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    Bas Devos
    Bas Devos
    || Críticas | Berlinale 2023 | ★★★★★
    Here
    Bas Devos
    Una luciérnaga entre las manos


    Luis Enrique Forero Varela
    73ª Berlinale |

    ficha técnica:
    Bélgica, 2023. Título original: «Here». Dirección: Bas Devos. Guion: Bas Devos. Compañía productora: Quetzalcoatl. Fotografía: Grimm Vandekerckhove. Diseño de producción: Spela Tusar. Montaje: Dieter Diependaele. Música: Brecht Ameel. Producción: Marc Goyens. Intérpretes: Stefan Gota, Liyo Gong. Duración: 82 minutos.


    anexo| Cobertura de la Berlinale 2023
    Esta es la tercera ocasión en la que el cineasta belga Bas Devos (Zoersel, 1983) se presenta en la Berlinale. Sus dos primeros largos fueron acogidos con entusiasmo en el festival alemán; y, para sorpresa de pocos, este año ha regresado a la sección Encounters con un tercer trabajo (el cuarto de su carrera) brillante. Sin ambages: Here no solamente confirma una progresión cualitativa en su ya prometedora carrera —en esta revista nos causó impacto su talento ya desde su debut Violet (2014), ganador del premio del jurado en la sección Generation 14plus—, sino que supone por sí misma un ejercicio hermoso de narrativa visual, de una sutileza voluptuosa.

    Una ciudad europea cualquiera: Bruselas, por ejemplo. Un grupo de trabajadores de la construcción circula entre los andamios y grúas de un monstruoso edificio cualquiera. Almuerzan juntos, acaban su jornada, toman el bus, se despiden, casi tan anónimos e impersonales como los demás elementos humanos y arquitectónicos de esta urbe industrializada. Sin embargo, la cámara de Grimm Vandekerckhove —también director de fotografía de Ghost tropic (2019)— se encapricha, sin aparente intención o preferencia alguna, con uno de ellos. Lo acompaña a su casa. Lo observa dormir en el sofá, las manos sucias de tierra. Entonces, este ser a priori anodino se transforma en protagonista y lo empezamos a mirar con atención.

    Se llama Stefan —encarnado con poderosa contención por Stefan Gota— y está a punto de viajar en coche a Rumanía para ver a su familia. Se supone que por cuatro semanas, pero no está del todo seguro. Stefan vive hace tiempo aquí. Tal vez en ocasiones lo delata el acento. Se empeña en llamar a esta ciudad «su casa», lo dice en voz alta para oírse a sí mismo; pero lo cierto es que ha decidido vaciar la nevera y aprovechar las verduras aún en buen estado porque en el fondo teme no saber cuándo regresará de esas sospechosas vacaciones. Visita a sus pocos conocidos y les entrega un túper con sopa como quien ofrece un discreto y muy honesto regalo, el afecto a través del cuidado alimenticio; o acaso más bien disculpándose por no haber sido capaz de encontrar aquí su sitio, una casa real dentro de su propia casa. A pesar de los largos paseos solitarios y su desmedida atención a las plantas y semillas, a pesar del trabajo duro y la mala alimentación, de los contados entornos de familiaridad que ha conseguido hallar en conversaciones con sus compañeros de la obra, con su hermana mayor, con su mecánico, todos exiliados como él —¿no es entonces toda migración como promesa un exilio?—, con un pie a cada orilla del mundo. Apura el fin de semana procurando despedirse, por si acaso decide no regresar.

    En un evento tan caprichoso como cotidiano, Stefan conoce, una noche lluviosa muy próxima a su incierto viaje, a la sobrina de la dueña del restaurante chino en el que él está cenando solo —en un plano general exterior de una inmensa y sencilla belleza—. Shuxiu (Liyo Gong) tampoco pertenece del todo a un único sitio, y también presta una desmedida atención a los objetos diminutos en su programa de botánica en la universidad. Este contacto ocasional propicia una resignificación de los espacios. O de los musgos del parque que Shuxin estudia para su investigación sobre biología, por los que Stefan siente una empatía melancólica: afirman que, como él mismo, estas plantas pasan siempre inadvertidas a la mayoría de gente que pasa a su lado. Y entonces un arbusto cualquiera de una ciudad cualquiera deja de pertenecer a la nadería borrosa de los paisajes colectivos para transformarse en algo con identidad, con nombre propio. Entonces es posible que en él mismo también exista una oportunidad, por mínima que sea, de existir aquí.

