última parte, en la que la tierra anhelada aparece en el cuadro, cuando Aliev se atrever a mostrar su lado más luminoso y logra, a través de la poética del atardecer, que ese anhelo de libertad vaya emparejado de manera coherente, aunque paradójica, a un trozo de tierra. Lástima que sea un poco tarde y la sensación de conjunto quedé un tanto enlatada por su rigidez dramática | 40/100 | Víctor Blanes Picó.

    Ucrania, 2019. Título original: Evge. Dirección: Nariman Aliev. Guion: Nariman Aliev, Maryisa Nikitiuk. Montaje: Oleksandr Chornyi. Fotografía: Anton Fursa. Reparto: Akhtem Seitablayev, Remzi Bilyalov.


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