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    Crítica | Ghost tropic, de Bas Devos

    De la desolación a la esperanza|

    Crítica ★★★★☆ de «Ghost tropic», de Bas Devos.

    Bélgica, Francia. 2019. Título original: Ghost Tropic. Dirección: Bas Devos. Productores: Marc Goyens, Bas Devos, Nabil Ben Yadir, Benoit Roland, Tomas Leyers. Diseño de producción: Quinten & Jonathan Van Essche. Edición: Dieter Diependaele, Bas Devos. Fotografía: Grimm Vandekerckhove. Música: Brecht Ameel. Intérpretes: Saadia Bentaïeb, Maaike Neuville, Stefan Gota, Cedric Luvuezo, Willy Thomas, Nora Dari. Compañías productoras: Quetzalcoatl, 10.80 Films, Minds Meet. 85 minutos. Presentación en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes 2019.

    Cuenta el director belga Bas Devos que, tras presentar en el pasado festival de Berlín Hellhole , se sintió desolado por la imagen que de la ciudad de Bruselas podía sacar el espectador que no la conociera o no viviera en ella. Personajes y espacios se alternaban en aquella película ofreciendo un panorama inquietante y desesperanzado de una ciudad azotada por las nuevas formas de terrorismo donde la diversidad racial y cultural es ostensible, no sólo por el aluvión funcionarial provocado por las instituciones europeas, sino por tratarse de un espacio, como el resto del país, receptor de emigración, tanto de las pasadas colonias como del resto del mundo, preferentemente africano. Ese resultado final de la notable película precedente provocó la reacción inmediata del director, quien, a tiempo para presentarla en la pasada edición de Cannes, hizo Ghost tropic en apenas tres meses, con quince días de rodaje, como contrapunto humanista, factible, verosímil, del lado amargo de una ciudad encapsulada y sumida en la perplejidad del miedo y la inseguridad.

    Partiendo del foco espacial contrario al de su anterior película, Devos inicia y cierra Ghost tropic en el salón de la vivienda en la que la protagonista, Khadija, contenidamente interpretada por Saadia Bentaïeb, vive con su hija. Contemplamos el anochecer y el amanecer en sendos planos fijos que filman la estancia vacía, sólo conteniendo el mobiliario y los objetos de la vida diaria. Esas tomas recuerdan a aquellas otras de Hellhole filmadas en los exteriores de Bruselas, y transmiten esa misma sensación de inseguridad, soledad, individualismo; pero el significado final no es equivalente, en el medio de Ghost tropic suceden tantas cosas que, volver a casa, o salir de ella, no ha de interpretarse como pérdida de libertad, seguridad o tranquilidad. La larga noche que compartimos con Khadija puede no modificar su percepción del mundo, pero a nosotros sí nos acerca a la esencia solidaria del género humano, funcionando las imágenes como reclamo de cuál debe ser nuestro comportamiento diario porque, incluso los más reacios a comprometerse, terminan por comprender que es más reconfortante un favor, un rasgo amable, un interés por el desconocido en apuros que mantener la firme coraza del individualismo y la indiferencia.

    No puede ser casual que Devos escoja a una mujer perteneciente al mundo musulmán como protagonista, como tampoco es inocente que en la primera escena que compartimos con Khadija lo que abunden sean las risas, las bromas, la multiculturalidad. Khadija es empleada de limpieza en algún edificio de oficinas, y el café tomado con los compañeros demuestra que hombres y mujeres de cualquier edad, raza y religión pueden compartir momentos de intimidad y mezclarse con respeto y tolerancia. Nuestra protagonista no se quitará el velo de su cabeza hasta los instantes finales, ya en su casa, pero ello no le impide relacionarse con normalidad con la cultura dominante del país, el respeto es su máxima de comportamiento. En un desafortunado incidente, nuestra mujer se queda dormida en el metro y despierta en la otra punta de la ciudad sin medios de transporte para desplazarse y sin dinero posible que malgastar en un taxi. Su llamada de auxilio a su hijo para que pueda recogerla es atendida por el contestador automático. No queda más remedio que adentrarse en la noche bruselense y atravesar la ciudad andando para regresar a casa. Un largo camino que se antoja puede llegar a ser problemático o conflictivo hasta llegar a Molenbeek, el barrio de mayoría musulmana de la capital belga.