    Devos se empeña además en fijar nuestra atención en esta otredad paralela en la que el migrante, un ser casi fantasmal, comparte las mismas calles que los locales pero en un plano distinto, con empleos precarios o no, pero siempre arrastrando un mar de pasados posibles. Here, el aquí, es además una exploración honesta y profunda de las formas de construcción, día a día, de una vida nueva que se asemeje en cierta medida a aquellas certezas o terrores abandonados. Una inserción del simulacro de hogar en constante desequilibrio, que no requiere violencia alguna para resultar hostil y por momentos agotador.

    Mientras beben la sopa en la cafetería del hospital en el que trabaja su hermana, Stefan confiesa su cansancio de este nuevo futuro cuyo lustre se ha desvanecido, una rutina asfixiante en su mediocre repetición. Ella contesta que ya lo sabe, a pesar de estar casada, con hijos y un empleo estable, porque el desarraigo está siempre ahí; la oportunidad de aceptar las mieles del fracaso y regresar con el rabo entre las piernas a reposar entre la humillación de no haber aguantado suficiente.

    Here resulta deslumbrante en su exhibición de la belleza más prosaica. Con un magnetismo visual muy comedido —formato 4:3— transforma en espectacular el mundo ordinario de la hierba que crece entre las grietas de una avenida. Se sirve de un a un sólido corpus ético y estético, sustentado además en el delicado guion, firmado por el propio director, que acompaña a la perfección el ritmo de la fotografía de Vandekerckhove. Su suave progresión se asemeja al monólogo en off de Shuxi, justo tras despertar de un sueño: conoce todos y cada uno de los objetos de su habitación, pero aún no es capaz de nombrarlos y debe reconocerlos uno a uno. Asimismo, este film ofrece una invitación retrotraerse a una etapa remota y aprender de nuevo a observar alrededor con mirada oblicua, a encontrar islas minúsculas de armonía entre el musgo del parque municipal, en un huerto colectivo de la periferia o el campo de trigo salvaje cuyas semillas el viento ha arrastrado hasta la ribera junto a un puente de hormigón. ⁜


    por Luis Enrique Forero Varela
    octubre 15, 2024

    Crítica | Here

    por Luis Enrique Forero Varela | octubre 15, 2024

    De la desolación a la esperanza|

    Crítica ★★★★☆ de «Ghost tropic», de Bas Devos.

    Bélgica, Francia. 2019. Título original: Ghost Tropic. Dirección: Bas Devos. Productores: Marc Goyens, Bas Devos, Nabil Ben Yadir, Benoit Roland, Tomas Leyers. Diseño de producción: Quinten & Jonathan Van Essche. Edición: Dieter Diependaele, Bas Devos. Fotografía: Grimm Vandekerckhove. Música: Brecht Ameel. Intérpretes: Saadia Bentaïeb, Maaike Neuville, Stefan Gota, Cedric Luvuezo, Willy Thomas, Nora Dari. Compañías productoras: Quetzalcoatl, 10.80 Films, Minds Meet. 85 minutos. Presentación en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes 2019.

    Cuenta el director belga Bas Devos que, tras presentar en el pasado festival de Berlín Hellhole , se sintió desolado por la imagen que de la ciudad de Bruselas podía sacar el espectador que no la conociera o no viviera en ella. Personajes y espacios se alternaban en aquella película ofreciendo un panorama inquietante y desesperanzado de una ciudad azotada por las nuevas formas de terrorismo donde la diversidad racial y cultural es ostensible, no sólo por el aluvión funcionarial provocado por las instituciones europeas, sino por tratarse de un espacio, como el resto del país, receptor de emigración, tanto de las pasadas colonias como del resto del mundo, preferentemente africano. Ese resultado final de la notable película precedente provocó la reacción inmediata del director, quien, a tiempo para presentarla en la pasada edición de Cannes, hizo Ghost tropic en apenas tres meses, con quince días de rodaje, como contrapunto humanista, factible, verosímil, del lado amargo de una ciudad encapsulada y sumida en la perplejidad del miedo y la inseguridad.

    Partiendo del foco espacial contrario al de su anterior película, Devos inicia y cierra Ghost tropic en el salón de la vivienda en la que la protagonista, Khadija, contenidamente interpretada por Saadia Bentaïeb, vive con su hija. Contemplamos el anochecer y el amanecer en sendos planos fijos que filman la estancia vacía, sólo conteniendo el mobiliario y los objetos de la vida diaria. Esas tomas recuerdan a aquellas otras de Hellhole filmadas en los exteriores de Bruselas, y transmiten esa misma sensación de inseguridad, soledad, individualismo; pero el significado final no es equivalente, en el medio de Ghost tropic suceden tantas cosas que, volver a casa, o salir de ella, no ha de interpretarse como pérdida de libertad, seguridad o tranquilidad. La larga noche que compartimos con Khadija puede no modificar su percepción del mundo, pero a nosotros sí nos acerca a la esencia solidaria del género humano, funcionando las imágenes como reclamo de cuál debe ser nuestro comportamiento diario porque, incluso los más reacios a comprometerse, terminan por comprender que es más reconfortante un favor, un rasgo amable, un interés por el desconocido en apuros que mantener la firme coraza del individualismo y la indiferencia.

    No puede ser casual que Devos escoja a una mujer perteneciente al mundo musulmán como protagonista, como tampoco es inocente que en la primera escena que compartimos con Khadija lo que abunden sean las risas, las bromas, la multiculturalidad. Khadija es empleada de limpieza en algún edificio de oficinas, y el café tomado con los compañeros demuestra que hombres y mujeres de cualquier edad, raza y religión pueden compartir momentos de intimidad y mezclarse con respeto y tolerancia. Nuestra protagonista no se quitará el velo de su cabeza hasta los instantes finales, ya en su casa, pero ello no le impide relacionarse con normalidad con la cultura dominante del país, el respeto es su máxima de comportamiento. En un desafortunado incidente, nuestra mujer se queda dormida en el metro y despierta en la otra punta de la ciudad sin medios de transporte para desplazarse y sin dinero posible que malgastar en un taxi. Su llamada de auxilio a su hijo para que pueda recogerla es atendida por el contestador automático. No queda más remedio que adentrarse en la noche bruselense y atravesar la ciudad andando para regresar a casa. Un largo camino que se antoja puede llegar a ser problemático o conflictivo hasta llegar a Molenbeek, el barrio de mayoría musulmana de la capital belga.

    por Miguel Martín Maestro
    noviembre 18, 2019

    Crítica | Ghost tropic, de Bas Devos

    por Miguel Martín Maestro | noviembre 18, 2019

    Gris oscuro casi negro

    Noveno capítulo de la crónica de la 72ª edición del Festival de Cannes.

    Ya hay menos cazaautógrafos en las barreras y las colas son menos densas, señales, sonorizadas por el ruido que provocan las ruedas de las maletas que desfilan hacia la estación de autobuses –a unos 200 metros perpendicular al Palais—, que anuncian que esta edición está muy cerca de concluir. El gris oscuro el cielo de Cannes se mantiene fijo, extrapola una tristeza para la que no ha habido tregua en estos doce días. La 72ª entrega del certamen francés, si lo comparamos con la anterior, quizá se ha quedado muy cerca de la orilla de la expectativas. Solo Sciamma, Laxe y Devos han roto el dominio de los grandes nombres. Y estos, los cabezas de cartel, pese a presentar productos de calidad se han revelado menos inspirados que de costumbre. Aunque, cómo no, esta apreciación es cuestión de miradas. No las ajenas, que seguramente si se han interesado por este evento ustedes las habrán recogido de toda naturaleza con cada capítulo; sino las suyas. Esto solo es una muestra, una toma de contacto. El tiempo y, ante todo, el espectador, el que irá a la sala o la verá en su hogar, son los que valorarán si hay huella, daño o silencio. Estos dos últimos sustantivos caracterizan la filmografía reciente del protagonista de esta entradilla: Abdellatif Kechiche, un autor one-hit-wonder que vive y vivirá de los réditos de su magnum opus, La vida de Adèle. Un filme que aparte de un sinfín de preciosos detalles, enseñaba una personalidad que roza la obsesión y destapaba el inmenso deseo de su creador de polemizar, de agitar la campanilla que atraiga a la social media. Otra cosa es la altura de miras de su obra. La primera parte de su Mektoub, my love pasó por Venecia sin pena ni gloria; la segunda, presentada anoche en el Lumière, ha venido precedida de rumores cada cual más amarillista. No se dejen engañar, es puro humo, como su cine; vial de parafilias y narcisimos. E.L.

    por EAM
    mayo 24, 2019

    Cannes 2019 (IX) | Críticas: Nina Wu, Once in Trubchevsk, Ghost Tropic

    por EAM | mayo 24, 2019

    «El Violeta es el color del duelo y, algo que me intriga, es el color que está al filo del espectro visual humano. Un color que puede que nunca veas y que drástica y verdaderamente marca la frontera entre lo visible y lo invisible. Algo que tiene mucha significancia en el filme».