    Ghost Tropic, Bas Devos.
    El otro lado del corazón del cineasta belga en esta ficción presentada en la Quincena de Realizadores de Cannes.

    «La soledad que transmite Khadija no la ha convertido en un ser huraño ni encerrado en sí mismo, al revés, es un aliciente más para demostrar su compromiso inquebrantable por la solidaridad entre los humildes».


    Y es que, conociendo los antecedentes del director, como espectadores nos tememos un calvario para la mujer solitaria en medio de la noche, imaginamos intentos de acoso sexual, de robo, de ataques por motivos raciales. No sólo Hellhole sino su primer largometraje Violet invitan a ello, y sin embargo, sin abandonar su tono onírico, su parquedad en el uso de la palabra, su distancia de la cámara respetando ese espacio de confort de cualquier persona para no sentirse incómodo con la presencia del otro; Devos opta por la fábula optimista y por la demostración de lo que significa ser buen ciudadano. En un centro comercial cerrado un vigilante le permitirá usar los baños y el cajero automático, en una gasolinera a punto de cerrar la dependiente le permitirá recuperar el calor corporal y esperar a que termine de tomarse un café, no dudará en avisar a los servicios de emergencia cuando encuentre a un mendigo inconsciente en el frío de la noche húmeda e invernal de la ciudad, no denunciará al joven al que sorprende ocupando una mansión en la que trabajó previamente como limpiadora, quizás recordando su llegada a Bélgica y las complicaciones de todo inicio en un país extranjero, avisará a la policía cuando compruebe que una persona de su propia cultura vende alcohol a menores, se acercará al hospital para saber cuál ha sido el destino del mendigo consiguiendo que la inicial inflexibilidad de las enfermeras se transforme en empatía y comprensión ante el desinteresado comportamiento de Khadija; el viaje de esta mujer es fatigoso por la distancia y el cansancio laboral, pero nos es reconfortante cuando contemplamos que, una tras otra, las personas que van apareciendo son capaces de ayudarse a cambio de nada.

    El personaje de Khadija se construye a partir de su humildad y su dignidad. La humildad de quien apenas puede oponer a la vida diaria más que su sacrificio, su bondad y su dedicación, consciente de que vive en un espacio de cultura diferente que hay que respetar sin, por ello, perder su identidad propia. Es la humildad de quien mira con respeto a todo ser humano que se cruza con ella, y que da todo lo que tiene a su alcance desde su humanismo innato. Es la limpieza de una mirada no hipotecada por egoísmos ni hipocresías, pero que no duda en espiar a su hija cuando, sin que ésta se de cuenta, la sorprende en compañía de un chico, bebiendo y fumando, pero aceptando, en suma, que ésa es la forma de relacionarse en el país en el que vive, y que su hija no está obligada a comportarse como ella, ni a respetar las viejas tradiciones musulmanas. La soledad que transmite Khadija no la ha convertido en un ser huraño ni encerrado en sí mismo, al revés, es un aliciente más para demostrar su compromiso inquebrantable por la solidaridad entre los modestos. Como el perro del mendigo, abandonado en mitad de la noche, ha llegado la hora de soltar la correa del miedo y circular libremente reivindicando valores universales. De este modo, Devos construye una película poética acompañando la caminata de esta mujer que, al llegar a su casa, comprende que tiene motivos para sentirse feliz y querer volver a salir inmediatamente a la calle | ★★★★☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


    + Anexo: texto de Emilio M. Luna desde el Festival de Cannes.

    La familia Samuni

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