    Probablemente no llenó ninguna sala. Tampoco copó portada alguna en revistas especializadas. Sin embargo Violet, ganadora del Premio Generation Plus de la Berlinale 2014, sin demasiado ruido, dejó huella en el espectador en su dilatado recorrido por festivales que concluyó con su paso por el Atlántida Film Fest de Filmin. Un filme de estética preciosista que nos acerca la bajada a los infiernos de Jesse, un joven ciclista de BMX que ha presenciado la muerte de su mejor amigo en un asalto. Un ejercicio técnico de gran nivel que constata el talento del camarógrafo Nicolas Karakatsanis y nos presenta a un director al que debemos seguir la pista. Hablamos del belga Bas Devos, otra muesca más del potencial cinematográfico del país centroeuropeo.

    No existe mejor recompensa para un cineasta que un festival se fije en él. ¿Cómo reaccionó cuando la organización de la Berlinale seleccionó Violet para su sección Generation? De su dilatado recorrido por festivales, ¿cuál es el certamen que recuerda con más cariño?

    Estoy muy agradecido, sé lo complicado y duro que es obtener atención para tu película, más viniendo de la pequeña Bélgica. La verdad que Berlín, por ser el primero y el más importante, fue el que generó más interés y logró que otros certámenes se fijaran en Violet. El recorrido del filme fue larguísimo pero si tuviera que quedarme con un festival en concreto, aparte de la Berlinale que fue estupendo, serían Hong Kong, Sarajevo y el Festival Du Nouveau Cinema de Montreal.

    ¿Qué opina sobre la importancia de los festivales en el cine actual? ¿Qué relevancia tienen en su país?

    Los festivales son una apertura a nuevos públicos y, a menudo, vibrantes lugares que dan respuesta al cine de hoy en día. Para mí, estas razones son vitales. El impacto de las programaciones de los festivales en Bélgica es mínimo. La gente no va al cine porque hayan tenido un gran recorrido en el extranjero. Aunque la prensa sí que se centra en este aspecto, supongo.

    Más allá de los hermanos Dardenne, ¿qué opina sobre la salud actual del cine de autor en Bélgica?

    Soy un gran admirador del trabajo de Fien Troch y Caroline Strubbe. Ellos son autores en el verdadero sentido de la palabra para mí. Realmente, ellos tienen una voz clara y consistente. Aparte de ellos, en Belgica hay bastantes directores talentosos, la gran mayoría aúnan el sabor del cine americano con influencias del cine de autor europeo. Como Michaël Roskam, Jonas Govaerts o Robin Pront. Y, aunque ellos van en dirección diferente, los admiro mucho a todos.

    por Emilio M. Luna
    noviembre 03, 2015

    Entrevista | Bas Devos, director de 'Violet'

    por Emilio M. Luna | noviembre 03, 2015
    Violet, de Bas Devos

    Anatomía de un asesinato

    crítica a Violet (Bas Devos, 2013).

    El proceso perceptivo de la imagen cinematográfica puede originar, de manera inconsciente, un cambio significativo en el sistema nervioso del espectador si éste se ve sometido por la deliberada decisión del director de sacarlo de su zona de confort. Una perspectiva inusitada, a través de una óptica que escape del convencionalismo narrativo, podría suponer un incómodo estado de ansiedad preparatorio de una presagiada tragedia. Esa es precisamente la actitud que asumimos en Violet cuando, en una escena de apariencia bastante corriente en la que se aprecia a dos adolescentes pasear tranquilamente por un centro comercial, nos percatamos de que nuestra visión corresponde a una fuente indirecta: la pantalla de una cámara de seguridad. Este recurso inicial cumple una doble finalidad; por un lado, despertar un estado de alerta en el espectador quien, por una transferencia empírica —informativos y programas de sucesos—, es consciente de que este tipo de grabaciones suelen albergar un propósito escabroso. Por otro lado, la secuencia funciona como un perfecto aislamiento recíproco; Bas Devos, director de la cinta, nos protege de ese primer acto violento recluyéndonos tras la seguridad de no una, sino dos pantallas. Esto ejerce, a su vez, un efecto completamente contrario en el protagonista, quien quedará confinado en su pesadilla mientras nosotros, tan inmóviles como él, observamos pavorosos el incidente escudados por esa doble pared (o pantalla), tras la que Jesse ha quedado atrapado, incomunicado, desprotegido e incapaz de huir del terror al que tendrá que hacer frente sin más remedio.

    «Es evidente que Devos se siente más atraído por la potencia estructural de cada escena que por la fluidez y la secuenciación de las mismas, originando una poética discontinuidad narrativa y un abstracto lienzo, similar a un rompecabezas invertido, en el que cada fragmento tiene sentido por separado pero, una vez armado por completo, queda desprovisto de toda lógica. Y pensándolo fríamente, ésa parece una de las definiciones más ajustadas de lo que supone la etapa adolescente o, a grandes rasgos, la vida misma».


    Este punto de vista tan lejano se mantendrá a lo largo de toda la película, primero mediante ese astuto juego de pantallas y, posteriormente, a consecuencia de la hermética personalidad del protagonista, quien nos impedirá, puede que por el rencor de no haberlo socorrido cuando lo necesitaba, acercarnos a él en ningún momento. A diferencia de otros ejemplos de personajes con características similares, en los que un flashback o un plano introspectivo nos llevaba a una completa comprensión y justificación de los posibles pecados previos del sujeto, logrando rápidamente una empatía retroactiva muy oportuna y redentora, en esta ocasión no será posible la conexión con un protagonista incapaz de exteriorizar su desastrosa situación anímica. Por este motivo, nuestra participación durante todo el metraje será mayoritariamente pasiva. Nos implicaremos en el proceso de descubrimiento y comprensión de Jesse, pero todos los resultados que obtengamos de esta fase observacional no pasarán de la simple cábala o la conjetura. No obstante, sí será posible analizar las diferentes claves que nos ofrece el guion del propio Devos para lograr conocer los precedentes y las consecuencias, como parte de un colectivo, que rodean a una historia de violencia como la que se desarrolla en el presente filme.

    por Alberto Sáez Villarino
    julio 20, 2015

    Crítica | Violet

    por Alberto Sáez Villarino | julio 20, 2015

    Czech sun on my face

    Crónica de la primera jornada de la 49ª edición del KVIFF
    Críticas|
    Violet, de Bas Davos ■
    The Tribe, de Miroslav Slaboshpitsky ■
    Locke, de Steven Knight ■

    De Cáceres a Karlovy Vary. Ocho horas a bordo de autobuses y aviones para llegar al gran evento cinematográfico de julio. La combinación de ambas ciudades parece complicada, aunque gracias a la colaboración del KVIFF ha resultado más que sencillo. Otra cosa son los horarios de los hoteles y los biorritmos del personal. Las 10 de la noche es hora de buscar la cama para el ciudadano checo, todos los que quedan en las terrazas botellín en mano chapurrean muy poco la lengua eslava. El paraje, qué decir. La estampa con la que Dickens o Andersen envolvían sus cuentos. El atardecer tanto aquí como en la carretera es todo un museo dinámico. El tiempo que acompaña es sorprendentemente cálido y húmedo. Toda la manga larga que abultaba la maleta parece una quimera. Dejando a un lado los factores contextuales y meteorológicos, el KVIFF es un certamen modesto. Lo demuestran sus cines, lo demuestra la prensa acreditada e, incluso, el público que acoge con algo de reservas las proyecciones. Karlovy Vary, es una ciudad muy pequeña –no sobrepasa los 34.000 habitantes— pero que, en estas fechas, su centro turístico se convierte en un vórtice con miles de visitantes. Algo a lo que han ayudado las presencias de Mel Gibson –que recoge el Globo de Cristal por su contribución al cine— y Michael Pitt —protagonista de la apertura I Origins—, que han logrado agolpar a una horda de fans en las puertas del Thermal.

    Antes de todo eso, comenzaba mi primer día en el festival tras recoger toda la documentación necesaria. Tras ese instante, turno para el cine. Primero, golpe en el estómago con la alabada The Tribe. Segundo, a la retina con la elegante Violet, el debut de Bas Devos. Tercero, al corazón, con la excelente Locke, encabezada por un descomunal Tom Hardy. Tres largometrajes que han dejado sensaciones muy diferentes. Lo esperado, por otra parte. La heterogenia como bandera y más aún en un lugar como en esta ciudad balneario de la Bohemia checa. Comienza el KVIFF 2014.

    por Emilio M. Luna
    julio 05, 2014

    Karlovy Vary 2014 | Día 1. Críticas: ‘Violet’, ‘The Tribe’ y ‘Locke’

    por Emilio M. Luna | julio 05, 2014

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